lunes, 31 de marzo de 2014

Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia

Diario de Germán.

Hablo con Javier. Sigue estando en lo de Precios Cuidados, pero como me considera un amigo viene a mi casa. Intentamos llamar a Amalia, pero su teléfono da permanentemente ocupado y a Patricia, pero parece que se fue a un spa. Entre los dos, igual, quedamos de acuerdo: yo le voy a prestar ropa decente y él se va a hacer pasar por un amigo mío, va a dejar que me ponga en pedo y que le grite un par de groserías a las chicas presentes, va a hacer de pata de plomo por si alguno me quiere moler a palos (en los eventos de Los Cardales difícil, pero nunca se sabe) y después que los fotografos me escrachen bien me va a traer a mi casa en auto.
- El único problema- me dice Javier- es que por ahí piensan que somos pareja.
Lo pienso unos segundos.
- Por ahí mejor. Más quilombo, más comidilla.
- Mejor para vos. Yo puedo conseguir algo mucho mejor que vos.
- ¿Qué decís?
- Que si fuera puto nunca me juntaría con uno del PRO.
- Parecés Aldana. ¿Por qué salís con Amalia, entonces?
- Porque es mujer, es parecida a Julieta Venegas y a veces piensa en votar a Pino Solanas. Pero creo que nunca militó por Macri.
- ¿Estás seguro?
- Bueno, la verdad, tendría que preguntarle. Pará que me está entrando un llamado.
Javier atiende y dice aja, aja, aja, pobre, mirá vos, yo sabía, es un ortiva, vamos a darle apoyo moral.
- ¿Qué pasó?- le pregunto yo cuando corta.
- Amalia rindió mal.
- Pobre.
- Me llamó Patricia para putearme. Dice que la culpa la tengo yo, Cristina, los Precios Cuidados, Karen, Gretel, la Peco, y vos. No sé por qué, pero mayormente vos. Bueno, también se echa la culpa un poco ella, porque quiso salir con vos.
- ¿Yo que tengo que ver?
- No sé. A Amalia solo la bocharon una vez, en primer año. Es raro que pase. Ahora está furiosa con todo el mundo, y dice que si la invito otra vez a ver que precio tiene el yogurth de 4,50...
- Sí, me imagino. A mi no me bocharon nunca.
- ¿Ni una sola vez? Que olfa.
- Terminé la carrera de estadístico en cuatro años. Tiempo record. Aunque yo en realidad quería ser médico.
- ¿Qué pasó?
- ¿Sabés que en la carrera de medicina en primer año te hacen ver un cadáver? ¿Sabés por quién lo sé? Por Alberto, mi hermano. El quiso ser médico, después quiso ser farmacéutico, después quiso ser odóntologo y después se casó y la mujer lo dejó por Julián y después se casó otra vez, y tuvo a Juan, mi sobrinito y después se divorció y ahora trabaja de martillero público. Gana buena plata, no creas.
- Che, la vida de tu hermano es un tango.
- Bueno, la cosa es que gracias a él soy estadístico. Un aburrimiento... Aunque te digo, mis empleadas están buenas y se portan bien conmigo. Me dan buenos consejos, a veces.
- ¿Están buenas? ¿Hay alguna soltera?
- Soltera, soltera, creo que una sola. Trabaja en un mercadito, también.
- ¿Me la presentás?
- Si vos salís con Amalia.
- Me parece que gracias a la presidenta, no voy a salir más con Amalia. Dale, sé un poco gamba.
- Según la delegada gremial de mi cuerpo de empleadas, que es la casada con un hijo, ninguna de ellas quiere bardo. Así que cuando salgas en las fotos de las revistas conmigo al lado, borracho, me parece que no te va a hacer caso.
- Que mala suerte, che. Bueno, pero si te ayudo en esta y por culpa tuya pierdo atractivo ante las chicas que cuando uso remera celeste me miran bien, me tenés que prometer que en las próximas elecciones vas a tener que votar al proyecto nac. and pop.
- Ni siquiera hay candidato.
- No me importa. Perdí una novia por mi fervor militante, pero si logro ganar a un amigo para la causa.
- Eso se llama extorsión.
- Bueno, está bien, votalo a Macri- me dice Javier.- Total, el amarillo patito luce de bien en las remeras partidarias. 

Franz Ferdinand

Como que tienen el nombre del príncipe por cuya muerte se desató la Gran Guerra, los Franz Ferdinand son elegantes (quizás la elegancia sea una designación para todo lo que proviene de Escocia, desde Sean Connery hasta Stevenson). Además de eso, son contundentes; no hay una canción de Franz Ferdinand que no sea al mismo tiempo un artefacto pop perfecto y una base de guitarras increíblemente bien combinadas. Las letras, eso que tantos rockeros a veces desdeñan, son también muy buenas; "The Fallen" es un manifiesto rockero que tiene densidad y clase. "Camina con nosotros, nunca nos juzgues, todos estamos condenados". La oscuridad en Franz Ferdinand ya no es punk ni grunge; parecería que Lord Byron y Mary Shelley y Jane Austen han reencarnado en este grupo escocés y en vez de escribir libros y espantar al burgués hacen canciones de rock. A tanto llegan.

viernes, 28 de marzo de 2014

La muerte de un rey 22º parte

                                                                                                Everything I touched was golden
                                                                                                Everything I loved got broken
                                                                                                On the road to Mandalay
                                                                                                                    Robbie Williams

                                                                                        Omar, Paris, 2016

He sido un rey, pensó Omar o he soñado ser un rey. Había hecho la última traducción de Salman Rushide y de Louise B. Hay, había cobrado un buen dinero, lo había gastado y ahora no tenía trabajo. Estaba acostumbrado a ser un vagabundo. Había vivido en México, en Uganda, en Salamanca; ahora vivía en París, cerca del Pont de Arts, en un altillo lleno de humedad. Dentro de dos o tres días lo echarían a la calle. Podría intentar traducir la Odisea por decimoctava vez. Podría escribir su primera novela. Podría intentar enamorar a alguna francesa.
No haré nada de eso, se dijo.
Entonces vió el mail de Melinda.
Melinda había sido su amante en Inglaterra. Antes de conocer a su marido. Melinda en esa época era delgada y bellísima como una princesa de Mónaco. Luego lo había dejado por un poetastro de poca monta. No le había roto el corazón al hacerlo; la Melinda que había conocido no era la mujer caritativa y encantadora que aparecía en las revistas, sino una coqueta impertinente. Omar había sido el amante de varias de ellas y no le llegaban nunca al corazón. Diez años después se habían encontrado en Marbella. Ella ya estaba casada, ya tenía a Lisbeth y parecía feliz. Mi marido es un buen hombre y salva vidas, le dijo ella. Y Lisbeth es tan hermosa. La encontró tan cambiada que lo sorprendió. Siguieron carteándose  y enviándose mails y fotos y recomendándose libros, incluso cuando Melinda enviudó. Melinda había dejado de amar muchas cosas luego de la muerte de su marido, excepto los libros del siglo XVII y XVIII.
Necesito tu ayuda, le decía Melinda.
Necesitamos dinero.
Parecía una broma. Cuando eran amantes, Melinda pagaba todas las cenas y todos los hoteles. La fortuna de Melinda le había parecido siempre igual a la de Midas; inextinguible.
Tienes que venir a Nueva York. Te gustará la ciudad. Te pagaremos el pasaje.
¿Quienes? se preguntó él.
¿Aún recuerdas las clases de criptografía del profesor Holland? ¿"El escarabajo de oro"? Necesito que traigas todos los libros que tengas sobre ese tema.
Por favor, ayúdame. Así terminaba Melinda su mail.
Tendido en la cama, oliendo las sábanas sucias, Omar se preguntó que hacer.
No conozco Nueva York, se dijo de pronto.
Dicen que en sus bibliotecas hay libros que no se encuentran en otras partes.
Dicen que se puede comer buena comida china.
Dicen que el cigarrillo está prácticamente prohibido allí. Odio los cigarrillos.
Iré, Melinda, le respondió. Envíame el pasaje.
Mientras tanto, se dijo, mientras llegue el pasaje, empezaré de nuevo a traducir la Odisea. 


Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia

Diario de Amalia

Me presento al final. Gran momento gran. Sólo no estudié la última parte del libro de Sloch y un apunte de Gyroux, que no me pareció relevante. Todo está controlado.
Hace un frío de perros en el aula. Entra el tribunal. El titular está resfriado y nervioso. La única que me presenté a examen fuí yo, el resto de mis compañeros va a esperar otra mesa.
- A ver, señorita- me dice el ayudante de cátedra- compare las definiciones de Estado constitucional según Oppenmayer y Valer.
Lo hago perfecto, casi de memoria.
- ¿En qué los contradice Sloch?
Respondo muy bien a la pregunta.
- ¿Y las definiciones de García Maestro y de Drummer acerca de la división de poderes?
La tengo clarísima. Defino a ambos, los comparo, los contrasto. Los miembros del tribunal se miran. Me están por aprobar. Quizás me saque un diez.
- ¿Y Gyroux?- pregunta el titular.
- ¿Gyroux qué?- le digo yo.
- ¿Cuál es la definición de Gyroux?
- Creo que.. el estado... la división de poderes... el poder de los sujetos inmanentes.
- Señorita- me dice el titular.
- ¿Qué?
- ¿Usted leyó el apunte?
- No- digo yo- No lo leí.
- Está bien- me dice el titular.- Tiene un dos.
- ¿Cómo un dos?
- No leyó a Giroux, que es fundamental. Tiene un dos. Preséntese a la próxima mesa.
Casi me largo a llorar.
- Usted no entiende. Tengo un novio de la Cámpora, que está en lo de Precios Cuidados y tuve que ir con él un día a dos supermercados y otro día me invitó a un acto, y tengo un amigo del Pro que vino el otro día porque tuvo problemas con la novia, cayó con el hermano, estuvieron toda la tarde y además vino mi mamá a visitarme, y cree que voy a casarme con el del PRO, pero le mentí, le mentí porque pensé que hacía bien, hasta inventé un arquitecto y mi mamá me llamó toda la semana y ahora me invitó a Los Cardales para que vaya con el chico este que en realidad no es mi novio y no sé que voy a hacer y la verdad que pensé que como el apunte de Gyroux es flaquito y García Maestro lo considera un autor menor.
- Señorita- me dice el titular.
- Sí, profesor.
- El señor Gyroux es una pieza fundamental de mi bibliografía. Tiene un dos. Presentese en la próxima mesa, si logra resolver todos sus problemas antes de ella.- y se van los tres.
Me presentaré en la próxima mesa. Antes de hacerlo, voy a ir a un ashram hindú, cargando todos los libros de Constitucional y quizás allí logré desprenderme de mis problemas personales. O si no, me tiraré al río Ganges. 

Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia

Diario de Germán

- Tu empleada es una genia- dice Alberto- Claro, si aparecés borracho y con putas en cualquier revista el casamiento se va a cancelar.
- Ya está suspendido. O algo así.
- Bueno, pero tu suegra no va a armar tanto quilombo.
- ¿Vos me podés ayudar?
- Soy especialista en arruinar fotos de sociales. Mirá si no mi currículum: borracho en el casamiento de los Chevallier, borracho en el evento de Aguas Tropicais, abrazado a la moza en la inauguración de la muestra del Fondo Nacional de las Artes. Por favor.
- Papá y mamá se van a enojar.
- Que se van a enojar. Si no se enojaron conmigo, que soy un tiro al aire, menos se van a enojar con vos.
- Entonces ¿qué necesitamos?
- Un fotógrafo conocido amigo. Hay uno que es amigo de la Peco, hace fotos de plantas y de porcelana fría, pero como trabaja en una editorial grande puede filtrar las fotos. Por ahí hasta le aumenten el sueldo. Necesitamos dos o tres chicas en minifalda. No hace falta que sean conocidas. Un restaurant donde vaya mucha gente famosa. Mejor dicho, dos o tres restaurantes. O mejor una de esas discotecas. O un bar de strippers.
Mi hermano se está entusiasmando demasiado con el proyecto. Solo lo ví así cuando tuvo que presentar un volcán de bicarbonato en quinto grado.
- ¿Te parece tanto?
- Vos dejámelo a mí, yo me ocupo de todo.
- Mirá, no me parece buena idea lo del club de strippers. Ahí Bromatología no controla mucho.
- ¿Y qué querés? ¿En un sanatorio? ¿En el Nacional Buenos Aires?
- Puede ser en Los Cardales.
- A mí no me dejan entrar más a Los Cardales.Un pequeño problema con un caballo y una personal trainer... Pero ¿Por qué Los Cardales?
- En dos semanas van a hacer un evento donde según Gretel iban a ir "todos". Va a haber prensa. Va a haber alcohol. Van a ir mujeres. Es el lugar ideal.
- No es tan mala idea- dice mi hermano.
Se queda un rato pensando.
- Pero lo mejor es que te pongas en pedo antes de salir de acá. Hacer la previa. Y arreglar con alguna amiga para que esté ahí y se deje manosear un poco.
- Pueden ser Patricia y Amalia. Y lo puedo invitar también a Javier para que me ayude a llegar a casa.
- Sos planificado hasta para el bardo, hermanito. No se puede hablar con vos. No sos hermano mío- me dice Alberto, mientras se come una empanada de verdura.- Sos el hijo dilecto de Bernardo Neustadt.

Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia

Diario de Amalia

Soné. Desde que mi mamá piensa que estoy de novia con uno del PRO me llama todos los días para que "cenemos todos juntos". En cualquier momento me pregunta cuando nos casamos.
- Ay, má- le digo yo con mi mejor tonito de superada- es un chico muy ocupado. Trabaja un montón- ni me acuerdo en qué trabaja, puta madre- todos los días. Es un workaholic.
- ¿Y el domingo?- me pregunta mi vieja.
- El domingo va con sus padres a visitar a su abuela- esta no me la creo ni yo.
- Ay, que chico divino- me dice mi vieja.- Pero seguro que se puede hacer un lugarcito en su agenda para su futura suegra.
- Mamá, recién estoy empezando a salir- ya me entra la desesperación y me muerdo las uñas.- Todavía no hablamos de casamiento.
- Nena, por eso no conseguís ninguno- me dice mi vieja. No sé como, pero me hace sentir como si tuviera doce años y me hubiera olvidado de copiar la tarea- Los chicos quieren a una chica seria a su lado, no a una loca que sale con uno y con otro o con dos al mismo tiempo, como tu amiga Patricia.
- Yo voy a ser abogada, mamá. Estoy terminando la carrera.
- Todo bien, todo bien, eso me parece divino. Vos sabés, Adrián tiene un estudio jurídico contable y te puede dar una manito. Pero los hombres se fijan en que anda una chica y un chico como Germán. Vos sabés, por ejemplo, esas chicas tan lindas, Karen, que es preciosa y su noviecita...
- Má, están casadas. Van a tener un hijo. Además, a Germán lo conocí en casa de Karen.
- Ah, bueno, genial- Karen y la Peco acaban de ganar un montón de puntos con mi madre. Hasta ahora  eran "ellas". Tan raras. Tan poco revista Country. Ahora son las Cupido de mi historia de amor. Mi madre en cualquier momento se une al Frente de Liberación Homosexual.
- Bueno, está bien, viste, son chicas como vos salvo por ese detalle. Pero Patricia. Patricia es un desastre. Me enteré que amenazó a un ex novio con un zapato Laboutine. Esa chica está loca.
- Julián le metió los cuernos a Patricia- contesto yo, pero con voz temblorosa.
- Bueno, puede ser, puede ser. Pero me parece que tu amistad con ella puede arruinar tus perspectivas con ¿como se llamaba? ¿Germán?
- Germán.
- Bueno, nena, algún día me dirás el apellido. Pero se ve que es divino, divino de en serio. Estoy tan contenta. Les conté a todas mis amigas.
Me muero. Suerte que no estaba segura del apellido de Germán, porque sino esto era un desastre. La comidilla de la hight society de Buenos Aires. Mi madre debe haber hablado acerca del arquitecto (¿era Harft?),  y de la calle Gallamonde, que creo que no existe. Por ahí tengo suerte y existe. Arquitectos con nombres alemanes hay un montón. Bueno, no es tan terrible.
- Mirá, dentro de dos semanas va a haber un evento en Los Cardales. Van todos. Espero que vos vayas con el muchacho. Es un domingo a la tarde, ya seguro que terminó de visitar a su abuela. Besos, chiquita.
Eso no fué una invitación. Esa fue una orden. ¿Y si le cuento todo a Javier y le digo que invite a sus amigos de La Cámpora al evento? ¿Y yo le digo a mi mamá "Este es uno de mis novios"? ¿Y si la llevo a Patri y le digo que a las dos se nos dió por casarnos? ¿Y si me voy a vivir a México? ¿Y si digo que robó una botella de Channel Number Cinque en el Dot y la meten presa y se hace famosa, como Rímolo? Todas son posibilidades.
La otra es no asistir al evento. Pero por el tono de mamá eso es imposible.

Nahuel Moreno

Ser troskista en cualquier lugar del mundo es difícil; en Argentina es casi imposible. Porque básicamente ser un troskista es admitir la posibilidad del error, de la equivocación. Por eso los primeros troskistas en la Argentina la pasaron tan mal. No eran ni comunistas ni anarquistas ni socialistas; eran una historia (una mirada de la historia) aparte. Entre esos primeros trotskistas estaba Nahuel Moreno.
Nahuel Moreno era un moderado en muchas cosas. La moderación -es fama- no tiene buena prensa. Su discusión política con Santucho en los años 60 y 70 llevó al quiebre del partido y a Santucho a crear el PRT y el ERP. Es evidente, desde esta época, que Santucho estaba equivocado en muchas cosas; lo mejor que puede decirse en su defensa es que su error fue compartido por muchos de otras ideas políticas. Pero lo más interesante de Nahuel Moreno fue su interés en discusiones y líneas de pensamiento que aparentemente poco tenían que ver con la "revolución". La antropología, el estudio de la problemática femenina y homosexual, la defensa de Piaget como uno de los grandes genios del siglo XX. Piaget no es un pensador interesante; mientras que Freud, Lacan y Jung se internan en las marismas del yo y de los sueños, a Piaget le interesa como construye un niño su inteligencia y su visión del mundo. No hay nada dramático en Piaget. Y sin embargo, si uno piensa que hoy en día hay chicos que pasan todas las horas de su vida jugando en la Play Station juegos ultraviolentos y, que cuando sus padres los llevan al médico, el médico habla de "falta de concentración", de DDA o de síndromes inexplicables que deben ser tratados con medicamentos psiquiátricos, uno empieza a pensar que el problema son los adultos y no los niños. Los niños de hoy no aceptan un no por respuesta, pero es cierto que los padres muchas veces no aceptamos un no por respuesta. Nos preocupa que nuestros hijos se aburran; es normal que un chico se aburra. Nos preocupa que odie la escuela; la escuela no le gusta a ningún chico, salvo por el recreo y los amigos. Nos preocupa que los otros lo vean como a un pequeño monstruo si es en algo diferente a un chico "normal". No existe un chico normal. Después nos asustamos por el cyberbulling y la crueldad entre ellos; a nosotros los adultos no nos preocupa la crueldad entre nosotros y lo llamamos juego social. A mi me parece que medicar a un niño o a un adolescente tendría que ser una medida extrema, que se toma solamente si se ve que tiene problemas gravísimos de personalidad. No ante cualquier mínima diferencia de lo que la sociedad sobredetermina. La verdad es que la sociedad actual está construída por adultos que juegan a volver a ser niños para librarse del peso de todas las consecuencias de sus actos: se psicoanalizan, se operan, buscan nuevas religiones menos comprometidas, compran desmedidamente o consumen desmedidamente y creen que consumir es la única forma de libertad que existe. No existe libertad sin responsabilidad; no existe el libre albedrío. Uno puede creer que lo tiene todo, pero ese todo en realidad no existe. La búsqueda de la felicidad es una empresa aparentemente noble, pero de un egoísmo injustificable. Me pareció siempre interesante que Nahuel Moreno rescatara a Piaget de las marismas de los pensadores menores; es mejor a veces alguien que no dice cosas geniales, pero que tiene razón, a un filósofo hermético (hay tantos) que lanza aforismos para sorpresa de sus acólitos.

