El viaje por mar fue largo. Pararon en La Habana, en las Guayanas, en Río de Janeiro y en Montevideo. Cuando llegaron a Buenos Aires sólo quedaba la cuarta parte de los viajantes originales; ninguno o casi ninguno de ellos era un turista. Samuel y Eduardo trabaron amistad con tres: Lucio y Vermi, panaderos anarquistas sicilianos y Bermaner, profesor de filosofía francés, judío por parte de madre y huérfano por parte de padre que viajaba a Buenos Aires por razones parecidas a las de Samuel.
- Mi madre no quiso irse de Aix en Provence. Es maestra, quiere seguir enseñando. Para ella sus alumnos son sus niños. Marchate tu, como un cobarde, me dijo. Si los nazis nos invaden ¿qué será de Chapel, de la familia de Chapel, y de la pequeña Pupé, que habla tan mal? No permitiré que los nazis se los lleven. Puedo explicar la filosofía de Santo Tomás de Aquino y contrastar a Hegel con Marx y con Kant, pero no puedo argumentar contra mi madre.
- Mi madre no sabe nada de Tomás de Aquino y mucho menos de Kant y diría lo mismo que la tuya.- dijo Samuel.
- Pero ¿tan seguros están de que los nazis invadirán Francia?- preguntó Eduardo. Sus ojos azules lucían un poco preocupados.- Es Francia.
- Los alemanes ya la invadieron una vez. Y Francia e Inglaterra están haciendo todo lo posible para no frenar a Hitler.
- ¿Inglaterra? Pero sí Inglaterra...
- Mira, cuando Hitler quiso Checoslovaquia, tuvo Checoslovaquia. Con la anuencia de los embajadores ingleses y franceses. Y Hitler es un aliado natural de Mussolini y de Stalin. Los tres son dictadores.
- Entre los amigos de padre hay varios que admiran a Mussolini; dicen que trajo orden y paz a Italia.
- Mejor no nos presentes a tu padre ni a sus amigos- dijo Bermaner sonriendo.
- Oh- dijo Eduardo y se ruborizó- Entiendo. Eres comunista.
- No, por Jehová- estalló Bermaner- Soy profesor de filosofía. Medio judío, y medio anabaptista, si lo que cuenta mi madre de mi padre es cierto. Y no soy comunista, sino no diría que Stalin es un dictador. Pero si Europa cae, será por culpa de sus errores, que son demasiados. Le tenían tanto miedo a la república española, que alentaron la Guerra Civil. Le tenían tanto miedo a los obreros alemanes, que alentaron el nazismo. Le tenían tanto miedo a los anarquistas sicilianos, que alentaron a Mussolini; le tienen tanto miedo a los bolcheviques rusos, que alientan a Stalin. Si Hitler, Mussolini y Stalin se alían, París y Londres van a caer. Y a caer de una forma dura y estrepitosa, que llevará años remediar. Morirá gente, mucha gente. Tu madre y sus alumnos que cuida, pero también burgueses que pensaron que su oro los protegería de algo. Una guerra es una guerra: se levantan las barreras que protegen a los hombres de la barbarie. Los museos van a ser arrasados, las escuelas van a ser quemadas, las iglesias y las sinagogas van a arder. Si el incendio llega, llegará de la peor manera.
- No sigas, por favor- dijo Eduardo. Miraba a Samuel, que estaba pálido.
- Perdón, lo olvidaba. Olvidaba todo lo que tienes en Europa- dijo Bermaner, disculpándose- Soy un monstruo. Me dejé llevar. Quizás nada de eso ocurra.
- Por supuesto- dijo Eduardo. - Vamos a conseguirles pasaporte a la familia de Samuel y a tu madre y a la pobre Pupé. Y la guerra no estallará. Hay embajadores que se ocupan de eso. Padre me lo asegura. Nos lo asegura, todo el tiempo, a mi y a madre y a mis hermanas.
- Y tu padre se codea con los grandes de la gran Argentina.- dijo Samuel- Así que debe saber de lo que habla.
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