lunes, 12 de noviembre de 2018

La muerte de un rey. 59° parte.

                                                                                       el cielo y la tierra
de pronto intercambian su lugar:
enfermar en otoño 
                                                Mitsuhashi Takajo

                                                          
                                                            Aki,  Océano sur, aún sin nombre.

Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis. La sexta ola.
Aki había descubierto el océano caminando. Se había alejado de los Mil desde antes que murieran Amparo y Oregon, pero había jurado no juntarse con nativos. Y había cumplido su juramento. Si a algo le tenía miedo, era a la máquina. Cuando sintió la muerte de los padres de Eliza, lloró durante tres días enteros. Y luego siguió caminando. Y había llegado a esta playa, donde no había nada salvo una especie de cangrejos iridiscentes y algo parecido a tortugas, pero sin caparazón. Nadaban. Aki sospechaba que en realidad eran mamíferos, pero no se le acercaban demasiado. 
No quería tener contacto con ninguno de los Mil, ni de los mestizos, ni con la gente del Rey, y hasta ahora había tenido éxito. Con mucho esfuerzo.
Uno, dos, tres, cuatro, cinco seis. Océano, dijo una voz dentro de él que no era la suya.
Yemanja, diosa de las aguas.
Aki retrocedió asustado.
Jorginho. El olor del océano, las olas, y entonces en la cabeza de Aki entraron canciones en una lengua que desconocía.
Es cierto lo del océano, dijo Jorginho. Puedo olerlo.
¿Cómo es?
Aki permaneció en silencio. 
Es inmenso cómo todos los océanos, dijo Jorginho.
Mira, cangrejos. ¿Son comestibles? Lástima que aquí no exista aceite de dendé. 
No los he comido, dijo Aki. Solo los contemplo.
Solamente como algas y frutillas. Ya sabes. Una dieta equilibrada. Y cuento las olas del océano. Para no tener que oírlos.
A mi tampoco me gusta oírlos, dijo Jorginho. Aquí estoy con Omar y con Eliza, encerrado. Omar todavía busca el verso perfecto para narrar la caída de Troya. Y Eliza duerme. Dentro de poco el Rey vendrá a buscarla. No sé si la torturarán. Creo que sí, cómo le sacaron el ojo y el pómulo a Henry aquella vez, a martillazos. La abuela de este rey preguntando la ubicación de la máquina y Henry diciendo que nada sabía, y el martillo sobre su frente dos veces y él chorreando sangre.
Me alejé de ustedes para no saber. Para no saber esas cosas, dijo Aki. Le dije a Sarar apenas llegamos que nos habíamos equivocado, que este planeta habitado no era la utopía que soñábamos. No me hizo caso. Henry tampoco me hizo caso. Solo Amparo...
No me hables de Amparo, dijo Jorginho. ¿Sabés cuantos niños vi morir yo en las calles de Bahía? Pero Eliza era especial, ella no podía morir, ella era ahijada de Sarar. Ella y Melinda, bastardas. Me harté de mis compañeros de celda. Los descuartizaré con mis propias manos, y me iré de aquí.
Aki se acercó al mar, a las olas que contemplaba. Alzó uno de los cangrejos iridiscentes, sacó una de sus patas, la abrió y se la llevó a la boca.
Los cangrejos son comestibles, le dijo a Jorginho.
Estan yendo para allí, dijo Jorginho. Nosotros estamos encerrados. Quizás nos dejen aquí para siempre.
Los cangrejos son comestibles, repitió Aki. 


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