jueves, 27 de marzo de 2014

Minuto a minuto

Cae el rating de la teve abierta. Esto es gravísimo (para los que hacen teve abierta). Desde hace un par de años hay un nuevo sistema de medición que se llama "minuto a minuto", que básicamente consiste en medir que mide más en cada minuto. Y los programas (mayormente los periodísticos) basan su contenido en ese tipo de rating. Hay que empezar por lo básico: la televisión abierta es gratis y la televisión por cable está en casi todas las casas. No es que la televisión por cable sea mucho mejor que la abierta en muchos casos; es más diversa, tiene más programas de interes focalizado, ofrece las mejores series y películas de otros países. Además está Internet, la descarga de películas, la venta de películas originales y no originales, You Tube, etc. Ante esta sobredemanda la televisión abierta responde, en la mayoría de los casos, con copias de programas que fueron exitosos en algún momento. Dejo de lado el canal estatal, que desde los 90 dió un salto cualitativo que espero siga mejorando. El resto de los canales están hundidos en la búsqueda de los telespectadores, que son cada vez más viejos y menos tecnológicos. Esto es televisión, es entretenimiento básicamente, sostienen; pero basta ver la televisión de otros países para darse cuenta de que en otros lugares los canales, incluso los privados, piensan a la televisión de otra manera. Más allá de tendencias políticas y económicas, que siempre existen, cuando en la televisión pública pasan un día sábado (día difícil si los hay) cuatro clases maestras de Ricardo Piglia sobre Borges y en el resto de los canales la crisis más grande parece ser el aumento del tomate o el trend topic del día (esto comentados por muchos televidentes que no saben que es un trend topic), parecería que es un juego un poco desigual.

martes, 25 de marzo de 2014

Los muchacho del PRO no saben bailar cumbia

Diario de Germán

Aliviado porque el casamiento se haya suspendido, un poco triste porque el casamiento se haya suspendido (aunque Alberto insiste en que debo hacer una fiesta), preocupado por la reacción de mis padres. Junto todos estos sentimientos y entro a mi oficina, donde mis empleadas se están probando ropa. Ya me resigné a Avon, a Violeta Fabbiani y a los catálogos de lencería femenina.
- Suspendí el casamiento- les digo.
Todas largan un Oh de pena que advierto un poco falso. La casada es la primera que se me acerca.
- Ya vas a encontrar otra chica. Que te comprenda.
La estudiante de Letras también se me arrima.
- El matrimonio es una institución patriarcal. Hiciste bien en no casarte. Tendrías que leer "Las correcciones" de Jonathan Franzen.
- Sí,  ya lo leí.
- ¿Te diste cuenta que es un libro contra el matrimonio?
- Es un libro pesimista en general sobre todo- le contesto yo.
- Pero sobre todo sobre el matrimonio. Los que están casados terminan mal en ese libro.
- Bueno, la verdad que nunca relacioné el libro con mi casamiento.
- ¿Qué va a pasar con la fiesta y con el vestido?- pregunta la más callada de las chicas.
- Nada, todo eso se pierde.
- Uy, que horrible- dice ella.
- La mayor parte de la plata la habían puesto los padres de Gretel.
- ¿Ellos ya saben?- pregunta la casada.
- No sé, creo que no.
- Te van a matar.
La estudiante de Letras me defiende.
- No le digas eso, pobre Germán, mirá como está, hecho una piltrafa. Encima vos revolviendo la herida.
- Yo sé por qué se lo digo. Cuando yo me iba a casar fuimos en todo a medias, las dos familias. La fiesta, la música, el cotillón, el DJ. Y entonces pasó lo de los centros de mesa. Los iba a hacer la prima de mi marido, pero se enfermó (convenientemente, para mí). No había tiempo y había que comprarlos. El problema era ¿quién ponía la plata? ¿Mi familia o la familia de Eduardo? Para mí tenía que ser la familia de Eduardo, porque era su prima la que se había enfermado. Pero mi querida suegra me dijo que ya habían gastado un montón de guita en la fiesta, y que algunos hasta habían tenido que pedir un crédito para los regalos de casamiento. ¿Quién sacó la tarjeta Visa que solo tengo guardada para emergencias? Yo. Por dos días no le hablé a Eduardo. A la prima ni siquiera le dejé conocer al bebé.
Se ve que mi cara refleja algo de susto, porque enseguida se corrige:
- Bueno, no te preocupes. En todo caso podrías devolverle algo de la plata.
- No tengo tanta plata como ustedes piensan.
Todas se quedan calladas. Se ve que piensan que un muchacho que vive en Recoleta, es del PRO y usa pantalones Calvin Klein originales tiene la máquina de fabricar billetes.
-En realidad yo no tengo mucha. Mis viejos si tienen, pero mi viejo en esta no me va a cubrir (y menos si se entera que la causa de la ruptura es que Gretel me engañó). Podría vender el auto; eso algo cubriría.
- ¿Cómo que algo? Tu auto es importado.
- Solamente la wedding planner fueron diez mil dólares.
- Es una locura.
- El problema es que la familia de Gretel tiene más plata que la mía. Y más influencia en el círculo de amigos en el que nos movemos.
- Es un problema- dice la estudiante de Letras, con un suspiro.- Que suerte no tener plata.
- El departamento me lo compraron mis viejos. Podría venderlo.
- Podrías portarte mal- me dice la que trabaja en un mercadito.
- ¿Qué querés decir?
- Podrías dejar de ser tan buen partido. Unas noches de alcohol y excesos, unas fotos en las revistas con la camisa desabrochada, tocándole el culo a alguna mina. Y por ahí tu familia política empieza a pensar que no sos el hombre correcto para su hija.
No es tan mala idea.
- ¿Alguna de ustedes me podría ayudar en eso?
Se quedan todas calladas.
- Yo te presto las camisas sucias, si querés- me dice la casada. - Pero acá somos todas chicas trabajadoras. En el barrio nos mirarían mal si nos mezcláramos con gente como ustedes. En realidad, nosotras miramos sus fotos en las revistas para reírnos de como derrapan. Es una cuestión de imagen, sabés. Disculpá. Pedíle ayuda a tus amigos.
- Pero si mis amigos son iguales a mí.
- Bueno- dice la de Letras- entonces pedíle ayuda a tu hermano. Por el olor que a veces tiene cuando pasa por acá, se nota que para él derrapar no es ningún problema.


Gloria Guerrero

No hay mejor periodista de rock en Argentina que Gloria Guerrero. En las páginas de Humor defendió a Virus cuando Virus apenas empezaba, y aún más, lo defendió contra una nota algo peyorativa publicada en su propia revista. Entrevistaba a todos: a Seru, a Fito, a los Redondos, a Los Violadores. Vio el principio (y el final) de muchas bandas. Recuerdo que en los '80 la prensa chilena había criticado al grupo Soda Stereo (a Cerati particularmente) por decir que "deberse al público es un poco impersonal" y que ella le dió espacio a Cerati para que se defendiera. Recuerdo que en Clarín se publicó alguna carta de lectores contra el rock nacional y ella observó (con justeza) que a Clarín le debían llegar muchas cartas todos los días y que había algo de malintencionado en esa carta. No mucho después para Clarín la música del rock dejó de ser algo demoníaco y empezó a armar rankings desde el Sí jerarquizando el trabajo de los músicos y diciendo que había que escuchar, que estaba demodé, y que era lo in. Recuerdo que en un programa de Mariano Grondona la llamaron para hablar del "problema de la juventud" en los '90; ella argumentó con calma y justeza que estaba cansada que la llamaran para situar siempre a la juventud como el problema de este país. Han pasado quince años y no mucho ha cambiado; ahora el problema es aparentemente los chicos que escuchan reggaeton en las esquinas. Si Gloria Guerrero se ganó el lugar de mejor periodista de rock nacional, se lo ganó por simple meritocracia; no hay nadie más clara y concisa para escribir, más fiel al transcribir una entrevista, más intransigente en su visión de lo que es la música.

Chris Rock

"Uno siempre es liberal ante algunas cosas y conservador con otras. Con el crimen soy conservador. Con la prostitución liberal" dice Chris Rock y nadie puede evitar reírse. Chris Rock es como Jerry Seinfeld; no hay nadie más ácido en la comedia stand up actual. El hombre es un genio para hacer reír; es cierto que tiene una cara cómica (" a mí las mujeres no me miran como a Denzel Washington" observa), pero lo que hay detrás de esa cara es un cerebro que no para de tirar chistes perfectos minuto tras minuto. Una de las sit coms que más disfruté en los últimos años fue "Everybody hates Chris", donde el contaba su adolescencia en el Nueva York de los años ochenta. Es curioso; otra ciudad, otro idioma, otra realidad y su adolescencia fue casi igual a la mía. La madre que recorta cupones de descuento, el padre que trabaja donde puede; se ve que la era Reagan no solo involucró a los Estados Unidos.

lunes, 24 de marzo de 2014

Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia.


Diario de Amalia.

