lunes, 31 de diciembre de 2018

Wiesenthal

                                                                                     a Marcelo Birmajer

Me preguntan porque no olvido. Cuando uno no ha estado en el infierno, no olvida, les digo. Recuerdo el olor de los crematorios y el olor del hambre. Y el frío y recuerdo que en la ciudad, cuando regresé a la ciudad, no quedaba casi ninguno de los míos. Y todos querían haber sido inocentes. Sabía que ninguno o casi ninguno lo era: solo le tenían miedo al odio que su propio odio había generado. Chantajistas, torturadores, asesinos, ladrones, delatores. Se ofendían por las bombas de los norteamericanos y por los tanques soviéticos. Se ofendían por la nada; yo los vi refocilarse con el oro arrancado de los dientes de los muertos. Si hay un infierno, ahora que están muertos la mayoría de ellos, seguirán allí: alegrándose con sacar oro de los dientes de los muertos. Murieron, algunos de viejos y algunos suicidados (¿pero, no es toda muerte un suicidio?). La vejez solo da dignidad a quienes vivieron una vida digna, pienso. Si no, es solo vejez, hundirse en la nada y en la tristeza, en la lejanía del olvido. Yo no olvido: mis hijos tal vez sí, tal vez mis nietos. Pero yo no. Yo he estado en el infierno, pero al menos, pienso, no del lado de los demonis.

Los Reyes Magos

Uno de los recuerdos más tristes de mi infancia fue cuando mi mejor amiga me contó que Papa Noel eran nuestros padres. Fue desvastante. Desde ese día decidí: si tengo un hijo, no lo voy a mantener en el engaño. Que sepa que la que le compro los regalos soy yo. No sé si fue muy buena idea: íbamos juntos a la juguetería, con la tarjeta de crédito, y el muy pedigüeño me pedía los juguetes más caros, a lo que yo tenía que responderle que con mi sueldo, mejor un Hot Wheel, que son re lindos. Puedo decir muchas cosas de mi hijo en la infancia, excepto que no fuera un niño sensato; los Hot Wheel le parecían lindos y yo suspiraba aliviada. También le compré un secador de juguete, una escobita y una pala, para que me ayudara con las tareas domésticas. Le compré juegos de cocina, con lo cual creo que desarrollé su vocación de cocinero. Ya sé que para muchos padres esto resultará avant garde, pero a mi los juguetes me encantan, y el único miedo era que se tragara algina pieza chica, aunque por suerte no ocurrió, aunque sí se puso una bolita en la nariz. Por suerte se la pudimos sacar. La parte mala de esta historia de niños que no creen en Papa Noel ni en los Reyes Magos es que, para cada día del Niño, Navidad y Reyes la frase es exactamente la misma: vieja, ¿que me vas a regalar? Tengo ganas de decirle que ya le dí la vida y esas frases que usamos las madres, pero con mi hijo eso no funciona. Bueno, tendré que pensar un regalo para Reyes que no implique demasiado gasto.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Malas noticias

- El otro día de la disco te vi salir con un chico que parecía simpático- le dije a Neridia.
- Si, simpático era- me dijo- Fuimos a su casa. Bueno, pasó lo que tenía que pasar. Dos o tres veces.
- Bien por tí, chica- le digo.
- Si, no tanto. Estuve viendo su discoteca. Le gusta Ricardo Montaner y Alejandro Lerner. No solo eso. Me puso canciones de Ricardo Montaner y de Alejandro Lerner.
- ¿Contraatacaste?
- ¿Con qué?
- No sé, con alguna canción de Oasis. Wonderwall.
- No, no se me ocurrió. Para peor empezó a hablarme del amor para toda la vida y esas cosas.
- Eh, los chicos después del sexo se ponen románticos.
- Ya sé. Mi mamá me engañó vilmente. Me dijo que los hombres solo quieren "eso". Mentira. Vos les das "eso" y te siguen jodiendo. ¿Por qué, explicame? ¿Por qué?
- Y bueno, que se le va a hacer.
- Pero yo estaba re ilusionada.  Un poco de sexo después de una semana de trabajo no viene mal ¿no?
- No, es cierto, aunque no soy la de antes. Medio que me duele más la espalda.
- Está. Mejor no me cuentes. Pero explicame ¿por qué hay hombres a los que les gusta Ricardo Montaner?
- Porque se quieren casar. Quieren alguien que les planche las camisas. Gratis.
- Yo no plancho.
- Bueno, es una metáfora.
- Si, la plancha en mi casa es una metáfora. Una metáfora de que no me gusta planchar. La tengo de adorno.
- Ves, tu mamá tambiién te engañó cuando te dijo que planchar era necesario.
- Bueno, en realidad es necesario con alguna ropa. Solo que no lo hago. Miro la ropa, miro la plancha. Miro la ropa, miro la plancha. Miro la ropa, miro la plancha. Me da calor de solo mirarla. Ma si, salgo así igual, me digo.
- Con tal de que laves la ropa.
- Si, a mano. Arturito, mi lavarropas, se murió.
- Andas de mala racha, hermana. Te acostás con uno que le gusta Montaner y se te muere Arturito.
- Eso digo. ¿Por que no se murió la plancha? Todavía no le puse nombre.

Un adolescente que se suicidó en Bariloche.

Hay movimientos del feminismo que me hacen mucho ruido y uno de ellos es el #Me Too. Perdón la sinceridad, pero el #Me Too de celebrities por redes sociales me suena a doncellitas medievales que usan cinturones de castidad o a mujeres sureñas del siglo XX que decían que un negro las había rozado para que lo lincharan. Suena a que las mujeres no controlamos nuestra sexualidad: suena a que nosotras nunca queremos tener sexo con nadie y cuando tenemos sexo es porque nos acosaron o nos obligaron los hombres. Eso es pasividad, no feminismo. La exposición pública de nombres de hombres, conocidos o desconocidos, se tomó como una buena noticia; a mí me pareció desastrosa. Hoy un adolescente se suicidó en Bariloche porque una amiga que estaba enojada con él lo denunció falsamente en una marcha feminista como acosador: pienso en la familia de ese adolescente, pienso en esa chica que por un enojo o un capricho terminó haciendo que su amigo se suicidara: va a tener que vivir toda su vida con eso y es irreversible. El feminismo, las personas que se dicen feministas, tendrían que pensar en lo que dicen por redes sociales. Ya que le pedimos tanto a los hombres que se deconstruyan, también deconstruyamonos nosotras las mujeres. ¿Queremos tener los mismos derechos que los hombres? Eso implica las mismas obligaciones, aunque a la mayoría no nos guste nada. A las mujeres nos encanta pensar que somos mejores que los hombres por ser mujeres: no es cierto. Nos cuesta mucho asimilar nuestras responsabilidades, ahora que nuestros derechos son iguales a los de ellos. Tenemos que hacernos cargo de las cosas que hacemos y decimos, no quejarnos todo el tiempo de lo malo que es el patriarcado y que no nos deja hacer nada con nuestra vida, porque eso no es patriarcado, es vagancia pura y llana. Si querés ser médica, sé médica y no te quejes. Si querés ser música, sé música y no te quejes. Si tu novio te deja por otra, superalo. Si un hombre te acosa, denuncialo a la justicia, no a las redes sociales. Las mujeres nos estamos convirtiendo en un muro de lamento humano, que en realidad hace años y años que venimos siendo desde que los divorcios son express y los hijos no son obligatorios. Hagamos algo de nuestras vidas, queridas hermanas sororas. Dejemos de quejarnos de lo mal que nos tratan los hombres, de lo horribles que son y si nos parecen tan horribles los hombres dediquemonos al lesbianismo, o al crochet. Y sobre todo, dejemonos de quejarnos por Instagram o por Facebook y dediquemonos a cambiar nuestras vidas, que por cierto, si son un desastre, generalmente es culpa nuestra.

sábado, 29 de diciembre de 2018

El Expreso del Norte

Fue mi papá el que me lo contó, antes de tirarse abajo del Expreso del Norte, una noche de invierno, fría, donde la llovizna caía como si no cayera. Papá era veterano de Malvinas; había perdido la guerra. me decía. Yo tenía cuatro años y no sabía lo que era una guerra. Mamá no me lo decía, ni mis tías. Papá había ido a la guerra, había estado tres meses y la había perdido; eso era lo único que sabía. Esa noche, estábamos papá y yo solos y el habló de la guerra: la blancura de la nieve, el frío, las ovejas a lo lejos, la comida que nunca llegaba, los estaqueados, los chistes de iniciados en trincheras. Podía verlo en su narración: historias imposibles de entender, pero que entendía: nunca he visto la nieve, pensé, pero la imaginé como una heladera Di Tella gigante de las que teníamos en casa. Mamá, las tías, los abuelos habían suspirado felices cuando regresó intacto: ni un dedo menos, ni un ojo menos. Pero no se puede estar en la nieve entre los muertos y regresar intacto, me dijo. Y salió: nunca regresó. Todos lloramos y todos me compadecieron por ser huerfano, y así crecí: con una rabia espantosa en el estómago que no me explicaba. Que nunca me expliqué aunque traté de entenderla sabiendo de armas de repetición y de películas de Quentin Tarantino; pero el tiempo pasa para todos e incluso la rabia, esas serpiente canónica, se disuelve en nuestro estómago. Solo pienso en la nieve, y en los muertos, cuando pasa el Expreso del Norte.

viernes, 28 de diciembre de 2018

El arbusto.

Mi cuento favorito es Rip van Winkle, de Washington Irving. Quizás por eso soy guardiaparques: es un destino difícil y algo solitario, según mi madre, que quería que fuera médica pediatra, o peor aún, para mi padre que quería que fuera ingeniera civil. No me gustan los puentes, es lo único que intento explicarles. Ser ingeniero es un destino difícil; uno no sabe si construirá una autopista o una cárcel. En cambio, en el parque yo no decido nada: si hay una tormenta los pájaros mueren y algunos cachorros de ratas también. Si hay mucho sol, los perros salvajes, sobrevivientes a abandonos de sus dueños, se tiran a la sombra de los pinos. A veces les doy agua y ellos me agradecen de lejos, con esa mirada extraña. Los gatos son mas extraños aún; cazan ratas gigantescas de las que solo he entrevisto la sombra y luego se relamen con una felicidad que nunca he conocido. En este bosque, puedo soñar que soy Rip van Winkle. Sé que no lo soy. A veces encuentro algún ahorcado, alguna pareja perdida, algun anciano con Alzehimer, lo que me obliga a recordar mis obligaciones, a no ser hechizada por el canto de algunos pájaros desconocidos (¿o tendrán nombre?). El río a veces crece y a veces se retira. Los pescadores se ahogan; algunos chicos en kayak también. Lo único que he notado este año es la extraña ausencia de abejas; las flores de rúcula las convocan, pero ellas probablemente están muertas. He perdido la costumbre de rebelarme ante los hechos que pasan todos los días, aunque extraño mis abejas. Sospecho que a los apicultores debe pasarles lo mismo. En este bosque estoy a salvo, pienso: es un rigor de ángeles, no de ajedrecistas. La muerte es lo único seguro en esta vida, pienso; a veces, también los impuestos. Miro un arbusto de jazmín duranta: está floreciendo, dará frutos a final del verano.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Don Cornelio y la zona

Para mí, el mejor poeta del rock de Argentina (y eso que tenemos a Fito Paez, Charly Garcia, Luis Alberto Spinetta, el Indio Solari y etc) es Palo Pandolfo. Don Cornelio y la zona es el grupo de rock más impresionante que escuché nunca y no me sorprende que Andres Calamaro haya producido su primer disco. Y me gusta Don Cornelio y la zona porque es contundente y dark sin ningún tipo de miedo: pura aniquilación punk, con algo de raros peinados nuevos de los '80, pero en el fondo, puro punk. En el año en que salió el primer disco de Don Cornelio y la zona salieron grandes discos de rock, pero mi preferido entre los poetas del rock argentino (donde tenemos para hacer dulce) es Palo Pandolfo y la música la que ellos tocaran por siempre, como en un loop infinito.

