viernes, 30 de mayo de 2014
La muerte de un rey. 31º parte
Leonore. San Francisco. 2016.
y digo que es culpa de ella de la noche el universo/
cual son culpables los versos de que haya noches y estrellas.
Silvio Rodriguez.
Le dolía la cabeza. Demasiado. Tomó dos calmantes y luego se levantó. Gaspar estaba en la habitación de al lado.
¿Tu mujer aún no ha contestado? le preguntó ella.
No creo que lo haga, fue la respuesta.
Se conocían desde jóvenes, aunque la carrera de Gaspar había sido tanto más exitosa que la de Leonore. Podían ambos encerrarse en una habitación, con solo un termo de café y un libro de física cuántica durante días. Raschid a veces se les sumaba.
¿Qué es lo que ha dicho Tiffanny?
Que debemos ayudarla.
El plan de Tiffanny era bueno, pero tenía varias fallas, pensaba Leonore. La más grande de todas era que apenas se supiera del robo al banco (considerando que este fuera exitoso) se caería en el riesgo de que apresaran a cualquiera de ellos y alguien hablara. Lo cual desbarataría todo, aunque era tan poco verosímil la historia completa que la policía nunca la creería. Aún así, la única manera que tenían de progresar en el plan original era en el más absoluto secreto.
Se lo había dicho a Tiffanny y esta se había acariciado la nuca rubia y había sonreído. Si tienes un plan mejor, le dijo, acepto propuestas.
No podemos volvernos delincuentes, Tiffanny. Yo soy matemática.
Entiendo, dijo ella. Yo no lo soy. Pero quiero a Oregon como si fuera mi propio hijo. Es la única manera que se me ocurrió para ayudarle. Según Sarar, si no conseguimos dinero de aquí a tres meses todo esto - y señaló el laboratorio- será desmantelado. Y sabes tan bien como yo que no es una causa por la que se pueda haber un concierto de beneficencia.
En eso, Leonore le dió la razón. Además, estaba entusiasmada como una niña con el nuevo planeta. Había intercambiado mails con Henry, donde ambos especulaban sobre que tipo de vida habría allí. Había agua, dijo Henry, eso era seguro y oxígeno en la proporción necesaria. Si había agua, había vida. Quizás existiesen nuevos animales, nuevas plantas. De todas maneras ellos llevarían semillas en germinación y embriones, invernaderos, probetas. Llevarían máquinas. Si no había tierra firme, construirían barcos. Incluso le había enviado las coordenadas para que pudiera observar, cuando la noche era límpida, la estrella en torno a la cual el planeta giraba.
¿Le has puesto nombre? le preguntó Leonore.
Al planeta no. A la estrella sí. Le he puesto Virginia, por Virginia Woolf, le respondió Henry.
Aunque tengamos que sacrificar nuestro buen nombre en este planeta, le dijo Leonore a Gaspar, debemos intentarlo.
Ya había anochecido y ella abrió la ventana del cuarto.
¿A donde queda Virginia? le preguntó Gaspar.
¿Ves Marte? le dijo ella. Ese punto algo rojizo, pero apenas. Siguiendo ese camino.
Los amores aéreos. 5º parte
Facundo estaba en el sótano, desarmando las piezas de algo mecánico. Cuando lo vió, resopló sin entusiasmo.
- Hola, Adrián. ¿Podés ir con Martín al supermercado del shopping a comprar algo para comer? Se descompuso la caldera.
- Si, voy. Pero tendrías que llamar a un técnico. Si querés, lo llamo yo.
Hubo un relámpago de odio en los ojos calmos de su amigo. Aunque se tranquilizó enseguida.
- No hace falta, no hace falta. Y prefiero que nadie entre en esta casa.
"Antes no era así" pensó Adrián. Quizás fuera la mala de influencia de Ismael y de Martín; quizás de estar con esos dos extraños huraños y desconfiados Facundo también se había vuelto huraño y desconfiado, como en un lento proceso de ósmosis. "¿Por qué me invitó, entonces?" pensó. "Danáe tiene razón, quizás deba irme de aquí mientras aún esté a tiempo." Pero era ridículo. ¿A que venía tanto miedo? La casa del abuelo seguía siendo la casa del abuelo, Facundo seguía siendo su amigo, dentro de unos días volvería a su departamento y todo volvería a ser igual: Charlotte, el hipódromo, las tardes en el café cercano a la Bolsa de Comercio.
Salieron con Martín. A pesar de que no le caía bien (quizás eran los ojos algo oblicuos, quizás la nariz demasiado ancha) intentó una especie de charla.
- Así que salís con Perséfone- le dijo.
Martín lo miró de arriba a abajo.
- ¿Quién te lo dijo?
- Danáe, esta mañana.
Martín se quedó callado.
- ¿Qué te contó Facundo?- le preguntó de repente.
- Nada, solamente me invitó a pasar unos días acá y acá los encontré a ustedes.
- Mirá, pibe, Facundo es raro. Y no solamente por lo de mi hermano. Mi hermano siempre fue así, desde chiquito, no tiene forma de remediarlo, pero en el ring tiene un cross formidable y mucha astucia. Yo siempre lo protegí. Y entendí lo de los dos y por eso volvimos acá, a la Argentina, aunque en Europa no nos fuera tan mal a pesar de la opinión de los diarios. Yo no sé cuanto hace que lo conocés a Facundo, pero ya en Francia a mí me parecía que era de los que no muestran todo el juego. Cuando volvimos acá, Ismael y yo vivimos en una pensión por tres meses. Es cierto, una buena pensión, y la pagaba Facundo, pero una pensión. Y de repente nos invita a venir acá y hay dos mujeres hermosas, que parecen salidas de la nada, que leen libros extraños y que no salen nunca de la casa. Y extrañamente las dos mujeres (que además tienen nombres rarísimos) están dispuestas a acostarse conmigo. Aunque son supuestamente hermanas. No se pelean por la ropa, no tienen celos entre ambas, no se recriminan cosas. Yo he estado con un montón de minas, sabés, no soy como Ismael, y eso no es normal. No son putas; al principio con mi hermano calibramos esa posibilidad, pero incluso las putas son mujeres, y tienen una historia, un pasado. Y ahora te invita a vos, y todavía estoy tratando de entender para qué te quiere.
- ¿Querés decir que Facundo no las deja salir a Danáe y a Perséfone? ¿Que las tiene encerradas?
- No las tiene encerradas. No es eso; Danáe y Perséfone no tienen interés en el mundo exterior. Parece que nunca lo hubieran conocido.
- Eso es imposible- dijo Adrián- Además, según Facundo son parientes lejanas.
- Esas mujeres- contestó Martín- no son parientes de nadie. Salvo de Facundo. Tal vez.
- Hola, Adrián. ¿Podés ir con Martín al supermercado del shopping a comprar algo para comer? Se descompuso la caldera.
- Si, voy. Pero tendrías que llamar a un técnico. Si querés, lo llamo yo.
Hubo un relámpago de odio en los ojos calmos de su amigo. Aunque se tranquilizó enseguida.
- No hace falta, no hace falta. Y prefiero que nadie entre en esta casa.
"Antes no era así" pensó Adrián. Quizás fuera la mala de influencia de Ismael y de Martín; quizás de estar con esos dos extraños huraños y desconfiados Facundo también se había vuelto huraño y desconfiado, como en un lento proceso de ósmosis. "¿Por qué me invitó, entonces?" pensó. "Danáe tiene razón, quizás deba irme de aquí mientras aún esté a tiempo." Pero era ridículo. ¿A que venía tanto miedo? La casa del abuelo seguía siendo la casa del abuelo, Facundo seguía siendo su amigo, dentro de unos días volvería a su departamento y todo volvería a ser igual: Charlotte, el hipódromo, las tardes en el café cercano a la Bolsa de Comercio.
Salieron con Martín. A pesar de que no le caía bien (quizás eran los ojos algo oblicuos, quizás la nariz demasiado ancha) intentó una especie de charla.
- Así que salís con Perséfone- le dijo.
Martín lo miró de arriba a abajo.
- ¿Quién te lo dijo?
- Danáe, esta mañana.
Martín se quedó callado.
- ¿Qué te contó Facundo?- le preguntó de repente.
- Nada, solamente me invitó a pasar unos días acá y acá los encontré a ustedes.
- Mirá, pibe, Facundo es raro. Y no solamente por lo de mi hermano. Mi hermano siempre fue así, desde chiquito, no tiene forma de remediarlo, pero en el ring tiene un cross formidable y mucha astucia. Yo siempre lo protegí. Y entendí lo de los dos y por eso volvimos acá, a la Argentina, aunque en Europa no nos fuera tan mal a pesar de la opinión de los diarios. Yo no sé cuanto hace que lo conocés a Facundo, pero ya en Francia a mí me parecía que era de los que no muestran todo el juego. Cuando volvimos acá, Ismael y yo vivimos en una pensión por tres meses. Es cierto, una buena pensión, y la pagaba Facundo, pero una pensión. Y de repente nos invita a venir acá y hay dos mujeres hermosas, que parecen salidas de la nada, que leen libros extraños y que no salen nunca de la casa. Y extrañamente las dos mujeres (que además tienen nombres rarísimos) están dispuestas a acostarse conmigo. Aunque son supuestamente hermanas. No se pelean por la ropa, no tienen celos entre ambas, no se recriminan cosas. Yo he estado con un montón de minas, sabés, no soy como Ismael, y eso no es normal. No son putas; al principio con mi hermano calibramos esa posibilidad, pero incluso las putas son mujeres, y tienen una historia, un pasado. Y ahora te invita a vos, y todavía estoy tratando de entender para qué te quiere.
- ¿Querés decir que Facundo no las deja salir a Danáe y a Perséfone? ¿Que las tiene encerradas?
- No las tiene encerradas. No es eso; Danáe y Perséfone no tienen interés en el mundo exterior. Parece que nunca lo hubieran conocido.
- Eso es imposible- dijo Adrián- Además, según Facundo son parientes lejanas.
- Esas mujeres- contestó Martín- no son parientes de nadie. Salvo de Facundo. Tal vez.
jueves, 29 de mayo de 2014
La manzana.
Tres meses atrás, habían decidido internarse en esos pantanales. Un indio les había dicho que allí estaba la fuente de la juventud; pero solo había caimanes y sauces y mosquitos. Diez ya habían muerto y los cinco que sobrevivían eran fantasmas esqueléticos de lo que habían sido, alimentándose de alimañas de las cuales ni siquiera conocían el nombre y con la piel hinchada de ronchas.
- Lleveme el culo del diablo- dijo Gastón.- Para esto me quedaba en España y me hacía cura.
- ¿Te queda algo de comer en el morral?- le dijo Dardés. Estaba amarillo.
- Sabes que no. Lo último decente que comí fue aquella manzana disecada que le arrebaté al Paulón mientras agonizaba. Ni que estuviera tan buena; tenía un gusto a moho terrible.
- ¿Le rezaste el salve, como te dijo Urrugán?
- Que le lleve el infierno, a los dos, Urrugán y Paulón. En aquel poblado perdido estábamos bien, fornicábamos y comíamos y había sol. Paulón tuvo que traer a ese indio sodomizado y Urrugán tuvo que creerle. Mira donde estamos por seguirlos. Tendríamos que haberlos degollado a ambos.
- Deberíamos haber sospechado cuando el guía desapareció al cuarto día. Es por acá, por esta sendita, recuerda que nos decía. Esos cobrizos. Son callados pero sigilosos.
- Podríamos haber vuelto. Fue Urrugán el que insistió. Es la fuente de Juvencia, el manantial dorado que nos hará poderosos y ricos como Cortés.
- Idiota.
Urrugán se dió vuelta. Había escuchado toda la conversación, pero el lodo le llegaba hasta arriba de la rodilla y había que tener cuidado para no pisar un pozo mortal. Además, le dolía la mano derecha. Tres días antes un insecto verde le había picado la palma. Tenía un olor fuerte, a leche podrida.
- Repitan eso, so mamertos.
Gastón se acercó a Urrugán.
- Que eres un idiota y un crédulo. ¿Pensaste que los cobrizos nos querían ayudar? Querían deshacerse de nosotros, y te envolvieron con ese cuento de la fuente de Juvencia. - Escupió a un costado- Para eso es para lo que sirven los libros y las leyendas.
Urrugán le pegó dos veces en el pómulo derecho tan fuerte que el hueso hizo un pequeño crac. Gastón dió un alarido muy agudo, como el de un ratón, y luego se lanzó sobre el otro con fuerza. Era pequeño, pero compacto y tenía uñas largas. Le arrancó pedazos de cuero cabelludo a su contrincante antes de que este lo empujara abajo del lodo y empezara a patearlo con saña, mientras sostenía su cabeza.
- Traga barro, traga barro, raterito de moribundos, impío.
Dardés sacó su cuchillo y se lo clavó entre las costillas a Urrugán. Pero este no dejó que lo detuviera; lo empujó con el hombro, con una fuerza increíble para un hombre tan bajo y en tan mal estado de salud. La cabeza de Dardés chocó contra un sauce y por un instante no sintió nada, salvo el eco del golpe. Cuando volvió a abrir los ojos, Urrugán seguía blasfemando contra Gastón, que ya no se sacudía y el cuchillo seguía en su cuerpo. Salía sangre: mucha.
Urrugán le pegó una última patada a su muerto y sólo entonces pareció darse cuenta de la herida. Con delicadeza se sacó el cuchillo. Ahora la sangre salió en burbujas y oscura, como de una fuente. Dardés advirtió que los otros dos hombres que los habían acompañado hasta allí, los sobrevivientes de la expedición, habían desaparecido. Lo poco del sol que aparecía entre los árboles empezaba a desaparecer.
- Toma tu cuchillo- le dijo Urrugán- Reza un credo por mí antes de alejarte.
- Gracias- dijo Dardés, limpiando su cuchillo.- Pero ya la noche comienza y no tengo adonde ir.
- Súbete a este árbol hasta que aclare.
Urrugán se quedó callado, con los ojos cerrados. Dardés pensó que estaba ya muerto. Entonces volvió a hablar.
- ¿Sabes? pensé que realmente existía la fuente de Juvencia. La imaginé. Desde niño.
Entonces sí se calló. Hubo un borbotón en el lodo y luego todo fue calma. Dardés se ayudó con su cuchillo para subir al árbol y se ató con la soga de yute a la rama más gruesa, para no caerse. Rezó el credo que le había prometido a Urrugán. De lejos, se escuchaba el silbido de un pájaro. Los árboles parecían no tener fin ni principio.
- Lleveme el culo del diablo- dijo Gastón.- Para esto me quedaba en España y me hacía cura.
- ¿Te queda algo de comer en el morral?- le dijo Dardés. Estaba amarillo.
- Sabes que no. Lo último decente que comí fue aquella manzana disecada que le arrebaté al Paulón mientras agonizaba. Ni que estuviera tan buena; tenía un gusto a moho terrible.
- ¿Le rezaste el salve, como te dijo Urrugán?
- Que le lleve el infierno, a los dos, Urrugán y Paulón. En aquel poblado perdido estábamos bien, fornicábamos y comíamos y había sol. Paulón tuvo que traer a ese indio sodomizado y Urrugán tuvo que creerle. Mira donde estamos por seguirlos. Tendríamos que haberlos degollado a ambos.
- Deberíamos haber sospechado cuando el guía desapareció al cuarto día. Es por acá, por esta sendita, recuerda que nos decía. Esos cobrizos. Son callados pero sigilosos.
- Podríamos haber vuelto. Fue Urrugán el que insistió. Es la fuente de Juvencia, el manantial dorado que nos hará poderosos y ricos como Cortés.
- Idiota.
Urrugán se dió vuelta. Había escuchado toda la conversación, pero el lodo le llegaba hasta arriba de la rodilla y había que tener cuidado para no pisar un pozo mortal. Además, le dolía la mano derecha. Tres días antes un insecto verde le había picado la palma. Tenía un olor fuerte, a leche podrida.
- Repitan eso, so mamertos.
Gastón se acercó a Urrugán.
- Que eres un idiota y un crédulo. ¿Pensaste que los cobrizos nos querían ayudar? Querían deshacerse de nosotros, y te envolvieron con ese cuento de la fuente de Juvencia. - Escupió a un costado- Para eso es para lo que sirven los libros y las leyendas.
Urrugán le pegó dos veces en el pómulo derecho tan fuerte que el hueso hizo un pequeño crac. Gastón dió un alarido muy agudo, como el de un ratón, y luego se lanzó sobre el otro con fuerza. Era pequeño, pero compacto y tenía uñas largas. Le arrancó pedazos de cuero cabelludo a su contrincante antes de que este lo empujara abajo del lodo y empezara a patearlo con saña, mientras sostenía su cabeza.
- Traga barro, traga barro, raterito de moribundos, impío.
Dardés sacó su cuchillo y se lo clavó entre las costillas a Urrugán. Pero este no dejó que lo detuviera; lo empujó con el hombro, con una fuerza increíble para un hombre tan bajo y en tan mal estado de salud. La cabeza de Dardés chocó contra un sauce y por un instante no sintió nada, salvo el eco del golpe. Cuando volvió a abrir los ojos, Urrugán seguía blasfemando contra Gastón, que ya no se sacudía y el cuchillo seguía en su cuerpo. Salía sangre: mucha.
Urrugán le pegó una última patada a su muerto y sólo entonces pareció darse cuenta de la herida. Con delicadeza se sacó el cuchillo. Ahora la sangre salió en burbujas y oscura, como de una fuente. Dardés advirtió que los otros dos hombres que los habían acompañado hasta allí, los sobrevivientes de la expedición, habían desaparecido. Lo poco del sol que aparecía entre los árboles empezaba a desaparecer.
- Toma tu cuchillo- le dijo Urrugán- Reza un credo por mí antes de alejarte.
- Gracias- dijo Dardés, limpiando su cuchillo.- Pero ya la noche comienza y no tengo adonde ir.
- Súbete a este árbol hasta que aclare.
Urrugán se quedó callado, con los ojos cerrados. Dardés pensó que estaba ya muerto. Entonces volvió a hablar.
- ¿Sabes? pensé que realmente existía la fuente de Juvencia. La imaginé. Desde niño.
Entonces sí se calló. Hubo un borbotón en el lodo y luego todo fue calma. Dardés se ayudó con su cuchillo para subir al árbol y se ató con la soga de yute a la rama más gruesa, para no caerse. Rezó el credo que le había prometido a Urrugán. De lejos, se escuchaba el silbido de un pájaro. Los árboles parecían no tener fin ni principio.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Amalia.
Hago el pacto con Patricia. Departamento desocupado es igual a cita con Marquitos Graubal. Al principio se resistía un poco, pero cuando le conté que a mí me compró cinco pares de zapatos, cuatro cajas de perfumes, dos Tiffannys originales y veinte vestidos, sus prejuicios contra Marquitos desaparecieron como por encanto.
- Dame las llaves de tu departamento- me dice en la puerta de mi edificio- Va a durar más o menos quince minutos. Ni se te ocurra subir.
A los veinte minutos baja.
- Ya está. Está noche la Peco se va a la casa de Julián.
- ¿Cómo hiciste?
- Le dije a la Peco que no iba a soportar ver a Julián en tu casa, junto a ella, después de haberlo perdido. Lloré. Creo que grité. Mencioné algo del corazón destrozado y cosas así.
- ¿Y la Peco te creyó?
- Todo, todo. Ella también lloró, pero dijo que el amor era así y que nunca había soñado con encontrar a un hombre al que le encantara Puerto Pollensa. Terminamos las dos abrazadas y hasta comimos una porción de lemon pie. Estaba buenísimo.
Es en estos momentos en los cuales la Patri es mi ídola absoluta. La abrazo.
- Sos una genia.
- Modestamente, sí- me dice ella.- Ahora hablá con Marquitos.
- ¿Ya le decís Marquitos?
- Disculpá, me olvidé que salía con vos. Fue el año en que mi vieja estaba enferma ¿no es cierto?
- Sí.
- ¿Y por qué te peleaste con él?
- No me peleé. Es imposible pelearse con Marquitos. Me peleé con su abuela.
- ¿Cómo?
- Y, sí. Un día estaba en su departamento, esperando para ir al cine y apareció su abuela. Y empezó a gritarme cosas raras, como que yo le había sacado algo del centro de mesa, no me acuerdo si era un anillo o un broche. Y me maldijo en yddish. Bueno, creo que me maldijo. No sé yddish.
- ¿Y vos que hiciste?
- Nada, creo que le grité un poco también. Y entonces vino Marquitos y nos vió a las dos peleando. Yo le dije muy claro, o tu abuela o yo.
- ¿Y entonces?
- ¿Tengo el apellido de Graubal?
Patri se larga a reir.
- Ay, Amalia, a mi me han dejado un montón de hombres por otras minas, pero por la abuela ninguno.
- Eso es lo que te espera. Si salís con él. La madre no es tan hincha pelotas, es psiquiatra, buena mina, pero tené ojo con la abuela. Es malísima.
- Sí, supongo- me dice Patri- Debe ser una anciana muy malvada, de esas que organizan aquelarres todos los viernes.
- Es la razón por la que Marquitos sigue soltero, según su analista.
- Tiene casi cuarenta, Amalia. Si sigue soltero a los cuarenta es porque ninguna mujer lo aguanta.
Lo pienso un poco.
- Sí, también por eso.
Hago el pacto con Patricia. Departamento desocupado es igual a cita con Marquitos Graubal. Al principio se resistía un poco, pero cuando le conté que a mí me compró cinco pares de zapatos, cuatro cajas de perfumes, dos Tiffannys originales y veinte vestidos, sus prejuicios contra Marquitos desaparecieron como por encanto.
- Dame las llaves de tu departamento- me dice en la puerta de mi edificio- Va a durar más o menos quince minutos. Ni se te ocurra subir.
A los veinte minutos baja.
- Ya está. Está noche la Peco se va a la casa de Julián.
- ¿Cómo hiciste?
- Le dije a la Peco que no iba a soportar ver a Julián en tu casa, junto a ella, después de haberlo perdido. Lloré. Creo que grité. Mencioné algo del corazón destrozado y cosas así.
- ¿Y la Peco te creyó?
- Todo, todo. Ella también lloró, pero dijo que el amor era así y que nunca había soñado con encontrar a un hombre al que le encantara Puerto Pollensa. Terminamos las dos abrazadas y hasta comimos una porción de lemon pie. Estaba buenísimo.