Ya tengo casi todo estudiado, excepto cinco o seis pequeños libros de ochocientas páginas cada uno. Me parece que me voy a sacar un ocho, o lo que es más humillante, un siete. No, si me saco un siete prefiero que me bochen. Odio al titular de la cátedra y a sus ayudantes. Odio la bibliografía obligatoria y también la complementaria. No sé por qué estudio esta carrera. Y entonces llega mi mamá.
- Hola, bichito, que hacés, todo el día estudiando vos, tenés la piel verde, tenés que ir a la cama solar, no te maquillás nunca, estás muy flaca, no te queda bien, tendrías que pasar el fin de semana en el country.
- Hola, mamá- le digo yo.
- ¿Andás en algo?
Cuando mi mamá me pregunta si ando en algo no me está preguntando si soy heroinómana o si me uní a una pandilla de skinheads; en realidad lo que quiere saber mi madre es si he conseguido un novio que llene sus expectativas, que son siempre un poquitín desmesuradas. Mi madre quiere que me case por lo menos con algún probable heredero del trono de Inglaterra o en su defecto con el creador de Facebook.
- Sí, algo así. 
- Contame, contame.- y se sienta en el sillón del living y prende un Parissienne, cosa que odio pero que según ella da charme. Durante toda mi infancia envidié a las chicas cuyas madres las retaban porque llevaban la pollera demasiado corta; la que llevaba minifaldas durante mi infancia era mi vieja. Ahora sigue siendo atractiva y simpática y según sus novios adorable. 
- Bueno- le digo yo- es un chico estudioso y trabajador y buen mozo. Tiene algo de plata.
- ¿Donde vive?- pregunta mi vieja.
Mis dos novios viven en la parte más venida abajo del Abasto. Ninguno de los dos es pobre, pero la sola mención a mi vieja de una zona que salga de Vicente Lopez, Recoleta, Palermo y el centro le cae muy mal.
Pobre gente, es su comentario hacia esa otra gente que no sabe lo que es un petiso de polo ni un campo de golf. Después no entiende porque no la visito nunca.
- Y- le digo yo- viste el límite entre las calles Diasporda y Gallemonde, tiene un pisito ahí, en un edificio muy lindo, diseñado por Harft, el arquitecto.- Acabo de inventar las dos calles, el piso, el edificio y hasta el arquitecto, pero mi mamá es de las que se muere antes de aceptar que no tiene idea de quien es Harft, así que sonríe contentísima.
- Ay, que bien, nena, yo no te quería decir nada, pero últimamente rechazabas todos los chicos que te presentaba, tan amorosos, y tus amigos no me gustan nada, yo creo que no son gente como nosotros, vos sabés que nuestra familia...
- Sí, ya sé, ya sé, mamá- no quiero interrumpirle sus sueños aristocráticos, pero mi abuelo era italiano y tuvo una fábrica de embutidos que prosperó. Por suerte el apellido sonaba bastante fino y además a mi vieja le puso el nombre de Fiamma. Le quedó bárbaro. Lo de mi abuela es peor, porque ella en realidad era viuda y tenía ya dos hijos; mi madre llegó de rebote, cuando ella tenía treinta y siete años. Creo que fue ella la que inculcó en mi pobre madre la idea de que le usurparon el trono de Java. No estoy segura, porque no llegué a conocerla. 
- Ay- dice mi vieja de repente- en el celular hay una foto de él. Que divino.
Es una foto de Germán. El otro día, que fuimos al cine, se me dio por sacarle fotos y no las subí a la compu. La verdad es que el muchachito es lo más cercano a lo que mi madre imagina el NOVIO PERFECTO para mí, y para que destruir las ilusiones de una mujer de mediana edad, que a pesar de ser caprichosa y snob es una muy buena madre (tuve todas las Barbies del mundo gracias a ella).
- Si, ¿viste?- le digo yo. - Además es del PRO: 

Post scriptum sobre el sueño nocturno

                                                                                                  a Benjamin Lacombe

Ahora la posada está vendida, porque enterramos el cadáver. Ana Lee, mi cuñada, mi hermano Fern y yo lo hicimos, sin dejar de sentirnos un poco culpables. ¿A quién estábamos enterrando? Era hombre, eso casi seguro y hacía muchos años que había muerto; además de eso, todo era neblina. Y era curioso y casi nos reímos, porque en estas zonas de Bretaña abunda la neblina que dicen trae malos espíritus. La posada era herencia de nuestros padres; ellos la habían comprado a finales de la Segunda Guerra Mundial con el poco oro que habían podido traer desde China. Los turistas nunca eran muchos, pero a la tarde las mujeres inglesas y francesas, ya un poco gordas, ya un poco viejas, se sentaban a tomar el te mientras miraban el atardecer. A veces traían algún marido, pero la mayoría eran viudas. Mi madre había aprendido desde pequeña, en su Cantón natal, a cocinar pastelillos y para ella pasar al Lemon Pie y a las masas de manteca no fue nada difícil. Nuestro padre siempre fue metódico, ordenado y económico; nuestros amigos decían que en realidad era avaro, pero nunca lo fue con nosotros. El resultado fue que prosperaron (prosperamos) y tanto Fern como yo pudimos ir a la universidad. Yo fui médica y Fern fue contable. Ambos nos casamos, ambos tuvimos hijos, ambos envejecimos lejos de nuestros padres; íbamos a visitarlos cada año, pero ellos siempre se mostraban tranquilos e imperturbables. No tenían nadie que los ayudara. El año pasado mi padre murió de un síncope y tres meses después lo siguió mi madre. Decidimos vender la posada (era lo más sensato), pero antes tuvimos que arreglar las cosas, donar los vestidos viejos de nuestra madre, repartirnos las joyas, tasar algunos muebles -nuestro padre, el avaro, sabía distinguir un mueble de calidad de uno barato a simple vista. Cuando ya casi estábamos terminando, en un ropero de roble negro, apareció la caja. Era rectangular, de hierro macizo; nos llevó toda la tarde abrirla, porque estaba oxidada. Adentro estaba el cadáver.
Ana Lee es psiquiatra forense y ha visto cantidad de muertos. Me dijo que era un hombre casi seguro, por el tamaño de los huesos y la forma de la pelvis. Mi hermano vomitó toda la tarde. Entre Ana Lee y yo lo tranquilizamos; nadie sabía de la existencia de ese muerto, nadie había venido nunca a buscar a nuestros padres, inclusive Ana Lee le hizo notar que un residuo que había en la caja, bastante corrompido por cierto, le hacía pensar que ese hombre estaba muerto desde antes de que nuestros padres nacieran. ¿Qué es? le pregunté yo. Un pedazo de bolsa de terciopelo monogramada, me respondió. Cuando quiere, Ana Lee es puro secreto.
El terciopelo no es un material común, siguió Ana Lee. Hoy en día, solo se usa para los vestidos de fiesta de invierno. Un hombre no usa casi nunca terciopelo, no va con su naturaleza. Solo las mujeres lo apreciamos. En el siglo XIX se usaba mucho más, sobre todo para detalles, para pequeñas coqueterías de dandies. Era muy común, por ejemplo, que los más sofisticados guardaran pequeños objetos en una bolsa de terciopelo. Si ese sofisticado además era una persona importante (en el siglo XIX, es decir, un príncipe o un marqués) probablemente le pusiera su monograma personal, que era como un sello.
- Cuantas complicaciones- repuso Fern, pero en realidad los dos estábamos felices de advertir que nuestros padres no habían llevado una doble vida oculta a nosotros. Ahora solo sentíamos curiosidad y un poco de nervios al pensar en qué debíamos hacer con el muerto.
- Creo que lo mejor es enterrarlo- dijo al final Fern. Nosotras dos asentimos. En un rincón secreto de la casa, hay un pequeño jardín donde mi madre cultivaba fresas y amapolas; allí enterramos a cuatro de nuestros perros; allí enterramos al muerto desconocido y probablemente ilustre. Luego cerramos la casa. La posada fue vendida dos meses después.
No hablamos nunca más de nuestro extraño descubrimiento.

Yo me traje de mi madre la ropa mas nueva, los discos de Ravel, cuatro o cinco joyas de oro y cinco almohadones bordados. A mi madre le gustaba bordar, cuando había poco trabajo en la cocina, pero yo estaba casi segura que nunca había visto que bordara esos almohadones. Eran de seda y tenían el olor (aunque tapado un poco con lavanda) de las cosas muy viejas. Eran cinco escenas diferentes y parecidas al mismo tiempo. De noche soñaba con ellas; me levantaba agitada, me tomaba un vaso de agua, y volvía a dormirme, pero con mucha dificultad. Lamenté no saber más de mi madre; cuando ella estaba viva y yo le preguntaba acerca de China, me respondía invariablemente: yo era muy joven y todo el mundo moría. No quiero recordar.
Un día descubrí, en el bordado de uno de los almohadones, el monograma de la bolsa de terciopelo del muerto. Parecía una flor más; estaba tan sutilmente insertada en la trama que era parte del paisaje donde un hombre bajo un sauce comía lánguidamente un bombón y una princesa china se servía agua en una jarra. Entonces advertí algo más extraño aún; el hombre, aunque vestía ropas orientales, tenía ojos azules y nariz muy aguileña. Ese hombre no era chino. Ese hombre era europeo.
Puse los cinco almohadones sobre mi sillón. Había uno que era casi igual: la princesa era la misma, pero se servía vino en lugar de agua y el hombre tendido bajo el sauce era definitivamente de origen asiático. Había algo triste en su cara, y sus ropas eran de menor brillantez que el otro. En el otro dos princesas estaban sentadas en un prado de amapolas, vestidas de blanco. El cuarto mostraba una escena similar, pero detrás del prado podía verse el mar y algo como el atardecer, aunque los rojos eran demasiado intensos. El último de todos era el más extraño, porque en él las dos princesas bebían vino y debajo de las amapolas primorosamente bordadas había un hilo negro y suelto que desentonaba con todo.
Casi no pude dormir por dos noches. En una de ellas me dormité y me desperté sobresaltada, porque me pareció oír a mi madre en un idioma que desconozco, no el chino de Cantón de mi infancia, ni tampoco el francés apenas masticado, sino uno secreto, solo hablado por mí y por ella.
La tercera noche tomé un somnífero. No soñé nada. Cuando me desperté, a las diez de la mañana, hora tardía para mí, supe lo que había pasado, supe quién (o mejor dicho qué) era el muerto, conocí la historia que mi madre se había guardado para sí y que había recibido de sus antepasados.

La princesa (desconozco su nombre) y su madre vivían en un palacio en China. Estaban rodeadas por abanicos, jarrones de porcelana azul y aros de jade. Las dos eran muy delicadas en todo lo que hacían,  por ejemplo bordar y cantar. Había un hermano, hermano de la princesa, pero se había marchado de viaje a Europa.
Un día el hermano regresó. Estaba algo cambiado. Su semblante, que antes era redondo y sonrosado, ahora era amarillo y delgado. La madre no tardó en descubrir las causas del cambio: en la Europa desconocida su hijo se había hecho adicto al opio. Solo vivía ahora para fumarlo. Algunos aros de jade y algunos dragones de oro desaparecieron del palacio; dos o tres meses después desapareció el hermano. Lo encontraron tres días después, muerto, con una sonrisa beatífica en la cara y la piel en los huesos.
Luego estalló la guerra. China prohibía que se vendía opio dentro de su imperio, pero los reinos de Occidente habían decidido que era una buena manera de obtener dinero. Los reinos de Occidente tenían más barcos y más armas que el imperio chino y sobre todo más dinero. Ganaron la guerra.
Ahora aparece el marqués (lo imagino marqués para comodidad narrativa, no porque sea cierto). El marqués era inglés o francés y se imaginaba civilizado por tener doscientos o trescientos años de apellidos ilustres a su espalda. Para la princesa y su madre era un bárbaro; sus antepasados podían rastrearse desde antes de la construcción de la Gran Muralla.
El marqués se enamoró de la princesa. No sólo se enamoró; hizo valer su cariz de vencedor. Imaginó que ninguna mujer podría negarle nada a un representante de los conquistadores. Mostró su dinero como quién muestra una cicatriz de guerra. Habló de contactos, de influencias. A la princesa no le costó mucho averiguar que era cierto lo que se murmuraba: la mayor parte de la fortuna del marqués provenía de fumaderos de opio en el bajo Londres.
La princesa mató al marqués con bolas de opio ocultas en los dulces que le ofrecía todas las tardes. Su madre fue cómplice en ese crimen. No fue por odio, y no fue tampoco por amor; aún no lo comprendo del todo, porque yo ahora pertenezco al Occidente que mi lejana bisabuela detestaba. Fue un sutil acto de justicia para ellas, para nosotros desmesurado. Ocultaron el cuerpo del marqués en una caja de hierro, y bordaron almohadones con la historia y nunca se arrepintieron. Mi madre llegó a conocerla a duras penas, porque cuando mi madre nació ya la mayor parte de la riqueza se había esfumado. Sin embargo trajo la caja con ella, para proteger al muerto y a las muertas. Nunca entenderé del todo a mi madre, y quizás ella nunca entendió del todo la historia, pero quizás algún día se la contaré a mis hijas; les diré que descendemos de princesas orientales que sonreían mientras envenenaban.

viernes, 21 de marzo de 2014

La muerte de un rey. 21º parte.

Yo pongo el alma mía donde quiero.

Y no me nutro de papel cansado

adobado de tinta y de tintero.
Pablo Neruda
 
Zafir, territorio neutral en la cima del monte Lauros.
 
Zafir era el escribiente de la guerra. Antes del él lo había sido
su abuelo y antes el bisabuelo de su abuelo, y así hasta llegar
al primer escribiente. El nombre de los escribientes no se recor-
daba; los escribientes eran mestizos y esclavos. El placer de 
recordar la gloria en las batallas era todo de las reinas madres, que
eran las que los nutrían. Un mal verso,un endecasíbalo equivocado
y eran sacrificados en el verano, luego de pasar una temporada en 
los calabozos. Así el abuelo de Zafir había cantado a los hermosos
pies de Lisbeth, a su boca de fuego, a su bondad primigenia. Zafir
había alabado también a Argüil, a su belleza morena, y luego a la 
primera heredera y luego a Juith, que aún era una niña pero cuyos
pechos estaban asomando bajo las túnicas apenas opacas que solía
usar en los ritos del invierno. La reina le había insistido en esto;
versos sobre la belleza de Juith, sobre sus ojos de oro azul, sobre
la oscuridad de sus pezones. Zafir sabía lo que Arguil quería y 
también sabía lo que Juith no quería (¿y el rey? ¿que quería hacer
el rey? era un misterio). Un día, después de cantarle la gesta de 
Sarar y los dos generales muertos, la segunda heredera había llorado.
La luna era una maldición para ella.
Ahora él iba a recibir a Eliza y a Henry. Los Mil solo confiaban
en los escribientes, porque sabían que a ellos no les estaba permiti-
do matar, bajo pena de impureza. 
Vio llegar a Eliza sola. Henry no estaba con ella. Solo estaban los
hijos de Sarar; orugas venenosas de la misma raza que el monstruo
Polined.
Vienes sola, le dijo mientras ella desensillaba. ¿Henry no se 
animó a venir?
Aún le duele el ojo, fue la respuesta de ella.
¿Estás componiendo versos?
Soy un escribiente, una cosa inútil si no escribe versos épicos de
grandes batallas.
Es mejor que ser un guerrero.
No es mejor.
En mi planeta si lo era, según me contaban mis padres. Mi padre,
Oregon, sabes, quiso ser como tú eres ahora.
Todos los destinos son inútiles, dijo Zafir, pero tu padre era un
hombre valiente.
Mi padre era un hombre. Su valentía o su cobardía depende de quién
cuente la historia. Pero no vengo a hablar de eso. ¿Nos dejará el 
rey entrar en el palacio sin herirnos? Puede tomarnos como prisione-
ros, eso no nos importa. Pero tiene que prometer que no nos herirá. 
Yo no puedo prometerte eso. Y el rey tampoco. Arguil quiere que la
linea sucesoria vuelva a correr. La segunda heredera está por volver-
se fertil.
Es una niña.
La favorita de la reina. Es una niña delicada y en el fondo, bondado-
sa. Ama a su hermano. No creo que vaya a matarlo. La otra posibilidad...
Entiendo. 
Enviaré a Henry de vuelta con Sarar. El resto de nosotros entraremos
en el palacio. 
Está bien. Se lo comunicaré al rey.
En mi planeta, dijo de pronto Eliza, estaba prohibido casarse con
el hermano, tener hijos con él. Decían que la sangre así era impura.
No vayas a decírselo a la reina. Esta orgullosa de ser la octava
hija de dos reyes hermanos que se besaban entre sí desde que eran
púberes.  
 
 
 

La vida de Agustín Tosco. 8º parte

                                                                                                                                  1966
entraron en la Universidad como jauría y yo y los otros que hasta ahora los mirábamos de costado a las eminencias, que hasta ahora éramos otros, ahora nos sentimos un poco hermanados en la desgracia. Es un nido de subersivos, dicen la milicada y los curas y algunos profesores que no son curas pero en eso andan. Ahora a algunos se les da por preguntar más de lo que se debe, salen del Teorema de Tales y de la gesta patriótica para inquirir en otras cuestiones. Onganía arrasa con todo; ya lo echó a la calle a Illia (y bien que muchos hicimos fuerza para que la Tortuga se vaya, yo entre ellos). Ya se dice que la música de los Beatles incita a la violencia y a las drogas, mientras ellos queman libritos que da gusto. Ya se dice que a esta sociedad argentina solo la salvará la fuerza de la espada, como dijo Lugones cuando cayó Uriburu y el Colo me dice, mirá si tendré razón, siempre el mismo discurso. Al Chueco no lo vemos más; desde el día que nos mandó a todos al carajo desapareció del barrio. Sabemos en que anda por la hermana, que cada vez que nos habla de él sacude la cabeza. Yo, el Colo, el Laucha, el resto no estamos muy conformes con lo que hacemos y quizás podríamos hacer algo más, pero yo trabajo para llevar el pan a mi casa. Algunos de los desalojados de la universidad viajan al extranjero y probablemente nunca vuelvan; fuga de cerebros, lo llaman, y algunas revistas importantes hablan de eso como un escándalo. A nosotros ni no registran porque nunca lo hacen; no ven el rencor cierto que anida en los que no somos intelectuales. El día que todo esto explote, me dice el Colo, no va a quedar ni un teológo en las iglesias ni un literato en el suplemento cultural de la Gaceta.

Variaciones de fuga de guitarra

                                                                         a Fernando Cabrera

Siempre los doctores dicen que me voy a morir y ella que se me murió primero. Yo leo a Shakespeare en esta última hora, que no me han dicho que es la última pero yo lo sé, y las mujeres que me cuidan (¿me cuidan para que no me muera? nunca entendí la caridad de las mujeres) ya lo saben, e incluso lo saben mis amigos que me conocen mejor que yo y saben que me avergüenza haber llegado a ser tan viejo, aunque para los demás no sea viejo. Las canciones que ya compuse y los disquitos que grabé ahí quedan; ahí queda también la fama, trajecito que no usé nunca porque a un hombre como yo la ginebra le basta. Podría cantar que ella se murió de amor por mí, pero es en realidad como en esa película mexicana donde la mujer al final bebe hasta morirse y su hija y su madre la dejan solita, hay algunos perros que merecen morir solos. Yo también moriré solo o mejor dicho moriré con ella; cuando era joven era el amor y la esperanza y la lucha pero ahora es el frío de esta ciudad casi marítima, ahora es el arcángel que se me mete hasta los huesos y la tristeza de saber que soy solo una derrota. Otros cantarán mis canciones, como le ocurre a cualquier cantante, otros serán mis herederos sin saberlo y quizás alguno sea feliz en el intento de encontrar en la guitarra un punto de fuga. Ya no sé si las canciones que cantábamos de jóvenes tienen sentido; ahora el mundo es otro y yo me estoy diluyendo en ese pasado brillante y oscuro, de prohibición y de muertes, de enemigos y de cuerdas cortadas en la mitad de un concierto.

jueves, 20 de marzo de 2014

Uruguay

Siempre detesté que lo llamáramos "el paisito". Para la mayoría de los argentinos, Uruguay es Punta del Este, Montevideo y Eduardo Galeano. Los ricos lo ven así, pero también los pobres. Lo consideramos (con bastante mala educación) nuestro patio trasero, en el que podemos hacer lo que queremos porque es mas chico y considerablemente más pobre que nuestra Gran Patria. Los uruguayos son generalmente mejores escritores, mejores músicos, mejores periodistas, y están mucho mejor educados que nosotros (lo mismo ocurre con los chilenos, cosa que a los argentinos nos ofende tanto). Pero a Chile y a Brasil los odiamos; a los uruguayos solamente los ninguneamos, y cada vez que un presidente o un periodista de ese origen se atreve a hablar contra Argentina pedimos la expulsión o el fusilamiento en plaza pública. Lo que demuestra solamente nuestra baja autoestima, porque la verdad es que muchas veces nos lo merecemos. Zitarrosa y Drexler, Onetti y China Zorrilla, Artigas y Carlos Perciavale y Daniel Hendler y 25 Watts; casi todo lo del Uruguay es mínimamente vivído, marcado por el río y el mar.

La vida de Agustín Tosco. 7º parte.