Turismo extranjero

En México un turista le arrojó ácido a una nena indígena porque aparentemente le molestaba su color de piel: es cierto, queridos hermanos blancos, para ustedes broncearse es imposible. A mi no me molesta el turismo, pero en esto soy un poco chauvinista, y me van a disculpar los europeos y los norteamericanos: si uno va a un país ajeno, así sea Méjico, tiene que seguir las leyes. Tirarle ácido a un menor es un delito y además es, en buen mexica, ser un hijo de la chingada; espero que la embajada del país de ese señor esté pensando seriamente en averiguar quién es, porque es evidente que no es un hombre en su mejor estado de salud mental y que en cualquier momento agarra un arma de repetición y sale a matar a asistentes de un concierto en Las Vegas, como pasa repetidamente en EEUU, ante la estupefacción de todos, menos de los traficantes de armas. Ante turistas así, México tendría que hacer lo que dice el presidente de Norteamérica, y financiar el muro, así está libre de semejantes turistas. En realidad, Canáda tendría que hacer lo mismo, por las dudas. Me sorprende que países tan civilizados como los europeos y los norteaméricanos sean tan pasivos ante semejante espécimenes: en realidad, no, no me sorprende demasiado, lo vengo leyendo desde hace treinta y cinco años, pero bueno, mi capacidad de sorpresa se extiende un poco cada día. Toleraron a Hitler, toleraron a Stalin, toleraron a Mussolini, toleraron a a Asociación del Rifle: los admiro, su capacidad de tolerancia es infinita. Lástima que en el Tercer Mundo somos mucho menos tolerantes.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Plan para Año Nuevo.

1) Pizza con champagne. (Nota mental: ir a alguna inauguración del Malba, llevar varias botellas de Gatorade en el bolso e ir echando el champagne que sobra en las copas en las botellas. Con paciencia, se llega al litro. No quejarse. Moises estuvo cuarenta años cruzando el desierto y tuvo tiempo para escribir los diez mandamientos. E iba con toda su familia. Lo nuestro es una papa)
.2) Palmitos con salsa golf. Los palmitos en tres cuotas, tampoco es cuestión de tirar manteca al techo. La salsa golf al contado y Hellmanns, porque somos unos locos bárbaros. No, no lo somos. Mejor en tres cuotas.
3) Cerveza Quilmes. Hace doler un poco la cabeza pero las conversaciones de nuestros familiares también, así que perdido por perdido.
4) El asado. Innovación cultural vegana. Asado de vegetales: calabaza, pimiento, zanahoria, papa. Respirar hondo. Al menos, no murió ningún ser con sistema nervioso central para que comamos. Ponerle chimichurri, aunque sea. Si no el asador se ofende.
5) Gaseosas: Doble Cola y Pritty Limon. Dos. De un litro y medio cada una. Bueno, una sola. Tienen mucha azúcar o algo parecido al azúcar. Creemos. Leemos la etiqueta. Llamamos a nuestro amigo bioquímico para consultarle. Nos dice que el tampoco entiende las etiquetas de las gaseosas; en realidad, tampoco las de las latas de salsa ni las de arvejas. Nos quedamos más tranquilos.
6) Pan: esta es la más fácil de todas. Llevamos treinta pesos y le decimos a la panadera con cara desafiante: denos todo esto de pan. Nos da tres mignoncintos. Mejor. Dicen que las harinas blancas causan adicción. No queremos empezar una adicción de ese tipo. Además, no tenemos guita para pagarla.
7) Mesa dulce: esta es muy fácil. Pero muy fácil. Los cuatro turrones duros que sobrevivieron a la navidad porque nadie los comió porque es imposible comerlos: son tan duros que se necesita un diamante para cortarlos. Los cortamos en pedacitos chiquititos y les ponemos una flor de caléndula encima. Queda precioso.
8) Papas fritas. Pequeño problema. Si compramos Lays básicamente estamos pagando aire a precio exhorbitante. Intentamos consolarnos pensando que los adolescentes pagan skins a precios exhorrbitantes, que básicamente son píxeles. No nos consuela. No somos adolescentes. Queremos comer papas fritas. Compramos un paquete de chizitos Pehuamar y nos lo comemos mientras reflexionamos sobre este duro hecho de la vida.
9) Helado de delivery: ¿estamos locos? ¿Que somos, Bill Gates?
10) Ensalada de frutas: ¿estamos locos? ¿Que somos, Bill Gates?
11) Chajá: ¿estamos locos? ¿Que somos, Bill Gates?
12) Naranjas al vivo. Ya está. Con un poco de azúcar encima. En Palermo te las cobran trescientos pesos cada una.
13) Compramos un Mantecol en el kiosco. No están tan caros. Dieciocho pesos para cada uno. Lo miramos con mucho cariño. A Año Nuevo no llega. Pobrecito.



Junio

La gente que vive en casas de cristal
no debería arrojar piedras
                             Porverbio inglés


En junio su vida cambiaría, se dijo. Viajaría a Miami a vivir en su departamento cerca de la playa. Pero sabía que eso no ocurriría; odiaba Miami. En Miami no era nadie: era un latino más, algo rico, pero no lo suficiente para ser considerado rico para los norteamericanos, para quién un millón de dólares era nada, la quinta parte de lo que valía un dibujo de Picasso. A él no le gustaba Picasso y no le gustaba Miami, pero eso sería su vida: aquí nadie lo aguantaba. Ni sus hijas.. Eran unos desagradecidos: ¿no había hecho todo por ellas? Se sirvió un whisky y después otro y pensó en aquella noche tres diass atrás, cuando su hija menor le había dicho que era lesbiana y que quería dedicarse al cine. Eso era un espanto, le dijo. Que van a decir mis amigos. Que van a decir tus amigos, le dijo la hija, que soy lesbiana y que hago películas, eso van a decir. Además, cinco de tus mejores amigas del Country Club son lesbianas. Casadas con hombres, pero lesbianas al fin: todas sabemos que Ursula Yribarre, por ejemplo, hace cinco años que solamente se acuesta con su mucama. No digas esas cosas. Papá, le había contestado ella, todo el mundo lo sabe.Eso no es razón para que lo digas. De Ursula Yribarre no voy a decir nada, le dijo su hija, pero yo soy lesbiana y lo voy a decir, aunque no me voy a casar porque en este momento desgraciadamente no tengo novia: me peleé con la última hace cuatro meses atrás, porque quería convivir conmigo y yo no quería. Por ahí no soy de las que se casan. ¿Tu mamá ya sabe? le preguntó. La hija se rió: mamá quería que me casara con mi última novia. Ni en pedo, le dije, me gusta mi departamento solitario lleno de afiches de Ingmar Bergman. Por favor, no lo cuentes, le dijo él, es un horror que se sepa. Públicamente, digo. Bueno, vos te casaste cuatro veces públicamente y nadie dijo nada. ¿Que diferencia hay? Te tuviste que divorciar de Kiara, tu cuarta mujer, porque te metió los cuernos discretamente con dos de tus amigos. Y eso también lo sabe todo el mundo. Además, ni siquiera la querías mucho a Kiara; estabas con ella porque estaba buena, y te reconozco que estaba buena, pero la verdad es que era la mujer más aburrida del mundo y vos pensabas lo mismo: solamente pensaba en ropa. Todo el día pensando en ropa. ¿Que clase de mujer piensa todo su día en ropa? Los zapatos que combinen con la cartera, el labial que combine con el esmalte. ¿De en serio Kiara te parecía una boluda? A vos también te parecía una boluda, papá. Pero varias de mis novias eran tan boludas como ellas, pero lindas, así que no te culpo demasiado. Solamente que yo no me voy a casar con una boluda, por más linda que sea. Cuando su hija se fué, llamó a su hija mayor. ¿Vos sabías que Maite era lesbiana, le preguntó? Claro que lo sabía, papá. Era obvio. Es más, yo le presenté a su primera novia. Bueno, pero no sé que quiere esta chica. Yo tampoco, Maite me vuelve loca. Cada dos o tres meses, una nueva. Tengo que llevar a los nenes al jardín. ¿Algo más necesitás? Nada, dijo el, que tal las cosas con Horacio. Mal, nos vamos a divorciar. ¿Por qué se van a divorciar? ¿Estás loca? Te divorciaste cuatro veces, papá, le dijo ella. Nos vamos a divorciar porque el quiere irse a vivir a México, donde va a estudiar una maestría en antropología y yo no quiero ir. Ya me tiene hasta los ovarios con eso de la antropología, pero a él le encanta; igual, va a ser amigable, voy a viajar cada dos o tres meses para llevarle a Braulio y a Elías, mientras el estudia. ¿Por semejante boludez se van a divorciar? Y si, papá, vos te divorciaste de mamá porque la conociste a Rita y te pareció re linda y todo eso. Eso ¿también no es una boludez? Pero te casaste por iglesia, empezó a decirle. Bueno, papá, vos con mamá también te casaste por iglesia. Se me hace tarde para ir a buscar a los chicos, disculpame. Llamó a su hija del medio, abogada, de novia con el hijo de uno de sus mejores amigos. ¿Sabías que Thiana se está por divorciar? Si, papá, ya sé que se está por divorciar. Es más, yo la voy a ayudar con el divorcio. Pero disculpame, estoy metida en un quilombo. El pelotudo del hijo de tu amigo, Jorge. ¿Que pasa con Jorgito? Pasa que Jorgito es merquero y tu amigo, el padre, omitió ese dato cuando nos presentó. Todo bien, no es el primer merquero que conozco, pero cuando ya me roba cinco veces aros de or y dólares para pagar las deudas que tiene con el dealer ya es como demasiado. No sé si denunciarlo a la policía, aunque me parece que no lo voy a hacer porque me da lástima el pobre padre. Lo voy a acompañar a que se interne en otra clínica de rehabilitación, junto con el papá, y antes de internarlo le voy a decir que se deje de romper las pelotas, que no me llame más, yo estoy laburando, que le pida al papá para comprarse merca. ¿Jorgito es adicto? Sí, desde hace un montón de años, aparentemente. No sé para que el padre lo quiso enganchar conmigo, los hombres se piensan que las mujeres estamos para rehabilitarlos. Que se lo banquen él y la madre, que se va a hacer. Otra clínica de rehabilitación, y van... No te puedo creer, le dijo él. Bueno, creelo. Me estoy yendo al estudio, papa, un beso. Chau.
Bueno, por lo menos mis hijas saben que hacer con su vida, pensó. Pobre Jorgito, aunque claro, lo de los aros de oro era medio turbio. Por suerte, pensó, y se sirvió otro whisky, en junio me voy a Miami. Falta mucho para junio, pensó. Demasiado para junio.



lunes, 24 de diciembre de 2018

Juan

Todos creerán que en esta isla
he bebido alcohol
y he comido hongos.

Solo he visto en sueños los cuatro jinetes:
son blancos
con la blancura del alba,
de la piel de los leprosos,
de las hojas mohosas,
de las uñas de los muertos.

Los he visto y me han mirado.

No regresarán
hasta que suene el sonido oscuro
del mar
cuando crece.

Y los días no están completos de Ezra Pound

Y los días no están completos
Y las noches no están completas
Y la vida se desliza como un ratón de campo
sin estremecer la hierba

domingo, 23 de diciembre de 2018

Birdcage

Me gustó mucho la película Birdcage: está muy bien actuada, y es, como la novela Apocalipsis de Stephen King, un Apocalipsis humano. Ninguno de los protagonistas es un malvado: a lo peor, John Malkovich es un asshole, como le gusta a los yankys llamar a los cretinos, pero no es un malvado. Leí en alguna crítica que la Asociación Psiquiatrica Americana probablemente se ofenda por la descripción de los locos como los únicos que pueden ver de frente el Apocalipsis y sobrevivir: es un temor un poco infundado: si los locos no existieran, la Asociación Psiquiatrica Americana tampoco. Lo mejor de la película es que nunca se sabe bien que es esa cosa que ven los hombres y las mujeres y que los hace suicidarse: un rumor, una sombra, voces en la oscuridad, algo que hace enloquecer a los pájaros. El miedo puro, aquello que está ahí pero no está, que se escapa constantemente, que nos hace temblar incluso cuando estamos acompañados y a plena luz del día.

