A Elías le disgustaba visitar a su tío (porque, a pesar de que su padre y su tío divergían en muchas cosas, se amaban y se respetaban mucho, y las ideas radicales de Marcus no habían roto el lazo entre ambos) porque, a pesar de su pobreza, de su ostracismo social y de sus zapatos de cuero rotosos tenía algo que él definitivamente no tenía: convicciones. No hablaba demasiado, y nunca le daba discursos admonitorios en ninguna de sus visitas, pero Elías sabía que entre él y Marcus había un abismo: Marcus hubiera defendido a Huck si hubiera visto lo que el había visto, aún a riesgo de que lo mataran. Esa diferencia lo rebajaba un poco a sus propios ojos; sabía que para Marcus su hermano y sus tres sobrinos, la parte supuestamente respetable de la familia, eran tímidos corderos que le leían la Biblia a sus esclavos y no los azotaban y esperaban que con eso bastara para ganarse el cielo. Marcus había perdido casi todo: sus esclavos, su posición social, su mujer, su hija menor, su lugar como prominente miembro del pueblo, pero creía en si mismo y en sus ideas y vivía de acuerdo a ellas. A veces era un poco melancólico, pero esa melancolía se disipaba cuando John o Elías le alcanzaban cartas de su hijo mayor, Abraham, próspero maderero de la muy distante y hermosa ciudad de Nueva York.
Pero ese día algo había de raro en la casa de su tío. En el porche había dos muñecas de trapo, descosidas de un lado, a las cuales el relleno de estopa se les salía. De una soga entre dos árboles colgaban vestidos de muselina, amarillos, rojos, rosas, como si fueran pájaros. Y una voz sonaba de entre ellos, cerca de los arbustos de arándanos.
Su tío salió de su casa y vió su cara de desconcierto.
- Mi mujer murió.- le dijo- Cecilia ha vuelto- siguió, con una gran sonrisa- Cecilia, ven a saludar a tu primo.
Elías recordaba a su prima menor como una niña más bien fea, de clara plana y labios delgados y seguía siendo exactamente igual, aunque un poco más alta. Estaba vestida con ropas fuera de moda, pero se acercó hacía él con cautela y le hizo una reverencia algo torpe.
- Es tu primo Elías, el del medio.
- Ah- dijo Cecilia.- Encantada de conocerte. He oído hablar mucho de tí. Mi madre decía que tu padre es un caballero muy bueno.
- A diferencia de mí- dijo Marcus.
Cecilia lo miró algo asustada.
- Mi madre hablaba muy mal de tí, es cierto. Pero no eres tan mal hombre. Me imaginaba que eras un impio o un borracho o un idiota.
- Bueno, no hablemos más de mí. ¿Quieres pasar a casa, Elías? Tengo café recién hecho y pan de centeno. Un poco duro.
Adentro de la casa olía a ciervos y a conejos y a pieles curtidas. Desde hacia diez años Marcus vivía de la caza y de la pesca y de las frutas que cosechaba en la pequeña porción de su plantación que no había vendido.
- Gwendoline Van Duremborg ha sido asesinada y Huck, uno de los esclavos de su plantación, ha sido muerto por el crimen. Se fugó hace dos días atrás.
- Que horror- dijo Marcus- ¿Confesó su crimen?
Elías suspiró. Temía esa pregunta.
- La verdad es que no. Pero ha sido él, estoy seguro. Dijo que no por costumbre.
Marcus sirvió el café. Parecía apesadumbrado.
- No lo creo. Yo conocía a Huck, de hablar con él en los caminos. Le gustaba hablar, hacer cabriolas, cantar. ¿De pronto se vuelve un asesino y asesina a Gwendoline, solo para fugarse?
Elías detuvo el pensamiento de su tío con una mano, más para salvarlo de sí mismo que por otra cosa, porque sabía que si sus frases llegaban a los oídos de otras personas que no fueran él o sus hermanos, sería colgado de un árbol.
- Ha sido él. Huck. Ya ha sido castigado.
Su tío asimtió.
- Tienes razón.
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