Campora al Gobierno, Peron al poder. Se van, se van y nunca volverán, gritamos todos, grité incluso yo hasta que me quedé afónico. De lejos lo ví a Rucci. Nunca fuimos amigos con Rucci y sin embargo. Rucci, traidor, a vos te va a pasar lo mismo que a Vandor, cantan todos. ¿Cuanto falta para que yo también sea un traidor, cuanto falta? ¿A cuanto estaré de ser un traidor? Me acerco a él, en un momento en que la multitud se calla y le miro los ojos. Está cansado. Me sonríe, increíblemente. Soy el cordero del sacrificio, me dice. Yo sabía que algún día me iban a cobrar lo de Ezeiza. Yo sabía. Me aprieta el brazo. Soy un servidor de la causa del General y por eso voy a morir. Me dice y yo trago saliva. Quizás a vos también te toque, Agustincito, me sigue diciendo, el que no carga un Fal ahora es fiambre. Algún día la juventud maravillosa va a llegar a la conclusión de que por tu culpa falló la fuga de Trelew y te van a marcar. Hablá con el Padre Múgica y escuchá lo que ahora dicen de él. Son fanáticos. Ya estoy resignado a morirme. Si no muero de fuego enemigo, voy a morir de fuego amigo. Burócratas dispuestos a robar para la corona es lo que sobra en este país. Me gané su odio y me lo gané en buena ley. Lo que va a venir después va a ser peor, los empresarios y los estancieritos ya se están relamiendo. No van a dejar ni semilla. Chau, me dice Rucci. Se van, se van y nunca volverán, grita la multitud y yo ya no grito, ya me quedé afónico, ya empiezo a dejar de gritar y empezar a pensar.

miércoles, 19 de marzo de 2014

La muerte de un rey. 20º parte.


                                                                                     In the sepulchre there by the sea,
In her tomb by the sounding sea. 

                                                                                               Edgar Allan Poe

                                                                                          Tiffanny, Delta del Kraken

Madre, estamos cansados de custodiar la tumba de Oregon, dijeron sus hijos y se marcharon. Uno estaba ahora en los calabozos del Rey. El otro vagaba por el desierto desde hacía treinta años. Sabrán cuidarse solos, dijo Tiffanny y los dejó marcharse.
Deberíamos atacar, le dijo la undécima general a Sarar.
Arrasemos con sus miserables palacios de nada y quememos sus efigies. Reguemos de sal sus tierras. Son monstruos.
Sarar se quedó callado.
¿Por qué has enviado a Eliza? le preguntó ella.
Tienes que cuidarla. Oregon...
Oregon está muerto, dijo Sarar. Igual que Amparo. Eliza me lo echó en cara, antes de marcharse.
Era una niña tan bonita, dijo ella. La mascota de mis hijos.
Extrañas la tierra, dijo Sarar. Eso es pura saudade, diría Jorginho.
El también extraña la tierra.
Ludmila y Penny están muertas. Mi marido está muerto. Nueva York, esa maravilla que amaba y donde crecí, es ahora un mar de lava oscura.
Hubiéramos sido tan felices aquí.
Si no fuera por ellos, dijo Sarar.
El idiota fue Henry. ¿Cómo no se dió cuenta que el planeta estaba habitado y lo que es peor, por seres iguales a nosotros?
Por culpa de él...
Debemos arrasar Cartago.
¿Qué dices?
Hubo un senador romano que odiaba a la ciudad de Cartago, a los fenicios en general. Cartago peleaba contra Roma, de vez en cuando. El senador estaba seguro que el día que Cartago fuera destruída los problemas de Roma acabarían. Y terminaba cada discurso con la frase: y digo que Cartago debe ser destruida.
¿Que ocurrió con Cartago?
Fue arrasada. Quemaron sus efigies. Regaron de sal sus tierras. Pero los cartagineses sobrevivieron. 
Ellos también sobrevivirán.
No cambiaré de idea, dijo la undécima general. Si no fuera por ellos... Oh, en realidad la culpa de todo la tuvo la máquina.
Nosotros creamos la máquina.
Todos nosotros somos culpables. Eso fue lo que me dijo Eliza antes de marcharse y abandonarme definitivamente. ¿Sirve odiar ahora? Quizás sí; es lo que has hecho tu, lo que ha hecho Melinda, lo que he hecho yo. Lisbeth se compadeció de ellos. No son monstruos, me dijo. Mira a este niño.
Le hubiera pegado ese día. Siempre fué una niña malcriada.
He hablado con Dion, el mestizo. El nos ayudará. El también los odia. El sí que arrasaría sus tierras, si pudiera.
¿Por qué no lo hace?
Porque no es uno de los Mil.
La undécima general abrió una garrafa de ginebra. Se sirvió un vaso. 
No sé porqué eres general.
Porque era un asesino. La gente solo confía en los asesinos cuando todo está perdido. 
Y en los ladrones, dijo Tiffanny.
Aún estás orgullosa de lo que hiciste, dijo Sarar.

Eduardo Mignona

Solo leí de Eduardo Mignona "La fuga" y ví alguna de sus películas. Puedo decir que era un muy buen autor y acaso un mejor director. "La fuga", tanto literaria como cinematográficamente es una historia de deshauciados. En el libro se da el gusto de introducir una variación de un cuento de horror de Guy de Maupassant que solo los muy avezados en el mundo literario descubrirían. El policía represor es un espejo de otro hombre que vivió en los setenta. Mignona era simple y contundente. Asombra las buenas actuaciones que consiguió de algunos actores que bajo otra dirección no son tan buenos (lo cual quizás quiere decir que lo que más falla en el arte cinematográfico actual es el guión y la dirección de actores). Era definitivamente noir en su enfoque y cuando uno llega al final de sus películas hay siempre un regusto amargo que es imposible sacarse de la boca.

Juan José Saer

No conocí a Saer. Conozco a gente que si lo conoció: Martín Prieto, director del Diario de Poesía e hijo de uno de los mejores amigos de Saer, Adolfo Prieto. Después de su muerte hubo un encumbramiento de su obra y de sus preferencias, sobre todo con la figura de Juan L. Ortiz, que sin duda era un gran poeta. No toda su obra me gusta; hay algunas novelas que son casi ilegibles, y no soy de la clase de lectora que considera eso un mérito. Sin embargo, "Cicatrices" y "Glosa" son dos novelas duras y perfectas, como pocas novelas argentinas. En la literatura argentina abunda la sangre desde que Echeverría escribió "El matadero", pero las muertes de Saer son diferentes a otras muertes. Hay una conciencia filósofica en Saer que no aparece casi en ningún otro autor argentino, por más que se lo busque. La mayoría del resto de los escritores argentinos parecen escribir desde el rencor (hay honrosas excepciones) y sus muertes literarias son muertes deliberadamente dramáticas. Como ocurre en la vida, las muertes de la literatura de Saer no tienen ningún propósito. Los personajes mueren desprovistos de sentido. No hay zonas en Saer; Saer describe un mundo que conoce, y lo hace con generosidad y sin crueldad alguna. No justifica su literatura; su literatura existe para contar el mundo plano y chato del sur santafesino de finales del siglo XX y en ese trabajo literario es un poco Proust. El tiempo perdido de los hombres del litoral, podría llamarse su obra completa, y es al mismo tiempo una delicia y una tragedia.

martes, 18 de marzo de 2014

Wes Anderson

Es casi un miniaturista. De la escenografía, de la actuación, del vestuario. Sus películas son deliciosas y frágiles como casitas de muñecas. "Un reino bajo la luna" es tan encantadora, en su trama y en sus personajes, que una lamenta que la película termine. No hay nadie como Wes Anderson en el cine actual; conmueve sin ser demagógico, es estético sin ser alambicado. No tiene aparentemente género; no es dramático, no es trágico, su comicidad es la del cine mudo. Sus personajes son increíblemente ingenuos, aún los malvados. Uno puede  compararlo, pero probablemente el director más aproximado sea Tim Burton, maestro de conjurar lo negro y lo naif al mismo tiempo. Quizás lo más cercano a Wes Anderson no venga del cine, sino de la literatura. Roald Dahl, escritor de cuentos para niños y adultos de gran humor. No es ambiguo nunca; la infancia es retratada sin crueldad, como también la adolescencia y la adultez. Nadie crece en sus películas, nadie recibe una lección, nadie llora y comprende que se ha equivocado. La falta de catarsis aburre a muchas personas. Hay que ver sus películas como se contempla un huevo Fabergé o una escultura de Benvenuto Cellini: admirando al autor de semejante maravilla.

Grandes escritor*es

En el mundo literario actual, está de moda discutir si un escritor es un genio o no. Sobre todo si es contemporáneo nuestro, los clásicos están ahí, algunos los leen, otros se aburren, otros escriben tesis sobre ellos y también se aburren, otros los defenestran. Con nuestros genios contemporáneos tenemos una relación de amor odio: algunos nos parecen buenísimos, pero muy aburridos y otros son casi malos, pero uno se lee el libro en una tarde. Yo escribo. Sé (tengo la suficiente autoconciencia) para saber que no soy una escritora genial. Voy a decir por que. Isak Dinesen es genial; Mario Vargas Llosa es genial; Phillip Roth es genial; Guillermo Saccomanno es genial. Porque tienen sello autoral. Porque uno abre un libro de cualquiera de ellos y es un libro de ellos. Yo soy apenas una buena escritora; podría haber sido una escritora genial si me hubiera decidido por un estilo de narración, de escritura. No lo hice. Preferí no ser genial. Es una decisión propia y es una decisión delicada; lo genial a veces se confunde con lo alambicado, con lo pretencioso. Alejo Carpentier es genial en "El siglo de las luces" pero la gente que imita el estilo de Alejo Carpentier no es tan genial. El realismo mágico terminó siendo un género más. Después vino la moda de la escritura femenina. Eso no existe. No hay una escritura femenina. Las protagonistas pueden ser mujeres, pero la escritura femenina no existe. Si uno toma un libro de Alice B. Sheldon (James Tiptree JR), ninguno se da cuenta que está escrito por una mujer. Patricia Highsmith escribe policiales contundentes, y su Tom Ripley es un maestro de psicópatas. Los cuentos de Angélica Gorosdischer o las novelas de Claudia Piñeiro podrían estar escritas por un hombre (Mempo Giardinelli, por ejemplo) y nadie se daría cuenta. No digo que está mal intentar ser genial. Digo que es imposible. Yo escribo bien (medianamente bien) gracias a todos los libros que he leído. Después de tantos libros, como al hidalgo de la Mancha, se me secó el cerebro y puedo imitar cualquier estilo. Si mis cuentos y mis novelas tuvieran una impronta propia (pienso en "La ciudad y los perros", pienso en "La conjura contra América") sería una gran escritora. Soy solamente una buena escritora, y podría ganar, quizás, algún concurso de cuentos pero a esta altura ya no me interesa demasiado.