Es en estos momentos en los cuales la Patri es mi ídola absoluta. La abrazo.
- Sos una genia.
- Modestamente, sí- me dice ella.- Ahora hablá con Marquitos.
- ¿Ya le decís Marquitos?
- Disculpá, me olvidé que salía con vos. Fue el año en que mi vieja estaba enferma ¿no es cierto?
- Sí.
- ¿Y por qué te peleaste con él?
- No me peleé. Es imposible pelearse con Marquitos. Me peleé con su abuela.
- ¿Cómo?
- Y, sí. Un día estaba en su departamento, esperando para ir al cine y apareció su abuela. Y empezó a gritarme cosas raras, como que yo le había sacado algo del centro de mesa, no me acuerdo si era un anillo o un broche. Y me maldijo en yddish. Bueno, creo que me maldijo. No sé yddish.
- ¿Y vos que hiciste?
- Nada, creo que le grité un poco también. Y entonces vino Marquitos y nos vió a las dos peleando. Yo le dije muy claro, o tu abuela o yo.
- ¿Y entonces?
- ¿Tengo el apellido de Graubal?
Patri se larga a reir.
- Ay, Amalia, a mi me han dejado un montón de hombres por otras minas, pero por la abuela ninguno.
- Eso es lo que te espera. Si salís con él. La madre no es tan hincha pelotas, es psiquiatra, buena mina, pero tené ojo con la abuela. Es malísima.
- Sí, supongo- me dice Patri- Debe ser una anciana muy malvada, de esas que organizan aquelarres todos los viernes.
- Es la razón por la que Marquitos sigue soltero, según su analista.
- Tiene casi cuarenta, Amalia. Si sigue soltero a los cuarenta es porque ninguna mujer lo aguanta.
Lo pienso un poco.
- Sí, también por eso.
miércoles, 28 de mayo de 2014
Stephen King
Sus novelas y sus cuentos de terror dan miedo de verdad. Es inevitable. Pero extrañamente donde mejor se mueve Stephen King (como un pez en el agua, o mejor dicho, como un tiburón en el agua) es en los relatos realistas. Y hay algo más curioso aún, en muchas de sus historias de terror la parte no fantástica es en realidad la mas tenebrosa. Es cierto que algunos de sus personajes quedan a medio componer y que sus tramas tienden a repetirse, pero también es cierto que Stephen King es como Dickens en el siglo XIX o como una hamburguesa con panceta, cheddar, cebolla y tomate; todo el mundo lo conoce (o al menos a sus historias), le gusta a casi todo el mundo y nunca te parece demasiado.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
- Mirá, Alberto- le digo- Yo te presto las dos lucas, todo bien. Pero me tenés que acompañar a un lugar.
- ¿A donde?- me pregunta él- No me digas que a ver a Lavandera otra vez. Tampoco ópera. Mucho menos al ese solista húngaro que toca ese instrumento horrible...
- No- le digo yo. Que hermano inculto que tengo, por favor. Por suerte a Juancito lo estoy haciendo escuchar Mozart para niños.- A una conferencia de Horacio González.
- No- me contesta.- Es peor que la ópera.
- Bueno, elegí, las dos lucas y Horacio González o le vas a pedir plata a papá.
Me declaro vencedor. La última vez que Alberto le pidió plata a papá, papá le dijo que le iba a prestar el día del arquero. Y acto seguido sacó a relucir toda la guita que había gastado en su primer casamiento ("incluído tu traje de novio"), en el segundo ("por lo menos usaste el traje del primero"), en los dos divorcios, en la carrera de medicina, en el auto Renault flamante que chocó al segundo día e inclusive en las cinco raquetas de tenis que le compró a los trece años. No fué un espectáculo agradable. Mamá intentó defenderlo de alguna manera, con la frase que usa desde que tenía once años y lo expulsaron del Goethe: en el fondo es un buen chico, no te pongas así. "Se lo va a gastar todo en vino y en putas" le contestó mi viejo. "Ni loco le vuelvo a prestar plata".
- Está bien, voy. Pero vos sos del PRO. Creí que odiabas a los kirchneristas.
- Me invitó Javier- digo yo con mi mejor cara de inocencia.
La cara de inocencia no me sale muy bien, porque Alberto me mira un poco torcido.
- Acá hay algo raro. Javier, vos... ¿Por qué tanto interés en que yo vaya a una conferencia?
Ahí me sonó. La verdad es que Alberto es bastante buen hermano en las Navidades y en los asados, pero no es la clase de gente que uno invita a conferencias. Por ahí algún distraído que recién lo conoce, pero no el hermano menor que desde hace demasiado tiempo lo viene rescatando de lugares tan inverosímiles como Esperanto.
- Pasa que parece que no va a ir nadie. Viste como está el clima en la calle, con todo esto de Cristina yegua y todo eso. Y Javier y el resto de los chicos de la Cámpora se enteraron y para que no se deprima uno de los miembros más importantes de Carta Abierta, quieren hacer un poco de número. Me dijo a mí y si te podía invitar a vos. Invité a más gente, a mamá y a papá inclusive, pero no engancharon para nada.
- Ah, claro- dice Alberto.- No, es cierto, pobre tipo, que bajón si da una conferencia y no hay nadie en la sala. ¿Va a durar mucho?
- Una hora y media.
- ¿Y de que va a hablar?
- Análisis desde el pensamiento nacional de la influencia de Laclau en los filósofos del posmarxismo anglosajón.
- Ah, claro.
Ya lo tengo.
- Germán ¿ese tal Laclau va a estar o no va a estar?
- Me parece que no, Alberto. Se murió hace poco. Salió en los diarios.
- Uh, que bajón. Pobre tipo ese González, encima de que nadie va a las conferencias se le muere el tipo sobre el que va a hablar. Tiene razón la voz de la calle, este gobierno viene en picada.
- Mirá, Alberto- le digo- Yo te presto las dos lucas, todo bien. Pero me tenés que acompañar a un lugar.
- ¿A donde?- me pregunta él- No me digas que a ver a Lavandera otra vez. Tampoco ópera. Mucho menos al ese solista húngaro que toca ese instrumento horrible...
- No- le digo yo. Que hermano inculto que tengo, por favor. Por suerte a Juancito lo estoy haciendo escuchar Mozart para niños.- A una conferencia de Horacio González.
- No- me contesta.- Es peor que la ópera.
- Bueno, elegí, las dos lucas y Horacio González o le vas a pedir plata a papá.
Me declaro vencedor. La última vez que Alberto le pidió plata a papá, papá le dijo que le iba a prestar el día del arquero. Y acto seguido sacó a relucir toda la guita que había gastado en su primer casamiento ("incluído tu traje de novio"), en el segundo ("por lo menos usaste el traje del primero"), en los dos divorcios, en la carrera de medicina, en el auto Renault flamante que chocó al segundo día e inclusive en las cinco raquetas de tenis que le compró a los trece años. No fué un espectáculo agradable. Mamá intentó defenderlo de alguna manera, con la frase que usa desde que tenía once años y lo expulsaron del Goethe: en el fondo es un buen chico, no te pongas así. "Se lo va a gastar todo en vino y en putas" le contestó mi viejo. "Ni loco le vuelvo a prestar plata".
- Está bien, voy. Pero vos sos del PRO. Creí que odiabas a los kirchneristas.
- Me invitó Javier- digo yo con mi mejor cara de inocencia.
La cara de inocencia no me sale muy bien, porque Alberto me mira un poco torcido.
- Acá hay algo raro. Javier, vos... ¿Por qué tanto interés en que yo vaya a una conferencia?
Ahí me sonó. La verdad es que Alberto es bastante buen hermano en las Navidades y en los asados, pero no es la clase de gente que uno invita a conferencias. Por ahí algún distraído que recién lo conoce, pero no el hermano menor que desde hace demasiado tiempo lo viene rescatando de lugares tan inverosímiles como Esperanto.
- Pasa que parece que no va a ir nadie. Viste como está el clima en la calle, con todo esto de Cristina yegua y todo eso. Y Javier y el resto de los chicos de la Cámpora se enteraron y para que no se deprima uno de los miembros más importantes de Carta Abierta, quieren hacer un poco de número. Me dijo a mí y si te podía invitar a vos. Invité a más gente, a mamá y a papá inclusive, pero no engancharon para nada.
- Ah, claro- dice Alberto.- No, es cierto, pobre tipo, que bajón si da una conferencia y no hay nadie en la sala. ¿Va a durar mucho?
- Una hora y media.
- ¿Y de que va a hablar?
- Análisis desde el pensamiento nacional de la influencia de Laclau en los filósofos del posmarxismo anglosajón.
- Ah, claro.
Ya lo tengo.
- Germán ¿ese tal Laclau va a estar o no va a estar?
- Me parece que no, Alberto. Se murió hace poco. Salió en los diarios.
- Uh, que bajón. Pobre tipo ese González, encima de que nadie va a las conferencias se le muere el tipo sobre el que va a hablar. Tiene razón la voz de la calle, este gobierno viene en picada.
martes, 27 de mayo de 2014
Gottdamerung
a Phillip Roth
La buena comida se había acabado hacía rato, como también las botellas de vodka y los cigarros. Y después las balas y las armas. Y los abrigos. Y los otros no se rendían.
Entonces nos llegó el telegrama.
El jefe lo leyó.
Que dice, le pregunté yo.
Que nos han ascendido a todos. Que nuestra resistencia es heroica. Que ganaremos la guerra.
Se sacó los guantes. Siempre le había gustado ser militar.
Si sacara mi cabeza de aquí y escupiera, creo que los otros acertarían en mi ojo derecho, dijo el jefe. Hacía tres años, era otra persona. La venganza tan esperada había sido cumplida, la victoria era segura, aquello duraría mil años. Otros habían dudado; el no. Por eso había durado tanto tiempo en su puesto.
Trajeron a otro soldado. A este lo habían matado en un callejón, unos niños apenas. Como tantos que habíamos fusilado. El soldado se quejaba quedamente.
¿Queda algún médico? preguntó el jefe.
Si, le dije yo, pero no quedan alcohol ni vendas.
Hace tanto frío aquí, dijo él.
Nunca nos dijeron que haría tanto frío.
Nos han ascendido a todos. Se rió. Rompió el telegrama.
Nos rendimos, me dijo. Ve a hablar con los otros sin que te maten. Nos rendimos incondicionalmente.
Te fusilarán, le dije yo.
Probablemente. Solo ven traidores por todos lados.
¿Rendición, entonces? Después de tanto tiempo, me parecía increíble.
Ya me oíste. No me discutas. Si sigues hablando, me dijo y sonrió con su media sonrisa y yo recordé que siempre había confiado en él, si que terminaremos fusilados.
La buena comida se había acabado hacía rato, como también las botellas de vodka y los cigarros. Y después las balas y las armas. Y los abrigos. Y los otros no se rendían.
Entonces nos llegó el telegrama.
El jefe lo leyó.
Que dice, le pregunté yo.
Que nos han ascendido a todos. Que nuestra resistencia es heroica. Que ganaremos la guerra.
Se sacó los guantes. Siempre le había gustado ser militar.
Si sacara mi cabeza de aquí y escupiera, creo que los otros acertarían en mi ojo derecho, dijo el jefe. Hacía tres años, era otra persona. La venganza tan esperada había sido cumplida, la victoria era segura, aquello duraría mil años. Otros habían dudado; el no. Por eso había durado tanto tiempo en su puesto.
Trajeron a otro soldado. A este lo habían matado en un callejón, unos niños apenas. Como tantos que habíamos fusilado. El soldado se quejaba quedamente.
¿Queda algún médico? preguntó el jefe.
Si, le dije yo, pero no quedan alcohol ni vendas.
Hace tanto frío aquí, dijo él.
Nunca nos dijeron que haría tanto frío.
Nos han ascendido a todos. Se rió. Rompió el telegrama.
Nos rendimos, me dijo. Ve a hablar con los otros sin que te maten. Nos rendimos incondicionalmente.
Te fusilarán, le dije yo.
Probablemente. Solo ven traidores por todos lados.
¿Rendición, entonces? Después de tanto tiempo, me parecía increíble.
Ya me oíste. No me discutas. Si sigues hablando, me dijo y sonrió con su media sonrisa y yo recordé que siempre había confiado en él, si que terminaremos fusilados.
La muerte de un rey. 30º parte.
Oregon. Bronx. 2016.
he is not selling any allibies
Bob Dylan
Oregon, lo que hacemos está mal, le dijo Amparo.
Después se durmió. El no. Hacía años que no dormía, no como antes. Desde que el médico les había dado el diagnóstico de Eliza. Habían llorado los dos, y se habían resignado y e incluso las madres de Amparo y su propia madre y su propio padre se habían resignado. Y entonces llegó Sarar. Todo fué tan extraño desde entonces, que a Oregon le parecía estar flotando en un mundo desconocido.
Le preocupaba sobre todo Rodrick. Era un muchacho tímido pero feliz cuando lo había conocido, ferviente defensor de la ciencia y la tecnología, enamorado de los invertebrados que estudiaba. Ahora había cambiado y, aunque él no lo decía, el cambio tenía que ver con La Máquina. Solo Amparo y él se daban cuenta de eso; el resto, ensimismados en sus planes extraños, no veían más que un jovencito delgado y esmirriado, de ojos azules y de piel pálida. Incluso la mayoría de lo otros pensaban que podían prescindir de él. Solo él y Sarar sabían que sin Rodrick sería imposible que el plan continuara ni un solo día.
Pauline se había casado hacía un mes. Estaba vestida de blanco en la foto y se la veía feliz y su marido era un abogado de buena leyenda en los tribunales de Boston, defendiendo a condenados a cadena perpetua pro bono. A Rodrick no pareció afectarle demasiado, porque había renunciado ya a Pauline. Pero Oregon sabía que le estaban pidiendo demasiado; no solo por lo de Pauline, sino porque Rodrick dudaba cada vez más de que La Máquina, su creación, su vida ahora, fuera algo tan bueno como habían imaginado todos en un principio.
Piensa que sin ti, Eliza y Melinda estarían muertas, le decía Ludmila.
Es cierto, aseguraba Penny.
Oregon se levantó y fue al cuarto de Eliza. Estaba durmiendo. Respiraba bien, tranquila. Esa era la felicidad que había anhelado durante tantos meses, y le parecía injusto que ahora le costara tanto.
No entienden, le había dicho Rodrick. Ninguno de ellos. No espero que entiendas tú tampoco y sé que lo que digo te parecerá el colmo del egoísmo, y quizás tengas razón. Pero tendrías que alimentar a Pauline todos los días, extraer el veneno de sus glándulas y entonces quizás. No hay manera de explicarlo. Lo que parecía al principio un acto generoso se está transformando en otra cosa; hay paredes invisibles en mi laboratorio y algo me dice que nos arrepentiremos de lo que hacemos ahora. Debería haber aceptado el rechazo del jefe de la revista científica, haber tenido más paciencia.
No lo hiciste por la ciencia, le contestó Oregon.
No, pero en parte sí. Es como cuando rompes una copa de vidrio llena de agua; nunca puedes decir que no ocurrirá nada. Algo puede ocurrir. Puedes cortarte el dedo al juntar los pedazos, el dueño de la casa puede enojarse contigo y echarte, tu madre puede juntar los pedazos en una pala, tus amigos pueden burlarse de tí. Cometí el peor error que podía cometer; me enamoré de una hipótesis científica y supuse que con ella salvaría la vida de muchos.
Has salvado la de dos personas, hasta ahora.
Si, es cierto. Pero ¿no lo ves? Ahora debemos partir todos nosotros de la Tierra, a otro planeta desconocido y deshabitado. Yo deberé guardar sus sueños mientras ustedes duermen y no podré descuidarme un solo momento, porque pueden morir si yo lo hago. Y cuando lleguemos al nuevo planeta... Oregon, entiéndeme, mis padres, mis amigos. Incluso la antipática mujer de la cafetería que me solía servir las patatas grasientas. E incluso si no tuviera que abandonarlos e incluso si Henry tiene razón y el nuevo planeta es hermoso, ¿qué haremos allí? Tu irás con Amparo y con Eliza, pero incluso así.
A esas horas de la noche (eran casi las tres de la mañana) Oregon tuvo ganas de llamar a Rodrick. Y decirle que quizás tenía razón, que huyera lejos, que abandonara el proyecto de La Máquina. Pero no se atrevió. Amparo, Sarar, Ludmila, Penny, sus padres, Lisbeth, Melinda; ninguno se lo perdonaría. Y debería ver morir a Eliza.
Lo único malo de su vida era el insomnio.
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Bob Dylan
Oregon, lo que hacemos está mal, le dijo Amparo.
Después se durmió. El no. Hacía años que no dormía, no como antes. Desde que el médico les había dado el diagnóstico de Eliza. Habían llorado los dos, y se habían resignado y e incluso las madres de Amparo y su propia madre y su propio padre se habían resignado. Y entonces llegó Sarar. Todo fué tan extraño desde entonces, que a Oregon le parecía estar flotando en un mundo desconocido.
Le preocupaba sobre todo Rodrick. Era un muchacho tímido pero feliz cuando lo había conocido, ferviente defensor de la ciencia y la tecnología, enamorado de los invertebrados que estudiaba. Ahora había cambiado y, aunque él no lo decía, el cambio tenía que ver con La Máquina. Solo Amparo y él se daban cuenta de eso; el resto, ensimismados en sus planes extraños, no veían más que un jovencito delgado y esmirriado, de ojos azules y de piel pálida. Incluso la mayoría de lo otros pensaban que podían prescindir de él. Solo él y Sarar sabían que sin Rodrick sería imposible que el plan continuara ni un solo día.
Pauline se había casado hacía un mes. Estaba vestida de blanco en la foto y se la veía feliz y su marido era un abogado de buena leyenda en los tribunales de Boston, defendiendo a condenados a cadena perpetua pro bono. A Rodrick no pareció afectarle demasiado, porque había renunciado ya a Pauline. Pero Oregon sabía que le estaban pidiendo demasiado; no solo por lo de Pauline, sino porque Rodrick dudaba cada vez más de que La Máquina, su creación, su vida ahora, fuera algo tan bueno como habían imaginado todos en un principio.
Piensa que sin ti, Eliza y Melinda estarían muertas, le decía Ludmila.
Es cierto, aseguraba Penny.
Oregon se levantó y fue al cuarto de Eliza. Estaba durmiendo. Respiraba bien, tranquila. Esa era la felicidad que había anhelado durante tantos meses, y le parecía injusto que ahora le costara tanto.
No entienden, le había dicho Rodrick. Ninguno de ellos. No espero que entiendas tú tampoco y sé que lo que digo te parecerá el colmo del egoísmo, y quizás tengas razón. Pero tendrías que alimentar a Pauline todos los días, extraer el veneno de sus glándulas y entonces quizás. No hay manera de explicarlo. Lo que parecía al principio un acto generoso se está transformando en otra cosa; hay paredes invisibles en mi laboratorio y algo me dice que nos arrepentiremos de lo que hacemos ahora. Debería haber aceptado el rechazo del jefe de la revista científica, haber tenido más paciencia.
No lo hiciste por la ciencia, le contestó Oregon.
No, pero en parte sí. Es como cuando rompes una copa de vidrio llena de agua; nunca puedes decir que no ocurrirá nada. Algo puede ocurrir. Puedes cortarte el dedo al juntar los pedazos, el dueño de la casa puede enojarse contigo y echarte, tu madre puede juntar los pedazos en una pala, tus amigos pueden burlarse de tí. Cometí el peor error que podía cometer; me enamoré de una hipótesis científica y supuse que con ella salvaría la vida de muchos.
Has salvado la de dos personas, hasta ahora.
Si, es cierto. Pero ¿no lo ves? Ahora debemos partir todos nosotros de la Tierra, a otro planeta desconocido y deshabitado. Yo deberé guardar sus sueños mientras ustedes duermen y no podré descuidarme un solo momento, porque pueden morir si yo lo hago. Y cuando lleguemos al nuevo planeta... Oregon, entiéndeme, mis padres, mis amigos. Incluso la antipática mujer de la cafetería que me solía servir las patatas grasientas. E incluso si no tuviera que abandonarlos e incluso si Henry tiene razón y el nuevo planeta es hermoso, ¿qué haremos allí? Tu irás con Amparo y con Eliza, pero incluso así.
A esas horas de la noche (eran casi las tres de la mañana) Oregon tuvo ganas de llamar a Rodrick. Y decirle que quizás tenía razón, que huyera lejos, que abandonara el proyecto de La Máquina. Pero no se atrevió. Amparo, Sarar, Ludmila, Penny, sus padres, Lisbeth, Melinda; ninguno se lo perdonaría. Y debería ver morir a Eliza.
Lo único malo de su vida era el insomnio.
Un aire de familia. 9º parte.
Paris era tan húmedo que Samuel pensó que moriría las primeras dos semanas. A Hoffmann, increíblemente, la ciudad le sentó bien, engordó un poco y visitó la tumba de Oscar Wilde. "Nunca seré famoso" le dijo a Samuel. "No famoso como Wilde, al menos, nunca escribiré The Importance of Being Ernest ni Salomé".
- Tus poemas no son malos- le dijo Samuel.
- No es eso. Es que ya no importa. Sabes, son como los cuadros de Tendrone o los de Marinetti o los de Mondrian. Hemos malgastado nuestra vida en espantar a los burgueses y ¿que obtenemos? Los burgueses son cada vez más decadentes, más parecidos a nosotros. Más radicales, inclusive. Inventamos nuevas vanguardias y nos seguimos vistiendo con terciopelos violetas, como hace un siglo atrás. Mientras tanto ellos compran nuestros cuadros, publican nuestros libros, escuchan nuestras óperas. El verdadero arte está muerto.
- Creí que querías morir como Rimbaud o como Stevenson. En islas salvajes.
- Hace rato que renuncié al mito del buen salvaje.
- Katherine dice, en cambio, que el tiempo de ustedes aquí está terminando. Que la bohemia loca deberá mudarse a otra parte.
- Nos mudaremos a otra parte, pero el mundo no cambiará por eso. Katherine, Laurak, Tendrone, quizás, no lo dudo. Te diré algo horrible: cuando ellos tengan que marcharse, París, Berlín, Europa entera serán un lugar más gris y aburrido, pero por lo demás será igual. Nadie saldrá a la calle pidiendo que los artistas regresen; los hombres y las mujeres morirán en la guerra y quizás muera algun artista también, y a nadie le importará.
