Judith volvió a enfermarse. Empezó con una tos leve, y con un estado febril intermitente que poco a poco fue convirtiéndose en crónico. Era una fiebre que empezaba durante la mañana y la hacía llorar suavemente hacia el mediodía y que luego, a la noche, cedía un poco, y entonces Judith tomaba un poco de sopa de patatas o de compota de ciruelas. "Quizás esté creciendo" dijo una de las vecinas, pero Hannah la veía siempre igual, diminuta en su cama, escurridiza, algo asustada. Hoffmann se burlaba de ella y decía que parecía más un hurón que una niña.
- Un día se escapará por la puerta y volverá a los bosques- le decía a Samuel.
Judith los oía. Preguntaba que era un hurón y que eran los bosques. Entonces Hannah, para entretenerla buscaba un libro de estampas y le mostraba los hurones.
- Son como perros raros- decía Judith.
- Los perros son perros- contestaba Hoffmann- Tu eres un hurón. Algún día vas a escaparte.
- Has descendido de poeta a cuco de niños, Hoffmann- se burlaba Samuel.
- He ascendido de poeta a cuco de niños, querrás decir, Samuel. No hay nada más inútil que un poeta. Sobre todo ahora, que los nazis ganaron las elecciones.
Pero las cosas no parecían haber cambiado mucho. Al menos para Samuel y para Hannah. Lo único que les preocupaba era que Judith se repusiera pronto. Finalmente encontraron un médico que no les cobraba tanto como los otros, y que logró, a fuerza de cataplasmas e inyecciones que la niña estuviera algo mejor durante el día. La visitaba al atardecer: estaba terminando la última de sus visitas cuando los tres escucharon gritos a lo lejos.
El médico se asomó al ventanal del departamento.
- Algo se está incendiando. Es un incendio grande.- les dijo.
Se marchó enseguida. Samuel bajó las escaleras, para averiguar que ocurría.
- Han hecho explotar el Ayuntamiento- le dijo un vecino.- Los comunistas.
- Han muerto dos hombres, parece.
- Muerte a los comunistas. Muerte a los comunistas. Muerte a los judíos- empezó a gritar uno de los hijos adolescentes del vecino.
- Han arruinado nuestro país- dijo otro adolescente.- Guardan el oro bajo sus camas y no dejan que nadie lo toque.
- Allí viven un montón de judíos- gritó el primero. Agarró una tuerca oxidada que había a sus pies y la arrojó con una fuerza asombrosa contra la ventana de Samuel. El vidrio se astilló.
- ¿Qué hacen?- los encaró Samuel.- Yo vivo ahí.
- Entonces eres judío- dijo uno de los adolescentes y escupió en el suelo. Samuel miró a su vecino.
- Usted es su padre. Mire lo que hacen.
El vecino miró a sus hijos y miró a Samuel. También escupió en el suelo, como desafiándolo.
miércoles, 16 de julio de 2014
lunes, 14 de julio de 2014
Primera sangre. 7º parte.
- ¿Mi versión?- murmuró Valentín Bengoechea- Solamente que yo no la maté.
- Bueno, está bien. Ese es el principio. Pero usted se peleó con Paula Graciel, su esposa. Dos veces. Y amenazó con matarla. Ante testigos.
- Eso es cierto.Pero esa es la última parte de la historia.
- ¿Qué historia?
- La mía. La de Paula. Es cierto que estábamos casados, registro civil y todo, pero éramos una fachada.
- ¿Qué fachada?
- La de Zuccardini S.A. Erámos los testaferros.
- No entiendo nada. Empieze desde el principio, cosa de que hasta mi pasante, Trados, pueda entenderlo.
El padre de Valentín Bengoechea era jugador. Unico descendiente de una familia que tres generaciones atrás había tenido dos estancias, un tambo y una fábrica de hilados, y que se habían ido perdiendo en sucesivas quiebras y enfermedades, cuando llegó a adulto heredó cuatro casas y un departamento en Mar del Plata. Decidió alquilar las casas, que eran lo mejor de su herencia, y vivir en Mar del Plata, ciudad que no lo entusiasmaba especialmente, sobre todo en invierno, salvo por la cercanía con el casino. Era joven y no tenía que trabajar para vivir, así que pasaba la mayor parte del día durmiendo, salvo de noche. Se hizo amigo de un montón de gente a la que le gustaba vivir como él.