Primera cita

- Está buenísimo el Tinder- me dijo Amancay- Yo así conocí a Juan Ignacio y hace dos años que estamos saliendo.
- No sé- le dije yo.- Ya lo probé una vez y era medio mah.
- Instalatelo de nuevo, no seas pelotuda.
No sé por qué le hice caso. Ya empezaba a aburrirme de pasar caras de hombres hasta que vi la de un flaco que me gustó. Tenía ojos azules, anteojos y el pelo medio despeinado, y decía ser técnico en agroindustria. A las tres horas contactamos por Wasapp.
- ¿Querés que nos encontremos mañana a las cinco? Lo único que te pido, ponete un vestido lindo.
- Obvio que me voy a poner un vestido lindo.
- Esta bien, esta bien. No quería ofenderte. Mañana a las cinco.
La cita era en un Mc Donalds -territorio neutral. Cuado llegué el chico ya estaba ahí; me miró con cierta ansiedad.
- Hola- le dije yo.- Gusto en conocerte.
- Hola- me dijo el.
Tomamos un latte y un café solo. Se llamaba Ariel Me contó que recién se había descargado Tinder y que trabajaba en una vaga empresa de importación de semillas y que hacía tres meses que se había peleado con su novia. Seguía pareciendo ansioso. No entendía por qué; he visto a hombres ansiosos en las citas, pero lo de ese chico era demasiado.
- Sos parecida- me dijo.
- ¿A quién?
- A mi ex novia. Físicamente, digo. Si te soltás el pelo, estás casi igual.
Lo que me faltaba, pensé. Otro muchacho que no puede superar una separación. Bueno, tres meses era poco tiempo y por mis adentros estaba puteando a Amancay por hincharme con Tinder, y a mi misma por sentir debilidad por los hombres con anteojos.
- ¿Querès que vayamos a otro lugar?
Para mis adentros pensé: que muchacho zarpado. Recién me conoce y ya me quiere llevar a un telo. Pero después pense: y bueno, para eso está Tinder. La gente en Tinder no busca al amor de su vida, busca ir a un telo con alguien. Asumámoslo. Me alegro haber combinado la bombacha con el corpiño, por lo menos y estar mas o menos depilada.
- Está bien- le dije.
- Vamos caminando- me dijo Ariel- Queda a cinco cuadras.
- Bueno, perdón- le dije, calculando lo que me iba a responder - pero ¿a donde vamos?
Me miró un poco asustado. Tragó saliva y me respondió muy despacio.
- A una canchita de fútbol cinco.
- ¿Estás loco? ¿Que vamos a hacer en esa canchita de futbol cinco?- ya me estaba imaginando un escenario de orgía mezclada con camisetas transpiradas. - ¿Estás loco?
Se quedó mirando el piso.
- Pasa que me pelee con mi novia hace tres meses. Pero no le dije nada a mi familia, que no la conocía. Solo vieron las fotos por Facebook. Y hoy es el cumple de mi sobrinito de siete años y mi vieja me dijo que tengo que ir si o sí y que tengo que llevar a Ornella. Asi la conoce. Y entonces me descargué Tinder y vi que vos eras bastante parecida, sobre todo si te soltás el pelo. Así que, bueno...
- Ah- le digo- Yo pensè...
- ¿Que pensaste?
- Nada, nada.- estaba un poco desconcertada. Para la actuación soy malísima.
- Solamente tenés que decir que sos Ornella y asentir en todo. Bueno, si querés hablá. Pero no hables mucho.
Yo me quedé callada.
- Te entiendo que no te guste mucho la idea. En realidad, como idea era pésima. Pero fue lo único que se me ocurrió cuando mamá me dijo que tenía que llevar a Ornella.
- ¿Y decirle que te habías peleado?
- Si también se me ocurrió. Pero no quería. Ornella era mi quinta novia. Mi quinta novia. No me voy a casar nunca.
- Bueno- le digo yo- no es tan grave.
- Por ahì no. Mirá, te entiendo. Vos viniste a una cita de Tinder, te hice vestir bien y te quiero invitar a un cumpleaños de nenes de seis años, con animadoras y piñatas. Andate. Le voy a decir a mi mamá la verdad.
- Bueno- le digo yo- he tenido primeras citas mucho peores. Pero mucho peores. Así que un cumpleaños de chicos de seis años... ¿va a haber salchichas con salsa y esas cosas?
- Clavado- me contesta Ariel, sonriendo.
- Bueno, vamos. Pero ojo, que no se me acerque ningún chico y me manche el vestido con los dedos pringosos de dulce de leche. Eso es un asco y no sale ni con agua caliente.

Miriades solo

A Miriades lo conocí en la guardia del Eva Perón. No sé porqué es médico: ser médico es una vocación extraña, ser médico de guardia en el Eva Perón más aún: garantiza ver dos o tres baleados por semana. Lo único que sé de el además de que es médico de guardia es que escucha a Spinetta y a Led Zepellin y que vive en el barrio Laberinto, que en realidad son dos o tres calles atrás de Rondeau, pero que si te perdés andá a salir. En la plaza Alberdi, que queda cerca del hospital, a la noche, duerme gente perdida, que no tiene donde vivir; cuando hace frìo, en invierno, a veces van a refugio.Algunos ni eso: prefieren el frío de julio (ya no tan arduo gracias al calentamiento global) que el encierro de cuatro paredes con sopa y chocolate. La gente que duerme en la calle, me dice Miriades cuando se le da por filosofar, no son tan diferente a nosotros, recuerdan el sabor de la sopa y del chocolate; concuerdo, le dije, una vez me senté a leer en un banco en Oroño y un ciruja se paró a decirme que le hacía acordar a su hija, que también leía. Cuanto haría que no veía a su hija, y habría que ver si existía, pero de todas maneras me di cuenta de lo que quería hacer: quería establecer un contacto, recordarle a alguien que también era una persona, que no era solamente un eco oscuro que daba miedo a las mujeres y a los niños. Recordè cuando era chica que mi mamá y mi abuela inútilmente queríamos asustarnos con el hombre de la bolsa: ningún chico se asusta con esas tonterías. Cuando somos chicos sabemos que la mayor parte de los adultos son tontos que piensan que los niños son buenos e inocentes; mentira, éramos despóticos y crueles como son todos los chicos, torturábamos a nuestra pobre abuela con caprichitos de malcriados y a veces yo hacía llorar a mi mamá. Bastante paciencia nos tuvieron, le digo a Miríades, si yo hubiera sido mis padres me hubiera internado en un colegio de monjas por el resto de mi vida, donde me hubieran enseñado costura, cocina, piano, canto gregoriano y otras habilidades que quizás me hubieran servido para algo. Bueno, dice Miríades riendo, nunca es tarde. No, es cierto, le digo yo, nunca es tarde.
Porque estamos hablando de cosas perdidas, una tardecita, entre mate y mate se me dió por preguntarle a Miriades si el contacto tan frecuente con la muerte lo ha hecho mas sensible al mundo: me dice que no, pero que definitivamente se da cuenta de que los pobres mueren menos solos que los ricos. No entiende por que: pero incluso ante un ladrón baleado al poco rato aparece una hermana, una madrina o un compadre que preguntan por él: los ricos, en cambio (y Miríades lo sabe porque trabajó en geriatricos de cuota alta) le tienen horror a la vejez y a la muerte. Una vez tuvo que cuidar a una señora de noventa años que, lúcida, se estuvo muriendo lentamente un fin de semana entero. Le asombró que tuviera hijos, nietos, bisnietos, sobrinos. Cuando le preguntó por ellos, la mujer les dijo que se había internado en el geriátrico voluntariamente, para no molestarlos mas: ahora tampoco quería hacerlo. Van a enojarse con nosotros cuando se enteren de lo tuyo; que se enojen, dijo la mujer, no quiero que me vean agonizar. Milciades pensó en esa distancia, en ese quiebre; ya la madre no existía para los hijos, ya los hijos no existían para la madre. La muerte era un espectáculo doloroso y privado. Cuando me contó eso recordé la primera vez que había visto agonizar a una persona, la cuñada de una de mis tías, a los cinco años, como me hicieron pasar al cuarto sin ventanas, que olìa a encierro y a naftalina, decorado con rosarios de cuenta de madera. La mujer estaba perdida en su agonía y yo no me asusté demasiado. A los chicos, como a los perros, las cosas que pasan todos los días no los asustan. Los velorios eran las diversiones de nuestras infancia, junto con los globitos Bombucha y las figuritas de Frutillitas; los adultos lloraban pero nosotros no, porque sabíamos que la muerte era algo lejano. Por esas cosas Miriades quizás decidió hacerse médico de guardia, pienso, aunque no estoy segura y no quiero preguntarle.
Cuando Miriades se queda solo en la guardia, y por ahí le toca una noche de llovizna, sin chicos asmáticos ni cincuentones con atracones de asado y Fernet, se pone a hacer sumas. Eso me resulta raro, porque no son sumas normales: el suma la cantidad de horas que lleva trabajando como médico de guardia, la cantidad de horas que pasa escuchando Holanda y Resumen Porteño, la cantidad de horas que pasa preparando arroz con pollo o flan. Sería mas normal que escribieras, le digo. No tengo alma de escritor, me dice, ni tampoco de matemático; mi vida, continúa, es un continuo entre fiebre y fiebre, muerte y muerte, costillas quebradas y fémures destrozados por balas. Sobredosis de alcohol, de cocaína, de poxiran, de cualquier cosa; esto es la vida para mí, me dice, si no no estaría acá. Resumen rosarino, concluye. Yo asiento, y le alcanzo otro mate con burrito.

sábado, 22 de diciembre de 2018

Nochebuena oriental

Esta Nochebuena he decidido ponerme vanguardista: no pionono con fiambre, no lechón frío, no vitel thone, no sanguchitos. Ni pan dulce ni sidra. Esta Nochebuena voy a comer sushi.
Pasa que hay que comprar arroz y salmón. Salmón fresco. Wasabi tengo, salsa de soja no.
Y además palta. 
¿Entrará la palta dentro de precios cuidados? Me parece que no.
Me parece que sustituyo al salmón por kanikama. 
¿Y el queso philadelphia? Es importado, está a precio dolar. ¿A cuanto está la cotización hoy? Es sabado, los mercados financieros no funcionan, asi que por ese lado me quedo tranquila.
Encima me acabo de dar cuenta que no tengo vinagre ni azúcar.
Además le tengo que decir al Eze que haga el sushi. Cuando lo hago yo queda tan patético que me da miedo comerlo. Mi hijo dice que no: está entrenando para el LOL (está en diamante, parece, en cualquier momento pasa a profesional).
¿Hay algún delivery de sushi barato cerca?
Averiguo. Cerca sí. Barato niente, niente. 
¿A cuánto el kilo de falda? Cierto que no sé hacer asado. Le pregunto a mi hijo si quiere hacerlo. Me dice que no: está entrenando para el LOL. Si quiero tener un hijo profesional en League of Legends, tengo que hacer sacrificios.
Ma sí, hago una ensalada César; seguro que el veinticuatro hace un calor bárbaro y el salmón rosado se llena de bichos. Pero hay que comprar lechuga, lavarla, cortar el pan, hacer el aderezo. 
¿Cuanto estaran un par de pizzas en la rotisería? Para eso, creo, me alcanza.


Eficientismo en educación.

Los grandes titulares dicen: pocos alumnos van a las escuelas nocturnas, entonces cerremoslas. Hagamos educación por Internet. Suena bárbaro, pero es desconocer dos realidades: 1) no todas las personas tienen acceso a Internet y 2) la interacción profesor-alumnno es imprescindible para una buena educación. Yo, por ejemplo, he leído muchos libros sobre historia de literatura inglesa, Shakespeare, Jorge Luis Borges y etc; lo que aprendí acerca de literatura inglesa en una materia que se llamaba "Introducción a la literatura inglesa" en el Instituto Olga Cosettini no lo aprendí en ningún lado. Los profesores son imprescindibles para trasmitir saber, porque además del conocimiento, tienen las herramientas para trasmitirlas. Es cierto que no todos los profesores son buenos, pero en mi vasta experiencia como alumna en primaria, secundaria, universidad, terciaria e incluso en cursos municipales, son una excepción. Si hay poca matricula en una escuela, hay que tratar de incorporar a las personas que no pueden ir, que piensan en desertar; no expulsarlos por default cerrando la escuela. La excusa de que los profesores son vagos es una barbaridad: trabajo con profesores todos los días, y no solo tienen que dar clases en muchos lugares, sino también preparar sus materias. Un profesor universitario o terciario lleva años de formación; desperdiciar esos años de esfuerzo educativo para suplantarlo por apps que son divertidas, pero parecidas a jueguitos de computadora, es una bestialidad educativa. La escuela pública está pensada para incorporar e integrar, no para expulsar. Lo que se está haciendo al cerrar escuelas nocturnas es expulsar alumnos, desmotivarlos, decirle en el fondo a una persona que trabaja todo el día y que quiere terminar el secundario que no da el piné, que si quiere estudiar tiene que dejar de trabajar. Discriminación de clase muy claramente; que una persona que trabaje nunca termine el secundario. Porque por ahí si termina se le da por entrar a la universidad, que aparentemente es solo para la clase media y alta, aunque la alta muchas veces prefiere universidades privadas donde va solamente gente como uno. Eso es desertar de la vocación de educar a todo el pueblo, que supuestamente, en una democracia, es el soberano.

viernes, 21 de diciembre de 2018

La caja

Su mujer le mencionó la caja esa mañana. Había aparecido el dormitorio de invitados, que no se usaba nunca. A el no le gustó: no le gustaban las cosas que no encajaban. Y esa caja no encajaba en su casa, no la había traído nadie, ni la mucama, ni su mujer, ni sus hijos. Era una caja de madera terciada, tosca, con cintitas de colores pegadas mal, una mencheada, bah, pensó y las mencheadas no encajaban en su casa. Le dijo a su mujer que la tirara, que seguramente alguien se la había olvidado en alguna visita. Su mujer le dijo que lo haría.

