sábado, 1 de diciembre de 2018

Los espejos

Dos cosas para temer de los vampiros: la primera es la piel. Es traslúcida, perfecta, como de mármol. Cuando se acuestan en el césped de una plaza o sobre un lago artificial una cree que son estatuas, y así cazan a sus presas; mujeres regordetas y cansadas que vienen del mercado, llenas de bolsas, perritos caniches desprevenidos, niños desobedientes que se esconden de sus padres. Le he dicho a Ligeia que no ataque de esa manera, sobre todo a los caniches, porque se arma un gran escándalo en diarios matutinos y en redes sociales y quizás algún día descubran que ha sido ella: imposible, me contesta ella muy tranquila y cambiándose vestidos del siglo XVIII, que no termina de donar a las iglesias porque se ha encariñado con ellos. Los humanos no creen en nosotros, y no creerían en nosotros aunque nos filmaran. Le echarán la culpa a algún vagabundo o a algún psicópata inventado, me dice parsimonisamente, mientras se relame los labios llenos de sangre.
La otra cosa de temer es los espejos. Es cierta la leyenda urbana de que un vampiro no puede reflejarse nunca en un espejo. Así que cuando salgo con Ligeia debo mirar atentamente que el lugar al que vamos esté libre de espejos, porque si no algo raro pasaría.Un par de veces me he equivocado y hemos terminado en teatros donde el espejo es buena parte de la decoración, como el Barcal de Madrid. Por suerte nadie lo advirtió. Ligeia no se asusta. Una vez, me cuenta (porque nuestra vida consiste principalmente en Ligeia probándose vestidos que tiene guardados, Ligeia saliendo de noche a alimentarse, y Ligeia contándome sus historias algo falseadas, porque su memoria ya no es muy buena) que eligió como presa a un  un cura bondadoso y pobre que vivía en Sicilia, y que se encandiló enseguida con su aspecto de madonna renacentista. Podría haber sido fácil alimentarse con él, pero por desgracia apenas entró a su cuarto al lado de la parroquia, tenía un espejo bastante astillado en el ropero y cuando el cura no vió a Ligeia reflejada, empezó a gritar. Ligeia tuvo que convertirse en lobo y huir. Los vampiros, me cuenta ella, pueden convertirse en lobos, en cuervos o en serpientes según su gusto.
Antenoche, antes de que saliera -esta noche eligiré para alimentarme a un viejo moribundo, así no te sientes tan culpable, me dijo- le pregunté porqué los vampiros no se reflejaban en los espejos. Me contó que antes, hace miles de años, el mundo de los espejos y nuestro mundo era uno solo, y que cada ser podía atravesarlo a gusto. Pero un día las criaturas del espejo se rebelaron y quisieron apoderarse de nuestro mundo, y la batalla fue dura y cruenta. Un Emperador humano, que aún sabía de las viejas artes mágicas, logró vencerlos y encerrar a las criaturas del otro lado del espejo y en castigo, las obligó a repetir lo que se veía en nuestro mundo.
- Dice la leyenda- me dijo Ligeia, mientras se ponía su collar de perlas rosadas- que algún día las criaturas del espejo se rebelarán nuevamente. El primero en despertar será el pez, el pez rojo. Una leve línea roja, un mínimo movimiento en la ondulación será diferente al del pez encerrado en la pecera que es su semejante y de pronto los seres del espejo volverán a rebelarse.
Y mientras se calza los zapatos y se pone rubor en las mejillas pálidas me dice:
- Por eso nosotros no tenemos reflejos. El día que los seres del espejo se rebelen arrasarán con ustedes, los humanos, pero nosotros podemos quedarnos, quizás como somos ahora (como soy ahora), quizás convertidos en lobos, en cuervos o en serpientes.
Y me sonríe y se marcha.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario