martes, 13 de noviembre de 2018

La muerte de un rey. 61° parte

                                                                          Sois de estirpe real
Yo nada sé de imperios.
Un día nos daremos cuenta de que estamos en los bazares
En los bazares Constantino VI, la mano de San León, las sandalias de
Cristo esa cara suya de no sé qué en los bazares
                                                                Ilham Berk

                                                                             Juith, Aposentos de la Reina.

Esta mal, no es cierto, lo que hacemos, le dijo Juith al Rey. Me lo ha dicho Raschid.
No deberías juntarte con Raschid, dijo el Rey.
¿Entonces te parece que está bien? Tenemos la misma madre. Somos hermanos y tendré que ser tu esposa o tu asesina. ¿A tí no te importa eso? Raschid me ha contado...
¿Que te ha contado? No lo oigas.
¿Quieres saber porque muchos de los hijos de nuestra dinastía mueren al nacer? Porque lo que hacemos está mal. Porque no pueden tener siempre la misma sangre. Los que sobreviven es gracias a la sangre mezclada de los otros, de los mestizos, de los Rilench, de los que no son como nosotros. Todos los reyes que intentaron mantener pura su sangre, me contó Raschid, fueron degenerándose. Lo peor fue en un lugar de la tierra llamado España; el último de una dinastía de emperadores fue un loco que babeaba y apenas podía comer. Esa es la idea que nuestra madre está defendiendo.
Si sigues hablando así, dijo el Rey, deberé decirle a nuestra madre y ella te ahogará y traerá a la tercera heredera.
¿A la hija del alfarero mayor? y Juith sonrió. Si se lo insinúas ella se empezará a probar mis ropas enseguida. Y te matará en la noche de bodas y después matará a nuestra madre. Y lo bien que hará.
Nuestra madre nos ama.
No nos ama, dijo Juith. Mira con qué desprecio trata a nuestra hermana porque eligió casarse con Rilench. 
Podrías tú también casarte con otro. 
¿ No sería lo mismo?
Le diré a nuestra madre y te ahogará. Sabes que no es un espectáculo agradable. Todo el palacio se reúne en el patio, al lado del la fuente, y cantan mientras la Reina te hunde la cabeza hasta que quedas flácida como un pez muerto y luego te queman en la pira de los disidentes y luego esparcen tus cenizas.
¿Y tener hijos babeantes es una opción mejor? preguntó Juith. ¿O matarte es una opción mejor? No me parece tan mal que me ahoguen y me quemen. Tu también deberías ahogarte, como hizo nuestro bisabuelo. Estamos podridos, querido hermano, querido Rey.
Trae a Eliza, ahora, dijo de pronto.
Eliza entró. Tenía marcas de quemaduras  en los dos brazos y en una de sus piernas.
¿Es cierto lo que me dijo Raschid? le preguntó. ¿Lo de que cuando copulan hermanos y hermanas terminan teniendo hijos idiotas?
No tengo hermanos para decirte que sí ni que no. Juith la observó, la observó con cuidado con sus ojos negros.
Mi madre quiere encontrar la máquina. Mi hermano, el Rey, aparentemente está encantado con la idea de acostarse conmigo y de continuar con nuestro reinado. Yo no te voy a volver a torturar, no tengas miedo. ¿Es cierto que los hijos malformados de nuestra estirpe se deben a nuestras costumbres?
Eliza lo miró. No es fácil quebrar a los ojos de Sarar, pensó Juith. De pronto, Eliza empezó a recitar.
Sangre azul. En la tierra se llamaba sangre azul, el mal de los reyes.
¿Qué quiere decir eso?
Hemofilia. Idiotismo. Taras. Al principio pensaban que era un castigo del cielo, pero luego los científicos empezaron a investigar. Gente como el cuarto general, gente como Raschid, gente como Leonore. Y se debía a que se casaban entre primos, entre tíos, entre parientes lejanos. Por eso eran tan débiles los reyes. Por eso los reyes se dejaron de casar entre ellos. Por eso y porque muchos reyes murieron.
¿De que murieron?
Revoluciones. En la tierra, me contaba Oregon, mi padre, muchos reyes fueron decapitados o ahorcados por su pueblo.
¿El pueblo se atrevió a ahorcar a sus reyes?preguntó Juith.
¿Todos te aman aquí, en el palacio? preguntó Eliza.






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