- ¿Cómo estás tan seguro de que habrá otra guerra?
- Oh, Samuel, ¿estás ciego? En los mercados, en los bares, la gente supura rencor. La Gran Guerra le quitó la piedad al Viejo Mundo; nunca murieron tantos por tan poco. Esta paz que vivimos está armada con pinzas de cristal. Incluso en la Rusia bolchevique las cosas están cambiando, los que cuentan la historia están cambiando la historia.
- No sé por qué me hice tu amigo. Tu visión del mundo es tan oscura.
- Estoy muriendo desde hace algunos años, Samuel.
- ¿No es eso lo que hacemos todos?
- Es cierto. Pero ahora sé que no moriré como otros. No iré a la gran América, como Tendrone planea, ni a Rusia, como Katherine. Volveré contigo a la ciudad y empezaré a escribir otras cosas. Y empezaré a vivir otra vida.
- ¿Por qué en la ciudad? ¿Por qué escribir? Ya dijiste que no basta con escribir. Hoffmann, sería mejor que fueras a Grecia, como dijeron los médicos.
- No cambiaré la vida de nadie si me marcho a Grecia. Quizás en nuestra ciudad algo pueda cambiar. He hablado con gente, conozco personas.
- Tus poemas no son malos- le dijo Samuel.
- No es eso. Es que ya no importa. Sabes, son como los cuadros de Tendrone o los de Marinetti o los de Mondrian. Hemos malgastado nuestra vida en espantar a los burgueses y ¿que obtenemos? Los burgueses son cada vez más decadentes, más parecidos a nosotros. Más radicales, inclusive. Inventamos nuevas vanguardias y nos seguimos vistiendo con terciopelos violetas, como hace un siglo atrás. Mientras tanto ellos compran nuestros cuadros, publican nuestros libros, escuchan nuestras óperas. El verdadero arte está muerto.
- Creí que querías morir como Rimbaud o como Stevenson. En islas salvajes.
- Hace rato que renuncié al mito del buen salvaje.
- Katherine dice, en cambio, que el tiempo de ustedes aquí está terminando. Que la bohemia loca deberá mudarse a otra parte.
- Nos mudaremos a otra parte, pero el mundo no cambiará por eso. Katherine, Laurak, Tendrone, quizás, no lo dudo. Te diré algo horrible: cuando ellos tengan que marcharse, París, Berlín, Europa entera serán un lugar más gris y aburrido, pero por lo demás será igual. Nadie saldrá a la calle pidiendo que los artistas regresen; los hombres y las mujeres morirán en la guerra y quizás muera algun artista también, y a nadie le importará.
- ¿Cómo estás tan seguro de que habrá otra guerra?
- Oh, Samuel, ¿estás ciego? En los mercados, en los bares, la gente supura rencor. La Gran Guerra le quitó la piedad al Viejo Mundo; nunca murieron tantos por tan poco. Esta paz que vivimos está armada con pinzas de cristal. Incluso en la Rusia bolchevique las cosas están cambiando, los que cuentan la historia están cambiando la historia.
- No sé por qué me hice tu amigo. Tu visión del mundo es tan oscura.
- Estoy muriendo desde hace algunos años, Samuel.
- ¿No es eso lo que hacemos todos?
- Es cierto. Pero ahora sé que no moriré como otros. No iré a la gran América, como Tendrone planea, ni a Rusia, como Katherine. Volveré contigo a la ciudad y empezaré a escribir otras cosas. Y empezaré a vivir otra vida.
- ¿Por qué en la ciudad? ¿Por qué escribir? Ya dijiste que no basta con escribir. Hoffmann, sería mejor que fueras a Grecia, como dijeron los médicos.
- No cambiaré la vida de nadie si me marcho a Grecia. Quizás en nuestra ciudad algo pueda cambiar. He hablado con gente, conozco personas.
lunes, 26 de mayo de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Amalia.
Cómo en casa ya no se puede estar, voy a la casa de Patri.
- Hola, chi, como estás.- Me mira la cara- Ya sé, es la Peco. Aguántala un poco más, es densa con la vida sana y todo eso, pero ya se va a amigar con Karen.
- Patri, no creo que se amigue.
- ¿Por qué no?
- ¿Viste que mi jefe es ahora Julián?
- Sí, ya sé...
- El otro día vino a mi casa. Yo no estaba. Estaba la Peco escuchando las canciones que ella siempre escucha...
- No- me dice la Patri.
- Y bueno- le digo yo- son Sandra y Celeste. Son super románticas. Y no le gustan a ningún hombre que yo conozca menos...
- Menos a Julián- la completa la Patri.- ¿Cómo me hiciste esto?
- ¿Yo? Yo no hice nada.
- Claro, ahora todo va a estar bárbaro, la Karen separada de la Peco, la Peco con mi ex novio, es un desastre, sos una desgraciada.
- Yo te dije que trajeras a la Peco acá- le digo- Te dije que no la aguantaba más, y vos ni bola, apenas si me ayudaste. Qué querés, mi jefe es Julián, tiene un encanto especial con las mujeres. No sé como hace.
- No- dice Patri- yo tampoco lo sé. Pero podrías haberlo echado.
- Me echa del trabajo, pedazo de boluda.
- ¿Y Karen?
- Lo asumió demasiado bien- le digo yo- Y encima dice que no estaba lista para ser madre.
Patri se queda callada un rato largo. Después se larga a reir.
- Vos sabés, si yo no hubiera sabido siempre que la Peco era lesbiana, se me tendría que haber ocurrido. Es la mujer ideal de Julián. Es cierto lo que decía Karen, lo de la sonrisita irónica cuando las veía a las dos, pero con la Peco era más...
- ¿Más qué?
- Más amable. Por ahí le gustaba desde hace mucho, que se yo. Y Julián cuando ve una oportunidad la aprovecha.
- Y la verdad- digo yo- esta vez estaba servida en bandeja. Lo peor de todo es que no hay manera de que recupere mi departamento para mí sola.
- Bueno, nena- me dice Patri- todo sea por el amor. Aunque me parece que nunca más vamos a poder salir las cuatro juntas, como antes.
- Cierto. Lo peor de todo es que la pattiserie de Julián queda a una cuadra de la casa de Karen y que Julián la está convenciendo a la Peco para que lo ayude con la carta y con la cocina. O sea, la voy a tener en mi casa y en el trabajo.
- Bueno, no seas tonta, decile a Julian que se la lleve.
- No puedo.
- Claro que podés. "Julián, llevate a tu novia a tu casa". Se lo decís. Así.
- Es más fuerte que yo. ¿Podés ir vos y decírselo? Prometo después que te consigo un novio del PRO, con remera y todo.
- ¿Y donde conocés gente del PRO?
- Tengo una carta abajo de la manga, Patri- le digo- Los amigos de mi viejo. Tres de UNEN, uno filo kirchnerista, pero cuatro del PRO.
- ¿Cuatro? ¿Alguno soltero y por abajo de los cuarenta?
- Tan lanzada y con pretensiones. Uno solo. Marcos Graubal. Dueño de una fábrica textil. Dos veces concejal. Hermano del rabino Graubal. Y vive con la mamá.
- No- me dice la Patri.
- Que mala onda- le digo.- Te quiero ayudar.
- No, vos te querés deshacer de la Peco. Y la recompensa no es muy buena: un judío treinteañero que todavía vive con la madre. Ya sobreviví a Julián, pero a eso no sobrevivo.
- No solamente con la madre. Con la abuela también. Salí con él un año y medio, Patri. No es tan malo, salvo en el Sabath. Ahí se transforma.
-
Cómo en casa ya no se puede estar, voy a la casa de Patri.
- Hola, chi, como estás.- Me mira la cara- Ya sé, es la Peco. Aguántala un poco más, es densa con la vida sana y todo eso, pero ya se va a amigar con Karen.
- Patri, no creo que se amigue.
- ¿Por qué no?
- ¿Viste que mi jefe es ahora Julián?
- Sí, ya sé...
- El otro día vino a mi casa. Yo no estaba. Estaba la Peco escuchando las canciones que ella siempre escucha...
- No- me dice la Patri.
- Y bueno- le digo yo- son Sandra y Celeste. Son super románticas. Y no le gustan a ningún hombre que yo conozca menos...
- Menos a Julián- la completa la Patri.- ¿Cómo me hiciste esto?
- ¿Yo? Yo no hice nada.
- Claro, ahora todo va a estar bárbaro, la Karen separada de la Peco, la Peco con mi ex novio, es un desastre, sos una desgraciada.
- Yo te dije que trajeras a la Peco acá- le digo- Te dije que no la aguantaba más, y vos ni bola, apenas si me ayudaste. Qué querés, mi jefe es Julián, tiene un encanto especial con las mujeres. No sé como hace.
- No- dice Patri- yo tampoco lo sé. Pero podrías haberlo echado.
- Me echa del trabajo, pedazo de boluda.
- ¿Y Karen?
- Lo asumió demasiado bien- le digo yo- Y encima dice que no estaba lista para ser madre.
Patri se queda callada un rato largo. Después se larga a reir.
- Vos sabés, si yo no hubiera sabido siempre que la Peco era lesbiana, se me tendría que haber ocurrido. Es la mujer ideal de Julián. Es cierto lo que decía Karen, lo de la sonrisita irónica cuando las veía a las dos, pero con la Peco era más...
- ¿Más qué?
- Más amable. Por ahí le gustaba desde hace mucho, que se yo. Y Julián cuando ve una oportunidad la aprovecha.
- Y la verdad- digo yo- esta vez estaba servida en bandeja. Lo peor de todo es que no hay manera de que recupere mi departamento para mí sola.
- Bueno, nena- me dice Patri- todo sea por el amor. Aunque me parece que nunca más vamos a poder salir las cuatro juntas, como antes.
- Cierto. Lo peor de todo es que la pattiserie de Julián queda a una cuadra de la casa de Karen y que Julián la está convenciendo a la Peco para que lo ayude con la carta y con la cocina. O sea, la voy a tener en mi casa y en el trabajo.
- Bueno, no seas tonta, decile a Julian que se la lleve.
- No puedo.
- Claro que podés. "Julián, llevate a tu novia a tu casa". Se lo decís. Así.
- Es más fuerte que yo. ¿Podés ir vos y decírselo? Prometo después que te consigo un novio del PRO, con remera y todo.
- ¿Y donde conocés gente del PRO?
- Tengo una carta abajo de la manga, Patri- le digo- Los amigos de mi viejo. Tres de UNEN, uno filo kirchnerista, pero cuatro del PRO.
- ¿Cuatro? ¿Alguno soltero y por abajo de los cuarenta?
- Tan lanzada y con pretensiones. Uno solo. Marcos Graubal. Dueño de una fábrica textil. Dos veces concejal. Hermano del rabino Graubal. Y vive con la mamá.
- No- me dice la Patri.
- Que mala onda- le digo.- Te quiero ayudar.
- No, vos te querés deshacer de la Peco. Y la recompensa no es muy buena: un judío treinteañero que todavía vive con la madre. Ya sobreviví a Julián, pero a eso no sobrevivo.
- No solamente con la madre. Con la abuela también. Salí con él un año y medio, Patri. No es tan malo, salvo en el Sabath. Ahí se transforma.
-
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
Estoy en mi oficina, solo, cerrando balances. Me llama Javier.
- ¿Puedo encontrarme con vos?
- Sí, claro- le digo yo. Espero que no sea otra vez por lo de la Peco y Karen, porque ya llegamos a la conclusión de que no hay mucho para hacer.
- Mirá- me dice Javier cuando llega- el otro día conocí a dos chicas divinas en una asamblea en la Universidad de La Matanza. Re simpáticas, muy lindas y apoyan bastante a la presidenta. Aceptaron ir conmigo a oír a Horacio González a la Biblioteca Nacional. Estudian psicología en la UBA, son piolas, todo bien. ¿Me podés hacer la gamba?
- ¿De en serio son lindas?- le preguntó yo.
- Sí, acá están en las selfies.
Están bastante bien.
- Bueno, dale, me engancho.
- Bárbaro, que amigo- me dice Javier- Ahora, primero, no hables de Macri. Ni del PRO. En lo posible no digás nada de política, solamente asentí y negá. Bueno, si querés hablá bien de las bicisendas.
- Las bicisendas. Entiendo. ¿Lo segundo?
- Bueno, la cosa es que van a ir con un amigo.
Ahí me quedo callado. Rebusco en mi agenda mental. Amiga, amiga, amiga. Soltera, disponible, piola. Bueno, Carla Erguyren Mansilla estudia Sociología en la Universidad de Belgrano y come milanesas de soja. Puede llegar a ser.
- Creo que tengo a alguien. Carla...
- Ahí está de lo que quería hablarte. El amigo de estas chicas es un chico, bueno. A ver cómo te lo explico. Si va en el Titanic y están Kate Winslet y Leonardo Di Caprio y tiene que salvar a uno de los dos, como que salva a Leonardo Di Caprio.
- Ah- le digo yo- Entiendo.
- ¿No conocés a nadie?
- No, que sé yo. Si conozco, un montón, pero están en pareja. O son complicados. O están enamorados de mí.
- Ah- dice Javier- que mala suerte. Bueno, tenemos un poco de tiempo, hasta mañana a la noche. Alguno puede aparecer.
- Si, esperemos.
Entonces llama Alberto.
- ¿Che, Germán, no tenés dos lucas que me prestes? Me quedé sin guita otra vez y me faltan dos semanas para cobrar todo lo que me deben.
- Bueno- le digo yo- Pasá por la oficina.
- ¿Quién era?- me pregunta Javier.
- Alberto. Quiere que le preste guita.
- Que manguero, che.- Y entonces se le iluminan los ojos- Ahí está. Podés pedirle un favor a cambio de otro favor.
- Che, Alberto no es homosexual.
- No estoy diciendo nada de que sea homosexual. Es más, no le vamos a decir nada a él. Que nos acompañe a la charla, nada más, como una gauchada.
- ¿Vos estás loco?
- No, solamente. Tu hermano le va a cortar el chorro a este chico, seguro. Además, por lo que ví, no creo que tu hermano sea para nada el tipo de él.
- Che, no es tan feo.
- Germán, tiene fotos de Simeone y de Kit Harrington en toda la carpeta.
Suspiro. Por una vez, tengo que elegir. ¿El amor fraternal o la posibilidad de conseguir una chica?
- Vamos para adelante. No creo que le de bola.
Estoy en mi oficina, solo, cerrando balances. Me llama Javier.
- ¿Puedo encontrarme con vos?
- Sí, claro- le digo yo. Espero que no sea otra vez por lo de la Peco y Karen, porque ya llegamos a la conclusión de que no hay mucho para hacer.
- Mirá- me dice Javier cuando llega- el otro día conocí a dos chicas divinas en una asamblea en la Universidad de La Matanza. Re simpáticas, muy lindas y apoyan bastante a la presidenta. Aceptaron ir conmigo a oír a Horacio González a la Biblioteca Nacional. Estudian psicología en la UBA, son piolas, todo bien. ¿Me podés hacer la gamba?
- ¿De en serio son lindas?- le preguntó yo.
- Sí, acá están en las selfies.
Están bastante bien.
- Bueno, dale, me engancho.
- Bárbaro, que amigo- me dice Javier- Ahora, primero, no hables de Macri. Ni del PRO. En lo posible no digás nada de política, solamente asentí y negá. Bueno, si querés hablá bien de las bicisendas.
- Las bicisendas. Entiendo. ¿Lo segundo?
- Bueno, la cosa es que van a ir con un amigo.
Ahí me quedo callado. Rebusco en mi agenda mental. Amiga, amiga, amiga. Soltera, disponible, piola. Bueno, Carla Erguyren Mansilla estudia Sociología en la Universidad de Belgrano y come milanesas de soja. Puede llegar a ser.
- Creo que tengo a alguien. Carla...
- Ahí está de lo que quería hablarte. El amigo de estas chicas es un chico, bueno. A ver cómo te lo explico. Si va en el Titanic y están Kate Winslet y Leonardo Di Caprio y tiene que salvar a uno de los dos, como que salva a Leonardo Di Caprio.
- Ah- le digo yo- Entiendo.
- ¿No conocés a nadie?
- No, que sé yo. Si conozco, un montón, pero están en pareja. O son complicados. O están enamorados de mí.
- Ah- dice Javier- que mala suerte. Bueno, tenemos un poco de tiempo, hasta mañana a la noche. Alguno puede aparecer.
- Si, esperemos.
Entonces llama Alberto.
- ¿Che, Germán, no tenés dos lucas que me prestes? Me quedé sin guita otra vez y me faltan dos semanas para cobrar todo lo que me deben.
- Bueno- le digo yo- Pasá por la oficina.
- ¿Quién era?- me pregunta Javier.
- Alberto. Quiere que le preste guita.
- Que manguero, che.- Y entonces se le iluminan los ojos- Ahí está. Podés pedirle un favor a cambio de otro favor.
- Che, Alberto no es homosexual.
- No estoy diciendo nada de que sea homosexual. Es más, no le vamos a decir nada a él. Que nos acompañe a la charla, nada más, como una gauchada.
- ¿Vos estás loco?
- No, solamente. Tu hermano le va a cortar el chorro a este chico, seguro. Además, por lo que ví, no creo que tu hermano sea para nada el tipo de él.
- Che, no es tan feo.
- Germán, tiene fotos de Simeone y de Kit Harrington en toda la carpeta.
Suspiro. Por una vez, tengo que elegir. ¿El amor fraternal o la posibilidad de conseguir una chica?
- Vamos para adelante. No creo que le de bola.
viernes, 23 de mayo de 2014
Un aire de familia. 8º parte
- Iré a París con Katherine y Tendrone- le dijo una noche Hoffmann a Samuel- ¿Quieres venir con nosotros?
- No puedo- le respondió él.- Aquí tengo mi trabajo y mi esposa.
- No creo que Hannah diga nada. Y en cuanto al editor del periódico, es un viaje de solo cinco días. No le costará nada. Incluso puedes escribir algo en el periódico.
Esa noche lo habló con Hannah.
- Oh- le dijo ella- Hoffmann está loco. París es mucho más húmedo que aquí. Terminará de morirse.
- Pero ¿y tú? ¿Y Judith?
- La niña está bien. Ya camina, ya habla. Quizás venga mi hermana Sarah a visitarme.
- ¿Entonces puedo ir?
- ¿Quién cuidará a Hoffmann, si no?
- Katherine y Tendrone también irán.
- Está bien, Samuel. Traéme algo de allí.
Samuel muchas veces se había preguntado si Hannah sabía que el estaba enamorado de Katherine. Si lo sabía (lo que no sería extraño) no parecía molestarle. A él si le molestaban algunas cosas de Katherine, e inútilmente intentaba cambiar sus hábitos, la morfina, sobre todo, aunque también la promiscuidad y la costumbre de dormir cada dos noches en una habitación distinta.
- La morfina me la compro yo- le respondía Katherine- y te recuerdo que tu estás casado.
- No por propia voluntad- era la débil respuesta de él.
- Tanto peor- decía ella.
- ¿Y si mueres?- seguía él- ¿Y si te matan? El mundo está lleno de hombres ansiosos de asesinar a mujeres hermosas.
- Entonces moriría.
- ¿No te da miedo?
Katherine río.
- Una vez posé para Tendrone. El estaba borracho y tenía un cuchillo de carnicero y un conejo sobre la mesa de su estudio. Me miró toda la tarde como si quisiera matarme. Quizás lo hubiera hecho.
- Y sigues siendo su amiga...
- Compartimos la morfina y cantamos las mismas canciones del cabaret. No te preocupes, Samuel- le dijo- mi tiempo, el tiempo de Tendrone, de Hoffmann, se está acabando. Viajemos a París, disfrutemos, dentro de poco, si todo sigue así, tendremos que huir. A nosotros no nos importa demasiado, pero tu cuídate. En realidad, a mí me preocupan más Hannah y Judith, atadas a un hogar en un mundo que los está empezando a odiar por nada.
- ¿Y adonde huirán?- preguntó Samuel, imaginando una gran despedida de barcos en un puerto.
- Yo a Rusia, probablemente.
- ¿A Rusia?
- De donde huyen los condes y los párrocos- dijo Katherine- El mejor lugar para huir.
- No puedo- le respondió él.- Aquí tengo mi trabajo y mi esposa.
- No creo que Hannah diga nada. Y en cuanto al editor del periódico, es un viaje de solo cinco días. No le costará nada. Incluso puedes escribir algo en el periódico.
Esa noche lo habló con Hannah.
- Oh- le dijo ella- Hoffmann está loco. París es mucho más húmedo que aquí. Terminará de morirse.
- Pero ¿y tú? ¿Y Judith?
- La niña está bien. Ya camina, ya habla. Quizás venga mi hermana Sarah a visitarme.
- ¿Entonces puedo ir?
- ¿Quién cuidará a Hoffmann, si no?
- Katherine y Tendrone también irán.
- Está bien, Samuel. Traéme algo de allí.
Samuel muchas veces se había preguntado si Hannah sabía que el estaba enamorado de Katherine. Si lo sabía (lo que no sería extraño) no parecía molestarle. A él si le molestaban algunas cosas de Katherine, e inútilmente intentaba cambiar sus hábitos, la morfina, sobre todo, aunque también la promiscuidad y la costumbre de dormir cada dos noches en una habitación distinta.
- La morfina me la compro yo- le respondía Katherine- y te recuerdo que tu estás casado.
- No por propia voluntad- era la débil respuesta de él.
- Tanto peor- decía ella.
- ¿Y si mueres?- seguía él- ¿Y si te matan? El mundo está lleno de hombres ansiosos de asesinar a mujeres hermosas.
- Entonces moriría.
- ¿No te da miedo?
Katherine río.
- Una vez posé para Tendrone. El estaba borracho y tenía un cuchillo de carnicero y un conejo sobre la mesa de su estudio. Me miró toda la tarde como si quisiera matarme. Quizás lo hubiera hecho.
- Y sigues siendo su amiga...
- Compartimos la morfina y cantamos las mismas canciones del cabaret. No te preocupes, Samuel- le dijo- mi tiempo, el tiempo de Tendrone, de Hoffmann, se está acabando. Viajemos a París, disfrutemos, dentro de poco, si todo sigue así, tendremos que huir. A nosotros no nos importa demasiado, pero tu cuídate. En realidad, a mí me preocupan más Hannah y Judith, atadas a un hogar en un mundo que los está empezando a odiar por nada.