Dos días más tarde volvió a encontrar la caja en la cocina. Esta vez su mujer no estaba, así que el mismo se encargó de meterla en la bolsa y de llevarla al container. No se puede confiar en las mujeres, pensó. Hay que hacer las cosas uno mismo.

Esa noche volvió a encontrar la caja en el baño. Esta vez la observó con más cuidado, porque era imposible. A no ser que hubiera dos cajas iguales (pero imposible, no hay dos cosas iguales en el universo); pero era la misma caja, irrecuperablemente kistch, una de esas porquerías que se compraban en los chinos y que usaban los pobres para decorar sus casitas. El nunca había sido pobre. Los pobres no eran gente como él: los pobres esperaban muchas horas en los juzgados para que los atendieran. Los pobres eran asaltantes, ladrones, o cobraban planes por no trabajar. Los pobres no se acercaban a gente como él y si se acercaban el tenía un revolver, por las dudas. Hacía un tiempo atrás no había dudado en usarlo, y todos habían casi festejado su hazaña. Por las dudas, y con un poco de saña, esta vez quemó la caja en la bacha de la cocina. Tiró las cenizas en una maceta de mármol, que a veces usaba de cenicero.

Cuando despertó la mañana siguiente, la caja estaba en su mesita de luz. Su mujer ya se había levantado, y había ido al gimnasio. Estaba solo. De pura furia, tiró la caja contra el piso. Rebotó, con un ruido blando, casi el sonido de un disparo. Se levantó (la boca le olía mal, y transpiraba) y esta vez tiró con fastidio la caja en la basura. Que se ocupe la mucama, pensó, que para eso le pago.

Por una semana, la caja no volvió a aparecer. El se sintió aliviado (pero ¿era alivio? Tendría que consultar con su guia espiritual). Jugó al tenis, llamó a sus hijos, bromeó con ellos. En el octavo día, cuando volvió de una cena con amigos, la caja estaba en la entrada de su puerta. La miró. La pateó siguió de largo.

Esa noche durmió mal. El nunca dormía mal, siempre estaba tranquilo. ¿No era acaso un hombre justo y admirado por muchos? ¿Por que le molestaba una caja de porquería, una caja que se podía quemar, que se podía romper? ¿Porque era mencha? Bueno, eso no quería decir nada. Igual, cada vez que recordaba la caja le daba impresión. No era una caja de verdad; era un animal oscuro disfrazado de caja. Esas cosas no existen, pensó, pero era el único pensamiento exacto. A el le gustaban los pensamientos exactos y los objetos de lujo; esa caja era algo distinto.

Lo despertó el sol de la mañana. Era domingo, sus hijos quizás vendrían a visitarlo. Su mujer preparaba el desayuno. Entonces vió la caja otra vez, al lado de la cafetera.

- ¿Podés tirar esa caja?

Su mujer lo miró y miró la caja.

- Si, es una caja muy fea. Super ordinaria. Creí que la había tirado, disculpá. Después del desayuno, la tiro.

Tomó el café. Le cayó mal. Si la caja sigue apareciendo, pensó, tengo que consultar a un psiquiatra, quizás el pueda darme algo para no verla más. Su mujer tiró la caja en la basura.

Dos días después, antes de irse a trabajar, encontró la caja en su ropero. Esta vez no hizo nada. Sacó la camisa, la corbata y el traje que había elegido la noche anterior, sus zapatos y se vistió. Esta vez, pensó, iría a trabajar. Sabía que a su regreso la caja no estaría más en su ropero y que volvería a encontrarla: en el baño, antes de afeitarse, en la cocina, en el jardín, en el comedor y en el umbral. No importa lo que hiciera o lo que pidiera, esa caja inocente de madera terciada, con sus colores en el fondo tan bonitos (¿alguna vez le habían gustado los colores? no lo recordaba) y su alegría hecha para modular de aglomerado, comprado en doce cuotas con Tarjeta Naranja, seguiría allí.

Crimenes contemporaneos.

Empecemos por el principio: matar a una mujer, a un hombre, a un niño, a una niña, a un transexual siempre que no sea en defensa propia es un crimen gravísimo e irreparable. No hay dinero que repare una vida. La vida es irrecuperable. Ahora, lo que se tiene que pensar ante esos crímenes es como se hace para evitarlos. Y la única manera de hacerlo es que a la policía se le pague mejor por capacitarse: que haya mas apoyo a las carreras universitarias que se dedican a prevenir crímenes. No me quiero poner proyanqui, pero los norteamericanos hace cuarenta años que tienen un Departamento especializado en estudiar la conducta criminal. Es increíble que Argentina todavía no lo tenga: somos el país con mas psicólogos y psiquiatras de Latinoamerica. La única manera de evitar el crimen es que la policía esté preparada y especializada. Que no haya policías corruptos. Que no haya jueces corruptos. Que dejemos de pensar (y esto nos involucra tristemente a nosotros) que comprar cosas robadas esta bien, total todo el mundo lo hace o que un hombre que es proxeneta es un buen muchacho porque nos cae simpático. Se que eso suena utópico porque lleva dinero, tiempo y porque las mafias de este país parecen inaccesibles y los medios muchas veces operan para que una pelea en Intrusos resulte mas importante  que en Rosario hayan baleado la puerta del Concejo Deliberante. Pero si uno no quiere que nos maten para robarnos un celular, que los narcotraficantes usen a chicos de once años para traficar y los llamen "soldaditos" -el colmo de la hijaputez, según mi modesto punto de vista, usar a un chico de once años que debería estar en la escuela o jugando al futbol y encima decirles "soldaditos", que las chicas de dieciséis años vuelvan vivas después de salir a bailar como corresponde, tenemos que dejar de ser tan pasivos ante el crimen. Un hombre que mata a una persona para robarle el auto tiene que estar en la carcel; una mujer que mata a su novio porque la dejó tiene que estar en la cárcel; un padre que le pega a su mujer y que amenaza con matar los hijos si ella lo deja tiene que estar en la cárcel. Si no, es el gatopardo: cambiamos para que nada cambie. Dejemos de opinar por Facebook y empecemonos a educar nosotros y a educar a nuestros hijos -que segun tantos posteos tanto nos importan- para que no piensen que el crimen esta bien. Y exijamosle al gobierno (a los tres poderes) que dejen de decir discursos rimbombantes y hagan política concreta: leyes, pero que estas leyes se apliquen con recursos. efectivos, porque un gobierno en el poder que dice que mal la criminalidad, pero que no aporta el dinero suficiente para que haya policía capacitada y no corrupta, trabajadores sociales, escuelas que funcionen y que no garantiza que la justicia este capacitada, tenga dinero y que además no garantiza que la justicia sea imparcial, y no algo que se va a utilizar según sus conveniencias políticas, nos está tomando el pelo. Si te importa tanto el crimen, tenes que poner recursos y muchos, para impedirlo y prevenirlo. Si no, es solamente otro discurso mas y no me voy a poner a aplaudirlo.

Regalos de Navidad en los tiempos de estanflacion.

A nuestra madre: Una tarjeta que diga Mamá querida, te amo mucho, me diste la vida, sos la mejor mamá del mundo y toda la sarasa que le metemos cuando no queremos gastar guita.
A nuestro padre: Una tarjeta que diga Papá querido, te quiero mucho, sos un gran padre y gracias a vos soy una gran persona y toda la sarasa que le metemos cuando no queremos gastar guita.
A nuestros hijos: Una tarjeta que diga Querido hijo (hagamos uno para cada uno, por favor) Estoy muy orgullosa de vos, sos un gran hijo, hija, hije, me encanta que me des la ropa sucia para lavar cuando vuelvo de trabajar y que te quejes siempre de mi comida, recordá que te di la vida y te doy plata para que salgas los fines de semana, y toda la sarasa que le metemos cuando no queremos gastar guita.
A nuestros hermanos/as: Una tarjeta que diga: Sos un gran hermano/a y como dijo el Fierro, Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera porque si entre ellos se pelean los devoran los de afuera y toda la sarasa que le metemos cuando no queremos gastar guita.
A nuestros cuñados/as: (esta es compleja) Una tarjeta que diga: Sos un gran cuñado/a y le ponemos un sticker de su equipo de futbol (rogar que no sea de Argentino de Rosario) y toda la sarasa que le metemos cuando no queremos gastar guita.
A nuestros tíos y primos: Idem que a nuestros cuñados/as.
A nuestra mejor amiga: Una tarjeta que diga Sos mi amiga del alma, y le pegamos un sticker con un corazoncitos.
Para hacer las tarjetas podemos usar cartulinas de colores y microfibras Faber. Nos vamos a sentir un poco cuarto grado pero no importa. Perseveremos. Recordemos que los regalos de verdad cuestan guita y hay que envolverlos. Por favor, tratar de hacer buena letra y recortar los bordes con cuidado.
Dárselos. Darse cuenta que toda esa gente a la que le dedicamos tanto esfuerzo y caligrafía no son tan espirituales como pensábamos y nos miran con cara de: mirá que saliste amarrete/a, y yo que te regalé unos aros para tu cumpleños. Resistir. Hablar de que hemos descubierto de que la Navidad es una consagración del consumo capitalista y que queremos reivindicar su verdadero significado espiritual y que lo importante no es lo material y toda la sarasa que le metemos cuando no queremos gastar guita.
Seguir resistiendo las miradas de odio y los comentarios por lo bajo que dicen: ahora no le doy nada el perfume que le compré. ¿Ahora se hace la espiritual? Se comió todas las mollejas. Y ya se vació la Quilmes.
Resignarse de que nuestra familia y amigos no creen nuestra visión espiritual del mundo (¿por qué será?) y pasar por una Falabella a comprar ese vestido que nos encantaba y estaba como a mil pesos. No es nada caro. Cobramos el aguinaldo.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Mucha falta de boliche

Cuando tenía doce años fui por primera vez a una discoteca, Stadium, que era para púberes y adolescentes. Vi a los Fabulosos Cadillacs en vivo antes de Sopa de Caracol (o sea, hagánse idea del tiempo que pasó). Y me aburrí muchísimo. La música era muy, muy mala. Pero muy mala. Después fuí un par de veces más, cuatro, cinco; me seguí aburriendo. La música seguía siendo mala y no entendía la mayor parte de los chistes. Mi momento más glorioso en una discoteca fue una noche que me escabullí de un hombre que me decía que estaba muy buena y me puse a charlar con un repositor de supermercado sobre Jorge Luis Borges. El chico quería una cita al otro día y yo le dije que no como una idiota; hasta el día de hoy me estoy arrepintiendo de ese triste hecho. Hoy estaría casada felizmente con un hombre que admira a Borges (de un hombre que admira a Borges una no se separa tan fácilmente). Después de ese triste episodio de mi adolescencia, me di cuenta de que definitivamente el glamour, la disco y las medias con brillo no eran lo mío, y cada vez que mis amigas me invitaban a una disco inventaba pretextos extraños como que estaba leyendo una de Agatha Cristhie o que tenía un final de contabilidad. Me miraban con cara de pobrecita, no sabés lo que te perdés; pero bueno, cuando alguien descubre que su vocación no es definitivamente el after, ya está. Lo más gracioso de todo fue el comentario de algunos parientes cuando me quedé embarazada: se te terminó la joda. Y yo pensé para mis adentros: por fin. No sé si se dieron cuenta, las discos no me gustan. Estoy abonada a una biblioteca. Leo libros de historia del arte por gusto. Cada vez que consigo algo de plata me compro libros. Un hijo es la excusa perfecta para no ir más a una disco y para seguir leyendo. Cuando están dormidos, te dejan leer. Cuando están despiertos, a veces también. En este pequeño post, le hago un sincero y sentido homenaje a mi querido hijo: desde que lo tuve, pude leer el Silmarillion tranquila.

Como proceder con tus perros durante las hermosas navidades.

1) Tratar de explicarles que no es el fin del mundo ni un ataque aéreo de China, sino mucha gente que espera ansiosamente a Papa Noel.
2) Recordar que los perros son inteligentes, pero no tanto y que no entienden la palabra aérea y que China mejor no mencionársela, porque parece que allá hay un festival donde se los comen.
3) Buscar en Internet sedantes naturales. Valeriana, tilo, música clásica.
4) Recordar que a los perros les gusta el agua, los huesos, el Dogui y perseguirse la cola y que la valeriana y Puccini no entran dentro de sus preferencias.
5) Preguntarle a alguien si quiere cuidar a nuestros perros. Aparentemente, nadie está dispuesto. No entendemos por qué. Para nosotros son adorables.
6) Pensar "ma, sí, me voy igual a la casa de mis tíos que hacen asado" y sentirse muy, muy Cruella de Vil al pensarlo.
7) Darse cuenta que Disney y Pixar arruinaron nuestras Navidades.
8) Quedarse en casa y resignarse a que se refugien abajo de nuestra cama a las doce de la noche. Por las dudas, no tratar de explicarles nada. Aunque no lo creamos, y queramos creer que sí, los perros son animales domésticos y no entienden mucho nuestro idioma.
9) Cuando todo pasó, prepararse para el Año Nuevo, donde todo empieza de vuelta.

