El Oxicodon lo puede recitar cualquier médico; eso lo sabemos los dos. Un desgarro, una lesión menor en la espalda y vas a un médico de buen renombre y que cobra bien y te receta Oxicodón. Yo empecé a tomarlo cuando me quebré el tobillo en la playa de Indonesia, pero él empezó también a tomar también enseguida. Cuando no teníamos Oxicodon nuestras selfies eran buenas, pero borrosas; después del Oxicodon eran perfectas, luminosas, nuestras pieles bronceadas y nuestros dientes resplandecían. Ambos éramos musculosos, tersos, y juntos casi estatuas de bronce antiguo, como las que tengo en el jardín de nuestra casa en Veranda Beach.
Lo del hombre ocurrió una noche en que los dos habíamos tomado Oxicodon. Cómo ya estábamos acostumbrados, el conducía el auto, un Volvo de colección que nos había costado tres afiches míos de Dolce y Gabanna. Era lo mismo quién condujera; estábamos a ser intercambiables en todo. Nuestra vida era ajustada a principios que ambos habíamos acordado tácitamente: todo era proyectado, incluso las imágenes donde el blanco de las telas de lino apenas si nos tocaba. Entonces yo me quedé dormida, esa noche, en el asiento del al lado y el iba conduciendo el Volvo y el hombre (gordo, fofo, con una remera a rayas que le quedaba mal) se cruzó adelante del auto. River no tuvo tiempo de frenar y yo me desperté por el golpe. Salí del auto. El gordo agonizaba sobre el asfalto de Riverndale Street, una gran mancha oscura se extendía sobre el gris. Nos miramos ambos: no se iba a salvar. Llevarlo a una guardia de hospital era extenderle la agonía.
- Vamonos, Omara- me dijo River. Yo subí al auto, no tanto por obedecerlo, sino porque la imagen de la sangre espesa y las babas del gordo en las comisuras eran dolorosas y molestas, como un grano en la cara.
No hablamos más de eso. Al contrario que otra gente, la culpa no entraba en nuestras posibilidades. Nuestras fotos siguieron siendo resplandecientes. No leímos los diarios de la zona, porque no queríamos saber si el gordo había sobrevivido o no. Si a veces nos atravesaban esos pensamientos, como moscas azules, tomábamos más pastillas. Casi no sentíamos nada. Todo seguía siendo perfecto y River consiguió un contrato para ser la figura masculina del nuevo perfume de Cacharel.
Pero esta tarde pasó. Abrí el botiquín y ví los dos frascos llenos; River estaba en la ducha, pero enseguida salió. Se envolvió con la toalla, banqueada a pura lejía y perfumada a pura lavanda.
- Tendríamos que desintoxicarnos- me dijo.- Ya es demasiado.
Yo lo miré.
- Cierto.- le dije- Aunque...
El no me miró. Se había sentado en la cama.
- Ya sé.
Esa noche fuimos los más hermosos de la fiesta, como siempre. Además, River estuvo brillante. Desempolvó sus conocimientos universitarios sobre Roth y Cheever, y las mujeres y los hombres lo seguían a todas partes, mientras bebía champagna. Yo estuve un poco más apagada, debo reconocerlo. Cuando entramos al garage con el Volvo, nos sentimos triunfadores. Creo que fui yo la primera que fui hasta el baño, abrió el botiquín y saqué mi frasco de Oxicodon. Me preparé un te de tilo. Dicen que relaja la mente. Luego sentí sus pasos en el baño, se sentó a mi lado en el living que da al mar, con una taza que decía Smile, y me pidió un poco de té. Era una noche muy bonita; una pena desperdiciarla así.
- ¿Cuanto tardará?- me preguntó River.
- Nada, casi nada- le dije y sonreí, para tranquilizarlo.- Esto va a ser rápido.
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