- ¿Y adonde huirán?- preguntó Samuel, imaginando una gran despedida de barcos en un puerto.
- Yo a Rusia, probablemente.
- ¿A Rusia?
- De donde huyen los condes y los párrocos- dijo Katherine- El mejor lugar para huir.
Realismo vs fantasía o tratado del inútil combate.
Hay grandes escritores realistas (Vargas Llosa, Balzac, Zola, Flaubert, Saccomano, Roth) y grandes escritores fantásticos (Ursula K. Le Guin, Phillip K. Dick, J. R. R. Tolkien, Brian Aldiss, George R. R. Martin). Y hay escritores que definitivamente están en el medio y se sienten cómodos en ambos sillones: Borges, Cortazar, García Marquez, Faulkner, Saki. Ultimamente la literatura fantástica viene ganando terreno en la venta de libros (que es en el fondo el negocio que les interesa a las editoriales desde que Gutemberg publico la Biblia) y es constante la queja de la crítica de que "no es literatura". Lo cual genera un pequeño problema de principios, porque ningún libro define lo que es la literatura: ni las tragedias y comedias griegas, ni los textos canónicos del Medioevo, ni la picaresca italiana o española, ni las comedias ejemplares de Cervantes. Un escritor puede ser bueno o malo o pésimo o genial, lo que no puede ser es antiliterario; sería lo mismo que decir que un músico es antimusical. Los escritores realistas pueden jactarse de reflejar la realidad "tal como es", pero eso no es literatura, sino mal periodismo. Cualquiera que haya intentado escribir un cuento "realista" sabe que es mucho más difícil que un cuento absolutamente fantástico; siempre hay detalles de la realidad que se nos escapan . Y al mismo tiempo cuando se construye un universo fantástico hay que darle la coherencia de la realidad, aunque ese mundo no exista excepto en nuestra mente. Los temas para escribir son infinitos y al mismo tiempo, limitadísimos. Ya otro escribió la misma historia que estoy escribiendo y la escribió antes que yo y probablemente la escribió mejor que yo. No hay universo tan exigente como el de la palabra, porque cada palabra tiene significados diferentes según el que la interpreta. No es extraño que el campo de la literatura fantástica sea el que más haya crecido en los últimos años, porque interpela a la imaginación de los lectores, a su capacidad de comprensión de otros mundos que están en este.
El Imperial
Todos los jueves pasaba el Imperial por el pueblo, pero no paraba nunca. El tren que venía de Buenos Aires era de los miércoles y los domingos, y a veces alguién subía. Pero el Imperial solo llevaba zafra. Una vez mató al viejo Martínez, que volvía borracho del bar y como un boludo se acostó a dormir en las vías; yo y mis amigos lo encontramos a la siesta, entre los cardales. No hubo velorio, porque el viejo no tenía familia, ni casa, sino que dormía en una casilla de lata. Mi tía abuela decía que el Imperial estaba poseído por el alma de un muerto y que hacíamos ruido a la siesta nos vendría a buscar. Nosotros no queríamos creerle.
Ese fue el verano en que empezó la fiebre. El primero fue Honorio, y después fue la madre de Honorio. El padre se había muerto de Chagas tres años atrás. La piel se les llenó de manchas rojas y adelgazaron cinco kilos en diez días; Honorio aguantó bien pero la madre no sobrevivió. Como Honorio no tenía más parientes que nosotros, se vino a vivir a casa.
Después fueron Carmen y Mabel y Andres. Las dos nenas murieron y fuimos al entierro muy pocos, según mi tía abuela más que nada para cumplir con las familias. A mí y a Honorio nos obligaron a usar crespones negros y a peinarnos y a no reírnos. Cuando se murieron el tío Julián, Trancas, la esposa del almacenero y Alberta, una de las catequistas que nos gustaba mucho porque usaba medias blancas sobre sus piernas tan flacas, dejaron de hacer velorios y llamaron a los del Ministerio. Los del Ministerio vinieron en el tren del miércoles y se fueron en el tren del domingo. Según ellos, lo que hacía falta en el pueblo era un dispensario o aunque sea un médico, pero jamás lo mandaron.
Yo fuí a uno de los últimos a los que lo atacó la fiebre; según decía mi tía abuela, mientras me ponía trapos húmedos en la cabeza, era todo cuestión de suerte. El Honorio jugaba con mis soldaditos en el patio y yo sentía el sonido de su voz como magnificado. "Decíle que se calle" le exigía a mi tía abuela y a mi madre. Creo que mi madre quería obedecerme, pero mi tía abuela me calmaba con un sonido de silencio y entonces me dormía un rato, hasta que la voz de Honorio volvía a despertarme.
Creo que mi madre y mi tía abuela se habían ido a dormir a sus cuartos. La habitación estaba a oscuras y yo podía ver la fiebre. El Honorio estaba al lado mío.
- Me dijeron que te cuidara- me dijo, con algo de rencor. - Que avisara, cualquier cosa, si te pasaba algo. Con la tarde hermosa que hace.
- Callate, Honorio- le dije.
Se quedó callado un rato, pero era imposible para él.
- ¿Vos creés lo que dice la vieja, lo de el Imperial?- me preguntó.
- Que se yo, Honorio- le contesté yo.
- Mi viejo me contaba. Decía que para que el Imperial pasara por acá hubo que emplear a mucha gente. Que el que los contrató era el abuelo del dueño de la estancia La Esperanza, Maidana. Que algunos eran viejos y otros eran jóvenes. Y que algunos eran chicos.
Yo tenía ganas de vomitar, aunque no había comido en tres días.
- Dicen que había uno, un peoncito. Era de La Esperanza. Tenía trece, catorce años. Era huérfano de padre y madre, como yo soy ahora.
- Callate, Honorio, que tengo ganas de dormir- le dije.
- Le dijeron al peoncito que tenía que guardar unas herramientas en la covacha, al lado de lo que ahora es la estación. Y que tenía que poner el candado. El peoncito se distrajo o por ahí era medio corto de entendederas. La cosa fue que se olvidó del candado y a la otra mañana, se habían robado todas las herramientas. El capataz se enfureció y le contó al patrón, el dueño de La Esperanza. ¿Vos sabés que dijo?
- Honorio, llamá a mi mamá- le contesté yo. Cada vez me sentía más descompuesto.
- Dijo que lo ataran a la rueda más grande del sulky y lo hicieran girar por toda la estancia. El peoncito gritó cuando lo ataron y gritó un rato más y después no gritó más, porque cuando lo desataron ya estaba muerto. Lo tiraron a la fosa común del cementerio y no se habló más de eso. Un año después, el Imperial pasó por el pueblo. Al otro día, el capataz amaneció muerto. Un ataque, según dijo su hijo, pero lo raro fue que tres meses después el dueño de La Esperanza también murió sin testamentar, de una infección en la mano y un día viernes. Después de que pasara el Imperial. Y la gente se seguía muriendo, y entonces empezaron a hablar de la maldición de el Imperial.
Ahí vomité. Por suerte tenía la palangana de lata al lado de la cama. Honorio me sostuvo la cabeza y se quedó callado.
- ¿Después que pasó?- le pregunté, después de un buen rato.
- No sé- dijo él.- La gente dejó de morirse. Las viejas como tu tia abuela siguieron hablando, pero nadie lo creía.
Ahí lo miré. Creo que la fiebre me había bajado un poco, porque ya no me molestaba tanto que estuviera ahí.
- ¿Vos creés que es cierto?- me preguntó de repente.
- Que se yo, Honorio- le dije.- Deben ser cuentos de viejas.
- Yo escuché al Imperial- siguió diciendo. - El domingo, dos días antes de que mamá muriera. ¿Viste que tiene un sonido distinto, como el del agua cuando crece? Yo estaba como estabas vos, con el trapo en la frente y me dolían los oídos y escuché al Imperial y entonces cerré fuerte los ojos y me tapé los oídos.
- Y no te moriste- le dije yo.
- Acá estoy- me contestó- Voy a llamar a tu mamá para que limpie. Hoy es viernes, Fernando. Tené ojo con el Imperial.
Ese fue el verano en que empezó la fiebre. El primero fue Honorio, y después fue la madre de Honorio. El padre se había muerto de Chagas tres años atrás. La piel se les llenó de manchas rojas y adelgazaron cinco kilos en diez días; Honorio aguantó bien pero la madre no sobrevivió. Como Honorio no tenía más parientes que nosotros, se vino a vivir a casa.
Después fueron Carmen y Mabel y Andres. Las dos nenas murieron y fuimos al entierro muy pocos, según mi tía abuela más que nada para cumplir con las familias. A mí y a Honorio nos obligaron a usar crespones negros y a peinarnos y a no reírnos. Cuando se murieron el tío Julián, Trancas, la esposa del almacenero y Alberta, una de las catequistas que nos gustaba mucho porque usaba medias blancas sobre sus piernas tan flacas, dejaron de hacer velorios y llamaron a los del Ministerio. Los del Ministerio vinieron en el tren del miércoles y se fueron en el tren del domingo. Según ellos, lo que hacía falta en el pueblo era un dispensario o aunque sea un médico, pero jamás lo mandaron.
Yo fuí a uno de los últimos a los que lo atacó la fiebre; según decía mi tía abuela, mientras me ponía trapos húmedos en la cabeza, era todo cuestión de suerte. El Honorio jugaba con mis soldaditos en el patio y yo sentía el sonido de su voz como magnificado. "Decíle que se calle" le exigía a mi tía abuela y a mi madre. Creo que mi madre quería obedecerme, pero mi tía abuela me calmaba con un sonido de silencio y entonces me dormía un rato, hasta que la voz de Honorio volvía a despertarme.
Creo que mi madre y mi tía abuela se habían ido a dormir a sus cuartos. La habitación estaba a oscuras y yo podía ver la fiebre. El Honorio estaba al lado mío.
- Me dijeron que te cuidara- me dijo, con algo de rencor. - Que avisara, cualquier cosa, si te pasaba algo. Con la tarde hermosa que hace.
- Callate, Honorio- le dije.
Se quedó callado un rato, pero era imposible para él.
- ¿Vos creés lo que dice la vieja, lo de el Imperial?- me preguntó.
- Que se yo, Honorio- le contesté yo.
- Mi viejo me contaba. Decía que para que el Imperial pasara por acá hubo que emplear a mucha gente. Que el que los contrató era el abuelo del dueño de la estancia La Esperanza, Maidana. Que algunos eran viejos y otros eran jóvenes. Y que algunos eran chicos.
Yo tenía ganas de vomitar, aunque no había comido en tres días.
- Dicen que había uno, un peoncito. Era de La Esperanza. Tenía trece, catorce años. Era huérfano de padre y madre, como yo soy ahora.
- Callate, Honorio, que tengo ganas de dormir- le dije.
- Le dijeron al peoncito que tenía que guardar unas herramientas en la covacha, al lado de lo que ahora es la estación. Y que tenía que poner el candado. El peoncito se distrajo o por ahí era medio corto de entendederas. La cosa fue que se olvidó del candado y a la otra mañana, se habían robado todas las herramientas. El capataz se enfureció y le contó al patrón, el dueño de La Esperanza. ¿Vos sabés que dijo?
- Honorio, llamá a mi mamá- le contesté yo. Cada vez me sentía más descompuesto.
- Dijo que lo ataran a la rueda más grande del sulky y lo hicieran girar por toda la estancia. El peoncito gritó cuando lo ataron y gritó un rato más y después no gritó más, porque cuando lo desataron ya estaba muerto. Lo tiraron a la fosa común del cementerio y no se habló más de eso. Un año después, el Imperial pasó por el pueblo. Al otro día, el capataz amaneció muerto. Un ataque, según dijo su hijo, pero lo raro fue que tres meses después el dueño de La Esperanza también murió sin testamentar, de una infección en la mano y un día viernes. Después de que pasara el Imperial. Y la gente se seguía muriendo, y entonces empezaron a hablar de la maldición de el Imperial.
Ahí vomité. Por suerte tenía la palangana de lata al lado de la cama. Honorio me sostuvo la cabeza y se quedó callado.
- ¿Después que pasó?- le pregunté, después de un buen rato.
- No sé- dijo él.- La gente dejó de morirse. Las viejas como tu tia abuela siguieron hablando, pero nadie lo creía.
Ahí lo miré. Creo que la fiebre me había bajado un poco, porque ya no me molestaba tanto que estuviera ahí.
- ¿Vos creés que es cierto?- me preguntó de repente.
- Que se yo, Honorio- le dije.- Deben ser cuentos de viejas.
- Yo escuché al Imperial- siguió diciendo. - El domingo, dos días antes de que mamá muriera. ¿Viste que tiene un sonido distinto, como el del agua cuando crece? Yo estaba como estabas vos, con el trapo en la frente y me dolían los oídos y escuché al Imperial y entonces cerré fuerte los ojos y me tapé los oídos.
- Y no te moriste- le dije yo.
- Acá estoy- me contestó- Voy a llamar a tu mamá para que limpie. Hoy es viernes, Fernando. Tené ojo con el Imperial.
jueves, 22 de mayo de 2014
Steven Sodmbergh
Maestro del arte de filmar: sus películas no dan tiempo a respirar ni dejan espacio al aburrimiento. "Ocean's Eleven", for instance. Once hombres tan diferentes (y tan hermosos en su diferencia, incluso el viejo carterista retirado) que estafan a un casino millonario en Las Vegas. Sodembergh sabe que lo que sabían Charles Chaplin y Fritz Lang; que el espectador no paga la entrada de cine para que lo aleccionen, sino para que lo timen. No es muy diferente su función que la del dueño de una casa de juegos. Solo hay que entretener a los distraídos, que son la mayoría y hacer enojar a los desencantados, que son una molesta minoría. "Imposible hacerlo más lento" dice el maestro de maestros Rene Lavand; cuando se mira una de Sodembergh una puede decir "Imposible hacerlo mejor".
La noche de los lapices
O la tragedia de la inocencia. En esos años, después del no te metás, mejor decir que los desaparecidos no habían hecho nada. Adolescentes que querían el medio boleto; niños apenas, dirían nuestras abuelas (quizás no todas) o potenciales subversivos (dirían los militares). Cuando se empieza a actuar mal, dice Faulkner, no es tanto lo que se hace sino lo que se deja de hacer. El final es desgarrador y también, ahora que tengo un hijo de esa edad, me abre un interrogante: ¿es menos grave desaparecer a un hombre, cualesquiera sean sus crímenes, que a un adolescente, aún cuando este sea inocente de toda inocencia y crea -como todos a esa edad- en la bondad humana? El mal es un camino resbaladizo y el diablo nunca duerme. Una vez que se tortura a un hombre para sacarle información para salvar vidas, ¿que nos detiene para torturar a otro para sacarle la casa o asesinar a cualquier desconocido para arrebatarle sus bienes? Si yo gano mucho dinero en dólares ¿qué me importa que mucha gente no tenga casa y comida? Si puedo comprar muchas cosas importadas ¿por qué tengo que pagar impuestos por ellas? Mientras tanto, entonamos himnos patrióticos y hablamos de la Argentina como si fuera la gran madre. ¿Existe un concepto de patria más pobre? ¿Existe menor concepto de dignidad que ese? El torturador, el corrupto, el ventajista y el garca son también argentinos. ¿Hay que estar orgullosos de eso? El sr. Ibérico San Jean dijo que por último mataría a los indiferentes y ahora están llorando porque lo maltratan en el hospital donde muere de viejo, dignidad que él le negó a tantos. La tragedia de "La noche de los lápices", la verdadera tragedia, no es la de esos chicos (ni la de sus padres y parientes) sino la de sus asesinos; matarlos y tirarlos al río no es banal, ni siquiera en el más sofista de los silogismos. Que otra gente les haya dicho que haciendo eso serían grandes hombres, no me sorprende; incluso hay gente que cree que por internarse en los fumaderos de opio se vuelven artistas.
Conexiones
- Esa no la podés largar.
Me lo dijo así. Yo lo miré. No me parecía tan importante, y además, cada vez que hablaba me parecía más boludo.
- Vos sabés que acá hay códigos.
La de siempre. Al gordo no lo soportaba, pero este era peor todavía. El gordo por lo menos sudaba copiosamente y tenía asma; daba más bien pena.
- Eh, vos sabés, la imagen pública.
El gordo y yo nos miramos y nos empezamos a cagar de risa. Porque la imagen pública que daba era cada vez más patética; la verdad, casi nadie le creía nada desde que lo esponsoreaba Malboro y Movistar.
- El periodismo...- me dijo.
- Vos no sos periodista- le dijo el gordo y por una vez tenía razón.
No nos contestó. Creo que tenía muchas conexiones, pero no demasiada inteligencia, lo cual con el tiempo te hace arruinarte. Vos te la ves venir; gente que sale en la tapa de los diarios y que sonríe, que sonríe, que sonríe. Y de repente te das cuenta de que son tan horribles como el resto de la gente que no se ríe nunca.
- Voy al baño- me dice.
- Va al baño a cada rato- me dice el gordo.
- Si- le contesto yo- ya me dí cuenta. Por lo menos podría pagar el café de vez en cuando.
- La buena es cara- me contesta el gordo.
- No le digas nada, se va a ofender-le digo. Pero en el fondo no me importaba. Ya no le creía demasiado. Esperaba el momento para decírselo, y fue entonces cuando me di cuenta de que el café se estaba enfriando y de que yo no veía la hora de estar sola. Tampoco el gordo me importaba mucho, no tenía mucha fe en él. Hombres, diría mi vieja.
Cuando volvió el gordo ya se había ido. Estaba mucho más viejo de lo que recordaba y me di cuenta de que había vivido demasiado. Para mí. Yo solamente quería escuchar a Los Olimareños otra vez en mi casa y recordar la vez que Jorge me habló de "El péndulo de Foucault". Cuando la leí, no me pareció una gran novela; en eso coincido con Martín.
- Tengo una imagen que mantener- me dijo.
- Sí, supongo- le contesté yo. Ni siquiera le dije que no iba a volver. Nunca me lo hubiera creído. Afuera la noche era preciosa y yo ya sabía perfectamente, por una vez, que hacer.
Me lo dijo así. Yo lo miré. No me parecía tan importante, y además, cada vez que hablaba me parecía más boludo.
- Vos sabés que acá hay códigos.
La de siempre. Al gordo no lo soportaba, pero este era peor todavía. El gordo por lo menos sudaba copiosamente y tenía asma; daba más bien pena.
- Eh, vos sabés, la imagen pública.
El gordo y yo nos miramos y nos empezamos a cagar de risa. Porque la imagen pública que daba era cada vez más patética; la verdad, casi nadie le creía nada desde que lo esponsoreaba Malboro y Movistar.
- El periodismo...- me dijo.
- Vos no sos periodista- le dijo el gordo y por una vez tenía razón.
No nos contestó. Creo que tenía muchas conexiones, pero no demasiada inteligencia, lo cual con el tiempo te hace arruinarte. Vos te la ves venir; gente que sale en la tapa de los diarios y que sonríe, que sonríe, que sonríe. Y de repente te das cuenta de que son tan horribles como el resto de la gente que no se ríe nunca.
- Voy al baño- me dice.
- Va al baño a cada rato- me dice el gordo.
- Si- le contesto yo- ya me dí cuenta. Por lo menos podría pagar el café de vez en cuando.
- La buena es cara- me contesta el gordo.
- No le digas nada, se va a ofender-le digo. Pero en el fondo no me importaba. Ya no le creía demasiado. Esperaba el momento para decírselo, y fue entonces cuando me di cuenta de que el café se estaba enfriando y de que yo no veía la hora de estar sola. Tampoco el gordo me importaba mucho, no tenía mucha fe en él. Hombres, diría mi vieja.
Cuando volvió el gordo ya se había ido. Estaba mucho más viejo de lo que recordaba y me di cuenta de que había vivido demasiado. Para mí. Yo solamente quería escuchar a Los Olimareños otra vez en mi casa y recordar la vez que Jorge me habló de "El péndulo de Foucault". Cuando la leí, no me pareció una gran novela; en eso coincido con Martín.
- Tengo una imagen que mantener- me dijo.
- Sí, supongo- le contesté yo. Ni siquiera le dije que no iba a volver. Nunca me lo hubiera creído. Afuera la noche era preciosa y yo ya sabía perfectamente, por una vez, que hacer.
miércoles, 21 de mayo de 2014
Shylock
to Tom Hiddleston, also friend of Shakespeare
He pedido una libra de carne y he debido contentarme con el escarnio y la deshonra. El oro de este judío no vale nada ahora que solo es un marrano e incluso en el lejano ghetto se burlan de mí. Mi propia hija ha preferido a un gentil. Yo solo soy un cerdo para ellos, y un cerdo ávido, además. Oh, el desprecio de los cristianos, como si ellos no perjuraran sobre todos los mandamientos y escupieran en secreto sobre sus crucifijos. Sus destinos serán tan terribles como el mío, pero morirán con la ilusión del Paraíso. Yo sólo pertenezco al noveno círculo; de la boca para afuera mis labios recitan el Padrenuestro, pero mi corazón aún recita las letras del alfabeto que me enseñó mi padre: Aleph, Bet, Guimel...
He pedido una libra de carne y he debido contentarme con el escarnio y la deshonra. El oro de este judío no vale nada ahora que solo es un marrano e incluso en el lejano ghetto se burlan de mí. Mi propia hija ha preferido a un gentil. Yo solo soy un cerdo para ellos, y un cerdo ávido, además. Oh, el desprecio de los cristianos, como si ellos no perjuraran sobre todos los mandamientos y escupieran en secreto sobre sus crucifijos. Sus destinos serán tan terribles como el mío, pero morirán con la ilusión del Paraíso. Yo sólo pertenezco al noveno círculo; de la boca para afuera mis labios recitan el Padrenuestro, pero mi corazón aún recita las letras del alfabeto que me enseñó mi padre: Aleph, Bet, Guimel...
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
Diario de Amalia.
Mientras Julián y la Peco están cocinando un strudel y escuchando el nuevo cd de José Luis Perales, en mi departamento, viene Germán. Como no tenemos donde hablar sin que la pareja de tórtolos nos escuchen, nos vamos al pasillo.
- ¿Y?- le digo yo- ¿Conseguiste alguna respuesta de Karen?
- Nada. Ya se enteró. No solo está enterada, está resignada.