- De mal vivir, dirían los diarios de antes- ironizó Mendiola.
- Mi viejo decía que no eran mala gente, solo que el trabajo no los entusiasmaba y se habían acostumbrado a vivir en la timba permanente- contestó Valentín.
Entre esos amigos estaba Walter Zucchi. Había vivido en la calle la mayor parte de su vida y había trabajado como diferentes cosas (mozo, changador en el puerto, conserje de hoteles). Después había empezado a timbear y había descubierto que con un poco de paciencia y mucha suerte le daba mejor rédito que el trabajo. La suerte de Zucchi era notoria; había noches en que bastaba que el se sentara a la mesa para que esquilmara al resto de los jugadores, cosa que más de una vez le había traído problemas. Pero no era fácil pegarle a Zucchi; a pesar de ser pequeño, tenía una velocidad y una fuerza que desconcertaba a hombres que pesaban el doble y medían treinta centímetros más que él. Bengoechea padre le había contado a Valentín que a él no le molestaba que el Zucchi le ganara, lo cual, había pensado luego Valentín era un indicio de que lo consideraba su mejor amigo.
- Según mi viejo- dijo Bengoechea- Zucchi siempre tenía grandes ideas para hacer mucho dinero. Lo cuál, decía él, no siempre significa que las ideas sean realizables. Y después mi padre me decía algo que aún no entiendo del todo; que en la timba había aprendido que el dinero es algo bastante complejo, que los hombres se acostumbran a pensar de él como de algo físico, a olvidarse de que en realidad no existe, que es una costumbre, un uso de los humanos.
- Me imagino- dijo Mendiola- Su padre era todo un filósofo.
- No- dijo Bengoechea- Mi padre terminó siendo cuidador de caballos. El sí perdió mucho en el juego. Le comió las cuatro casas y el departamento. Pero no pasó de golpe, como en las películas. Fue así: antes de que yo naciera perdió una de las casas, la más chica. Después yo nací. Por un tiempo dejó de jugar y creo que hasta consiguió un trabajo de portero. Entonces mi mamá se enfermó. No teníamos obra social y papá contrajo muchas deudas. Se le ocurrió que el juego podía ser una buena solución. Así perdió la otra casa. Mi mamá se recuperó, y las deudas seguían siendo muchas y tuvo que salir a trabajar. La verdad era que mi papá no sabía trabajar; se ponía nervioso enseguida, lo incomodaban las órdenes, los jefes, los horarios. Así que se quedaba conmigo, me cuidaba, y entonces mi mamá venía de trabajar, y nos encontraba a los dos mirando la tele con una Coca Cola por la mitad y papas fritas y hacía un escándalo. Las últimas dos casas que le quedaban eran muy difíciles de alquilar (demasiado grandes, demasiado lujosas, era época de recesión) y mes a mes se iban acumulando los impuestos. "Antes de que las rematen" me dijo una tarde "voy a ver si puedo sacar algo de ellas". Y las malvendió sin que mi vieja supiera y después desapareció dos meses enteros. Lo encontró la policía, en un campo de Ayacucho, cuidando unos caballos. Había perdido la guita de las dos casas (cerca de doscientos mil dólares) en el pase inglés. También tuvimos que vender el departamento en Mar del Plata, para pagar las deudas. Así que mamá, él y yo terminamos en Ayacucho. Y por un tiempo, no nos fue tan mal, hasta que Walter Zucchi volvió a ver a mi papá. Yo tenía dieciséis años.
-
- Bueno, está bien. Ese es el principio. Pero usted se peleó con Paula Graciel, su esposa. Dos veces. Y amenazó con matarla. Ante testigos.
- Eso es cierto.Pero esa es la última parte de la historia.
- ¿Qué historia?
- La mía. La de Paula. Es cierto que estábamos casados, registro civil y todo, pero éramos una fachada.
- ¿Qué fachada?
- La de Zuccardini S.A. Erámos los testaferros.
- No entiendo nada. Empieze desde el principio, cosa de que hasta mi pasante, Trados, pueda entenderlo.