Gestiones culturales

Muchas veces me ha sorprendido, de gente que realmente tiene mucho mas dinero que yo y por lo tanto mas posibilidades de acceder a la cultura, que no accedan a ella. He escuchado a mucha gente de muchísimo dinero y que ha ido a colegios carísimos, decir bestialidades, como que la poesía es aburrida o que el arte contemporáneo es todo una porquería. Me asombra porque tienen plata: que una persona que trabaja todo el día y vuelve a su casa y está cansada quiera mirar Rial me parece normal, pero una persona que tiene mucama que le limpia, anda en taxi o en remís y que tiene bastante tiempo libre no opte por ir de vez en cuando al cine o leer un buen libro o ir a ver una obra de teatro me resulta muy raro. La cultura hoy en día no es tan cara ni tan inaccesible como era cien años atrás. Un libro no es algo carísimo; si uno va a librerías de viejo prácticamente los regalan. He ido a ver obras de teatro gratis a dos cuadras de mi casa. Me preocupa mucho una clase alta poderosa e inculta, que se enorgullece de su ignorancia. No digo que haya que perseguirlos con libros de Foucault y de Umberto Eco; digo que si incluso la gente que vive en las villas tiene la voluntad de mandar a sus hijos a la escuela (no todos, pero en su mayoría) enorgullecerse de no distinguir a Bach de Vivaldi y de que Shakespeare te resulta un plomo da un poquito de vergüenza ajena. Nadie está obligado a ser culto, y además pienso que la cultura es algo demasiado amplio e inabarcable como para definirlo en cultura popular y cultura alta. Pero chapear diciendole ponja a un coreano como si eso te hiciera re vivo es un poquitín patético; es de cuarto año de secundaria, y ni siquiera eso: los mejores jugadores del League of Legends son coreanos. Que, por cierto, no son japoneses ni chinos. Mucha de la técnología que aman las clases altas actuales fue desarrollada por coreanos, japoneses y chinos; así que por favor un poquitín de respeto a los verdaderos orientales.

Novelas infilmables.

Hay dos novelas que considero infilmables, imposibles de ser llevadas al cine, mucho más que La Guerra y la Paz o Las correcciones, y las dos son del mismo autor, Guillermo Saccomano. Una es Cámara Gesell y la otra es 77. Sobre todo esta última, porque es algo casi imposible: es una novela realista de terror. El destino de casi todos sus personajes es tan terrible (incluso la del narrador) que es dificilísima leerla; verla filmada sería de una crueldad tan insoportable que dejaría a La noche de los lápices como una de Disney. Es la mejor novela argentina sobre la dictadura, lo cual es increíble porque se han escrito grandes novelas sobre la dictadura: El fin de la historia, de Liliana Hecker o La vida entera, de Juan Martini, son ejemplo de ello. Pero leer 77 es mucho peor que leer el Informe sobre ciegos de Ernesto Sábato, porque lo de Sábato era una metáfora y 77 es real. En ningún momento Saccomano describe la ESMA ni el Pozo de Banfield; pero la escena donde un adolescente es secuestrado en plena clase de Literatura y luego la escuela sigue como si nada, es muchísimo más dura que un hombre torturado con picanas. Ser un escritor realista es una jugada arriesgada hoy en día; ser un escritor realista que escribe una novela de terror contemporanea, histórica, es de una maestría que muy pocos escritores arriesgan.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

El famoso peronismo.

Lo que más me molesta del peronismo es que su postura política es: son ellos o ninguno. Los radicales no existen, los socialistas no existen, la izquierda no existe, los del PRO no existen. Si no sos peronista sos automáticamente un enemigo. Si uno es de un partido político y se presenta a elecciones, puede perder. Si presenta una ley en el Congreso, se puede perder la votación. Los que votan en contra de una ley no son automáticamente traidores por haber votado en contra de una ley que a vos te parecía buena; la discusión política consiste en convencer, articular, buscar buenos argumentos. Si no es una dictadura, no una democracia. Yo, por ejemplo, pienso que las drogas (todas las drogas) tendrían que ser legalizadas. Comprendo a la gente que está en contra. No pienso que son idiotas ni monstruos por no pensar como yo. No niego que durante los años del kirchnerismo se hicieron grandes avances, y los que mejor me parecieron fue la Ley de Financiamiento Educativo (imprescindible una buena educación para que un país avance) y la Ley de Matrimonio Igualitario, porque era una barbaridad que a la gente homosexual se le negaran derechos que los heterosexuales teníamos adquiridos solo por ser heterosexuales. Pero cuando ganó Macri y todos los kirchneristas se portaron como si fuera el fin del mundo, me dió mucho fastidio. En este país hubo un golpe de estado que desapareció a treinta mil personas; comparar eso conque el PRO gane una elección es tomarle el pelo a toda la gente que tiene hijos, padres, hermanos desaparecidos. Si no nos gustan las decisiones políticas o económicas de Macri, tenemos la posibilidad de no votarlo el año que viene. De convencer a otra gente para que no lo vote. Pero decir que Macri es igual a la dictadura es de una bestialidad política gigante: en una dictadura no hay Congreso, ni hay Corte Suprema de Justicia, ni hay elecciones en 2019. Ni en 2021. Ni en 2023. La democracia es tan amplia que incluso las personas que dicen barbaridades en el Congreso tienen la posibilidad de ser escuchadas y votadas por algunos; no nos volvamos totalitarios nosotros porque otras personas intentan ser totalitarias.

Un año sabático.

Según mi querida madre, que para algo es la abuela, mi hijo se tomó un año sabático. Un año sabático. Se llevó seis materias de quinto año, pero se tomó un año sabático. Se llevó Educación Física (yo nunca corrí cien metros corridos en mi vida y nunca me llevé Educación Física) pero se tomó un año sabático. Hacerlo agarrar un libro de química una hora al día es un milagro, pero se tomó un año sabático. Un año sábatico de algo, evidentemente; por ahí está reflexionando sobre la Torah o sobre Kant -eso debe ser culpa de la serie Merlí. Bueno, me consuela pensar que por ahí Aristóteles empezó así. O por ahí no. No me sorprende cuando dicen que los grandes filósofos son todos hombres; no es cierto, pero si es cierto que para ellos es muy fácil tomarse años sabáticos.

Intertextos

Circula en los medios, con gran escándalo, un texto de Pablo Marchetti sobre su hija que dicen los muy escandalizados "rozan los límites del incesto y la pedofilia". Para defender a Pablo Marchetti tengo que decir que he leído casi entera - porque desgraciadamente faltan dos libros- la saga de Canción de Hielo y Fuego de George R. R. Martin donde hay incesto entre hermanos, sacrificios humanos, reyes asesinados en una boda, un hombre que tiene hijos con sus hijas y a los varones los sacrifica a los caminantes blancos, esclavos crucificados y nunca se me ha ocurrido pensar que George R. R. Martin apoye ninguna de esas cosas. Angélica Gorodischer tiene también un cuento donde dos hermanos incestuosos llegan al trono de una país mítico en un reino inexistente; Jorge Luis Borges tiene un cuento donde dos hermanos matan a una mujer que es una intrusa; en Medea de Sofócles la madre mata a sus hijos y a la nueva amante de su marido para vengarse de él. Es increíble que nos escandalize más un texto literario de un escritor, que las casi trescientas mujeres que mueren al año a manos de sus maridos, ex maridos, novios o lo que sea. Le tenemos terror a la realidad concreta; tanto terror, que nos escandalizamos con la ficción. Leí el texto de Pablo Marchetti: habla muy bien de esa relación con nuestros hijos que cuando son chicos nos generan a la vez ternura y desconcierto; ganas de abrazarlos, miedo a que crezcan, dudar si lo haremos o no bien. Esos momentos, que luego se pierden, en que somos para ellos totalmente imprescindibles, necesarios, Superman o Supergirl aunque nosotros sepamos que no lo somos. Esos momentos que uno guarda muy bien porque muy rápido crecen y ya somos esas cosas fastidiosas que les decimos que se corten el pelo o se bañen más seguido, y que por favor se acuesten temprano que mañana tienen que ir a la escuela. Esos momentos de la infancia de nuestros hijos son irrecuperables; relacionar un texto que habla acerca de esos momentos con la pedofilia es una barbaridad. La pedofilia es un delito, no un texto de una persona que fundó la revista Barcelona. Si alguien es un pedófilo, tiene que ser denunciado ante la justicia con pruebas concretas, no hacer circular sus textos en redes sociales para escándalo de la gente que además lee acerca de las bondades del nuevo I phone y de la última declaración pública de Moria Casán. Es muy rara la gente que se escandalizan por un texto escrito y traga su almuerzo tranquilamente mirando noticiero donde tiran un cádaver tras otro.

martes, 18 de diciembre de 2018

Pasado mañana

A Bielmann lo chuparon hace dos días. Sé que lo chuparon por una vecina, que me llamó desesperada; ella adoraba a Bielmann, había sido compañero de primaria y de secundaria de su hija menor y aunque sabía que andaba "en esa", no podía creer que se lo hubieran llevado. Hacía rato que Bielmann nos había dejado, que nos había mandado a todos a la puta que los parió, desde que organizamos una reunión de apuro después del golpe para ver cuales eran las condiciones objetivas.
- Las condiciones objetivas- nos dijo Bielmann- es que nos van a hacer concha a todos.
Decir eso oficialmente significaba sanción disciplinaria. Pagna, el responsable de nuestro grupo, se lo advirtió.
- Sanción disciplinaria las pelotas- contestó Bielmann.- Ustedes están totalmente locos. Están festejando el golpe de estado como si fuera una buena noticia. Nos van a hacer concha. Nos van a matar a todos. Haceme todas las sanciones disciplinarias que quieras.Denunciame con el fantasma de Perón si querés.
Marta, una chica rubia y delgada, totalmente disciplinada a Pagna, le salió al cruce.
- Lo tuyo es un temor pequeñoburgues.
 - Si, claro- le contestó Bielmann- Nos estamos reuniendo en esta casa con miedo a que en cualquier momento caigan los milicos y nos lleven a todos y es un puto temor pequeñoburgues. Vayanse todos a la puta que los parió. Yo me guardo. Me voy a mi casa. No me llamen más.
Cuando se fué nos quedamos todos un poco desorientados, porque en el fondo todos pensábamos un poco como él, pero nadie lo quería decir. Después Pagna empezó a leer la última minuta del comité y después comimos un par de empanadas y me acuerdo que el Fermín me dijo que era increíble como había gente que no creía en la revolución y se cagaba  toda por un par de milicos en la calle.
Dos meses después Pagna y Marta desaparecieron. Fermín se fue al exterior, vía Bolivia. Walter se hizo cargo de nuestro grupo, pero a los tres meses el también desapareció, junto con su mujer y su hija de cinco años. La nena apareció dos semanas después en casa de los abuelos. Después de la desaparición de Walter, no fui más a las reuniones, así que no sé quien se hizo cargo. Me quedé en mi casa, con mi mamá y mi papá, mi marido y mi hija. Mi marido también dejó la militancia; cinco de sus compañeros de trabajo en la fábrica habían desaparecido. En las cenas hablábamos de nada: de la casa que íbamos a construir arriba de la de nuestros padres, de la inflación, del nuevo look de Susana Gimenez. Con cada cucharada de arroz el terror se nos atragantaba; en cualquier momento, pensábamos, nosotros somos los próximos. Por lo bajo yo había hablado con papá para que si nos pasaba algo, por favor ellos se encargaran de Natalia; mucho no iban a poder hacer, de todas maneras.
Y hoy me llamó la vecina, para contarme que a Bielmann lo habían chupado. Cuando corté la llamada, me acordé de él: gordo, sudoroso, casi calvo, con ojos de sapo y lentes de culo de botella. Tenía cuarenta y dos años, pero ya era un viejo. Que mierda le estarán haciendo, la concha de su madre, pensé. Vivía solo, la madre hacía rato que se había muerto y tenía un vago hermano abogado en Rosario, del que nunca hablaba, aunque sí a veces de los sobrinos. Puta madre, pensé, Bielmann se había abierto pero el también había caído. En cualquier momento nos tocaba a nosotros. Pensé eso, en cualquier momento nos toca a nosotros. Por suerte todavía no. Uno es muy egoísta con las desgracias de otras personas.
Aunque sabía que estaba arriesgando algo, busqué el teléfono del hermano de Bielmann que tenía anotado en una libreta negra, anotado casi de casualidad en un asado del año 73, cuando todo esto parecía imposible, y salí a buscar un teléfono público. Por suerte me atendió el hermano de Bielmann, si me atendía otra persona cortaba.
- Hola, quien es- me dijo.
- Te hablo de Lanús. A tu hermano lo chuparon dos días atrás. Su vecina lo vió y me llamó.
- ¿Quién sos?
- No te puedo decir. A tu hermano lo chuparon. ¿Me escuchás? Empezá a averiguar quién lo tiene.
No fue la cana, es todo lo que te puedo decir. Si te movés rápido, por ahí conseguís algo.
Hubo un silencio espantoso y me di cuenta que al hermano abogado de Bielmann el estómago se le había descendido al piso y el corazón al estómago.
- Gracias- me dijo y cortó.
Volví a casa. Veía un enemigo en cada auto que pasaba, un cana en cada esquina, un buchón en cada transéunte. Cuando por fin llegué a casa, me asombré de que todo estuviera tan normal: mamá estaba cocinando roast beef al horno, papá estaba escuchando un partido de futbol, mi hija estaba haciendo tarea de la escuela. Acá no llegaron, pensé. Acá no llegaron, todavía. Preparé unos mates y me senté en el comedor.
Entonces lo ví. Estaba sentado en el asiento de lata del patio, abajo de la glicina. Estaba gris y parecía cansado, pero por lo demás seguía teniendo sus ojos de sapo y sus anteojos de culo de botella que usaba con gran orgullo. Sabía que no era él de todo -el ya no estaba, la vecina había llamado tarde, yo había llamado tarde al hermano que ahora empezaría inútilmente a fatigar juzgados y a presentar habeas corpus- pero salí al patio igual.
- Está linda la noche- me dijo.- Se vino la fresca- y sonrió, como siempre que decía una de esas bestialidades.
Por decir algo, porque en realidad no sabía que decir, le dije:
- Te mataron muy rápido.
- Si.- me contestó el- Demasiado rápido. Pero ¿te acordas de ese cuento tan raro, Enoch Soames? ¿Te acordás cuando lo leímos en el curso de Literatura Inglesa y que a vos te había parecido muy oscuro, y que a mí también y que los dos creíamos que el autor había sido muy, muy cruel con su protagonista? ¿Te acordás lo que decía el protagonista?
- Si- le dije, sonriendo con nostalgia. Sabía que a partir de ese momento Bielmann iba a ser mi fantasma personal, algo con lo que tendría que convivir en el desayuno, en la cena, y en los almuerzos, en la graduación de mi hija y en la boda de oro de mis viejos. Pero no me molestaba- Si, me acuerdo. Hablemos de otra cosa.