- ¿Y ahora que hago? Solamente que la llame a Patri. Pero me va a decir que yo tengo la culpa de todo, como siempre. Por lo menos se olvidó de la granola, pero vos no sabés lo que es tener a tu jefe en tu departamento todo el día. Y además están insoportables. No es solamente Sandra y Celeste, es también José Luis Perales. ¿A qué clase de hombre le gusta José Luis Perales? Estoy haciendo horas extras sin que me las paguen.
- ¿Y si hablás vos con Karen?
- No, si no te dió bola a vos, menos me la va a dar a mí. Podría estimularlos a que se casen, no es tan mala idea.
- Pero la Peco está casada.
Es cierto, pienso yo.
- No era tan mala idea.
- ¿No sabés algo terrible de la Peco?- me pregunta Germán.- Algo que haga que se separen.
- No- le contesto yo.- Si lo supiera ya lo habría usado. La Peco es así. Tranquila, pacífica, casera e insoportable. Es tan buena que asusta.
- Bueno- me dice Germán- Julián no es tan bueno.
- Pero eso la Peco ya lo sabe. Y está visto que no le importa. Mejor aprovecho la situación e intento que me aumente el sueldo o hago que la Peco me pague parte del alquiler. Ya que vive acá. Por ahí se ofende y se va.
- ¿O sea, ya está? ¿Tus amigas se divorcian y no vas a hacer nada?
- Che, no hice nada cuando se casaron. A mí y a Patri en realidad nos parecía que no eran la pareja ideal y no dijimos nada. Cuando la Peco quedó embarazada, yo las felicité. La Patri no, pero ella tiene un mambo especial con los pibes. Ahora soné. Por lo menos Karen no está más enojada conmigo.
- No- dice Germán- por lo menos eso. Creo que está festejando su vuelta a la soltería.
- A Karen le encanta estar soltera- le digo yo- Tiene suerte. No sé que hará ahora.
- Creo que se está enganchando con la bailarina de tap- me dice Germán.
- ¿Tu falsa novia?- le preguntó yo.
- Bah, no sé- me contesta él- Anoche nos echó a mí y a Alberto de la casa.
- Tendríamos que contárselo a la Peco.- digo yo- Por ahí esa sería la solución.
- Están los dos cantando "Y quién es él..."- me dice Germán- Resígnate, Amalia, no hay vuelta atrás. Y lo peor de todo es que todos los regalos del baby shower quedaron en la casa de Karen.
Mientras Julián y la Peco están cocinando un strudel y escuchando el nuevo cd de José Luis Perales, en mi departamento, viene Germán. Como no tenemos donde hablar sin que la pareja de tórtolos nos escuchen, nos vamos al pasillo.
- ¿Y?- le digo yo- ¿Conseguiste alguna respuesta de Karen?
- Nada. Ya se enteró. No solo está enterada, está resignada.
- ¿Y ahora que hago? Solamente que la llame a Patri. Pero me va a decir que yo tengo la culpa de todo, como siempre. Por lo menos se olvidó de la granola, pero vos no sabés lo que es tener a tu jefe en tu departamento todo el día. Y además están insoportables. No es solamente Sandra y Celeste, es también José Luis Perales. ¿A qué clase de hombre le gusta José Luis Perales? Estoy haciendo horas extras sin que me las paguen.
- ¿Y si hablás vos con Karen?
- No, si no te dió bola a vos, menos me la va a dar a mí. Podría estimularlos a que se casen, no es tan mala idea.
- Pero la Peco está casada.
Es cierto, pienso yo.
- No era tan mala idea.
- ¿No sabés algo terrible de la Peco?- me pregunta Germán.- Algo que haga que se separen.
- No- le contesto yo.- Si lo supiera ya lo habría usado. La Peco es así. Tranquila, pacífica, casera e insoportable. Es tan buena que asusta.
- Bueno- me dice Germán- Julián no es tan bueno.
- Pero eso la Peco ya lo sabe. Y está visto que no le importa. Mejor aprovecho la situación e intento que me aumente el sueldo o hago que la Peco me pague parte del alquiler. Ya que vive acá. Por ahí se ofende y se va.
- ¿O sea, ya está? ¿Tus amigas se divorcian y no vas a hacer nada?
- Che, no hice nada cuando se casaron. A mí y a Patri en realidad nos parecía que no eran la pareja ideal y no dijimos nada. Cuando la Peco quedó embarazada, yo las felicité. La Patri no, pero ella tiene un mambo especial con los pibes. Ahora soné. Por lo menos Karen no está más enojada conmigo.
- No- dice Germán- por lo menos eso. Creo que está festejando su vuelta a la soltería.
- A Karen le encanta estar soltera- le digo yo- Tiene suerte. No sé que hará ahora.
- Creo que se está enganchando con la bailarina de tap- me dice Germán.
- ¿Tu falsa novia?- le preguntó yo.
- Bah, no sé- me contesta él- Anoche nos echó a mí y a Alberto de la casa.
- Tendríamos que contárselo a la Peco.- digo yo- Por ahí esa sería la solución.
- Están los dos cantando "Y quién es él..."- me dice Germán- Resígnate, Amalia, no hay vuelta atrás. Y lo peor de todo es que todos los regalos del baby shower quedaron en la casa de Karen.
La muerte de un rey. 29º parte.
¿Qué hogar me acogerá? ¿Entre qué valles
Tendré mi puerto? ¿Bajo qué arboleda
Construiré mi morada? ¿Qué hondo río
Me dará la canción de su murmullo?
Wordsworth
Dion. Oasis de Dion.
Veltrán, se dijo. Eliza ha regresado.
Pero no era ella.
Veltran cargaba tres bultos, tres niños. Uno de ellos muy gordo. Detrás de ellos venía una mujer joven, a la cual no reconoció al principio. Después sí.
Melinda, le dijo a la Dama Blanca, despierta. Es Lisbeth.
Melinda se desperezó. Pareció no entenderlo.
Es tu hija. Tu hija con Veltran.
La Dama Blanca se levantó y salió del refugio.
Hola, madre, dijo Lisbeth.
Hola, hija.
Ha sido un desastre. ¿Por qué enviaron a los hijos de Sarar? Han muerto demasiados.
Sarar le dijo a Eliza que no fuera.
Tuve que escapar, dijo Lisbeth. Saben la ubicación de Leonore, ella espera a Pauline y a Rodrick, le tenderán una emboscada. Estos niños me ayudaron, los traje, quizás puedan hacer algo con ellos.
Melinda le pegó a Lisbeth en la cara.
Hace tantos años que no te veo, dijo la Dama Blanca. Tantos. Ellos te llevaron, ellos te tuvieron cautiva y ni quiero imaginar que te hicieron. Y todo por tu tozudez. Te dije cuando vimos sus rituales y a tí te parecieron tan crueles, que no te metieras con ellos. Y un día te apareciste con él. Y dijiste que no podías dejar que lo ahogaran. Y luego comenzó la guerra y después de la primera batalla, mientras todavía llorábamos a Amaparo y Oregon, descubrimos que habías desaparecido. Ahora traes más niños.
Dama Blanca, dijo Dion.
Qué.
Yo también he sido un niño esclavo. Sé lo que significa. Estos niños están gordos. ¿Sabes que quieres decir? Serán sacrificados en los ritos de la primavera. Los niños esclavos que sirven para otras cosas son delgados y tienen marcas de látigos en sus espaldas.
La Dama Blanca aún no parecía calmada.
Ya sé que debería haberme muerto. Calladamente, como aconsejaban los doctores. No puedo hacerlo. No pude hacerlo. Veía tu rostro todos los días, Lisbeth, y sabía que tú morirías conmigo. Y entonces apareció Sarar.
Lisbeth no contestó. No parecía nerviosa por la reacción de la Dama Blanca; Dion se dió cuenta que durante su largo cautiverio se la había imaginado muchas veces.
¿Está aquí Sarar? preguntó.
No, está con Tiffanny, respondió la Dama Blanca. Pero Henry está aquí.
Despiértalo. Arguil y el Rey saben que Pauline y Rodrick son la clave para la Máquina.
¿Y ya saben donde está?
No tardarán mucho en averiguarlo, fue la parsimoniosa respuesta de Lisbeth.
Tendré mi puerto? ¿Bajo qué arboleda
Construiré mi morada? ¿Qué hondo río
Me dará la canción de su murmullo?
Wordsworth
Dion. Oasis de Dion.
Veltrán, se dijo. Eliza ha regresado.
Pero no era ella.
Veltran cargaba tres bultos, tres niños. Uno de ellos muy gordo. Detrás de ellos venía una mujer joven, a la cual no reconoció al principio. Después sí.
Melinda, le dijo a la Dama Blanca, despierta. Es Lisbeth.
Melinda se desperezó. Pareció no entenderlo.
Es tu hija. Tu hija con Veltran.
La Dama Blanca se levantó y salió del refugio.
Hola, madre, dijo Lisbeth.
Hola, hija.
Ha sido un desastre. ¿Por qué enviaron a los hijos de Sarar? Han muerto demasiados.
Sarar le dijo a Eliza que no fuera.
Tuve que escapar, dijo Lisbeth. Saben la ubicación de Leonore, ella espera a Pauline y a Rodrick, le tenderán una emboscada. Estos niños me ayudaron, los traje, quizás puedan hacer algo con ellos.
Melinda le pegó a Lisbeth en la cara.
Hace tantos años que no te veo, dijo la Dama Blanca. Tantos. Ellos te llevaron, ellos te tuvieron cautiva y ni quiero imaginar que te hicieron. Y todo por tu tozudez. Te dije cuando vimos sus rituales y a tí te parecieron tan crueles, que no te metieras con ellos. Y un día te apareciste con él. Y dijiste que no podías dejar que lo ahogaran. Y luego comenzó la guerra y después de la primera batalla, mientras todavía llorábamos a Amaparo y Oregon, descubrimos que habías desaparecido. Ahora traes más niños.
Dama Blanca, dijo Dion.
Qué.
Yo también he sido un niño esclavo. Sé lo que significa. Estos niños están gordos. ¿Sabes que quieres decir? Serán sacrificados en los ritos de la primavera. Los niños esclavos que sirven para otras cosas son delgados y tienen marcas de látigos en sus espaldas.
La Dama Blanca aún no parecía calmada.
Ya sé que debería haberme muerto. Calladamente, como aconsejaban los doctores. No puedo hacerlo. No pude hacerlo. Veía tu rostro todos los días, Lisbeth, y sabía que tú morirías conmigo. Y entonces apareció Sarar.
Lisbeth no contestó. No parecía nerviosa por la reacción de la Dama Blanca; Dion se dió cuenta que durante su largo cautiverio se la había imaginado muchas veces.
¿Está aquí Sarar? preguntó.
No, está con Tiffanny, respondió la Dama Blanca. Pero Henry está aquí.
Despiértalo. Arguil y el Rey saben que Pauline y Rodrick son la clave para la Máquina.
¿Y ya saben donde está?
No tardarán mucho en averiguarlo, fue la parsimoniosa respuesta de Lisbeth.
Un aire de familia 7º parte.
Hoffmann había adelgazado demasiado, según la opinión de Hannah y Samuel, que generalmente no se fijaba en esas cosas, tuvo que admitir que era cierto. A su amigo se le notaban las venas verdes a través de la piel y la nariz tenía una filo que no existía cuando lo habían conocido. Mientras liaba sus cigarrillos de tabaco negro, las manos le temblaban. Una tarde, después de haber perdido tres partidas de ajedrez contra él, se atrevió a preguntarle.
- ¿Tuberculosis?
- Tuberculosis- respondió Hoffmann.
Ambos se quedaron callados. Luego Hoffmann habló.
- Los médicos me recomiendan Grecia. Allí no hay humedad y hay sol, casi siempre. Aún no sé que hacer; como sabes, no tengo dinero, pero además, allí no conozco a nadie. Ni siquiera conozco el idioma.
- Yo podría prestarte algo de dinero- dijo Samuel.
- No te lo devolvería nunca. Lo único que me impulsaría a ir es el clima enrarecido de aquí; pero Laurak me ha prometido que conseguirá un brasero y tres abrigos viejos. A propósito, a tí que te interesa la pintura, Laurak conoce a Tendrone, pintor que estuvo con los futuristas durante cinco años enteros. Se fué por diferencias con Marinetti; ahora está en un pequeño grupo cercano a Gropius. Si quieres te lo presento. Puedes hacer un reportaje sobre él. Para el periódico.
- ¿Cómo son sus cuadros?
- Extraños- fue la respuesta de Hoffmann.
El sábado siguiente fueron al estudio de Tendrone. Tenía aspecto de viejo, pero no lo era tanto; el cuerpo estaba encorvado y la cara muy arrugada, pero tendría solo treinta o treinta y cinco años. Laurak y Katherine también estaban allí y había un muchacho muy joven y muy rubio, a quién Laurak identificó con el impreciso nombre de Rauder.
- ¿De que trabaja?- le preguntó Samuel a Hoffmann, observando sus manos delicadas y cubiertas de anillos.
- Es poeta, como yo- fue la respuesta de Hoffmann- Su madre era amiga de mi madre; volví a encontrarlo hace un año atrás. No corrió mi misma suerte; sus padres siguen siendo aristócratas respetables del mundo austríaco. Pero el viajó a París; ya sabes que pasa con los jóvenes que viajan a Paris.
- Nunca he ido a Paris- fue la respuesta de Samuel.
- Pero puedes imaginártelo. El heredero de una de las fortunas más viejas de Europa volvió convertido en un lánguido poeta; una tragedia, quizás, pero a sus padres no les importa demasiado. Incluso le han pagado la edición de tres libros.
- ¿Y qué tal son sus poemas?
- No muy buenos. No mejores que los míos, en todo caso, y yo no los publico. Pero debajo de sus modales desencantados, ama la poesía. Rimbaud, Baudelaire y Verlaine. El trío mortal. Escribe en alemán; no es muy buena idea para su estilo de poesía, suena como si mi cocinera hubiera querido dictarle una receta de cocina recitada a su ayudante. Cada idioma tiene su secreto, su matriz; la del alemán son las consonantes duras y las tragedias metafísicas. Pero quizás tenga éxito.
Tendrone les mostró sus cuadros. Por ahora eran tres; colores azules, sobre colores azules (pero diferentes tonalidades de azules, que se quebraban y se mezclaban como en la noche). "Marinetti" dijo cuando Samuel le preguntó acerca de él "es un borracho y un loco. Como Modigliani y como Picasso". Cuando el cognac y los cigarrillos se terminaron, Katherine y Laurak se fueron. Samuel se acercó a Rauder.
- ¿Sabes jugar ajedrez?- le preguntó.
- Lo básico- respondió él.
Empezaron a jugar una partida.
- ¿Has oído hablar de Capablanca?- le preguntó Rauder- Es de un país americano, dicen que es un genio y mueve las piezas como tú. Dicen que puede jugar contra veinte personas al mismo tiempo.
- No, nunca he oído hablar de él.
- Deberías verlo- dijo Rauder. Aunque faltaban veinte movidas al menos para que pudiera ganarle, el joven poeta volteó a su rey, se puso un sobretodo negro y se marchó.
- ¿Tuberculosis?
- Tuberculosis- respondió Hoffmann.
Ambos se quedaron callados. Luego Hoffmann habló.
- Los médicos me recomiendan Grecia. Allí no hay humedad y hay sol, casi siempre. Aún no sé que hacer; como sabes, no tengo dinero, pero además, allí no conozco a nadie. Ni siquiera conozco el idioma.
- Yo podría prestarte algo de dinero- dijo Samuel.
- No te lo devolvería nunca. Lo único que me impulsaría a ir es el clima enrarecido de aquí; pero Laurak me ha prometido que conseguirá un brasero y tres abrigos viejos. A propósito, a tí que te interesa la pintura, Laurak conoce a Tendrone, pintor que estuvo con los futuristas durante cinco años enteros. Se fué por diferencias con Marinetti; ahora está en un pequeño grupo cercano a Gropius. Si quieres te lo presento. Puedes hacer un reportaje sobre él. Para el periódico.
- ¿Cómo son sus cuadros?
- Extraños- fue la respuesta de Hoffmann.
El sábado siguiente fueron al estudio de Tendrone. Tenía aspecto de viejo, pero no lo era tanto; el cuerpo estaba encorvado y la cara muy arrugada, pero tendría solo treinta o treinta y cinco años. Laurak y Katherine también estaban allí y había un muchacho muy joven y muy rubio, a quién Laurak identificó con el impreciso nombre de Rauder.
- ¿De que trabaja?- le preguntó Samuel a Hoffmann, observando sus manos delicadas y cubiertas de anillos.
- Es poeta, como yo- fue la respuesta de Hoffmann- Su madre era amiga de mi madre; volví a encontrarlo hace un año atrás. No corrió mi misma suerte; sus padres siguen siendo aristócratas respetables del mundo austríaco. Pero el viajó a París; ya sabes que pasa con los jóvenes que viajan a Paris.
- Nunca he ido a Paris- fue la respuesta de Samuel.
- Pero puedes imaginártelo. El heredero de una de las fortunas más viejas de Europa volvió convertido en un lánguido poeta; una tragedia, quizás, pero a sus padres no les importa demasiado. Incluso le han pagado la edición de tres libros.
- ¿Y qué tal son sus poemas?
- No muy buenos. No mejores que los míos, en todo caso, y yo no los publico. Pero debajo de sus modales desencantados, ama la poesía. Rimbaud, Baudelaire y Verlaine. El trío mortal. Escribe en alemán; no es muy buena idea para su estilo de poesía, suena como si mi cocinera hubiera querido dictarle una receta de cocina recitada a su ayudante. Cada idioma tiene su secreto, su matriz; la del alemán son las consonantes duras y las tragedias metafísicas. Pero quizás tenga éxito.
Tendrone les mostró sus cuadros. Por ahora eran tres; colores azules, sobre colores azules (pero diferentes tonalidades de azules, que se quebraban y se mezclaban como en la noche). "Marinetti" dijo cuando Samuel le preguntó acerca de él "es un borracho y un loco. Como Modigliani y como Picasso". Cuando el cognac y los cigarrillos se terminaron, Katherine y Laurak se fueron. Samuel se acercó a Rauder.
- ¿Sabes jugar ajedrez?- le preguntó.
- Lo básico- respondió él.
Empezaron a jugar una partida.
- ¿Has oído hablar de Capablanca?- le preguntó Rauder- Es de un país americano, dicen que es un genio y mueve las piezas como tú. Dicen que puede jugar contra veinte personas al mismo tiempo.
- No, nunca he oído hablar de él.
- Deberías verlo- dijo Rauder. Aunque faltaban veinte movidas al menos para que pudiera ganarle, el joven poeta volteó a su rey, se puso un sobretodo negro y se marchó.
viernes, 16 de mayo de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
A mí me toca visitarla a Karen. Para (según Javier y Amalia) ver "que onda". Karen está con Alberto y la amiga bailarina de tap, tomando whisky y fumando. Y escuchando a Eric Clapton. O sea, volvió a la vida de soltera. ¿Y ahora que le digo a Amalia?
- Hola, Germán- me dicen los tres.
- Hola, chicos. Pasaba por acá, estoy desocupado.
- ¿Te echaste de la empresa?- dice Karen.
Los tres se matan de la risa.
- No, pasa que, no tengo nada que hacer...
- Nosotros tampoco- dice Alberto.
- Podríamos ir a ver a la Peco, a ver como anda.
- No, dejate de joder- dice Karen.- Ya me enteré lo de Julián.
- ¿Quién te lo dijo?
- ¿Quién va a ser? Julián. No sé por qué lo agregué a mis contactos. Lo peor de todo es que dice que encontró a la mujer de su vida. Y creo que esta vez es cierto.
- Pero vos estás casada con la Peco- le digo yo.
- Y sí, pero se ve que la Peco está enamorada. Que muchacha, che. Yo creí que lo nuestro iba en serio.
- Julián es un peligro- dice Alberto.- Ya desarmó casi todas las parejas más top de la zona.
- Por lo menos no pudo con el matrimonio de Mimucha- les digo yo.
- ¿Mimucha también?- dice Karen. - Pero si está casada hace doscientos años.
- No es un hombre- dice Alberto- Es Michael Schumacher.
- Menos mal que es mal pintor- digo yo- Aunque a Amalia le gustan sus cuadros.
- ¿Qué?- dice Karen- ¿Cómo le puede gustar esa porquería?
- Le gustan los colores, dice. Y lo peor de todo es que le está cayendo simpático. Pero no sabe que hacer con la Peco; no sabe como decirle que se vaya de su departamento.
- Yo no voy a mover un dedo, Germán- dice Karen.- Me da lástima por Bernardita, iré a visitarla los fines de semana, pero no puedo hacer nada, chiquito. La Peco es la mujer ideal para Julián. Encontró la horma de su zapato.
- ¿Y Amalia?
- Que se las arregle. Que le diga a los dos que se vayan a vivir juntos.
- Amalia no puede hacer eso.
- Julián tiene su departamento y la Peco no es precisamente pobre. ¿Por qué no puede hacer eso?
- Bueno, no se anima.
- Ah, bueno, y entonces yo tengo que ir a su casa a ayudarla con su vida. Como si yo no tuviera ningún problema que resolver. ¿Quién se piensa que es?
- Pero y ¿el futuro de Bernardita?
- Todavía no nació- dice Karen- Veremos.
- Tendrías que estar llorando. Che, vamos, es la Peco.
- Qué se yo. La Peco es muy buena, pero tan insistente en su bondad. Cansa un poco. Además, me parece que tuvo algo de razón en todo lo que me dijo. Y eso me hizo darme cuenta de que no estoy lista para criar un hijo y se ve que Julián sí.
- ¿Y a quién vas a contratar para el divorcio?- pregunta Alberto.
- A Patri, por supuesto. Aunque va a ser medio dramático. Mejor contrato a Mariano, que está por volver de Europa. No estoy muy segura.
- La Patri se va a ofender- dice Alberto.
- O sea- digo yo- ¿ya está? No hay culebrón, no hay novela, no hay nada.
- A ver- dice Karen- Probablemente no esté lista para tener un hijo. Probablemente la Peco se haya dado cuenta de eso. Probablemente ahí apareció Julián, al cual la Peco le gustaba desde mucho antes de que estuviera embarazada y vió la ocasión. Y si la Peco se enamoró de él ¿qué voy a hacer?
