En el espejo de mi cuarto solo veo fantasmas. Tuve muchos hermanos, pero estos murieron: envenenados, ahogados, algunos atropellados por un auto. Mi madre me cepilla el pelo y me dice que soy muy hermosa. Me trae algunas veces una libélula o un ratón para que los termine de matar y los coma. Vivimos en el fondo de esta casa. en un cuarto donde arrumban cosas viejas. La dueña anterior de la casa, dice mi madre, nos amaba, pero luego ella murió y vinieron los otros. Son gente temible. Nos odian. Venenos, carne molida con vidrio, baldes de agua, hasta con balas nos han combatido. Mi madre y yo somos las últimas de una dinastía. La casa de adelante, donde antes erámos casi reyes, ha sido demolida para construir lo que los otros creen que es un palacio. Solo nosotros sabemos lo que es o no un palacio, me dice mi madre. Hace dos días oyó decir a uno de ellos que nos oyó en este cuarto (en este cuarto donde miro el espejo con fantasmas) y que van a matarnos. Afilo las uñas y me paro, como cuando oigo a una paloma. No somos dóciles ni gentiles. Sé que duermen a la noche; sé de sus malos sueños, porque ellos aparecen en el espejo que miro.El hombre, por ejemplo, el que decidió la demolición de la casa, le robó a su padre moribundo cien mil dólares que necesitaba para un tratamiento. La mujer es quizás peor (ella es la que pone los venenos y la carne picada); ha dedicado su vida a distribuir chismes inventados por ella para perjudicar a personas que no le gustaban. La niña que duerme allí quizás aún sea buena, pero con semejantes padres se arruinará pronto. Quieren matarnos, dijo mi madre. Hagamos lo que tengamos que hacer y marchémonos de aquí. Lo haré. Ya no custodiaremos el espejo.
Hace dos días que dejé de escuchar ruidos en el cuarto del fondo, dijo Reinalda. Por suerte. Quizás esos gatos idiotas se murieron de hambre.
Entré dos veces, dice la niña. No hay gatos muertos allí. Hay muebles viejos y baúles llenos de ropas que ya no se usan, es un lugar muy divertido. ¿Por qué le dijiste a tía Rita que el tío Armando se hizo taxista para levantar mujeres en las plazas de zona oeste? No era verdad, era porque la plata no le alcanzaba y era lo único que podía hacer con la indemnización.
¿Quién te dijo esas cosas? preguntó Reinalda. ¿Cuándo viste al tío Armando?
Horacio miró a su hija.
En esta casa no se habla del tío Armando. Ni de esas cosas. Por lo menos en el desayuno.
Tenés razón, papá. Pero el abuelito podría haber vivido si no le hubieras robado los cien mil dólares que tenías guardado. Yo quería mucho al abuelito.
Horacio se atragantó con la tostada y volcó el café con leche. Ni siquiera un domingo tranquilo. Había estado estresadísimo con la construcción de la casa, y con esos malditos gatos que aparecían por todas partes y ahora esto. Que chica terrible.
Y además, papá, tendrías que decirle a mamá que hace rato que te estás acostando con la tía Rita, y que siempre te pareció mucho más linda que mamá.
Que, dijo Reinalda. Que decís, nena. Y la sacudió.
No la sacudas, dijo Horacio. No la sacudas así.
Entonces es cierto... Con razón ibas tan seguido a su casa.
No, por supuesto que no es cierto, son invenciones de la nena, se encierra en el cuarto, sabés que mira telenovelas y tiene mucha imaginación.
Reinalda se encerró en su habitación. Odiaba a su hija, odiaba a su marido. ¿Por qué se había casado? ¿Por qué? Ella se merecía algo mejor que ese hombre espantoso, obsesionado con el dinero y esa chiquilla flaca, casi raquítica, de pelo castaño como de estopa. Ni siquiera podía quererla.
Horacio se quedó mirando a su hija. Era casi igual a su abuelo, en los ojos, pensó. Su padre, los últimos días de su padre y el llorando, pero tenía que construir esa casa, Reinalda insistía conque tenían que tener una buena casa, no seguir alquilando esos departamentos infernales, donde se tenía que codear con gente tan grosera, que ni siquiera la saludaban y a veces ponían cumbia todos los fines de semana. ¿Cómo lo había sabido su nena? ¿Se lo habría dicho Rita?
¿Me traes un yogurt de la heladera? le dijo su hija. Horacio fué como un sonámbulo a la cocina. Melamina blanca, marmol, porcelanato y madera, una heladera con dos puertas, un lujo, una belleza. Miró por la ventana y vió el cuarto que aún no habían demolido, el cuarto lleno con todos esos muebles viejos que venderían en anticuarios y por los que sacarían una pequeña fortuna. El arcón, el aparador, el espejo, sobre todo, calculaba él, por lo menos diez mil dólares. El yogurt era de frambuesa y de marca, Reinalda gastaba un dineral en esas cosas. En la heladera todavía estaba la carne picada que usaban para matar los malditos gatos, la mayoría, porque al parecer los últimos que quedaban se habían ido, el las había visto, eran dos gatas hembras angora, ariscas, gris, blanco y colorado, una belleza y seguramente hermanas o madre e hija. Pero ahora se habían ido.
Cuando volvió al comedor, su hija estaba mirando el televisor. Había puesto sola un DVD de Mundo de Aventura y cantaba la introducción. Aunque la televisión estaba fuerte, Horacio lo oyó de pronto. Un maullido. Fuerte y agudo a la vez, como el de un gato recién nacido. ¿De donde venía? Se repetía, se repetía, se repetía. ¿Podría ser?
Reinalda salió de su cuarto.
¿Vos también lo escuchás? le dijo. Que gatas hijas de puta, venir a parir en el comedor. ¿Donde están, donde están?
No sé, dijo Horacio. Los oigo fuerte. Pero no sé de donde vienen. Neni, le preguntó a su hija, ¿vos oís de donde vienen los maullidos de los gatitos? Es acá en el comedor.
Su hija se dió vuelta.
Les dije que los gatos se fueron. Dejenme mirar tranquila Mundo de Aventura. No sé que inventan de maullidos de gatitos recién nacidos. Yo no oigo nada.
Reinalda y Horacio se fueron a acostar. Los maullidos se oían cada vez más fuertes y ahora parecían estar en el dormitorio, abajo de la cama de cedro, comprada en Unilever.
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