La mala educación.

Como muchos en este país, me formé en la escuela pública. La Vigil en la primaria, el Nacional en la secundaria. Tuve muy buenos maestros (de los mejores, diría yo). Tuve amigos y amigas que iban a escuelas privadas, bastante caras. No eran definitivamente mejores; eran solo pagas, se segregaba a sus alumnos por su condición social, el pensamiento del consejo directivo del colegio era únivoco. Con un amigo profesor de Filosofía que ha dado clases en colegios privados discutíamos un día sobre la calidad educativa: el me decía que los alumnos de colegio privado tenían tan pocos argumentos como los de colegio público, solo que sus argumentos tenían más seguridad. Es decir, eran obcecados en el error. Este amigo mío es ya doctor en Filosofía, así que probablemente sabe mejor que yo de lo que habla.
La educación tiende a reproducir las diferencias de clase. O era así antes, cuando la única forma de aprender era ir a la escuela. Ahora ya no es así. ¿Para que mandamos a los chicos a la escuela? ¿Para que aprendan a sumar y a restar o a contar hasta diez en inglés? Eso lo enseña Discovery Kids. Recuerdo un texto de Adriana Puigross que se llamaba ¿Y a mí, para que me sirve la escuela?, pregunta que todos los niños y los adolescentes se hacen y que a los padres cada vez nos cuesta más responder. Si el niño es rico, la escuela no le sirve para nada. Podrían educarlo los padres, e igual terminaría entrando a una Universidad Privada (otro mito contemporáneo: las universidades que cobran para difundir el saber son mejores que las gratuitas porque...). Ahora, si este niño es indigente, o es pobre, o pertenece a la clase media baja, la escuela sirve un montón. Sirve para que tenga un oficio, para que se sociabilize, para que comparta, para que discuta, para que descubra su vocación de médico otorrinolaringólogo o de músico de jazz, para que descubra que no tiene talento para eso, para que se equivoque, para que tenga otra concepción del mundo que no sea la de sus padres (por más que nos esforzemos, nuestros hijos no viven en una burbuja). Lo último que veo es que los chicos ricos que tienen un I phone último modelo tienen las mismas dificultades de concentración, de formular un concepto, de analizar el mundo que tiene un chico nacido y criado en un barrio bajo de Villaguay. Tienen más dinero, no más cultura, ni mucho menos más educación. En realidad el chico de Villaguay está mejor educado, muchas veces. Yo creo que el problema de la educación (en general) no es si debería ser privada o pública y mucho menos el sueldo de los maestros, que desde hace cuarenta años o más vienen tapando todos los baches de la asistencia social en este país. El problema de la educación es para que nos sirve la escuela. Incluso a los padres; incluso a los maestros, aunque sé que esta pregunta no les gusta nada. Dejo de lado la universidad, porque considero que es un nivel educativo que es voluntario, no obligatorio, y por otro lado porque me parece una barbaridad el ranking de universidades que se publica en las revistas económicas. He leído a Peter Druker (economista liberal si los hay) en una universidad pública y en las universidades de Harvard se estudia la obra de Julio Cortazar, argentino que apoyaba a la guerrilla.

La muerte de un rey. 20º parte

               
                                                                                              But me, I like sleepin', `specially in my                                                                                                   Molly's chamber 
                                                                         But here I am in prison, here I am with a ball and chain, 
                                                                                                                Canción folklorica irlandesa

                                                                                                     Bronx, 2016, Tiffanny.

Tiffanny era la dueña del local donde se reparaban los autos. Había sido de sus abuelos y después de sus padres. Cuando ellos murieron, ella lo había heredado. A pesar de estar casada, y de tener dos hijos adultos, nunca quiso que otra persona se hiciera cargo del local. Les compraba cerveza a sus mecánicos y les pagaba buenos sueldos; si alguno la estafaba o quería estafar a algún cliente, Tiffanny los echaba. Su preferido, sin duda alguna, era Oregon. Oregon que a veces traía a la pequeña Eliza para que jugara con sus nietas en su oficina. Oregon que pedía vacaciones de tres días cada mes, para irse no se sabía adonde. Oregon que ahora tenía como amigo a un tal Rodrick, que iba con él a todos lados, tan distinto a él (Tiffanny había notado las manos cuidadas, la ropa de calidad) y al mismo tiempo tan parecido. 
Esa mañana Oregon había estado distraído.
Que te ocurre, le preguntó ella.
Nada, nada, dijo él.
Dime que te ocurre.
Sarar había aparecido dos noches atrás. El dinero se está terminando, dijo. De lo de Melinda no queda casi nada. Lo mío se evaporó hace tiempo. No sé que haremos. Amparo y él se miraron.
Necesito dinero, dijo él.
Puedo prestarte, le respondió Tiffanny.
Aunque vendieras todo el taller no te alcanzaría, Tiffanny. Tu no entiendes.
Nadie entiende.
Se quedó callado.
Eliza se está muriendo de una enfermedad extraña. 
Oh, dijo Tiffanny. Sus dos hijos, ahora dos hombretones, habían sido siempre fuertes como toros, pero había tenido primas y amigas que habían tenido niños enfermizos. Recordaba las visitas al hospital, al cuarto del enfermo, el silencio en las casas.
Entiendo, dijo ella.
Necesitamos muchísimo dinero. Para salvarla. Y no sabemos como hacer.
¿Sabés? dijo de pronto Tiffanny. Mi tío abuelo era banquero y era un hombre infeliz. Hasta que decidió hacerse mecánico. Pero antes de morirse me contó como funcionan los bancos, y sus sistemas de seguridad. No es tan diferente de arreglar un automovil. Son máquinas, en realidad. Solo debes dejar que la máquina que cuida el dinero se descomponga.
¿Qué estás diciendo?
Llama a tu amigo Sarar y dile que tengo una idea. Soy bastante inteligente, dijo Tiffanny, cuando tengo ganas. 

Los muchachos del Pro no saben bailar cumbia

Diario de Germán.

Hice coraje. La llamé a Gretel. Nos citamos al mediodía en el Jardín Japonés. Como calculo que ella va a venir acompañada de sus dos hermanas, busco apoyo logístico. Primero pensé en Alberto, pero mejor no. Después pensé en Karen o en la Peco, pero sería un desastre. Por último pensé en Javier y lo llamé, pero parece que la presidenta va a dar un discurso en Casa Rosada. Amalia últimamente está muy mal educada (eso de hacernos servir a nosotros el agua no me gustó nada, algún día se lo pienso decir). Me queda Patricia. La llamo y le pregunto: sí, no tengo problemas me dice ella, estoy de vacaciones. Me encanta el Jardín Japonés. Paga vos el sushi. Todo bien, hasta ahora.
Llego puntualísimo y como siempre tengo que esperar. Primero aparece Patricia, con su look profesora de fitness. Un rato más tarde (tres cuartos de hora, en realidad) viene Gretel con su hermana menor. Cuando la ve a Patricia al lado mío, entrecierra los ojos. Se ve que pensaba encontrarme solo. Nos saludamos, no muy efusivamente y por un momento nadie quiere empezar a hablar.
- Bueno- empiezo allá- te cité acá porque me parece que tendríamos que aplazar el casamiento.
- No- dice Gretel.- Mamá ya me contó que vos también me metiste los cuernos con esa Aldana.
- ¿Quién es Aldana?- pregunta de pronto Patricia.
- Una chica de la Fede, que conocí el otro día.
- Mamá dice que es de la Cámpora- retruca Gretel.
- No es de la Cámpora- empiezo yo.
- Bueno- dice Patri- me parece que la agrupación política de la pobre Aldana no tiene nada que ver en esto. Ustedes son los que...
- Perdoname- dice Gretel.- Pero ¿quién sos vos?
- Soy amiga de Karen y la Peco, el otro día fuí al baby shower y ahí conocí a Germán.
- ¿Qué tenés que ver con lo nuestro?
- Nada, solamente que Germán me pidió que lo acompañara y como yo estoy de vacaciones...
- Si sos amiga de la Karen no sos nada imparcial. La Karen esa siempre me odió, siempre le metió ideas a Germán para que no se casara conmigo porque no pudo nunca soportar que él la dejara y por eso ella se volvió lesbiana y se casó con esa chica pelirroja.
No, yo me quiero morir. Que rapidez que tiene Gretel para sacar conclusiones. Menos mal que no la traje a Karen.
- Mirá, nena- le dice Patricia- lamento mucho decirte que tu adorado amorcito Julián, el que te mandaba mensajitos pelotudos por todos lados y con el que te acostaste fue mi novio por seis meses y que yo lo dejé, por imbécil. Y que el pelotudito me sigue mandando mensajitos por Facebook para que yo vuelva con él. Y que Karen es lesbiana desde hace años, antes de conocerlo a Germán. Y que ojalá algún día vos llegues a tener un matrimonio tan sólido y estable como el que tienen ella y la Peco, que son mis mejores amigas. Y, además, que tu novio, con el que querés casarte a toda costa, aceptó una cita conmigo antes de saber que vos le metías los cuernos. Lo llevó a su hermano Alberto, para que yo le presentara a una amiga, mirá cuan desesperado estaba.
No, esto es demasiado para mí. Me voy sin pagar la cuenta por primera vez en mi vida.
- ¿Vos querías salir con ella?- me grita Gretel.
Y ahí yo estallo.
- Vos me estabas metiendo los cuernos.
- Lo mío con Julián fue amor. O es amor. No sé.
- Entonces suspendamos el casamiento.
- Pero ¿el vestido? ¿la fiesta?- dice la hermana menor de Gretel.
- No sé- les contesto yo- no sé.- Las dos se van casi enseguida, sin haber pedido nada.
- Es como decía Marx- me dice Patricia.- El matrimonio es una institución maravillosa, pero ¿quién quiere vivir en una institución? Voy a pedir sushi roll, lo más caro de todo.