- Esta vida moderna es demasiado civilizada- dice Alberto.
- Vida de mujeres separadas- dice la bailarina de tap- que gran nombre para una serie televisiva.
A mí me toca visitarla a Karen. Para (según Javier y Amalia) ver "que onda". Karen está con Alberto y la amiga bailarina de tap, tomando whisky y fumando. Y escuchando a Eric Clapton. O sea, volvió a la vida de soltera. ¿Y ahora que le digo a Amalia?
- Hola, Germán- me dicen los tres.
- Hola, chicos. Pasaba por acá, estoy desocupado.
- ¿Te echaste de la empresa?- dice Karen.
Los tres se matan de la risa.
- No, pasa que, no tengo nada que hacer...
- Nosotros tampoco- dice Alberto.
- Podríamos ir a ver a la Peco, a ver como anda.
- No, dejate de joder- dice Karen.- Ya me enteré lo de Julián.
- ¿Quién te lo dijo?
- ¿Quién va a ser? Julián. No sé por qué lo agregué a mis contactos. Lo peor de todo es que dice que encontró a la mujer de su vida. Y creo que esta vez es cierto.
- Pero vos estás casada con la Peco- le digo yo.
- Y sí, pero se ve que la Peco está enamorada. Que muchacha, che. Yo creí que lo nuestro iba en serio.
- Julián es un peligro- dice Alberto.- Ya desarmó casi todas las parejas más top de la zona.
- Por lo menos no pudo con el matrimonio de Mimucha- les digo yo.
- ¿Mimucha también?- dice Karen. - Pero si está casada hace doscientos años.
- No es un hombre- dice Alberto- Es Michael Schumacher.
- Menos mal que es mal pintor- digo yo- Aunque a Amalia le gustan sus cuadros.
- ¿Qué?- dice Karen- ¿Cómo le puede gustar esa porquería?
- Le gustan los colores, dice. Y lo peor de todo es que le está cayendo simpático. Pero no sabe que hacer con la Peco; no sabe como decirle que se vaya de su departamento.
- Yo no voy a mover un dedo, Germán- dice Karen.- Me da lástima por Bernardita, iré a visitarla los fines de semana, pero no puedo hacer nada, chiquito. La Peco es la mujer ideal para Julián. Encontró la horma de su zapato.
- ¿Y Amalia?
- Que se las arregle. Que le diga a los dos que se vayan a vivir juntos.
- Amalia no puede hacer eso.
- Julián tiene su departamento y la Peco no es precisamente pobre. ¿Por qué no puede hacer eso?
- Bueno, no se anima.
- Ah, bueno, y entonces yo tengo que ir a su casa a ayudarla con su vida. Como si yo no tuviera ningún problema que resolver. ¿Quién se piensa que es?
- Pero y ¿el futuro de Bernardita?
- Todavía no nació- dice Karen- Veremos.
- Tendrías que estar llorando. Che, vamos, es la Peco.
- Qué se yo. La Peco es muy buena, pero tan insistente en su bondad. Cansa un poco. Además, me parece que tuvo algo de razón en todo lo que me dijo. Y eso me hizo darme cuenta de que no estoy lista para criar un hijo y se ve que Julián sí.
- ¿Y a quién vas a contratar para el divorcio?- pregunta Alberto.
- A Patri, por supuesto. Aunque va a ser medio dramático. Mejor contrato a Mariano, que está por volver de Europa. No estoy muy segura.
- La Patri se va a ofender- dice Alberto.
- O sea- digo yo- ¿ya está? No hay culebrón, no hay novela, no hay nada.
- A ver- dice Karen- Probablemente no esté lista para tener un hijo. Probablemente la Peco se haya dado cuenta de eso. Probablemente ahí apareció Julián, al cual la Peco le gustaba desde mucho antes de que estuviera embarazada y vió la ocasión. Y si la Peco se enamoró de él ¿qué voy a hacer?
- Esta vida moderna es demasiado civilizada- dice Alberto.
- Vida de mujeres separadas- dice la bailarina de tap- que gran nombre para una serie televisiva.
Marcelo Birmajer
En este país, decía Isidoro Blainstein, es todo joda. Le cambian el nombre a la calle Rioja y le ponen La Rioja. Hablo con una chica y me dice, escribí un libro de poemas. ¿Cuánto te llevó? le pregunto. Un fin de semana. Ese sutil aire del ser argentino está tan sabiamente diagnósticado en los cuentos de Marcelo Birmajer que asombra. Recomiendo a cualquiera que quiera ser padre leer, antes de emprender la aventura: Me gustaba más cuando era hijo (confesiones de un padre). Todos los problemas reales que la paternidad y la maternidad acarrearán aparecen allí: el temible jardín maternal, la adaptación de la salita de cuatro, las citas de la maestra para avisarnos que nuestro tierno retoño mordió a un compañerito (momento trágico en la vida de toda madre; ¿es un futuro Hannibal Lecter?). Los inolvidables actos de la escuela, cuando descubrimos que nuestros hijos definitivamente no tienen pasta de actores. El dolor de descubrir que el niño al que creíamos super inteligente porque habló a los nueve meses no entiende la regla de tres ni la cursiva. Una lástima que el muchacho esté casado; pero podríamos escribir un libro a dos manos - como una sonata- y llegar a la conclusión de que la infancia de uno muere definitivamente cuando tenemos que explicarle a nuestro hijo que la escuela es un lugar maravilloso. De la secundaria actual mejor no hablo, porque con el entusiasmo que mi hijo concurre sospecho que es algo así como un club de sociales donde de vez en cuando escuchan lo que dice alguna profesora. Si escribimos el libro, podría usar los derechos de copyright para pagar los gastos de Bariloche, que según parece es más caro que Dubai, pero es la despedida definitiva de la adolescencia. Y luego algo estudiará; en el caso del mío hay una alta probabilidad de Bellas Artes y ya lo veo haciendo una performance mientras mis compañeros de oficina lo señalan con el dedo. Por suerte no es muy parecido a mí. Quizás Birmajer tenga más suerte y sus hijos se dediquen a la biotecnología o a la ingeniería en sistemas, carreras, parece, de mucho futuro.
miércoles, 14 de mayo de 2014
La muerte de un rey. 28º parte.
yo deseaba mi muerte entre sauzales...
Pedro Mairal
Lisbeth. Harenes del rey.
Ahora deberás decirnos todo, dijo Arguil.
Ya les he dicho todo, dijo Lisbeth.
Han muerto muchos. Ha muerto incluso Drian, padre de la cocinera mayor.
Era imposible que tocaran a Eliza. Ella es la preferida de Sarar.
¿Es su amante? preguntó Arguil.
No, dijo Lisbeth.
Ustedes son monstruos de la peor especie, dijo Rilench. Esto es un desastre. En el palacio hablan de quemarlos vivos.
Quémanos, dijo Lisbeth. Recuerda cuando nos quemas que yo me compadecí de uno de ustedes. Y recuerda eso todas las noches. Si te hace sentir mejor. Los Mil sentimos dolor, pero no sufrimos.
Hay que encontrar a Pauline, dijo Arguil.
Está en el Delta de Syam. Tengo informantes, dijo Rilech. Quieren ir a refugiarse con Leonore. No saben que ya la tenemos vigilada.
Oh, Dios, dijo Lisbeth.
No le hagan nada a Pauline ni a Rodrick, fue lo último que dijo. Después la encerraron en un cuarto muy pequeño, donde también había tres niños. Los niños de la primavera. Comían lentamente pimientos rellenos con queso. Delicioso, le dijo uno de ellos. ¿Quieres probar?
No tengo hambre, dijo Lisbeth. ¿Saben que los matarán cuando llegue la primavera?
Sino el sol no volverá a alumbrar, dijo el más pequeño de todos.
Es inútil, pensó Lisbeth.
Son niños, pensó.
¿Saben lo que es un caballo?
No, dijo el mayor.
Un caballo es un animal que no se come.
Todos los animales se comen, contestaron los tres a coro. Y son deliciosos.
Este no es así. Se llama Veltran. Y corre.
Corre en los desiertos y también en las praderas. Y come pasto.
Yak, dijo el más gordo.
Tengo que encontrarlo, dijo Lisbeth. Debo ponerle una cinta azul en el pelo.
¿Cómo es su pelo? preguntó el más pequeño.
Negro como la oscuridad. Y sus ojos son castaños. Sin la cinta azul, mi caballo llorará como ustedes cuando no reciben comida.
Oh, dijo el más gordo.
Hay un pasadizo. Está debajo del harén. Solo nosotros lo conocemos. No queremos que Veltrán llore.
Necesita su cinta azul, dijo Lisbeth.
Oh, bueno, dijo el más pequeño, apúremonos, que Veltran necesita su cinta azul. ¿Cómo es el azul?
Como el traje de Juith, contestó Lisbeth.
Pedro Mairal
Lisbeth. Harenes del rey.
Ahora deberás decirnos todo, dijo Arguil.
Ya les he dicho todo, dijo Lisbeth.
Han muerto muchos. Ha muerto incluso Drian, padre de la cocinera mayor.
Era imposible que tocaran a Eliza. Ella es la preferida de Sarar.
¿Es su amante? preguntó Arguil.
No, dijo Lisbeth.
Ustedes son monstruos de la peor especie, dijo Rilench. Esto es un desastre. En el palacio hablan de quemarlos vivos.
Quémanos, dijo Lisbeth. Recuerda cuando nos quemas que yo me compadecí de uno de ustedes. Y recuerda eso todas las noches. Si te hace sentir mejor. Los Mil sentimos dolor, pero no sufrimos.
Hay que encontrar a Pauline, dijo Arguil.
Está en el Delta de Syam. Tengo informantes, dijo Rilech. Quieren ir a refugiarse con Leonore. No saben que ya la tenemos vigilada.
Oh, Dios, dijo Lisbeth.
No le hagan nada a Pauline ni a Rodrick, fue lo último que dijo. Después la encerraron en un cuarto muy pequeño, donde también había tres niños. Los niños de la primavera. Comían lentamente pimientos rellenos con queso. Delicioso, le dijo uno de ellos. ¿Quieres probar?
No tengo hambre, dijo Lisbeth. ¿Saben que los matarán cuando llegue la primavera?
Sino el sol no volverá a alumbrar, dijo el más pequeño de todos.
Es inútil, pensó Lisbeth.
Son niños, pensó.
¿Saben lo que es un caballo?
No, dijo el mayor.
Un caballo es un animal que no se come.
Todos los animales se comen, contestaron los tres a coro. Y son deliciosos.
Este no es así. Se llama Veltran. Y corre.
Corre en los desiertos y también en las praderas. Y come pasto.
Yak, dijo el más gordo.
Tengo que encontrarlo, dijo Lisbeth. Debo ponerle una cinta azul en el pelo.
¿Cómo es su pelo? preguntó el más pequeño.
Negro como la oscuridad. Y sus ojos son castaños. Sin la cinta azul, mi caballo llorará como ustedes cuando no reciben comida.
Oh, dijo el más gordo.
Hay un pasadizo. Está debajo del harén. Solo nosotros lo conocemos. No queremos que Veltrán llore.
Necesita su cinta azul, dijo Lisbeth.
Oh, bueno, dijo el más pequeño, apúremonos, que Veltran necesita su cinta azul. ¿Cómo es el azul?
Como el traje de Juith, contestó Lisbeth.
Tapiales
El primero fue Fafá. Lo envenenaron en el fondo y mientras yo lloraba en mi pieza mi papá lloraba en su cama. La segunda fue Miyuti, que tenía una hermana que fue aplastada por un auto. Miyuti tuvo hijos, pero murieron. Ella adoptó a dos que andaban por allí, muertos de hambre. Le agarró moquillo y murió mientras viajábamos al campo. A sus hijos adoptivos los recibió mi abuela Telma. Creo que encontraron hogar. La tercera fue la Mona. A ella me la regaló Laura, que enseña filosofía. Era la gata más fea del mundo, creo. Para mí era preciosa. Después llegó Layla, que era como una princesa y murió como una princesa, en una maceta en el fondo. También estuvo el Negro, que agonizó muchas horas y la última que murió fue la Miya, de vieja. Era igual a la Mona. A esa la trajo mi hermano. Bola de Nieve es un duque; está seguro de que la marca de la oreja, donde le arrancaron un tumor, es una distinción real. Tri tri es tímida y Kitty es muy segura y no se llevan bien. El Mochi es reo, está mal castrado y cada tanto vuelve con un pedazo menos de piel. A la Coli la adoptamos porque su dueña se fue al Perú y preferimos que no haya conflictos diplomáticos. Julio es el más chico; era el juguete preferido de Canela y de Shiki, hasta que me fui de mi casa y respira en paz. Creo que no me olvido de ninguno y si me olvido de alguno es porque tuve muchos. Mi hijo insiste en que Julio se llama Chiche, pero a quién se le ocurre ponerle un nombre tan feo a un gato. Creo que es porque lo desheredé.
martes, 13 de mayo de 2014
Tomás Eloy Martínez
Lleva algunos años muerto. Era uno de los mejores escritores nacionales, y su Novela de Peron y su Santa Evita son obras maestras que deberían leerse en todas las escuelas secundarias. Era periodista y de los grandes; recuerdo haber leído Mariposas con rostro humano, acerca de Marilyn Monroe, y le envidié enseguida la calidad de la pluma. La inserción, en La novela de Perón, de la cita de Henry James en Las alas de la paloma da muestra de una lucidez histórica que deslumbra. Aunque vuelva, dice uno de los protagonistas (refiriéndose al General Perón) será tarde. Nunca seremos como éramos. Aún estaba fresca la dictadura cuando escribió esto. No es raro que un escritor cite a otros escritores; antes de aprender a escribir, debemos aprender a leer. Lo que asombra es la visión de alguien que ve el paralelismo entre una tragedia doméstica, entre dos amantes, y la tragedia de la historia de un país. A Borges, antiperonista acérrimo, quizás le hubiera gustado la cita, si la hubiera leído, porque admiraba a Henry James.
La vida de Agustín Tosco. 14º parte y posfacio.
Y ahora que explotó todo, dice el Colo, yo decía que era algo que se olía en la calle. Nos meten presos a todos, hasta al pobre Laucha, que mucho no ha hecho salvo distribuir algunos volantes. Que joda, decimos todos. En la gayola el que nos vigila nos ceba mates y de vez en cuando nuestras mujeres nos traen facturas, menos la mujer del Colo porque dice que lo tiene podrido. ¿Cómo era ese tango? le pregunto al Negro. ¿Cuál? me pregunta él. Ese, el que cantaba Gardel, yo adivino desde lejos. Ah, dice el Negro. No me acuerdo la letra. Mucho Marx, mucho Marx, dice el Colo pero que falta de cultura, como no te vas a saber la letra. Yo adivino el parpadeo de las luces que de lejos van planeando mi retorno. Cómo desafinás, che, le dice el Laucha. ¿Así enseñan a cantar el tango en Marcos Juarez? Mi viejo lo vio a Gardel y a Magaldi, sabés. Todavía se acuerda. Cae uno nuevo; yo soy ladrón, solamente, no me metan con estos, dice al principio. ¿De qué sos ladrón? pregunta el Negro. De casas. Ahora mi vieja me trae unas facturas. Puta madre, dice el Colo, hasta al ladrón le traen facturas de la casa y a mi nada. Cuando salgas, vas a encontrar el rancho vacío, le dice el Negro. Que va a estar vacío, seguro que mi viejo y mi vieja ya están instalados, mi viejo contando anécdotas del servicio militar, mi vieja cuidando al Agustincito. Mirá que ponerle Agustín al pobre pibe, dice el Negro, le querés arruinar la vida. Ah, bueno, dice el Colo. Ahora hacela de Racing y completala, dice el Negro. No te metás con la Academia, dice el Colo, que seguro que salimos campeones diez años seguidos con el equipo que tenemos. Yo soy de la Academia también, dice el nuevo. Otro converso, dice el Negro, otro converso. ¿Te sabés algun tango? Me parece que tenemos para rato en este lugar.
Posfacio.
Esta historia corta y por entregas, como los peores folletines, hubiera sido imposible sin varias personas, pero fundamentalmente sin los que filmaron y los que hablaron en el documental Trelew, que me dieron el inicio de la historia. Sin La Voluntad, de Caparrós y Anguita, también hubiera sido difícil dar con un clima de época, sin ser arcaizante, sin abundar en manierismos tales como progresivo o hippies. También agradezco al gran Osvaldo Bayer, que en sus contratapas de Página 12 rescató varias veces la figura de Agustín Tosco. La realidad, dijo una vez un escritor, es siempre anacrónica. Después de Bukowski, de Henry Miller y de Nabokov nadie se escandaliza por nada. Preferí que esta historia no tuviera el tono que se supone debe tener una vanguardia; la vida y la muerte de Agustín Tosco son lo suficientemente interesantes como para distraer a la gente con tipografías varias. Es la historia de un hombre, pero también es la historia de un país, de la tragedia de un país que casualmente es el país donde vivo. La historia no es un ejercicio arcaizante para entretener a los académicos, que siempre encuentran con que entretenerse; es el reflejo de las contradicciones de los hombres y de las mujeres que la vivieron y que fueron atravesadas por ella. Cómo diría Bretch, incluso en la vieja Atlántida los amos llamaban a los servidores para que los rescataran.
Posfacio.
Esta historia corta y por entregas, como los peores folletines, hubiera sido imposible sin varias personas, pero fundamentalmente sin los que filmaron y los que hablaron en el documental Trelew, que me dieron el inicio de la historia. Sin La Voluntad, de Caparrós y Anguita, también hubiera sido difícil dar con un clima de época, sin ser arcaizante, sin abundar en manierismos tales como progresivo o hippies. También agradezco al gran Osvaldo Bayer, que en sus contratapas de Página 12 rescató varias veces la figura de Agustín Tosco. La realidad, dijo una vez un escritor, es siempre anacrónica. Después de Bukowski, de Henry Miller y de Nabokov nadie se escandaliza por nada. Preferí que esta historia no tuviera el tono que se supone debe tener una vanguardia; la vida y la muerte de Agustín Tosco son lo suficientemente interesantes como para distraer a la gente con tipografías varias. Es la historia de un hombre, pero también es la historia de un país, de la tragedia de un país que casualmente es el país donde vivo. La historia no es un ejercicio arcaizante para entretener a los académicos, que siempre encuentran con que entretenerse; es el reflejo de las contradicciones de los hombres y de las mujeres que la vivieron y que fueron atravesadas por ella. Cómo diría Bretch, incluso en la vieja Atlántida los amos llamaban a los servidores para que los rescataran.
Un aire de familia. 6º parte
El segundo amigo que Samuel hizo en la ciudad fue Hoffmann. Hoffmann descendía del escritor Hoffmann y era poeta y ajedrecista. Había sido muy rico (o su familia había sido muy rica) pero la Gran Guerra, un padre desquiciado y una madre fugada con el chofer los había arruinado. Ni la falta de dinero ni la bohardilla húmeda donde dormía, a veces con Katherine, a veces con otra modelo, Laurak, destruían su buena fe ni su optimismo incurable. Tenía la virtud extraña de poetizar sobre cualquier cosa; incluso un plato de goulash que Hannah a veces servía con desgano, mientras tenía a Judith alzada, le parecía una maravilla. Sacaba entonces una libreta negra, de cuero y con tinta roja escribía versos inverosímiles y larguísimos que invariablemente acababan en el suelo.
- Busco la palabra- le dijo una noche.- El verso perfecto.
- Oh, eso es inútil- dijo Samuel- Es como querer vencer siempre en el ajedrez. Uno quiere ganar, pero a veces entiende que va a ser derrotado. Hay que perder con dignidad.
- Para mi padre escribir versos era perder el tiempo. Le gustaba el ajenjo ¿sabes? La sorciere glauque. Al principio, era solo un poco de ajenjo. Y mucho cognac. Luego fue más ajenjo que cognac. Creo que ni siquiera se enteró cuando mi madre se fué. Yo solo tenía doce años, era casi un niño, y ya sabía que mi madre quería irse. Podría haberme dedicado al ajenjo. Pero me hice poeta.
- ¿Qué te volvió poeta?
- Oh, yo cuidaba a mi padre durante sus borracheras. No había nadie en la casa, las sirvientas, la cocinera y el mayordomo se marcharon. Solo tenía a Shakespeare y a Goethe. Lo cual no está tan mal. Luego se llevaron a mi padre al asilo, y yo me marché. Creo que ahora la mansión es un burdel.
- Que apropiado- fue el comentario de Samuel.
- Debería haber buscado trabajo, es cierto, pero ¿quién emplearía a un poeta? ¿Que podría ser?
- Podrías trabajar en nuestro periódico.
- ¿Cómo qué?
- Periodista.
- Vous ete fou. No sirvo para eso. Laurak me trae comida algunas noches y, cuando eso no ocurre, vengo a comer a lo de mi buen amigo Samuel y su bella esposa Hannah, adoradores de Jehovah.
Si no, en la parroquia sirven comida. Hay que cuidarse un poco de los futuristas; se están enamorando de Mussolinni.
- ¿Has estado en Italia?- le preguntó Samuel.
- Sí, hermosas mujeres, empedrados increíbles y camisas negras. Por todas partes.
- Como en Alemania. Ese partido de ese hombre...
- ¿Hitler? Da risa, si no diera miedo. El espíritu alemán. Yo no nací en Alemania, nací en Praga, pero mi padre era alemán. El problema es que todos le creen. Los judíos han sido odiados desde hace mucho tiempo, se han encerrado en ghettos, tienen su propio idioma y sobre todo, no creen en Cristo. Un hombre que no cree en lo que otros creen es siempre un hombre de temer. Cuidate, Samuel, cuídate porque se están volviendo cada vez más implacables. Relacionan judaísmo con comunismo, y renuncian a toda caridad. Quizás sea el hambre...
- ¿Qué dices?
- Tú comes todos los días. Hay gente que no. Cuando empiezas a odiar y tienes el estómago vacío, no paras mas. La Gran Guerra destruyó demasiado y ya no se puede reparar.
- Busco la palabra- le dijo una noche.- El verso perfecto.
- Oh, eso es inútil- dijo Samuel- Es como querer vencer siempre en el ajedrez. Uno quiere ganar, pero a veces entiende que va a ser derrotado. Hay que perder con dignidad.