Mariana Enriquez

Tenía yo quince años, saqué de la biblioteca Vigil el libro Carrie y me enamoré. Recuerdo que a mi mamá le pareció terrible; como te puede gustar el terror, me dijo. Ella no había leído la novela, pero había visto la película y le había resultado espantosa; a mi me resultó espantosa y genial, todo al mismo tiempo y desde ese día tengo entre mis ídolos a Brian de Palma y a Stephen King. Pero, para desgracia de mí, en la literatura argentina el terror casi no existía. Lo que existían eran cuentos fantásticos de Lugones, de Borges, de Cortázar, de Silvina Ocampo que bordeaban el terror; en la literatura argentina era lo máximo a lo que se podía aspirar. La literatura argentina tenía que ser realista o no ser; máxime después de la dictadura. El terror era visto como un género menor y la literatura argentina le tiene terror a todo lo que sea menor. Así que tuve que entretenerme leyendo a Stephen King, a Henry James, a Stevenson; grandes autores que se atreven sin miedo a escribir historias de terror. Hasta que empecé a leer a Mariana Enriquez en Radar y me sorprendí: por fin una escritora que le gusta más o menos lo que me gusta leer a mí. Pensé que era solamente periodista, hasta que vi que había publicado en una revista un cuento. Y lo leí. Y me alegró muchísimo que el cuento fuera de terror. Por fin, pensé, alguien que escribe cuentos de terror en Argentina. Ya era hora. La verdad es que compré dos de sus libros de cuentos, Las cosas que perdimos en el fuego y Los peligros de fumar en la cama, y los dos los regalé, del miedo que me generaron sus historias (por favor, que no lo tome como un insulto; es un homenaje; no puedo vivir en una casa donde sé que hay un cuento como Verde rojo anaranjado o La casa de Adela, es mas fuerte que yo). Me gusta mucho escribir historias de terror, pero me gusta más leerlas; me gusta pensar, como decía Juan Jose Saer en un cuento, que en el fondo nadie sabe quien es, y que el hecho de escribir historias de terror nos lleva a descubrir las oscuridades en nosotros mismos. Eso, una gran buceadora de oscuridades, es Mariana Enriquez.

Ser grasa o reventar


Uno de los peores adjetivos para un argentino cualquiera es  ser grasa. Ser pobre es una desgracia, ser rico es una suerte, ser intelectual es dar reportajes con cara seria, ser famoso es ir a los programas de panelistas, pero ser grasa es algo terrible. Nadie sobrevive a ese adjetivo. La verdad (la triste verdad) es que todos los argentinos somos bastante grasas. No hay argentino que no piense que el Fernet con Coca es mil veces mejor que el Dom Perignon; en cuanto a la comida, la verdad es que por más que cada vez se abran más restaurants donde la rúcula se cobre a precio oro en hojuelas, entre un colchón de verdes con queso brie y un choripan con chimichurri, todos elegimos el choripan con chimichurri. Porque el queso brie -los cocineros me van a odiar- es un queso cremoso glorificado y carísimo y la rúcula, la radicheta y la lechuga básicamente son yuyos. Se abren doscientos mil clubes de catas de vino donde la gente habla de las bondades del roble y del Malbec, y del Chardonnay. Todo el mundo asiente como cuando se habla de las virtudes autorales de Juan Josè Saer. La verdad es que casi ninguna persona en Argentina entiende el lenguaje de los sommeliers, que parecen vivir en una burbuja propia donde el viejo y querido Toro con soda nunca existió. En cuanto a las marcas de ropa, nunca conocí a un argentino que no se muriera por unas Nikes y que no piense que un perfume Dior es mucho mejor que un Ciel o que un Impulse. Podría ponerme como Clemente y repetir, por favor, un cacho de cultura, pero la verdad es que yo también soy bastante grasa; choripán, Fernet con Coca, Los Palmeras o Agapornis para bailar y, como decía Julio, país con calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero igual.

Latitud cero

Hacía tres semanas que buscábamos el yate. Eran tres ingleses y un norteamericano; habían ido, supuestamente, a pescar tiburones, una sudestada como pocas veces se ha visto en la costa los había alcanzado, y ahora había que buscarlos. Sus familiares, desesperados, habían apretado todas las clavijas diplomáticas, mediáticas y hasta económicas; hasta el padre del norteamericano ofreció una recompensa de un millón de dólares a quién encontrara el yate. De todas maneras, Eduardo, Martina, Fabricio y yo estábamos acostumbrados a buscar botes, yates y barquichuelas perdidas; a rescatar cuerpos ahogados; incluso un par de veces habíamos encontrados naufragos vivos, atados a la balsa inflable, resecos, sudorosos, delirantes. En el mar, pensaba a veces, el tiempo no pasa; un hombre de mar de hoy en día no es muy diferente de el Largo John Silver ni de Simbad, que aunque sé que son personajes de la literatura fueron los que me obligaron a irme de la muy mediterranea Córdoba y venira acá, a Mar del Plata y ser rescatista de naúfragos.
Cerca del mediodía Martina avistó el yate. Martina es muy morena y tiene ojos negros; es descendiente de una larga generación de pescadores y a muchas veces se burla de mí por mi desconocimiento de cosas que para ella son tan naturales como las algas o las gaviotas. Tiene instinto acuático; va a venir una tormenta, dice, aunque el cielo está azul y a los treinta minutos la tormenta llega.
- Por lo menos el yate está entero- dijo Eduardo- Vamos a ver que pasó. Esperemos que esten vivos.
- Yo aviso- les dije. Llamé a Veermen, nuestro jefe, y le dije que habíamos encontrado el yate.
Sin dificultad, subimos al yate. Era muy lujoso, lo cual no nos extrañó. Lo recorrimos entero: la cubierta, la bodega. Estaba vacío.
- Se ahogaron los cuatro- dijo Martina- Los agarró la tormenta y los tiró como a muñecos. Se ahogaron. Vamos a tener que buscar los cuerpos, y vamos a ver si los encontramos. No creo, a esta altura. Muy lejos de la costa. Que mala leche que tuvieron estos tipos, che.
- Ahora aviso a Veermer- dije.
Me fui a cubierta. Llamé dos veces, tres veces. Nada. No podía comunicarme con Veermer. No me preocupó. A veces pasaba. Me quedé viendo la proa. Era una proa lisa, común, como todas las proas. Algo me resonó raro en la cabeza. Intenté comunicarme otra vez con Veermer y me siguió sonando ruido blanco en el comunicador. Entonces me di cuenta; en las fotos que habíamos visto del yate ("Parnasus", le habían puesto) la proa tenía una figura tallada. Una mujer rara, de cabellos ondulados y dientes afilados. Una ondina, había dicho Veermer en cuanto la vio. Ahora esa mujer no estaba. Pero no podíamos habernos equivocados de yate -era igual al de las fotos, pero además los objetos personales de los naúfragos, algunos identificados con monogramas, estaban en la bodega.
En esas cavilaciones estaba cuando sentí el grito. Era de Martina y provenía de la bodega. Bajé lo mas rápido que pude las escaleritas para encontrarla llorando y con una parte de la garganta mordida, casi arrancada. La sangre empapaba todo el piso barnizado.
- Quise abrir un armario y salio y me atacó- me dijo a borbotones- La hija de puta. Se fue para arriba.
Agarré un par de camisas de seda y se las apreté en el cuello. La ayudé a subir; se quedó contra la barandilla del yate, mirando el mar, gimiendo. Entre gemido y gemido me dijo- Andá a buscar a Eduardo y a Fabricio. Rápido. La hija de puta está suelta.
Los busqué. Juro que los busqué por todo el yate. En la bodega, en la cubierta, en los armarios; solo sentí el olor a hierro de la sangre (estaba empapado). Empecé a gritar sus nombres. Nadie me contestó. Lo único que se oía era el viento casi calmo y a lo lejos, algún pájaro marino que no pude determinar. Martina hubiera podido.
Volví junto a ella. Estaba muerta. Había perdido demasiada sangre, un ataque en la garganta es la muerte casi segura para cualquiera. Le cerré los ojos vidriosos. Tendría que haber rezado algo, pero la verdad es que no sé rezar. Estaba pensando en eso cuando oí el ruido detrás de mí y el olor; era un olor a algas, pero también a hombres y mujeres muertos, el olor de los ahogados que conozco tan bien de tanto sacarlos. No me di vuelta. Si me daba vuelta estaba muerto. Temblando, apoyé un pie en la barandilla y salté al mar.
Nadé hasta nuestro barco. Cuando estuve allí, me largué a llorar, más de los nervios que de otra cosa. Para peor, no podía sacarme de la nariz el olor de los ahogados; estaba como impregnado en mí, en mi remera y en mis dedos y hasta en mis ojos. Martina estaba muerta, Fabricio y Eduardo desaparecidos como los tres ingleses y el norteamericano. Cuando dejé de llorar y de temblar -me llevó un buen rato- me acordé que el comunicador había quedado en el yate. Pero no iba a volver ni loco. Levanté la vista para mirarlo, con mucho miedo; pero el yate ya no estaba ahí. Frente a mí solamente había mar, y alguna gaviota medio desorientada.
Llamé a Veermer.
- ¿Que mierda pasó?- me dijo el holandés. - Hace dos horas que no te comunicás.
- Ahora vuelvo- le dije.- Te cuento.
- ¿Como vuelvo? ¿Y Fabricio y Eduardo y Martina? ¿Que mierda pasa? ¿Quieran que les mande a Bouchanan y a Rafael, para ayudarlos?
- No.- le dije- Por favor no mandes a nadie más a buscar a nadie. Ahora vuelvo. Ahora vuelvo. Ahora vuelvo.
Veermer se enojó.
- Dame las coordenadas exactas. Ahora mando refuerzos. No entiendo que carajo pasa.
Le corté la comunicación. Ni siquiera sabía bien las coordenadas (Eduardo era el que se fijaba en eso) y a esa altura, para mí, latitud cero, longitud cero.





lunes, 17 de diciembre de 2018

Medios y feminismo.

