martes, 20 de noviembre de 2018

Un aire de familia. 32° parte

La guerra (la segunda gran guerra) no terminaba. El ejército alemán parecía imparable y había ocupado los Países Bajos y, aunque todos pensaban que no era posible que Francia cayera, una tarde los diarios vespertinos se llenaron con titulares que decían que en París los tanques alemanes habían entrado.
- Bueno- dijo Eduardo Arramburu- el amigo de las Ocampo, Drieu La Rochelle, estará feliz.
- Muchos están felices- observó Samuel.- Aquí en Argentina, también.
Arramburu había dejado de pelearse con su padre por cuestiones políticas: el hombre que hasta hacía un año atrás le parecía infalible y majestuoso, ahora le parecía un anciano encerrado en sí mismo. No puedes ser neutral, había intentado decirle un par de veces, cuando lo que postula el nazismo es que los judíos mueran. Y si lees algunos diarios, ya han muerto varios y no de la mejor manera.
- ¿Sabes lo que me contestó? Que en todas las guerras hay muertos. No así, le contesté yo, no se masacra de esta manera a civiles desarmados, ahorcándolos, con piedras. Tú no entiendes nada de nada, me dijo. Mira los poetas que lees, mira los amigos que tienes. Un ayudante de mercero. Un profesor de francés. Panaderos anarquistas. ¿Te crees que no lo sé?
- ¿Y qué le contestaste?- preguntó Samuel.
- Nada. No le contesté nada. Me da cierto odio, pero no puedo decirle ¿para eso quieres que me dedique a la política? ¿Para no hacer nada por nadie? Prefiero ser ingeniero agrónomo, aunque lo odie.Además, encima, madre quiere que me case. Y que me case bien. Me ha presentado a dos o tres de las hijas de sus amigas, muchachas que deben ser muy buenas pero que no hablan.
- ¿Son lindas?
- Oh, sí- contestó Arramburu.- Pero a mí me gusta una muchacha que conocí el otro día en casa de los Alzugaray, en una tertulia literaria que organizó Maricarmen Alzugaray. Es muy bella y le gusta Baudelaire. También escribe poemas.
- ¿Es de buena familia?
- Si, por favor, te crees que Maricarmen Alzugaray va a dejar entrar a cualquiera a su tertulia literaria.
- ¿Y entonces?- preguntó Samuel.
- Es que me parece que está enamorada de Maricarmen Alzugaray y ese amor es correspondido. Bueno, en realidad no me parece. Estoy seguro. Cuando le dije a padre de ella, estuvo largas horas para darme a entender esto. Importante, sin duda alguna. No me sorprende demasiado. En ninguno de sus poemas nombra a ningún hombre. Lo cuál solo demuestra mi mala suerte. Ingeniero agrónomo a la fuerza y la primera mujer que me gusta le escribe poemas a otra mujer. Aunque padre dijo que igual podría casarme con ella, aunque, claro, no sé si nos llevaríamos muy bien.
- Bueno- dijo Samuel- Por lo menos a los dos les gusta la poesía. Algo es algo. Un interés en común. Hannah y yo ni siquiera teníamos eso. Yo le temía un poco y a ella le era indiferente.
- No eres demasiado romántico ¿no es cierto?
- Soy ayudante de mercero, como dijo tu padre. Y ajedrecista. Pero te digo algo; en el transcurso de mi matrimonio aprendí que Hannah es una mujer única y valiosa, a su manera, y cada vez que pienso que puede pasarle algo malo a ella o a Judith, me desespero un poco. Trato de no caer en la desesperación, pero las noticias de Europa cada vez son peores.
Dos meses más tarde el futuro ingeniero agrónomo Eduardo Arramburu y la precoz poetisa (que ya había publicado dos plaquetas de poesía ilustradas por ella misma) Maria Cristina Barca Novarret se casaban en la Catedral de La Plata. El padrino de la boda fue Arturo Arramburu, primo mayor de Eduardo y la madrina fue Maricarmen Alzugaray, que quizás lloraba un poco de más, como le hicieron notar su marido y su suegra. De todas maneras, y contra lo que pudieran pensar muchos, principalmente el padre del novio, fue un matrimonio muy feliz. Tuvieron dos hijas, Maria y Cristina, y como se murmuraba por lo bajo en los restaurantes de Recoleta, esos dos retoños fueron el fruto de las dos únicas ocasiones en que Eduardo y Maria Cristina coincidieron en la cama con el mismo propósito. Pero la verdad es que Maria Cristina, a diferencia de su suegra, de su suegro y de la misma Maricarmen Alzugaray, admiraba mucho los brotes poéticos de su marido y no le importaba que muchas veces el adjetivo, el sujeto y el verbo fueran totalmente inconcordantes y que las rimas fueran pesadísimas.

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