lunes, 17 de marzo de 2014

La oscuridad donde antes había un bosque


                                                                          A Thomas Harris

La culpa de todo la tuvo mamá. Papá en esa época viajaba mucho. Ahora viaja un poco menos, pero esos años eran malos realmente. Mamá, para consolarnos un poco a mí y a Tilly (sobre todo a Tilly, que tenía dos años menos que yo, era realmente una niñita) nos leía cuentos de hada. Había algunos con princesas, con Tinkerbell, con brillantina; yo vomitaba de solo verlos. Luego mamá le peinaba el cabello a Tilly y nos apagaba la luz y ambos nos dormíamos.
En uno de esos libros apareció el unicornio. Era muy bonito, tan bonito que le ganaba con mucho a los Pequeño Pony que mi hermana coleccionaba. No sé donde había comprado ese libro mamá, pero Tilly y yo nos pasábamos horas mirándolo, incluso cuando mamá no estaba y nos dejaba al cuidado de Priggy Plain, la cruel, nuestra niñera. Pero lo más lindo del libro era sin duda el unicornio y la leyenda que venía debajo: "para cazar un unicornio solo hace falta una niña de corazón puro". Desde que Tilly leyó esa frase se le metió en la cabeza que teníamos que cazar un unicornio; yo intenté disuadirla, pero ya se sabe como son las niñitas pequeñas.
La cuestión fue que Tilly convenció también a Meg. Meg era su mejor amiga, a pesar de tener un año más que ella. Había repetido el curso, no porque fuera tonta, para nada, sino porque su padre había estado muy triste cuando su madre había muerto en un tiroteo en el mall. Todos cuidaban a Meg; los compañeros de curso, las maestras, hasta el director Howard sonreía cuando la veía. Era una de las chicas más lindas de la escuela, con sus vestidos amarillos y rosas y sus calzas azules. En algún cuaderno tengo alguna foto de ella.
"Mira Meg" decía Tilly "solo hace falta una niña de corazón puro. Nosotras dos somos niñas y tenemos el corazón puro. Por lo menos eso dice el reverendo, cuando vamos a la iglesia." Es inútil discutir con las niñitas y decirle que los unicornios y las hadas no existen y que los cuentos de hada son sólo cuentos de hada. Cuando le decía eso Tilly se largaba a llorar y mamá venía a consolarla y me decía que era el chico más malvado del mundo. Entonces yo me iba al altillo a leer historietas.
Nosotros vivíamos en el barrio Netwark. Pero Ham y Greg vivían en lo que nosotros llamábamos "El bosque". No era exactamente un bosque, decía mamá. Cuando ella era pequeña era un bosque. Ahora habían talado la mayoría de los árboles, las mariposas y las abejas habían desaparecido, y era casi imposible encontrar allí un mamífero que no fuera una rata. La casa de Ham y Greg era vieja y su madre también era vieja; solo tenía de hermoso los ojos y las manos. Después era delgada y nerviosa y cuando volvía de trabajar se sentaba en el porche a fumar con su marido, cosa que a mamá le parecía terrible. "No es tan terrible", decía papá, "y recuerda que el viejo Cohen es veterano de guerra". Y allí mamá se callaba, porque las razones de papá a veces eran mejores que las de ella.
No sé como Ham y Greg se hicieron nuestros amigos. No había muchas razones. A veces iban a la iglesia, pero a veces no. En la escuela no les iba bien, pero tampoco mal. Iban un poco más sucios que el resto, pero eso en realidad era cool. Ham a veces fumaba cigarrillos. Eso sí que era impactante. En realidad creo que se hicieron nuestros amigos porque a Ham le gustaba Meg y como Tilly y yo éramos sus mejores amigos, no le quedaba más remedio. El pequeño Greg nos era muy simpático y siempre se estaba metiendo en líos. A Ham lo fastidiaba un montón. "Quitate de ahí, saquito de pulgas" le decía. Como nos reíamos los cinco en el bosque o en lo que había sido un bosque. Nuestra madre y el padre de Meg nos dejaban jugar hasta las cinco, antes de que oscureciera, y entonces toda la diversión se terminaba.
Ahora aparece la señora Schneidder. La señora Schneidder también vivía cerca del bosque, y su ocupación era ser madre sustituta. Siempre tenía un montón de niños en su casa, y creo que los trataba bastante bien, o eso al menos sostenía mi madre. A veces los niños encontraban un hogar permanente; a veces se fugaban y la asistenta social los traía y la señora Schneidder los retaba, pero no demasiado. Los domingos hacía grandes barbacoas en el patio para sus niños y eso olía delicioso. Mi mamá no sabía hacer barbacoas, y mi papá tampoco. En esos domingos yo y Tilly soñábamos con ser hijos adoptivos. Conocimos a Piggy después de una de esas barbacoas.
Piggy tenía solo cinco años. Era de piel oscura y de ojos dorados. Tenía un pelo negro y enrulado que era la envidia de Meg y de Tilly, que eran rubias. No sabía bien como había llegado a la casa de la señora Schneidder. "Mi casa" nos decía cuando le preguntábamos "mi casa anterior era blanca y grande y había una señora muy grande y negra que cocinaba y una señora pelirroja que cosía. Y había un bosque muy oscuro, muy oscuro cuando uno entraba alrededor de la casa". Era tan divertida como Greg y pronto la adoptamos como mascota. La señora Schneidder era más estricta incluso que nuestra madre en cuestiones de horario, pero Piggy era su debilidad y prefería que estuviera con nosotros antes que llorando en el comedor porque Timmy Brown (que era el diablo) le había roto los libros de la escuela.
Mi hermana Tilly, que era tonta como todas las niñas, tenía un montón de vestidos. Nunca se deshacía de ellos. Algunos ya no le quedaban, pero cuando mamá decía que había que donarlos a la iglesia mi hermana lloraba y hacía muecas y mi madre cedía. A veces me parecía que mamá quería más a Tilly que a mí, porque mi ropa si la donaba a la iglesia, pero yo no iba a comportarme como una niñita. Había uno que le gustaba en particular, porque era blanco y violeta y porque papá había dicho que le quedaba muy lindo. Lo usó hasta los siete años, y luego no le entró más, pero lo tenía guardado en su ropero y a veces se lo ponía sobre la ropa. Yo me reía de ella cuando hacía eso y ella me sacaba la lengua.
Un día que mamá no estaba Greg, Ham, Piggy y Meg fueron a nuestra casa. A Greg y a Ham les mostré mi colección de Transformers auténticos y los video juegos de Play Station. Los dos dijeron "Guau". Tilly le mostró a Piggy sus Barbies y sus Pequeños Pony y le regaló un sticker de Bella que ella juró pegar en su lonchera. Luego abrió su ropero y sacó todos sus vestidos. Los viejos, los nuevos, los rotos. A Piggy le encantaron. Sobre todo le gustó el vestido preferido de mi hermana, el blanco y violeta. Se lo puso y le quedaba que ni pintado. Dio vueltas por nuestra habitación y nos pareció a los cinco, por un momento, una hechicera. Después fuimos todos a la cocina y tomamos chocolatada. Cuando llegó el momento de que ellos se marcharan (porque mamá ya estaba llegando) Piggy se largó a llorar porque no quería quitarse el vestido. Tilly le dijo que se lo prestaba por un rato, y Piggy sonrió y volvió a la casa de la señora Schneidder.
El domingo, después de la iglesia, fuimos todos a cazar un unicornio. No sé cómo, pero Tilly los había convencido a todos de que los unicornios existían, incluso a Ham y a Greg, que no eran nada tontos. "Solo se necesita una niña de corazón puro, dice el libro" repetía mi hermana y yo me decía para mis adentros que como podía tener una hermana tan estúpida. "Meg, yo y Piggy somos niñas" repetía. Nos adentramos en el bosque. Un escuerzo rozó la zapatilla de Greg y el gritó. Los árboles estaban más oscuros que de costumbre y había mucha sombra, aunque quizás se aproximaba una tormenta. Piggy usaba el vestido blanco y violeta; Meg se había puesto un sombrero azul, no sé por qué y Ham la miraba a cada rato. Yo también estaba un poco enamorado de ella, pero es un poco raro estar enamorado de la mejor amiga de tu hermana, que tiene un año menos que uno.
Entonces ocurrió lo que voy a contarles. Apareció una mata de zarzamoras. Aquí no hay zarzamoras desde hace años, desde antes de que mi madre naciera. Piggy y Greg sonrieron y se pusieron a comer. El resto de nosotros no lo hizo, porque nos íbamos a manchar la ropa y porque no reconocíamos el lugar. "¿Nos perdimos?" me preguntó Tilly y yo no supe que responderle. Conocíamos el bosque perfectamente, pero no ese lugar. Todos, excepto Piggy, que con su vestido blanco y su velocidad se adentró corriendo en un lugar que no podíamos ver claramente.
Tilly, Greg y Ham dijeron después que no vieron nada y lloraron. Yo y Meg dijimos lo mismo, pero no lloramos delante del aguacil. Ese día dejamos de ser amigos con Meg y no exactamente porque nos hayamos peleado, como nuestra madre y el padre de Meg suponen. Pero yo sé que ella vió y que yo ví la luz tenue, como de luciernaga, la mano de Piggy acercándose, las crines levemente rosadas. Nunca hablamos de ello con nadie. Mucho menos con la policía. Mucho menos con los adultos. La señora Schneidder se preocupó y lloró mucho y nuestra madre también y por un tiempo no salimos a jugar. Pero el tiempo pasa y la normalidad volvió a nuestra ciudad. La señora Schneidder olvidó a Piggy, porque tenía otros niños que atender. Nuestros padres olvidaron a Piggy, porque Piggy era solo una niña de cinco años, huérfana, que no se sabía bien de donde venía. Ham y Greg olvidaron a Piggy. Hasta Tilly olvidó a Piggy, y ahora solo recuerda levemente su vestido, blanco y violeta, tan lindo, con el que papá decía que se veía como una muñeca. Meg empezó a vestirse como una señorita, y tiene celular y estudia comedia musical. Solo yo pienso a veces en ella, y a veces abro el libro que mi madre compró y miro fijamente el dibujo, que es tan diferente a lo que ví en la oscuridad donde antes había un bosque.