martes, 13 de noviembre de 2018

La muerte de un rey. 62° parte

                                                                              Villanos en cinemascope. 
Hermosas damas y altivos 
caballeros del sur 
tomaban el té en el Roxy 
cuando apagaban la luz.
Joan Manuel Serrat

                                   Eliza, 2021, Manhattan.

Amparo sentó a Eliza en sus rodillas, pero era inútil, esa niña... Solo quería dibujar con sus crayones sobre lel impecable vidrio de ese salón de té. Rodrick y Rose se reían de su desesperación. Tiffany, finalmente, fue la que decidió todo, como siempre. Eliza, sientate en la silla o le diré a tu padre que eres una niña muy mala. Aquí tienes un papel para dibujar. Eliza se largó a llorar (le aterraba que su padre pensara que era una niña muy mala, porque su padre nunca se lo decía), Amparo y Rose miraron con odio a Tiffany, Rodrick alzó a Eliza que seguía llorando y empezó a gritar mama, mama, tía Tiffany dice que soy mala, no soy mala, no soy mala y papá lo sabe y Rodrick dijo no eres mala Eliza y luego se calmó y empezó a dibujar en el papel que tía Tiffany le había dado.
Buena forma de calmar a una criatura, dijo Rose.
¿Has criado a algún chico? Yo he criado a unos cuantos y sigo cuidando a mis nietos. Maldita sangre polaco irlandesa. Mis hijos tienen más hijos de los que puedo contar. Ni siquiera recuerdo todos sus nombres. Solamente de los primeros de cada uno, respondió Tiffany. 
Marshall, dijo Eliza, Marshall el de los lentes rotos. Dakota, mi mejor amiga. Prince, que nombre tonto le pusieron, ni siquiera parece un príncipe. Oregon, que risa, se llama igual que mi padre. Delores. Lilian. A esas no las conozco. Curtis, quiere ser mecánico como papá. Niki, hace experimentos con ratas y piensa que no lo sé, pero Dakota me lo contó.
Tiffany se río.
Lo que es llegar a vieja. Esta chiquilina tiene mejor memoria que yo. Así que Niki hace experimentos con ratas. Ya lo voy a agarrar cuando vuelva a mi casa. Que chismosa que es Dakota, que amiga elegiste.
No sé si seremos amigas para siempre, dijo Eliza. El otro día no quiso prestarme el juego de Pucca. 
Eso es imperdonable, dijo Rodrick. Y tu, Tiffany, que dices ¿vendrás con nosotros?
No sé, dijo Tiffany, mi familia. Somos muchos. Somos demasiados. Eliza solo pudo describir una cuarta parte de nuestro clan. 
A veces papá y mamá, pensaba Eliza, hablaban así, en clave, con tía Tiffany y con tío Rodrick. Iban a irse a un lugar que ella no entendía. Y luego ella miraba Los Muppets con su padre y el de repente se ponía a reir, y le decía que era una niña muy buena, pero Eliza sabía que en realidad tenían miedo de que se muriera. Eliza siempre lo había sabido, en el fondo. Recordaba los médicos, recordaba las enfermeras. El tío Rodrick era lo peor de todo: parecía quererla mucho pero a su vez el parecía también estar muriéndose. 
El celular de Rodrick hizo un sonido cómo de agua. Lo miró.
No, dijo. Otra vez.
¿Que pasó? preguntó Tiffany.
Pasa que el narcotraficante de Turin aparentemente le había sacado la novia a un español llamado Julio Aquitania. Y no va la justísima casualidad que trasladamos, con gran esfuerzo, nuestro centro operativo a Tripolí, y que justo está allí Julio Aquitania, y que Lisbeth sacó a pasear a nuestro narcotraficante y que ahora además de un narcotraficante se nos ha adosado un bueno para nada, cuya idea del paraíso es malgastar fortunas ajenas en los casinos de Asia y Europa. Eso según la sucinta descripción de Will, que como buen escritor es conciso.
Basta de atraer gente inútil, se enojó Rose. Estoy haciendo lo posible para que esto funcione.
Bueno, tu eres broker, no sé si eres muy útil, dijo Tiffany, si se rompe un embrage a un Cadillac 1965  seguro no sabes que hacer. 
¿Quién tiene una fortuna en su cuenta bancaria? contestó Rose, fastidiada.
Eliza volvió a dibujar sobre el vidrio de la mesa, aprovechando la distracción de los adultos.

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