Los medios masivos son puro horror al feminismo. El feminismo es para ellos esa cosa incómoda que les dice que burlarse de una chica lesbiana o de un transexual o de un gay es algo que está mal. Porque los medios están acostumbrados a ejercer el poder y el poder se sostiene siempre que haya un otro del que burlarse: un cartonero, un adicto al paco, un transexual, una lesbiana. Tengo entre mis peores recuerdos televisivos a una participante de Showmatch, cuyo nombre no recuerdo, acusando de lesbianas en cámara a miembros del jurado; peor aún fue la burla de una actriz, cuyo nombre no recuerdo tampoco, hacia otra persona de Showmatch develando, como si fuera algo que puede develarse en cámara, como si fuera algo apropiado, como si fuera algo genial, que esa persona era portadora de HIV. Una barbaridad, pero muy pocos dijeron nada y el show continúo. Esos límites que se cruzaron no sé si se pueden volver atrás. El minuto a minuto primó más que cualquier cosa; no ví en ningún momento al conductor del programa diciendo: esto es una barbaridad. Una persona que tiene la cabeza un poco centrada se tendría que haber dado cuenta de que ambas situaciones eran de una crueldad extrema; nadie (aparentemente nadie) lo vió. Ni siquiera los espectadores, anestesiados. Cuando ví esas cosas agradecí bastante que a mi hijo la teve argentina le pareciera malísima y no la mirara y le di la derecha. ¿Desde cuando está bien hacer o decir cualquier cosa por tres puntos más de rating? ¿Desde cuando en la televisión está bien burlarse de una persona enferma? Desde que era chica, me di cuenta. La televisión abierta  (y muchas veces la de cable) es una masacre de gente que dice cualquier cosa solo por estar en la tele. Que hace cualquier cosa solo por estar en la tele. El feminismo los pone muy incómodos; ya no pueden decir cualquier cosa. Ya no es "normal" que una chica de dieciseis años sea asesinada por volver sola de un boliche. Los hombres (y muchas mujeres) se están enterando de que la violación es un delito para el que no existe ninguna excusa. Muchos hombres ya no pueden escudarse en que son padres de familia: hay muchos padres que son asesinos, violadores, y hay muchas mujeres que los encubren, a veces por miedo y a veces también por conveniencia. El feminismo no está en contra de los hombres; está en contra de que los hombres ejerzcan verticalmente el poder sobre las mujeres, solo porque son hombres. Soy hija de un hombre, hermana de un hombre y madre de un hombre: mi papá tiene cosas bastante machistas todavía, mi hermano bastante menos, mi hijo bastante menos, por suerte. No digo que no sea para nada machista; pero intento que sea lo menos machista posible. La televisión parece no poder aceptar eso: quiere quedarse con la idealización de lo que ella piensa fueron sus años de gloria. Cuando todo lo decidía la televisión argentina. Ayer leí en un artículo que los chicos joven nos miran a los adultos y desconfían de nosotros. Tienen razón en desconfiar. El mensaje que le damos en muchos casos es peligroso por lo contradictorio; defendemos nuestro derecho a hacer y decir cualquier cosa, pero nos lamentamos por las consecuencias concretas, reales, duras de hacer o decir cualquier cosa.

Los huesitos

Tuvimos los huesitos de mi tía durante mucho tiempo. Mi tía había nacido seismesina y había muerto a las tres horas; abuela no quería hablar mucho de esa muerte, como no quería hablar de mamá, que se había ido a vivir a España cuando yo y Orlana teníamos ocho y nueve años, ni de tío Rafael, que vivía con su marido médico en Francia ni de papá, que los fines de semana pasaba a buscarnos y nos llevaba al cine y al shopping. La única familia de verdad que teníamos era nuestra abuela; algo amargada, tosca, pero la que nos levantaba para ir a la escuela, la que nos hacía la leche con Nesquick, la que nos llevaba a ballet y a piano. Cuando llegamos a la adolescencia, empezamos a burlarnos de su rodete ceñido y de su creencia en criar niñas al estilo de antes; pero era una burla suave, tenue, compartida entre nosotras entre susurros. La verdad es que la única que nos quería de verdad era ella. Sabíamos que tanto para papá, como para mamá, nosotras dos erámos un triste accidente en sus vidas, algo de lo que pronto se desprendieron con sutilezas y sonrisas; ninguno de los dos era afecto a la pelea. Mamá quería ser una gran crítica literaria y lo fué; papá quería su vida de abogado profesional, de whiskis a la noche, de un departamento lujoso lleno de obras de arte compradas en Arte Ba. No encajábamos y lo sabíamos; nuestra única esperanza de sobrevivir era esa mujer algo distante, que para los vecinos era estricta y malvada. No hacíamos pijamas party ni tuvimos fiesta de quince. Miranda, Babásonicos y Coldplay sonaban en los I Phones que mamá nos había enviado en sendos paquetes. De vez en cuando venía: nos miraba, como quién observa a un insecto. Por tres días intentaba ser una madre ejemplar; al cuarto día desertaba, cuando veía que sus hijas no entendían sus chistes de académicos y que la mirábamos desorientada cuando prendía un chino en el balcón. En Holanda es super legal, nos decía. Que pacatas que salieron. No había manera de explicarle que no era por pacatería que la mirábamos así; estábamos cansadas de ver porros a la salida de la escuela, en plazas y alguna vez habíamos probado alguno. La mirábamos así porque para nosotras también era un ente extraño en nuestra vida, algo adherido pero no enteramente, una epífita falaz. Bondadosa, en el fondo, pero falaz.
Sobrevivimos, de todas maneras, a nuestra adolescencia. Yo empecé en la facu Diseño de Interiores y Orlana se decidió un año más tarde por nutrición. Mi abuela estaba por fin feliz. Empezó a salir los jueves y los sábados a tomar té con las vecinas y a ver películas en el cine Arteón. Siguió siendo estricta con nosotras, pero estaba contenta con nuestra alegría de estudiantina. Ahora nosotras le preparábamos el Nesquik, y aunque ella a veces protestaba, se lo llevábamos a la cama. Cuando empezábamos a verla mas delgada la llevamos al Hospital Americano y ahí un médico puro guardapolvo blanco y estetoscopio nos dijo que le quedaban dos o tres meses de vida. Se lo dijimos un cuarto de hora más tarde, en el café Sarandí, y para mi abuela no hubo tristeza; ya lo sabía.
- Lo único que me da un poco de nervios de morirme- nos dijo- es dejarlas solitas. Lo único mío en el departamento donde vivimos son los huesitos de Clara.
En ese momento supimos el verdadero nombre de nuestra tía seismesina muerta. Le dijimos que no se preocupara, pero entenimos lo que estaba diciendo. Su paso hacia la muerte fue más rápido de lo que pensamos; dos semanas después del café en Sarandí tuvimos que internarla y tres días después se murió. Vinieron el tío Rafael, mamá y papá. Sabíamos que iban a llorar en el velatorio como si fuera el fin de sus vidas y sabíamos también que dos días después del velatorio nos iban a sentar en la cocina comedor para decirnos lo que nos dijo papá, con tono de abogado:
- Miren, chicas, el departamento es mío. Hace dos años lo hice tasar. Vale un millón de dólares. Una buena cantidad de guita. Yo las quiero mucho a las dos, pero ya es hora de que se hagan como mujeres independientes. Creo que les va a hacer bien.
Mi madre apoyó la moción.
- Les vamos a dar una parte. Treinta mil dólares a cada una. Es un buen comienzo. Pueden viajar a Europa, eso está bueno. A Estados Unidos.
- Estoy estudiando acá y Orlana también- le dije. Orlana no decía nada.
- No importa- dijo papá- Acá ustedes no tienen poder de decisión. Es un millón de dólares y a mí me viene bárbaro. Les voy a dar treinta mil dólares a cada una y agradezcan. Ya son chicas grandes y bastante maduras para su edad. Con esa guita se pueden alquilar algo hasta que consigan un buen trabajo. De todas maneras, si necesitan plata para terminar sus estudios yo les voy a dar. ¿Acaso tu mamá o yo alguna vez les hicimos faltar algo?
- No, papá- le dije yo- si hasta gracias a mamá supimos como armar un chino.
- ¿Que estás queriendo decir?
- Nada, mamá. Nada. Sos la mejor mamá del mundo- dijo Orlana, con su mejor cara de orto. Las dos nos fuimos a nuestra pieza y, en una pequeña venganza musical, pusimos Babasonicos a todo lo que da. Papá y mamá se fueron al ratito, creo que un poco ofuscados.
- ¿Que vamos a hacer con los huesitos?- me preguntó Orlana, mirando el techo.
- Nos los vamos a llevar. Clarita se va con nosotros- le dije.
- Yo a estos hijos de puta de papá y mamá no los quiero volver a ver nunca más en mi vida.
- Ellos tampoco quieren vernos. ¿Viste lo que dijo papá? Busquense un trabajo. Se ve que para el somos unas vagas.
- Y bueno- me contestó Orlana.- Nos llevamos los huesitos y nos alquilamos un mono en San Telmo. Y nos llevamos también la foto de la abuela tomando Nesquik en el desayuno, media despeinada ¿te acordás? Se enojó cuando se la sacamos. Vos la mandaste imprimir en Fotoblog.
- Nunca la ví tan enojada como ese día. Quieren que mis amigas se enteren de que tomo Nesquik, nos dijo, que par de terribles que salieron.
- Terribles, así nos decía.
- Si, es cierto. Terribles.

domingo, 16 de diciembre de 2018

Dramas existenciales.

- Che, antes leía todos los diarios los domingos. Ahora ni eso puedo- me dijo Cuszko.- Con la inflación que hay de casualidad que me alcanza para la picada de las hamburguesas. Hasta si las quiero leer en el  Samsung los guachos te quieren cobrar.
- Bueno, tampoco te perdés de mucho.
- En eso tenés razón, piba. Pero los domingos me encantaba saber en que andaba la solución argentina a los problemas de los argentinos y el faro de la nación. Ahora ¿que hago? Estoy sin rumbo, che.
- Bueno, por lo menos te salvás de las columnas de humor político.
- Cierto. Humor político y no hacen reir a nadie. ¿Cual es la gracia ahí? Si una columna dice humor político, por lo menos garantizame la parte de humor. Si no me la garantizás, ponele otro título: chistes remanidos copiados, tirando a clasistas y misóginos, que podrían haber salido en la década del setenta, del ochenta, del noventa y en el dos mi también. Tendría que presentar una demanda en defensa del consumidor.
- Bueno, tampoco nos quejemos. Es difícil hacer humor en el periodismo. Voluntariamente. El involutario les sale bárbaro.
- Que me decís, si le sacaron el trabajo a revista Barcelona. Ahora se volvió una revista seria. En cualquier momento a los fundadores le dan una cátedra en la UBA.
- Eh, seguro que pasa. Espera un par de años. Ya me lo veo a Langer recibiendo el Nobel.
- Bueno, se lo dieron a Churchill. Langer por lo menos escribe sus chistes. Creo.
- Es un poco escatológico lo que hace.
- Si, da un poquito de impresión. Pero El señor de las moscas también y William Golding recibió el Nobel. Así que ¿quién te dice? Grandes titulares: un argentino con el Premio Nobel de Literatura. Vade retro Borges, Arlt, Bioy Casares, Alan Pauls, Guillermo Saccomano y Juan Jose Saer. Lo recibe Langer por sus historietas. Que quilombo se va a armar.
- Me imagino muchas cartas de la SADE denunciando la situación.
- Ah, los sádicos. Van a estar chochos.
- Va a haber suicidios masivos en la calle Púan.
- Bueno, mucha gente no se va a enterar. Mejor que hagan como la CGT cuando se decide a hacer algo y cortan los accesos de la Panamericana. Si se ponen todos de acuerdo.
- Se van a poner todos de acuerdo. Me imagino los carteles: No toleraremos a un Nobel historietista. Historietistas: no pasarán. Negamos la existencia de este Nobel literario. Seguro que Langer le pagó a la Academia Sueca. La tinta derramada no será negociada. Preferimos ser pocos y aburridos a ser muchos y hacer chistes sobre pis y caca. Iremos en masa a Suecia a protestar en cuanto salga la crítica de nuestro próximo libro en la revista cultural. 
- Me encantan los escándalos en el mundo cultural. Porque no se entera nadie, pero los que se enteran se hace una mala sangre.
- Que grado de maldad tenés, che. ¿Viste algo bueno en Netflix?
- The God Place. Los yankis. Puta madre. Eso es hacer humor político.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Redadas

