La muerte de Facundo Irigoitía (tan joven, tan prometedor) fue un previsible escándalo en la high class porteña. Su madre y sus hermanos se vistieron apropiadamente de luto y lo enterraron en un cementerio privado, donde solo había flores y árboles. Adrián estuvo en el entierro y luego estuvo cuando se leyó el testamento de Facundo, y no la madre, que estaba como ensimismada, pero sí el menor de los hermanos empezó a gritarle, manipulador, sobre todo, pero el testamento estaba en regla y Facundo estaba soltero y no tenía hijos, así que estaba en todo su derecho de legarle la casa del abuelo a Adrián, su amigo de toda la vida o algo más que su amigo, cómo ahora con todo derecho se murmuraba en inauguraciones de muestras plásticas y cenas de beneficencia. Manipulador, había jugado con su amigo, lo había enamorado o algo peor, y Facundo se había muerto de repente, los médicos no sabían decir bien de qué, pero solamente Adrián había estado con él en esa agonía, bien podía haberlo envenenado, aunque no era un envenenamiento. Nadie se atrevía a decirselo en la cara, claro, pero Adrián sabía y si no sabía suponía y se callaba. No quería defenderse. No tenía cómo defenderse.
Volvió una sola vez a la casa. Deshabitada no le pareció tan hostil. Recorrió uno a uno los cuartos, la cocina, el patio con sauces, tilos y mandarineros, la pileta ahora tapada con una lona. Volvió a la cocina y, entre la sala de estar y la biblioteca -que nunca se usaba- encontró una puerta trampa que no había visto antes. Abrió la puerta con una de las llaves: daba a una escalera estrecha, empinada y sintió el ruido de un borbotón de agua, algo moviéndose, ratas o salamandras probablemente. Recordó que una vez había hablado con Facundo sobre el cuento de Borges "There are more things" y que Facundo le había dicho despectivamente que no entendía cómo Borges quería imitar a ese escritorcito de terror que era Lovecraft. Así había salido el cuento, malo, malo. Y ambos se habían reído, pero ahora Adrián recordaba que siempre le había llamado la atención el título del cuento y que después se había enterado que era una cita de Hamlet, "Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, de las que saben tu filosofía". Decidió no bajar la escalera. Cerró la casa y le encargó a una pareja del pueblo de al lado del country que cuidaran un poco el jardín y limpiaran la casa de vez en cuando. Y que no abrieran los cuartos cerrados.
Así pasaron cuatro, cinco meses y Adrián olvidó o intentó olvidar. Entonces lo llamó Martín. Su voz lo sorprendió. Sonaba destemplado.Quedaron en encontrarse en una pizzería de la calle Corrientes, dos porciones, fainá y cerveza por un precio accesible.
Cuando entró en la pizzería Martín ya estaba allí. Estaba más delgado y más nervioso y comía la porción de pizza con lentitud. Martín, antes, pensó Adrián, no hacía nada con lentitud.
- Hola, Adrián- le dijo.- Disculpá que te llamé. Sobre todo disculpá los golpes de mi hermano. Pero el no sabe nada. No le conté nada. Sabe que Facundo murió y está triste por eso, pero ya encontró otro, a Ismael los duelos no le duran demasiado. Y espero que no sepa. Disculpame sobre todo porque aproveché su furia contra vos para irme de ese lugar. Era ese momento o nunca. Por ahí después, si Ismael lo veía a Facundo, aflojaba. Yo tengo que cuidarlo a él, soy el único que lo cuida.
- Entiendo- dijo Adrián.
- ¿Qué hiciste con la casa?
- La cerré. Bah, el jardín y algunos cuartos lo limpia una pareja, una vez por semana.
- ¿Y ellas dos?
- No sé. Francesca se fue después que ustedes, y después llegó Facundo y me dió un calmante para caballos y dormí dos días seguidos. Cuando me desperté, Facundo estaba muriéndose. Danáe y Perséfone no estaban. No sé si las mató o qué. El me dijo que no.
- No las mató. O no sé- dijo Martín. La cerveza estaba caliente, pero era mejor que nada, pensó Adrián.
- ¿Por qué pensás que no las mató?
- Hace dos días me puse a leer Crónica. Me gusta leer ese diario, porque salen cosas de boxeo y de fútbol, de esas cosas. No habla tanto de política. Y viste que hace dos días atrás asaltaron la sucursal del Banco de la Provincia en Haedo.
- No me enteré.
- Publicaron fotos de las cámaras de seguridad. La cara de los asaltantes no sé ve bien, pero mirá- y Martín sacó un recorte del bolsillo de la camisa- Mirá esta cara.
- No puede ser- dijo Adrián.
- Es ella ¿no es cierto? En Haedo. ¿Qué hace en Haedo? Mira a la cámara directamente, es inconfundible.
Danáe, pensó Adrián.
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