- Para mi padre escribir versos era perder el tiempo. Le gustaba el ajenjo ¿sabes? La sorciere glauque. Al principio, era solo un poco de ajenjo. Y mucho cognac. Luego fue más ajenjo que cognac. Creo que ni siquiera se enteró cuando mi madre se fué. Yo solo tenía doce años, era casi un niño, y ya sabía que mi madre quería irse. Podría haberme dedicado al ajenjo. Pero me hice poeta.
- ¿Qué te volvió poeta?
- Oh, yo cuidaba a mi padre durante sus borracheras. No había nadie en la casa, las sirvientas, la cocinera y el mayordomo se marcharon. Solo tenía a Shakespeare y a Goethe. Lo cual no está tan mal. Luego se llevaron a mi padre al asilo, y yo me marché. Creo que ahora la mansión es un burdel.
- Que apropiado- fue el comentario de Samuel.
- Debería haber buscado trabajo, es cierto, pero ¿quién emplearía a un poeta? ¿Que podría ser?
- Podrías trabajar en nuestro periódico.
- ¿Cómo qué?
- Periodista.
- Vous ete fou. No sirvo para eso. Laurak me trae comida algunas noches y, cuando eso no ocurre, vengo a comer a lo de mi buen amigo Samuel y su bella esposa Hannah, adoradores de Jehovah.
Si no, en la parroquia sirven comida. Hay que cuidarse un poco de los futuristas; se están enamorando de Mussolinni.
- ¿Has estado en Italia?- le preguntó Samuel.
- Sí, hermosas mujeres, empedrados increíbles y camisas negras. Por todas partes.
- Como en Alemania. Ese partido de ese hombre...
- ¿Hitler? Da risa, si no diera miedo. El espíritu alemán. Yo no nací en Alemania, nací en Praga, pero mi padre era alemán. El problema es que todos le creen. Los judíos han sido odiados desde hace mucho tiempo, se han encerrado en ghettos, tienen su propio idioma y sobre todo, no creen en Cristo. Un hombre que no cree en lo que otros creen es siempre un hombre de temer. Cuidate, Samuel, cuídate porque se están volviendo cada vez más implacables. Relacionan judaísmo con comunismo, y renuncian a toda caridad. Quizás sea el hambre...
- ¿Qué dices?
- Tú comes todos los días. Hay gente que no. Cuando empiezas a odiar y tienes el estómago vacío, no paras mas. La Gran Guerra destruyó demasiado y ya no se puede reparar.
lunes, 12 de mayo de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
Diario de Amalia.
No le podemos decir a Patri, porque los mata a Germán y a la Peco. Pero a Javier sí, aunque no me habla, pero sí le habla a Germán, así que no hay problema. Nos juntamos en Falta y Resto.
- Yo creo que la solución- dice Javier- es una terapia de pareja.
- Yo creo que no- dice Germán.- La solución sería que la Peco no se enamorara de Julián.
- Yo creo que tendríamos que juntarlas a las dos.
Los dos me miran.
- ¿Ah, sí? ¿Y quién las junta? ¿Vos?- dice Javier. Todavía no me perdona.
- Bueno, Javier, disculpame todo lo que hice, ya sé que fue una boludez, pero mi vieja me estaba rompiendo las bolas y vio la foto de Germán en el celular y una cosa llevó a la otra. Vos sabés como es mi vieja.
- No, no sé, porque nunca me la presentaste.
- Es mucho más linda que yo y se viste mejor. Y odia a la Cámpora. Por eso no te presenté, porque mi mamá es un poquitín...
- Gorila.
- Sí, ponele. Estuvo en todos los cacerolazos, y tiene la escarapela lista para salir. Cada vez que habla de Cristina Fernández, dice "esa yegua con la cartera Louis Vuitton". Tenés que entenderla. Años y años queriéndose comprar una Louis Vuitton, y de repente una presidenta peronista usa carteras Louis Vuitton. Y de repente deja de ser símbolo de estar "in". Y además no le gusta como habla...
- ¿Cristina?
- Sí, qué se yo. Es media maestra ciruela.
- ¿Y vos?- me pregunta Javier.
- ¿Yo?
- ¿Vos que pensás de Cristina?
- Yo no pienso nada. O mejor dicho, cuando era chica, si en el colegio a alguna chica le preguntaban que quería ser cuando fuera grande, decían maestra o veterinaria o cantante o modelo. Si decíamos que queríamos ser presidentas...
- Todo el grado se moría de risa- la termina Germán.
- Y ahora hay mujeres presidentas. Y no digo que sea una maravilla, pero la verdad es que los hombres no han demostrado demasiada capacidad en la presidencia de nuestro país hasta ahora. Si quieren hacemos la lista. Alfonsín, Menem, De la Rua, Duhalde, Kirchner. Ninguno de ellos fue un gran presidente. La presidenta tampoco es una gran presidenta; pero es buena en lo que hace. Es buena política, sabe hablar, es diplomática, conoce a fondo las estrategias del poder. Hace lo que puede lo mejor que puede, bah. Eso es más de lo que hicieron muchos hombres.
- Anonadado- dice Javier.- ¿Entonces Louis Vuitton no te molesta?
- No es relevante, que no es lo mismo. La presidenta no está para salir en las listas de la mejor vestida de la revista Gente ¿no es cierto? Cada uno elige en qué se interesa. A la presidenta es indudable que la política le interesa. Y mucho. Y es abogada, lo cuál nunca viene mal y me parece que sabe mucho de derecho.
- Genial- dice Germán- O sea que ni ni. Ni apoyás ni te oponés. Ahora me vas a hablar mal de Gabriela Michetti, seguro.
- ¿Por qué?- le contesto yo.- El PRO es otra historia, completamente diferente.
No le podemos decir a Patri, porque los mata a Germán y a la Peco. Pero a Javier sí, aunque no me habla, pero sí le habla a Germán, así que no hay problema. Nos juntamos en Falta y Resto.
- Yo creo que la solución- dice Javier- es una terapia de pareja.
- Yo creo que no- dice Germán.- La solución sería que la Peco no se enamorara de Julián.
- Yo creo que tendríamos que juntarlas a las dos.
Los dos me miran.
- ¿Ah, sí? ¿Y quién las junta? ¿Vos?- dice Javier. Todavía no me perdona.
- Bueno, Javier, disculpame todo lo que hice, ya sé que fue una boludez, pero mi vieja me estaba rompiendo las bolas y vio la foto de Germán en el celular y una cosa llevó a la otra. Vos sabés como es mi vieja.
- No, no sé, porque nunca me la presentaste.
- Es mucho más linda que yo y se viste mejor. Y odia a la Cámpora. Por eso no te presenté, porque mi mamá es un poquitín...
- Gorila.
- Sí, ponele. Estuvo en todos los cacerolazos, y tiene la escarapela lista para salir. Cada vez que habla de Cristina Fernández, dice "esa yegua con la cartera Louis Vuitton". Tenés que entenderla. Años y años queriéndose comprar una Louis Vuitton, y de repente una presidenta peronista usa carteras Louis Vuitton. Y de repente deja de ser símbolo de estar "in". Y además no le gusta como habla...
- ¿Cristina?
- Sí, qué se yo. Es media maestra ciruela.
- ¿Y vos?- me pregunta Javier.
- ¿Yo?
- ¿Vos que pensás de Cristina?
- Yo no pienso nada. O mejor dicho, cuando era chica, si en el colegio a alguna chica le preguntaban que quería ser cuando fuera grande, decían maestra o veterinaria o cantante o modelo. Si decíamos que queríamos ser presidentas...
- Todo el grado se moría de risa- la termina Germán.
- Y ahora hay mujeres presidentas. Y no digo que sea una maravilla, pero la verdad es que los hombres no han demostrado demasiada capacidad en la presidencia de nuestro país hasta ahora. Si quieren hacemos la lista. Alfonsín, Menem, De la Rua, Duhalde, Kirchner. Ninguno de ellos fue un gran presidente. La presidenta tampoco es una gran presidenta; pero es buena en lo que hace. Es buena política, sabe hablar, es diplomática, conoce a fondo las estrategias del poder. Hace lo que puede lo mejor que puede, bah. Eso es más de lo que hicieron muchos hombres.
- Anonadado- dice Javier.- ¿Entonces Louis Vuitton no te molesta?
- No es relevante, que no es lo mismo. La presidenta no está para salir en las listas de la mejor vestida de la revista Gente ¿no es cierto? Cada uno elige en qué se interesa. A la presidenta es indudable que la política le interesa. Y mucho. Y es abogada, lo cuál nunca viene mal y me parece que sabe mucho de derecho.
- Genial- dice Germán- O sea que ni ni. Ni apoyás ni te oponés. Ahora me vas a hablar mal de Gabriela Michetti, seguro.
- ¿Por qué?- le contesto yo.- El PRO es otra historia, completamente diferente.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Amalia.
- Ah, claro- dice la chica- ese es Julián.
Y Germán ahí se pone todo rojo. Literalmente. Y las dos chicas empleadas lo miran y yo también lo miro y ahí me doy cuenta de que ellas también saben toda la historia. No sé que hacer, me parece que se está por largar a llorar, lo cuál es bastante terrible porque mi problema en este momento es la Peco, que está instalada en mi casa y quizás se quede unos cuantos años más. Pero tengo que entenderlo un poco; se estaba por casar con Gretel y Julián se metió en el medio. Hay que reconocer que tiene una habilidad demoníaca con las mujeres, porque si no lo de la Peco es medio inexplicable.
- Sí- digo yo, por decir algo- ese es Julián.
- Entiendo que a Gretel le haya gustado, es lindo el chico- dice la otra de las chicas.
- Sí, no está mal.
- Pero parece que es mal tipo- dice la chica empleada.
- Bueno, todo según Patri. Mi mejor amiga. Salió unos cuantos meses con él. Pasa que ahora es mi jefe. No me puedo pelear con él. Me quedo sin laburo. Y en el fondo no es tan mal tipo, nos deja quedarnos con las propinas y no nos acosa sexualmente. Que se yo, es un seductor nato. Y ahora seguro que se casa con la Peco.
- Pero si la Peco está casada- dice Germán.
- Es cierto. Van a tener que convivir en pecado. Con Bernardita, hija de la Peco y de Karen.
- Bernardita todavía no nació.
- ¿Qué apellido le van a poner? No, tendrían que tramitar el divorcio.
- ¿Qué divorcio?- dice Germán.
- Karen y la Peco.
- Karen se muere. No, vos estás loca, Karen lo odia a Julián. Lo odia con toda su alma.
- Bueno, la Peco se ve que no.
- Pero a ella no le gustan los hombres. Yo no le gusté nunca. Alberto tampoco. Mariano tampoco. Ví como miraba a Javier y tampoco.
- Esto no es un hombre- le contesto- Es Julián. Julián la consiguió a Patri y Patri no es nada fácil. Julián la consiguió a Gretel y también a tu ex cuñada y también a la tía de Gretel.
- No te puedo que con Mimucha también- dice Germán.
- Dice que es simpática.
- Es divina. Y está casada. Y con tres hijos.
- Bueno, eso es Julián. No sé como hace, pero te envuelve. Es como las sirenas con Ulises. Te hace masajes de pies, te trae lemon pie, te canta canciones de amor... Y ahí caés. Calculo que la mayor parte debe ser el lemon pie, pero te digo algo, alguna de las canciones ayudan.
- ¿Sandra y Celeste?
- Y Serrat y Sabina. Y Arjona. Mucho Arjona. Según Patri, la cosa funciona bárbaro. Al principio. Después te aburrís un poco, pero el muchacho es insistente. Demasiado insistente. Bah, según Patri es un pelotudo insistente, pero ella no opina bien de nadie. Y después empieza con el casamiento.
- ¿Vos creés que Gretel cayó así?
- Yo creo que cayó así. Estoy segura. Hasta te apuesto el momento en que Gretel empezó a pensar seriamente en Julián.
- Cuando dejó de pensar en mí.
- No. Cuando le dijo que el color azul le quedaba divino. Y que la quería pintar.
- Che- nos dice Germán a las tres- Ustedes tendrían que venir con un manual de instrucciones. ¿Qué les parece que tenga de lindo desnudarse para que un tipo las pinte? Es clavado lo que viene después.
Las tres nos miramos y nos largamos a reír.
- Sí, ya sabemos- contesta una de las chicas.- Desde que tenemos trece años que lo sabemos.
- Ah, claro- dice la chica- ese es Julián.
Y Germán ahí se pone todo rojo. Literalmente. Y las dos chicas empleadas lo miran y yo también lo miro y ahí me doy cuenta de que ellas también saben toda la historia. No sé que hacer, me parece que se está por largar a llorar, lo cuál es bastante terrible porque mi problema en este momento es la Peco, que está instalada en mi casa y quizás se quede unos cuantos años más. Pero tengo que entenderlo un poco; se estaba por casar con Gretel y Julián se metió en el medio. Hay que reconocer que tiene una habilidad demoníaca con las mujeres, porque si no lo de la Peco es medio inexplicable.
- Sí- digo yo, por decir algo- ese es Julián.
- Entiendo que a Gretel le haya gustado, es lindo el chico- dice la otra de las chicas.
- Sí, no está mal.
- Pero parece que es mal tipo- dice la chica empleada.
- Bueno, todo según Patri. Mi mejor amiga. Salió unos cuantos meses con él. Pasa que ahora es mi jefe. No me puedo pelear con él. Me quedo sin laburo. Y en el fondo no es tan mal tipo, nos deja quedarnos con las propinas y no nos acosa sexualmente. Que se yo, es un seductor nato. Y ahora seguro que se casa con la Peco.
- Pero si la Peco está casada- dice Germán.
- Es cierto. Van a tener que convivir en pecado. Con Bernardita, hija de la Peco y de Karen.
- Bernardita todavía no nació.
- ¿Qué apellido le van a poner? No, tendrían que tramitar el divorcio.
- ¿Qué divorcio?- dice Germán.
- Karen y la Peco.
- Karen se muere. No, vos estás loca, Karen lo odia a Julián. Lo odia con toda su alma.
- Bueno, la Peco se ve que no.
- Pero a ella no le gustan los hombres. Yo no le gusté nunca. Alberto tampoco. Mariano tampoco. Ví como miraba a Javier y tampoco.
- Esto no es un hombre- le contesto- Es Julián. Julián la consiguió a Patri y Patri no es nada fácil. Julián la consiguió a Gretel y también a tu ex cuñada y también a la tía de Gretel.
- No te puedo que con Mimucha también- dice Germán.
- Dice que es simpática.
- Es divina. Y está casada. Y con tres hijos.
- Bueno, eso es Julián. No sé como hace, pero te envuelve. Es como las sirenas con Ulises. Te hace masajes de pies, te trae lemon pie, te canta canciones de amor... Y ahí caés. Calculo que la mayor parte debe ser el lemon pie, pero te digo algo, alguna de las canciones ayudan.
- ¿Sandra y Celeste?
- Y Serrat y Sabina. Y Arjona. Mucho Arjona. Según Patri, la cosa funciona bárbaro. Al principio. Después te aburrís un poco, pero el muchacho es insistente. Demasiado insistente. Bah, según Patri es un pelotudo insistente, pero ella no opina bien de nadie. Y después empieza con el casamiento.
- ¿Vos creés que Gretel cayó así?
- Yo creo que cayó así. Estoy segura. Hasta te apuesto el momento en que Gretel empezó a pensar seriamente en Julián.
- Cuando dejó de pensar en mí.
- No. Cuando le dijo que el color azul le quedaba divino. Y que la quería pintar.
- Che- nos dice Germán a las tres- Ustedes tendrían que venir con un manual de instrucciones. ¿Qué les parece que tenga de lindo desnudarse para que un tipo las pinte? Es clavado lo que viene después.
Las tres nos miramos y nos largamos a reír.
- Sí, ya sabemos- contesta una de las chicas.- Desde que tenemos trece años que lo sabemos.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
Solo están dos de mis empleadas. La que estudia Letras y la callada. Se están pintando las uñas y comentando Guapas, cuando de repente tocan el timbre de la oficina.
- Es una chica- dice la callada.
La que estudia Letras me mira.
- ¿Ya te buscaste otra? Qué rápido superan los hombres la separación....
- Yo pensé que era Julieta Venegas- dice la callada- Es igual. Pensé, oia, Germán escucha algo que no sea Strauss...
- ¿De donde voy a conocer yo a Julieta Venegas?
- Que se yo. Sos del PRO. Por ahí Macri la contrató para un acto.
- ¿Le abro?- me pregunta la de Letras.- ¿La conocés?
- Sí, algo- le digo yo.
- Hola- dice Amalia. Tiene un pin que dice Amalia.
- Hola, Amalia- dice la de Letras- Ah, claro, vos sos la amiga de Germán, la del video y la solicitada.
- ¿Cómo sabés que me llamo Amalia?- pregunta ella.
- El pin.
- Uh, que boluda, me olvidé de sacármelo. Germán, tenemos que hablar rápido, porque me escapé de la patisserie. Esto es urgente.
La Peco. Karen. Patri. Gretel. Javier. Un accidente. Un incendio. Se murieron todos. Alberto. Juancito. No, Juancito no. Por ahí la Peco.
- Julián se estuvo transando a la Peco.
- ¿Quién es Julián?- pregunta la de Letras.
- ¿Quién es la Peco?- pregunta la callada.
- Pero si la Peco es tortillera- le digo yo. Así, como si nada. Mis empleadas me miran y la miran a Amalia.
- Y Julián era bisexual, Germán. Esto es una tragedia. Si Karen se llega a enterar, la Peco y ella nunca se van a reconciliar y yo voy a vivir con ella el resto de mi vida. Con ella y con Julián.
- ¿Quién es Julián?- vuelve a preguntar la de Letras.
- Julián es mi jefe- dice Amalia- Un machista mujeriego y retrógrado, que hace lo que sea para conseguir una mujer, pero que va que tiene una pattiserie divina, le encanta la decoración y su grupo favorito es Sandra y Celeste. El alma gemela de la Peco. Yo la conozco a la Peco cuando se enamora y esa cara la vi muchas veces en mi vida. Le trae lemon pie, ¿entendés? Lemon pie. Y brownie. Y leyó Cien años de soledad y El plan infinito y no por obligación. Y quiere ser pintor. De cuadros. No de brocha gorda. Y creo que le encanta el kiwi.
- ¿Un tipo así es machista?- dice la de Letras.- Parece bastante open minded.
- Si, a mi me caía re mal, pero ahora no tanto. La Peco siempre buscó la horma de su zapato, aunque siempre estuvo enamorada de Karen, pero ella no le daba bola, pero después le dió bola. Y se casaron y la Peco quedó embarazada. Y ahí se pudrió todo. Karen está en negación, la Peco está en negación y cae Julián. Que encima es lindo.
- ¿A vos te parece lindo?- le pregunto, un poco resentido.
- Bueno, tiene todos los dientes, ojos claros, pelo castaño suave y se viste bien.
- ¿Más lindo o menos lindo que yo?
- Vos también sos lindo, pero en otro estilo. Sos medio muñequito de torta.
- ¿Vos sabés que tenés razón?- dice la de Letras.- Yo siempre se lo digo a Ariel. Mi jefe es lindo, le digo, pero es medio aburridón. No te preocupés, querido.
- Pero- les digo yo- ¿soy más o menos lindo que Julián?
- Germán- dice Amalia- el problema de Julián es que entiende a las mujeres. Incluso a las mujeres como la Peco. Si no ¿cómo puede ser que se haya acostado con tantas, incluída tu novia?
- Ah, claro- dice la de Letras- ese es Julián.
-
Solo están dos de mis empleadas. La que estudia Letras y la callada. Se están pintando las uñas y comentando Guapas, cuando de repente tocan el timbre de la oficina.
- Es una chica- dice la callada.
La que estudia Letras me mira.
- ¿Ya te buscaste otra? Qué rápido superan los hombres la separación....
- Yo pensé que era Julieta Venegas- dice la callada- Es igual. Pensé, oia, Germán escucha algo que no sea Strauss...
- ¿De donde voy a conocer yo a Julieta Venegas?
- Que se yo. Sos del PRO. Por ahí Macri la contrató para un acto.
- ¿Le abro?- me pregunta la de Letras.- ¿La conocés?
- Sí, algo- le digo yo.
- Hola- dice Amalia. Tiene un pin que dice Amalia.
- Hola, Amalia- dice la de Letras- Ah, claro, vos sos la amiga de Germán, la del video y la solicitada.
- ¿Cómo sabés que me llamo Amalia?- pregunta ella.
- El pin.
- Uh, que boluda, me olvidé de sacármelo. Germán, tenemos que hablar rápido, porque me escapé de la patisserie. Esto es urgente.
La Peco. Karen. Patri. Gretel. Javier. Un accidente. Un incendio. Se murieron todos. Alberto. Juancito. No, Juancito no. Por ahí la Peco.
- Julián se estuvo transando a la Peco.
- ¿Quién es Julián?- pregunta la de Letras.
- ¿Quién es la Peco?- pregunta la callada.
- Pero si la Peco es tortillera- le digo yo. Así, como si nada. Mis empleadas me miran y la miran a Amalia.
- Y Julián era bisexual, Germán. Esto es una tragedia. Si Karen se llega a enterar, la Peco y ella nunca se van a reconciliar y yo voy a vivir con ella el resto de mi vida. Con ella y con Julián.
- ¿Quién es Julián?- vuelve a preguntar la de Letras.
- Julián es mi jefe- dice Amalia- Un machista mujeriego y retrógrado, que hace lo que sea para conseguir una mujer, pero que va que tiene una pattiserie divina, le encanta la decoración y su grupo favorito es Sandra y Celeste. El alma gemela de la Peco. Yo la conozco a la Peco cuando se enamora y esa cara la vi muchas veces en mi vida. Le trae lemon pie, ¿entendés? Lemon pie. Y brownie. Y leyó Cien años de soledad y El plan infinito y no por obligación. Y quiere ser pintor. De cuadros. No de brocha gorda. Y creo que le encanta el kiwi.
- ¿Un tipo así es machista?- dice la de Letras.- Parece bastante open minded.
- Si, a mi me caía re mal, pero ahora no tanto. La Peco siempre buscó la horma de su zapato, aunque siempre estuvo enamorada de Karen, pero ella no le daba bola, pero después le dió bola. Y se casaron y la Peco quedó embarazada. Y ahí se pudrió todo. Karen está en negación, la Peco está en negación y cae Julián. Que encima es lindo.