Corría el año 1973, yo tenía el pelo largo y era fanático de los Rolling Stones. Mi hermana trabajaba en el hospital, como médica y estaba en el sindicato. Ella odiaba la música yanqui. La odiaba con una sinceridad exenta de culpa; nos están colonizando con sus disquitos, me decía. Escuchá, por favor, a Viglietti. Yo, vergonzosamente, odiaba a mi hermana. Era también un odio sin culpa y sin testigos; mi hermana entraba y salía de casa, trabajando, llevando panfletos, trayendo gente del sindicato a casa, ante la mirada un poco atónita de mamá y de papá que no sabían como una chica gordita y pecosa se había tranformado en una mujer gordita y pecosa que leía libros de Marx y de Milcíades Peña y que trabajaba a veces treinta y seis horas al día por un sueldo miserable. Yo me encerraba en mi cuarto y escuchaba Sympathy for the Devil a todo volumen. Dibujaba caras de demonios. Tuve pocos amigos durante esos años; definitivamente la adolescencia no fue mi momento de gloria; uno de esos pocos amigos que tuve era Yogurt, de quien nunca supe el verdadero nombre, pero le deciamos Yogurt porque le gustaba mucho el yogurt. El me invitó una noche al bar que quedaba en Callao y Cordoba a escuchar un grupo nuevo, Sandalo, y aunque lo que hacian estaba mas cercano a Almendra, segun Yogurt, yo fui mas que nada porque ya no me soportaba adentro de la pieza llena de ropa sucia y de espantos en lapiz 3B. Apenas llegamos sentimos el olor de la marihuana, que ya me era familiar, y al poco rato salió la banda a tocar, que no era muy buena, pero no importaba porque el local estaba casi vacío. De todas maneras, no tuvimos muchas posibilidades de disfrutarlos ni de sufrirlos; a los dos temas entro la cana y ni tuvimos tiempo de tirar los cigarrillos de marihuana ni de escaparnos; los veinte que estabamos en el bar (incluido el guitarrista, el vocalista y el percusionista de Sandalo) terminamos en la carcel. Creo que ese dia terminaron mis aspiraciones satanicas; durante las doce horas que estuve ahi, en un calabozo inmundo donde además había tres borrachos fanáticos de Ferro y un hombre que había degollado a su hijastra, le estuve rezando a Dios, a María y hasta a San Pedro por las dudas para que alguien me sacara. La respuesta al rezo fue un cana que me dijo "Pibe, sabe que te vamos a abrir una causa, ahora zafas pero el prontuario lo vas a tener de por vida. Agradece que una gorda loca te pago la fianza, salís pero sabe que ya te marcamos". Cuando dijo lo de la gorda loca ya me imaginé por donde venía la mano, agaché la cabeza y salí más asustado de lo que estaba. Mi hermana me esperaba con los brazos cruzados. "Mi auto está afuera" me dijo "te llevo a casa". En el viaje no hablamos. Cuando mi hermana dejó el auto en el garage, me dijo en voz baja "A papá y a mamá les vas a decir que pasaste la noche en casa de Yogurt. La plata de la fianza me la vas a tener que pagar de a poco, porque le tuve que pedir prestado a una amiga pediatra para conseguirla. Dejá de hacer boludeces, lo único que me falta a mí con todos los quilombos que tengo es tener que estar sacandote de la cárcel por pelotudear con tus amigos".
No sé por qué, nunca le conté esta historia a nadie; ni a mamá ni a papá, ni a Osvaldo, el que un año después fue marido de mi hermana, ni a Nuria, su hija, ni a Mabel, ni a Claudia, mis dos exposas, ni siquiera a Lucio, mi hijo de trece años. Mi hermana desapareció en la Navidad de 1977; estaba saliendo de su casa para venir a la nuestra, donde la esperábamos con lechón, sidra, pan dulce y transpiración, y tres hombres en un auto sin patente la levantaron y se la llevaron. Me acuerdo que Nuria tenía un año y jugaba con el sonajero que rodaba mientras mamá le decía "Tu mamá ya llega, tu mamá ya llega". Su mamá nunca llegó. Lo único que pudimos saber es que estuvo en la Esma, y que la tiraron pronto al río; no era una desaparecida importante. Desde ese día en mi familia no se celebró más la Navidad. Papá se murió de un ataque al corazón dos años después; mi mamá aguantó hasta la llegada de la democracia, todo lo que pudo.
Después que mi hermana desapareció, durante muchos años, pensé en quemar todos los discos que tenía de los Rolling Stones. Los odiaba. Pensé en regalarlos también, o en venderlos. Creo que por treinta y cinco años dejé de escuchar música. La música era para mí la muerte: yo deseando que mi hermana muriera a los diecisiete años y ese deseo cumpliéndose cuatro años después. Hasta que un día Osvaldo vino a visitarme; iba a irse a vivir a España, con su nueva pareja, pero quería dejarme algo. Una caja de madera con algunas cartas de mi hermana, fotos, esas boludeces que uno conserva siempre, que no tira porque de alguna manera son cosas importantes: Cuando se fue la abrí; había fotos de mi hermana con Osvaldo, de mi mamá, de mi papá, de Nuria recién nacida. Y había una polaroid de mi: yo sentado junto con Yogurt, la cabeza gacha, escuchando algo. Atrás estaba escrito: Foto tomada una semana antes de que el pavoton de mi hermano cayera preso por tener olor a marihuana en el pelo ¿que me contás? Con esa nariz de gancho y esos granos. Todo un reo me salió. Y ese Yogurt tiene una pinta de mafioso también.
Enmarqué la foto y la puse en el comedor. Mi hijo me preguntó, con esa crueldad usual en los adolescentes, quién era ese chico tan feo.
- Yo, por supuesto- le contesté- Pero ojo que los hijos salen parecidos a los padres.

Maria O'Donnell

Es dificil en este país para una periodista mujer que se dedica a la política y a la economía se destaque en los medios. Generalmente son sospechadas de algo y atacadas de una manera más cizañera que los periodistas hombres (aunque en los últimos tiempos los periodistas hombres también reciben ataques personales que a mi me parecen desmesurados por lo agresivos; no coincido en muchas cosas con Jorge Lanata, con Horacio Verbitsky, con Martin Caparros, con Julio Alconada Mon ni con Ernesto Tennembaum; de ahí a pensar que son monstruos asesinos sanginarios por opinar distinto a mí en cuestiones políticas o inclusive de género, hay un abismo). A la primera periodista mujer que leí y que me sorprendió por lo claro que tenía los conceptos de política nacional e internacional fue a Magdalena Ruiz Guiñazú; no me sorprende que Maria O'Donnell se haya formado con ella. Es en primer lugar algo importante: una persona preparada y muy seria y muy centrada para hablar, y evita la mayor parte de las veces caer en lugares comunes. Cuando hace reportajes no intenta ser incisiva; deja hablar al interlocutor. Valoro eso mucho en un periodista porque muchas veces parece pensarse que el entrevistador es mas importante que el entrevistado, y si uno es buen periodista siempre es exactamente al reves. Los ataques que recibió durante el kirchnerismo y ahora durante el macrismo, acusándola en el primer caso de gorila y en el segundo de K, solo demuestra que hace muy bien su trabajo. No creo que el periodismo sea independiente. Uno siempre escribe desde un punto de vista, personal y político. No existe la imparcialidad periodística, es un mito del mal periodismo; lo que si existen son periodistas que, desde su punto de visto personal, hacen su trabajo de la mejor manera posible.

Las Taradas

Es uno de mis grupos preferidos para escuchar porque tienen eso que los franceses llaman alegría de vivir. Suenan  muy bien, y revisan clásicos como Santa Marta (mi padre me contó que una de las canciones que cantaba mi abuela cuando ellos eran chicos era Santa Marta) o El Perro Salchicha. Es una banda de mujeres percusionando, cantando, haciendo música para bailar los fines de semana; está bueno que un grupo de música se anime a ser alegre, saliendo del concepto de que para hacer música "de verdad" hay que sustraer el baile y el disfrute; muchas de las mejores canciones de Charly García se pueden bailar en una discoteca.

viernes, 14 de diciembre de 2018

El ojo del amo

Leí hace dos días en Infobae una nota breve y sucinta sobre una nena muerta en un incendio en un taller clandestino de costura. Los talleres clandestinos de costura son como las brujas; no se cree en ellos, pero que los hay los hay. Y ahí trabajan adultos en condiciones infrahumanas y a veces también niños en condiciones infrahumanas y si se incendia se incendia y si una nena se muere en el incendio no pasa mucho. Mala suerte o acto de Dios, suspiramos y seguimos comprando ropa de gente a quienes sus obreros no les importan nada. El Gran Hermano del ojo de los medios nunca se posa en esos casos, porque eso implicaría cuestionar el imperio de la moda; el imperio de la elegancia de Yves Saint Laurent y de Mimo and Co. Y las propagandas de ambos son muy bonitas y pegan bien en las revistas. Es mucho más escandaloso que a una chica de la televisión le hayan robado un reloj en pleno Retiro que una nena muerta en un incendio en un taller clandestino. Además, el taller era clandestino ¿de quién es la culpa? La culpa está tercerizada, como todo en este mundo. Es el cuento del gran bonete. Suena un poco como los grandes discursos de los ruralistas (y de políticos que representan a los ruralistas) justificando el trabajo infantil en el campo: las cosas son así, che, si la peonada nunca va a estudiar nada, desde chicos tienen que aprender las virtudes purificativas del trabajo duro -me encanta la gente que habla de la virtud purificativa del trabajo duro: generalmente ni siquiera saben lo que es agarrar una pala para mezclar cemento con arena y hacer una casa desde cero o levantarse a las seis de la mañana, darles el desayuno a tus hijos, e ir a trabajar por horas a casa de familia, eso es trabajo duro. Ni hablar si uno intenta decirles que esa gente tiene derecho a buenos sueldos, vacaciones pagas y jubilarse a la edad correspondiente. Hay personas (niños, adultos, viejos) que para este sistema son desechables y su vida no vale nada, porque trabajan en talleres clandestinos o porque cartonean; solo son importantes y muy visibles cuando se vuelven delincuentes. El ojo del amo aparentemente engorda el ganado y también cuida que el que nació en una villa miseria, en un taller clandestino o en un rancho en Tucumán nunca salga de ahí.

Estetizaciones

De la sociedad contemporanea me molestan un poco las estetizaciones; la idea de que detrás de cada decisión individual hay un magnífico corpus académico y ético que sostiene todas nuestras decisiones y en las que nos ampararemos cuando nos pregunten sobre cada hecho de nuestra vida. De este tipo de justificaciones el mundo está lleno. Tomo por ejemplo a las mujeres y a los hombres que deciden no tener hijos: está bien, es una decisión personal. Los hijos no son obligatorios. Ahora, cuando empiezan a decir que no tienen hijos porque tener hijos es egoísta y ellos piensan en el futuro del planeta, en la ecología y en lo que contaminan los pañales desechables, eso es pura sarasa. No querés tener hijos porque te gusta poder levantarte a cualquier hora los domingos y viajar a México o a Santa Teresita cuando quieras. No hagas de una decisión personal un acto de heroicidad, porque no lo es. No existe la medalla al heroe que decidió no tener hijos. Si alguien te pregunta porque no tenés hijos  y si es porque decidiste no tenerlos, deciles que es porque no queres tenerlos. Es tu decisión. No es necesario recitar grandes justificaciones acerca de una decisión personal: además, te hacen ver bastante limitado a los ojos de otras personas. Una persona que tiene cinco hijos te podría preguntar ¿entonces yo soy mala persona por haber tenido cinco hijos? Defendé tu derecho a no tener hijos y respetá el derecho de los otros a tener ocho hijos si quieren y si te molestan cuando vas a ver Avengers 3 respirá hondo y pensá que la próxima vez te convenga ver un concierto de Vivaldi.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Oeste

En el oeste 
dicen 
esta el agite 

aunque también 
en el sur

y en el norte

incluso
en pleno centro febril
cuerpos que se golpean
y se chocan

un poguito sin musica

ahora viene lo mejor

segundo semestre

tenemos que aguantar

hasta el aguinaldo

los que tenemos aguinaldo

los que no tienen aguinaldo

esperan

cajas de carton vacias

vacias hasta el fondo

no

es cierto

a veces un poco de arroz y de fideos para 

que no molesten

ya se sabe ningun pobre pasa del jardin de infantes
ningun pobre va a la primaria
ningun pobre va a la secundaria
ningun pobre va a la universidad

ningun pobre sabe leer ni escribir

o hacemos como si no supieran

y escribimos sobre ellos

como si no leyeran

lo que escribimos.