Eduardo, Bermaner y Samuel entraron en una pequeña etapa de euforia, euforia que creció aún más cuando los japoneses atacaron la base naval de Pear Harbour y Estados Unidos dejó de ser un país neutral.
- Esto tiene que terminar en cuestión de días- decía Samuel. - Y cuando termine volveré a Europa y me reuniré con mi familia.
- Y mi madre quizás volverá a Europa. Quizás. No lo sé. Me parece que se está aquerenciando, como dicen los argentinos. Toma mate con Inmaculada y los sábados van a ver vistas al cine Monreal. La pasa bárbaro. La llevan a Pupé, que es muda, pero no sorda y a la qué le encantan las películas románticas. Cuando vuelve a la pensión, dibuja las historias.
- Bueno, tu madre quizás se esté aquerenciando. Pero vos, Bermaner, ¿que vas a hacer?- preguntó Eduardo.
- Yo también me aquerencié, en el fondo. Me voy a quedar acá, me parece. No está tan mal esta ciudad pueblerina. Me parece que si vuelvo a Paris voy a empezar a cantar Mi Buenos Aires querido, con acento francés. Además, París nunca me gustó. Demasiado frío y humedo. Y acá voy a tener trabajo, mientras mis alumnos sean tan duros para los idiomas.
- Me alegro- dijo Eduardo. - ¿Querés que vayamos a comer esta noche por la Avenida de Mayo? Hay lindos restaurantes y no puedo volver a casa porque Maricarmen Alzugaray está de visita. Y, ya saben, tengo un matrimonio que mantener.
- Has tomado los amoríos de tu esposa con otra mujer como un hombre de mundo.
- No soy un hombre de mundo, no te burles. - dijo Eduardo, sinceramente dolido- Pero la verdad es que el verdadero amor de mi esposa es Maricarmen. Se desvive por ella. La ve perfecta. Yo en realidad mucho no la soporto (es engreída y pretenciosa), pero mi esposa no ve sus muchos defectos. Pero mi esposa no ve los defectos en nadie: le he escrito seis sonetos, seis y a los seis los ha encontrado dignos de ser publicados. Cuando nos encontramos a altas horas de la noche hablamos sobre el conde de Lautremont, y su desdichado destino, y luego ella escribe un poema y yo otro y los leemos. Ya ves, nos llevamos bastante bien. Salvo por el detalle de Maricarmen. Pero ella estaba en la vida de María Cristina antes que yo. ¿Debería quejarme? Padre me ha dicho varias veces que quedo como un tonto ante los otros. Pero las otras mujeres que madre me proponía eran un poco insulsas, así que no sé. ¿Piensas que hice mal en casarme con María Cristina? Ella ahora está embarazada.
- Y tú eres el padre ¿no?- preguntó Samuel.
- Claro que soy el padre. Maria Cristina nunca me sería infiel con un hombre. De todas maneras, yo me casé con María Cristina sabiendo la verdad. No puedo ahora hacerme el hombre escandalizado, me parece. Además, ya les dije, ella me agrada y nos llevamos bien; almorzamos los sábados con su familia, los domingos con la mía y ella está preparando otro libro de poemas en plaquetas, ilustrado por ellas, en donde incluirá dos de mis epigramas. Es un buen comienzo.
- En realidad- acotó Samuel- son un matrimonio casi ideal.
- Bueno, en realidad es ideal. - dijo Bermaner- No hay celos, no hay envidias.
- En realidad si hay celos. Maricarmen. Es muy celosa. No le gusta ni siquiera que le tome la mano a mi esposa en su presencia.
- En buena te has metido- dijo Samuel.
- Por eso no voy a casa y los invito a comer por la Avenida de Mayo. Pago yo. ¿Que prefieren, roast beef o coq au vin? Mi favorito es el coq au vin.
- Y de postre budín de pan- acotó Bermaner.
- Eso sí es felicidad.
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