- ¿A vos te parece lindo?- le pregunto, un poco resentido.
- Bueno, tiene todos los dientes, ojos claros, pelo castaño suave y se viste bien.
- ¿Más lindo o menos lindo que yo?
- Vos también sos lindo, pero en otro estilo. Sos medio muñequito de torta.
- ¿Vos sabés que tenés razón?- dice la de Letras.- Yo siempre se lo digo a Ariel. Mi jefe es lindo, le digo, pero es medio aburridón. No te preocupés, querido.
- Pero- les digo yo- ¿soy más o menos lindo que Julián?
- Germán- dice Amalia- el problema de Julián es que entiende a las mujeres. Incluso a las mujeres como la Peco. Si no ¿cómo puede ser que se haya acostado con tantas, incluída tu novia?
- Ah, claro- dice la de Letras- ese es Julián.
-
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Amalia.
Vuelvo vencida a mi casita. Y espero paz y tranquilidad porque son las cinco de la mañana y porque la Peco no se levanta tan temprano. Pero no; suena Sandra Mihanovich. Y Celeste Carballo. Y la Peco está cantando. Y hay una voz masculina.
- Hola- me dice Julián.
- Hola, jefe- le digo yo.
Le está haciendo masajes en los pies a la Peco. Se miran a los ojos. Ah, bueno. Eramos pocos.
- Vengo de la casa de Karen- digo yo, con toda la mala onda que puedo, que es mucha.
- ¿En que anda?- pregunta Julián.
- Hizo una fiesta.
- ¿Ah, sí?- dice la Peco.
- Pero parece que acá se entretuvieron bastante.
- No, no te creas- dice la Peco- yo estaba medio aburrida, y entonces llamó Julián para preguntarte algo del trabajo y yo le conté que estaba sola y que estaba escuchando a Sandra y Celeste, mi grupo favorito.
- También el mío- dice Julián.
- Y el fue re buena onda y se vino para acá con un lemon pie riquísimo y me ayudó a desenredarme el pelo y me hizo masajes...
- Re buena onda- digo yo y lo miro a Julián. Pero nada. El muchacho está inmutable.
- ¿Qué tal anda Karen?- pregunta la Peco.
- Bien- le digo yo.- Que sé yo.
- ¿Qué sirvió de canapés? ¿Langostinos grillados o jamon crudo?
- Jamon crudo y bruschettas de tomate. Y mucho tequila. Vos sabés como es Karen cuando se queda sola.
- Sí, es cierto.
- Creo que dejó de ir al gimnasio...
- ¿Por qué?
- Está media... Es como que le falta comer kiwi. La veo media desvitaminizada. La pobre. Y me preguntó de donde había sacado la bufanda.
- ¿Le gustó?
- No le dije que me la habías tejido vos. Soy ubicada.
- Claro- dice la Peco.
Y entoces la pregunta:
- ¿Y de mí no te dijo nada?
- Que te comprende.
- Ah- dice la Peco.- Karen es re comprensiva.
- Estaba Gretel, también- estratégicamente, omito al novio.
- ¿Y como estaba?
- Re linda.
- ¿Se acercó mucho a Karen?
- No sé, viste como son las fiestas de Karen. Mucha gente.
- Ah, claro.- dice la Peco- Julián ¿me podés traer un brownie y una taza de chocolate del negocio? Si no es mucho pedir.
- Por supuesto- dice Julián.
- Es un caballero- dice la Peco, cuando se va.- Y le gusta Sandra Mihanovich. ¿Sabés lo difícil que es encontrar a un hombre que le guste Sandra Mihanovich? Y es lindo chico.
- Peco ¿te acostaste con él?
- No- dice la Peco.- Por supuesto que no.
Hace un silencio.
- No exactamente.
Ahora me suicido. Literalmente. Me suicido.
Vuelvo vencida a mi casita. Y espero paz y tranquilidad porque son las cinco de la mañana y porque la Peco no se levanta tan temprano. Pero no; suena Sandra Mihanovich. Y Celeste Carballo. Y la Peco está cantando. Y hay una voz masculina.
- Hola- me dice Julián.
- Hola, jefe- le digo yo.
Le está haciendo masajes en los pies a la Peco. Se miran a los ojos. Ah, bueno. Eramos pocos.
- Vengo de la casa de Karen- digo yo, con toda la mala onda que puedo, que es mucha.
- ¿En que anda?- pregunta Julián.
- Hizo una fiesta.
- ¿Ah, sí?- dice la Peco.
- Pero parece que acá se entretuvieron bastante.
- No, no te creas- dice la Peco- yo estaba medio aburrida, y entonces llamó Julián para preguntarte algo del trabajo y yo le conté que estaba sola y que estaba escuchando a Sandra y Celeste, mi grupo favorito.
- También el mío- dice Julián.
- Y el fue re buena onda y se vino para acá con un lemon pie riquísimo y me ayudó a desenredarme el pelo y me hizo masajes...
- Re buena onda- digo yo y lo miro a Julián. Pero nada. El muchacho está inmutable.
- ¿Qué tal anda Karen?- pregunta la Peco.
- Bien- le digo yo.- Que sé yo.
- ¿Qué sirvió de canapés? ¿Langostinos grillados o jamon crudo?
- Jamon crudo y bruschettas de tomate. Y mucho tequila. Vos sabés como es Karen cuando se queda sola.
- Sí, es cierto.
- Creo que dejó de ir al gimnasio...
- ¿Por qué?
- Está media... Es como que le falta comer kiwi. La veo media desvitaminizada. La pobre. Y me preguntó de donde había sacado la bufanda.
- ¿Le gustó?
- No le dije que me la habías tejido vos. Soy ubicada.
- Claro- dice la Peco.
Y entoces la pregunta:
- ¿Y de mí no te dijo nada?
- Que te comprende.
- Ah- dice la Peco.- Karen es re comprensiva.
- Estaba Gretel, también- estratégicamente, omito al novio.
- ¿Y como estaba?
- Re linda.
- ¿Se acercó mucho a Karen?
- No sé, viste como son las fiestas de Karen. Mucha gente.
- Ah, claro.- dice la Peco- Julián ¿me podés traer un brownie y una taza de chocolate del negocio? Si no es mucho pedir.
- Por supuesto- dice Julián.
- Es un caballero- dice la Peco, cuando se va.- Y le gusta Sandra Mihanovich. ¿Sabés lo difícil que es encontrar a un hombre que le guste Sandra Mihanovich? Y es lindo chico.
- Peco ¿te acostaste con él?
- No- dice la Peco.- Por supuesto que no.
Hace un silencio.
- No exactamente.
Ahora me suicido. Literalmente. Me suicido.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
Nos quedamos un rato en la fiesta de Karen. Estaban Raúl y el novio, y Javier. Javier no la saludó a Amalia; Amalia no lo saludó a Javier. Por lo demás, todo bien. Raúl y el novio se fueron a una rave, Javier se quedó con nosotros, empezamos a charlar de boludeces, apareció Gretel con un novio nuevo del PRO y era obvio que no esperaba verme a mí ni a Amalia. No sé por qué, las miradas de odio se las dedicó más a Amalia que a mí. En un momento dado, se acercó a nosotros y nos saludó. Con el novio.
- Está bueno, Amalia, y es del PRO- oí que le decía Patri a Amalia.- Menos mal que me puse el vestido negro, que es para toda ocasión.
- Está con Gretel.
- Bueno, y Gretel estaba con Germán. Minina, tiene un rolex.
- Sonás muy interesada.
- Bueno, después de Julián, quién me culpa. Debe ser empresario.
- ¿Empresario como Franco Macri o empresario como Leo Fariña?
- Que me importa...
- Ah, claro, no te importa terminar presa o en Infama.
- Bueno, en Infama no estaría tan mal. Ay, Amalia, dejáme ser un poco frívola, estoy podrida de trabajar todos los días.
- Solo te recuerdo que tenés una mala suerte infernal con los hombres.
- Menos en la cama, bichito.
- Parecés Luciana Salazar.
- Vos parecés Elisa Carrió.
- Estoy esperando el momento indicado para matarte. Primero de todo no me querés ayudar con lo de Karen y la Peco, y ahora, en vez de enfocarte en mi problema, estás pensando en los hombres del PRO. Debe haber doscientos mil acá. Acórdate que no saben bailar cumbia.
- Me sacrifico por la patria.
- Y yo voy a seguir escuchando a Sandra Mihanovich hasta el día de mi muerte. Mirá, Patri, yo te ayudo en muchas cosas, sos re linda, tenés un cuerpazo, los tipos se mueren por vos, pero si no me ayudás con lo de la Peco juro que Julián se va a enterar que vos te acostaste con su viejo y no vas a quedar bien parada. Para nada.
- No te animás.
- Probáme.
- Eso es extorsión. Además, estaba en un momento débil de mi vida.
- Patri...
- Sí, tenés razón. Esa ni yo me la creo. Uf, está bien, te voy a ayudar. Pero después vos me ayudás a conseguirme un novio del PRO. El de Gretel me gusta bastante.
Entonces vuelve a acercarse Gretel.
- Hola, Germán- me dice- ¿Sabés que el otro día la ví a Amalia trabajando de moza? En una pattisserie.
- Claro, claro- le digo yo.
Patri y Amalia se miran y se ríen por lo bajo.
- Sí querés, contrato un detective privado para averiguarle todos los gustos- dice Amalia- Aunque no sé con qué plata.
Nos quedamos un rato en la fiesta de Karen. Estaban Raúl y el novio, y Javier. Javier no la saludó a Amalia; Amalia no lo saludó a Javier. Por lo demás, todo bien. Raúl y el novio se fueron a una rave, Javier se quedó con nosotros, empezamos a charlar de boludeces, apareció Gretel con un novio nuevo del PRO y era obvio que no esperaba verme a mí ni a Amalia. No sé por qué, las miradas de odio se las dedicó más a Amalia que a mí. En un momento dado, se acercó a nosotros y nos saludó. Con el novio.
- Está bueno, Amalia, y es del PRO- oí que le decía Patri a Amalia.- Menos mal que me puse el vestido negro, que es para toda ocasión.
- Está con Gretel.
- Bueno, y Gretel estaba con Germán. Minina, tiene un rolex.
- Sonás muy interesada.
- Bueno, después de Julián, quién me culpa. Debe ser empresario.
- ¿Empresario como Franco Macri o empresario como Leo Fariña?
- Que me importa...
- Ah, claro, no te importa terminar presa o en Infama.
- Bueno, en Infama no estaría tan mal. Ay, Amalia, dejáme ser un poco frívola, estoy podrida de trabajar todos los días.
- Solo te recuerdo que tenés una mala suerte infernal con los hombres.
- Menos en la cama, bichito.
- Parecés Luciana Salazar.
- Vos parecés Elisa Carrió.
- Estoy esperando el momento indicado para matarte. Primero de todo no me querés ayudar con lo de Karen y la Peco, y ahora, en vez de enfocarte en mi problema, estás pensando en los hombres del PRO. Debe haber doscientos mil acá. Acórdate que no saben bailar cumbia.
- Me sacrifico por la patria.
- Y yo voy a seguir escuchando a Sandra Mihanovich hasta el día de mi muerte. Mirá, Patri, yo te ayudo en muchas cosas, sos re linda, tenés un cuerpazo, los tipos se mueren por vos, pero si no me ayudás con lo de la Peco juro que Julián se va a enterar que vos te acostaste con su viejo y no vas a quedar bien parada. Para nada.
- No te animás.
- Probáme.
- Eso es extorsión. Además, estaba en un momento débil de mi vida.
- Patri...
- Sí, tenés razón. Esa ni yo me la creo. Uf, está bien, te voy a ayudar. Pero después vos me ayudás a conseguirme un novio del PRO. El de Gretel me gusta bastante.
Entonces vuelve a acercarse Gretel.
- Hola, Germán- me dice- ¿Sabés que el otro día la ví a Amalia trabajando de moza? En una pattisserie.
- Claro, claro- le digo yo.
Patri y Amalia se miran y se ríen por lo bajo.
- Sí querés, contrato un detective privado para averiguarle todos los gustos- dice Amalia- Aunque no sé con qué plata.
viernes, 9 de mayo de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
Diario de Amalia.
Llegamos a la casa de Karen. Todas las luces prendidas. Y música. Fuerte.
- Hola, mis amores- dice Karen.- ¿Vinieron a la fiesta?
- ¿Qué fiesta?
- Organizé una fiesta, ahora que tengo la casa libre. Me olvidé de avisarles. Perdonen.
Nos miramos los tres.
- Karen- dice Patri- la Peco...
- No me hables de ella, chichi. Si le quiere poner Bernardita a nuestra hija, todo bien. Si la quiere bautizar, todo bien. Ahora ¿tenía que decir todas esas boludeces adelante de Amalia y no me las podía decir a mí, que soy su esposa? Siempre la juega de buenita. Siempre es la víctima de todo y yo soy la mala de la película. Fantástico. Soy un poco mandona, lo reconozco, pero también le perdono un montón de costumbres horribles que ella tiene, como tejerme bufandas que están totalmente out. Igual las uso y me la banco.
Tengo ganas de esconder la bufanda. Tiene razón Karen, está totalmente out. El bordó no es un color de moda.
- Bueno- dice Germán- pero a Amalia se le está haciendo un poquitín difícil la convivencia.
- ¿La granola?- pregunta Karen.
Yo asiento con la cabeza.
- ¿El kiwi?
Vuelvo a asentir.
- ¿Puerto Pollensa?
- Por supuesto.- le digo.
- Ahora sabés lo que yo tengo que bancarme todos los días. ¿Ya redecoró el baño?
- Todo el departamento. Quedó divino.
- Espero que no se haya acercado a tu lavadero.
- No, no, Karen.
- Mirá, Amalia, yo te entiendo. Pero vos entendeme a mí.
- No, te entiendo, Karen. Te comprendo perfectamente. Es más, te entiendo más que nunca. No veo la hora de que se reconcilien. Por favor. Acórdate que cuando teníamos dieciséis me rompiste el vestido de lamé dorado, mío, el favorito, y yo te lo perdoné. Y que te regalé siempre buenos regalos de cumpleaños. y que nunca te dije que el negro azabache no te favorecía para nada como color de pelo.
- Me quedaba divino- dice Karen.- Miren, si quieren pasen a la fiesta. Pero por hoy no puedo hacer nada.
Llegamos a la casa de Karen. Todas las luces prendidas. Y música. Fuerte.
- Hola, mis amores- dice Karen.- ¿Vinieron a la fiesta?
- ¿Qué fiesta?
- Organizé una fiesta, ahora que tengo la casa libre. Me olvidé de avisarles. Perdonen.
Nos miramos los tres.
- Karen- dice Patri- la Peco...
- No me hables de ella, chichi. Si le quiere poner Bernardita a nuestra hija, todo bien. Si la quiere bautizar, todo bien. Ahora ¿tenía que decir todas esas boludeces adelante de Amalia y no me las podía decir a mí, que soy su esposa? Siempre la juega de buenita. Siempre es la víctima de todo y yo soy la mala de la película. Fantástico. Soy un poco mandona, lo reconozco, pero también le perdono un montón de costumbres horribles que ella tiene, como tejerme bufandas que están totalmente out. Igual las uso y me la banco.
Tengo ganas de esconder la bufanda. Tiene razón Karen, está totalmente out. El bordó no es un color de moda.
- Bueno- dice Germán- pero a Amalia se le está haciendo un poquitín difícil la convivencia.
- ¿La granola?- pregunta Karen.
Yo asiento con la cabeza.
- ¿El kiwi?
Vuelvo a asentir.
- ¿Puerto Pollensa?
- Por supuesto.- le digo.
- Ahora sabés lo que yo tengo que bancarme todos los días. ¿Ya redecoró el baño?
- Todo el departamento. Quedó divino.
- Espero que no se haya acercado a tu lavadero.
- No, no, Karen.
- Mirá, Amalia, yo te entiendo. Pero vos entendeme a mí.
- No, te entiendo, Karen. Te comprendo perfectamente. Es más, te entiendo más que nunca. No veo la hora de que se reconcilien. Por favor. Acórdate que cuando teníamos dieciséis me rompiste el vestido de lamé dorado, mío, el favorito, y yo te lo perdoné. Y que te regalé siempre buenos regalos de cumpleaños. y que nunca te dije que el negro azabache no te favorecía para nada como color de pelo.
- Me quedaba divino- dice Karen.- Miren, si quieren pasen a la fiesta. Pero por hoy no puedo hacer nada.
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.
Diario de Germán.
Estoy en mi departamento. Tranquilo y feliz. Alberto se fué con Juancito a su casa (por fin), el edificio se vació, no tengo mascota, pongo Rachmaninovv en el equipo en una versión nueva de una pianista húngara o japonesa. Miro el techo. Dentro de un rato voy a cenar, pero todavía no. Y me llama Patricia.
- Sé que nos odiás- dice antes de que tenga tiempo de decirle nada.- Y tenés derecho a matarme. A mí y a Amalia. Pero esto es una emergencia. De en serio. ¿Podemos ir a tu casa?
- Sí, está bien, no hay problema.
No tardan nada. Me parece que Patri me estaba llamando desde la esquina. ¿Me estarán acosando?
- Hola, Germán. Amalia, tenés que decirle algo a Germán.
- Si, Germán, disculpá, pasa que dije unas cosas y mi mamá lo malinterpretó y bueno... ya sabés.
- Amalia ¿así pedís disculpas?
- Bueno, está bien, Germán, disculpame.
- Bueno, está bien- digo yo. Todo es medio raro.
- Si te hace sentir mejor, mi vieja se enojó conmigo y tuve que conseguirme un trabajo. De moza. En la patisserie de Julián.
- Gravísimo- dice la Patri.- Bueno, ahora que ya lo peor pasó, venimos porque sabemos que Karen es muy amiga tuya, y queremos que intercedas entre ella y la Peco.
Las miro.
- No, imposible.
Amalia la mira a Patri. Patri la mira a Amalia. Y entonces Amalia se larga a llorar.
- Mira, vos no sabés lo que yo quiero a la Peco, es mi amiga desde hace años, me tejió esta bufanda, y quiere que yo sea la madrina de Bernardita, pero ya comí cinco paquetes de granola y engordé dos kilos desde que ella esta en mi casa. Y ¿vos sabés la letra de "Todo me recuerda a tí? Yo no la sabía. Ahora me la sé de memoria. Y también la de Puerto Pollensa. Y ¿vos sabías que a veces los bebés no nacen de cabeza, sino de pie? ¿Y que pueden llegar a tener treinta enfermedades diferentes? ¿Y que los enchufes para ellos son peligrosos? Yo no lo sabía. Ahora lo sé de memoria y el poco instinto maternal que podía llegar a tener está naufragando, porque no sé si cuando una tiene un bebé tiene una pequeña bolsa de ternura o un futuro kamikaze que lo único que hace es conectar sus dedos a los tomacorrientes como si no supiera lo idiota que eso. No te digo, que sea un superbebé, pero hasta mi primo sabe que uno se muere si hace eso.
- Mi hermano una vez casi se queda pegado- dice Patri.
- Yo también- digo yo.
- Mi vieja casi me mata. El otro boludo se cagaba de risa. Para él fue divertido.
- Bueno- digo yo.- Voy a ver que hago. Pero lo de Karen es casi imposible. Está enojada y dice que ustedes son más amigas de la Peco que de ella.
- Vamos los tres a hablar con Karen- dice Patri.- Por ahí la convencemos.
Estoy en mi departamento. Tranquilo y feliz. Alberto se fué con Juancito a su casa (por fin), el edificio se vació, no tengo mascota, pongo Rachmaninovv en el equipo en una versión nueva de una pianista húngara o japonesa. Miro el techo. Dentro de un rato voy a cenar, pero todavía no. Y me llama Patricia.
- Sé que nos odiás- dice antes de que tenga tiempo de decirle nada.- Y tenés derecho a matarme. A mí y a Amalia. Pero esto es una emergencia. De en serio. ¿Podemos ir a tu casa?
- Sí, está bien, no hay problema.
No tardan nada. Me parece que Patri me estaba llamando desde la esquina. ¿Me estarán acosando?
- Hola, Germán. Amalia, tenés que decirle algo a Germán.
- Si, Germán, disculpá, pasa que dije unas cosas y mi mamá lo malinterpretó y bueno... ya sabés.
- Amalia ¿así pedís disculpas?
- Bueno, está bien, Germán, disculpame.
- Bueno, está bien- digo yo. Todo es medio raro.
- Si te hace sentir mejor, mi vieja se enojó conmigo y tuve que conseguirme un trabajo. De moza. En la patisserie de Julián.
- Gravísimo- dice la Patri.- Bueno, ahora que ya lo peor pasó, venimos porque sabemos que Karen es muy amiga tuya, y queremos que intercedas entre ella y la Peco.
Las miro.
- No, imposible.
Amalia la mira a Patri. Patri la mira a Amalia. Y entonces Amalia se larga a llorar.
- Mira, vos no sabés lo que yo quiero a la Peco, es mi amiga desde hace años, me tejió esta bufanda, y quiere que yo sea la madrina de Bernardita, pero ya comí cinco paquetes de granola y engordé dos kilos desde que ella esta en mi casa. Y ¿vos sabés la letra de "Todo me recuerda a tí? Yo no la sabía. Ahora me la sé de memoria. Y también la de Puerto Pollensa. Y ¿vos sabías que a veces los bebés no nacen de cabeza, sino de pie? ¿Y que pueden llegar a tener treinta enfermedades diferentes? ¿Y que los enchufes para ellos son peligrosos? Yo no lo sabía. Ahora lo sé de memoria y el poco instinto maternal que podía llegar a tener está naufragando, porque no sé si cuando una tiene un bebé tiene una pequeña bolsa de ternura o un futuro kamikaze que lo único que hace es conectar sus dedos a los tomacorrientes como si no supiera lo idiota que eso. No te digo, que sea un superbebé, pero hasta mi primo sabe que uno se muere si hace eso.
- Mi hermano una vez casi se queda pegado- dice Patri.
- Yo también- digo yo.
- Mi vieja casi me mata. El otro boludo se cagaba de risa. Para él fue divertido.
- Bueno- digo yo.- Voy a ver que hago. Pero lo de Karen es casi imposible. Está enojada y dice que ustedes son más amigas de la Peco que de ella.
- Vamos los tres a hablar con Karen- dice Patri.- Por ahí la convencemos.
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