El padre de Valentín Bengoechea era jugador. Unico descendiente de una familia que tres generaciones atrás había tenido dos estancias, un tambo y una fábrica de hilados, y que se habían ido perdiendo en sucesivas quiebras y enfermedades, cuando llegó a adulto heredó cuatro casas y un departamento en Mar del Plata. Decidió alquilar las casas, que eran lo mejor de su herencia, y vivir en Mar del Plata, ciudad que no lo entusiasmaba especialmente, sobre todo en invierno, salvo por la cercanía con el casino. Era joven y no tenía que trabajar para vivir, así que pasaba la mayor parte del día durmiendo, salvo de noche. Se hizo amigo de un montón de gente a la que le gustaba vivir como él.
- De mal vivir, dirían los diarios de antes- ironizó Mendiola.
- Mi viejo decía que no eran mala gente, solo que el trabajo no los entusiasmaba y se habían acostumbrado a vivir en la timba permanente- contestó Valentín.
Entre esos amigos estaba Walter Zucchi. Había vivido en la calle la mayor parte de su vida y había trabajado como diferentes cosas (mozo, changador en el puerto, conserje de hoteles). Después había empezado a timbear y había descubierto que con un poco de paciencia y mucha suerte le daba mejor rédito que el trabajo. La suerte de Zucchi era notoria; había noches en que bastaba que el se sentara a la mesa para que esquilmara al resto de los jugadores, cosa que más de una vez le había traído problemas. Pero no era fácil pegarle a Zucchi; a pesar de ser pequeño, tenía una velocidad y una fuerza que desconcertaba a hombres que pesaban el doble y medían treinta centímetros más que él. Bengoechea padre le había contado a Valentín que a él no le molestaba que el Zucchi le ganara, lo cual, había pensado luego Valentín era un indicio de que lo consideraba su mejor amigo.
- Según mi viejo- dijo Bengoechea- Zucchi siempre tenía grandes ideas para hacer mucho dinero. Lo cuál, decía él, no siempre significa que las ideas sean realizables. Y después mi padre me decía algo que aún no entiendo del todo; que en la timba había aprendido que el dinero es algo bastante complejo, que los hombres se acostumbran a pensar de él como de algo físico, a olvidarse de que en realidad no existe, que es una costumbre, un uso de los humanos.
- Me imagino- dijo Mendiola- Su padre era todo un filósofo.
- No- dijo Bengoechea- Mi padre terminó siendo cuidador de caballos. El sí perdió mucho en el juego. Le comió las cuatro casas y el departamento. Pero no pasó de golpe, como en las películas. Fue así: antes de que yo naciera perdió una de las casas, la más chica. Después yo nací. Por un tiempo dejó de jugar y creo que hasta consiguió un trabajo de portero. Entonces mi mamá se enfermó. No teníamos obra social y papá contrajo muchas deudas. Se le ocurrió que el juego podía ser una buena solución. Así perdió la otra casa. Mi mamá se recuperó, y las deudas seguían siendo muchas y tuvo que salir a trabajar. La verdad era que mi papá no sabía trabajar; se ponía nervioso enseguida, lo incomodaban las órdenes, los jefes, los horarios. Así que se quedaba conmigo, me cuidaba, y entonces mi mamá venía de trabajar, y nos encontraba a los dos mirando la tele con una Coca Cola por la mitad y papas fritas y hacía un escándalo. Las últimas dos casas que le quedaban eran muy difíciles de alquilar (demasiado grandes, demasiado lujosas, era época de recesión) y mes a mes se iban acumulando los impuestos. "Antes de que las rematen" me dijo una tarde "voy a ver si puedo sacar algo de ellas". Y las malvendió sin que mi vieja supiera y después desapareció dos meses enteros. Lo encontró la policía, en un campo de Ayacucho, cuidando unos caballos. Había perdido la guita de las dos casas (cerca de doscientos mil dólares) en el pase inglés. También tuvimos que vender el departamento en Mar del Plata, para pagar las deudas. Así que mamá, él y yo terminamos en Ayacucho. Y por un tiempo, no nos fue tan mal, hasta que Walter Zucchi volvió a ver a mi papá. Yo tenía dieciséis años.
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sábado, 12 de julio de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
- Que quede claro- le dice la repostera a Julián y a la Peco apenas llegan- que no vamos a tolerar más este abuso.
- Julián- dice la Peco- no me digas que con una de tus empleadas.
- Te juro que no, por favor.
- No, Peco, no es eso. El problema sos vos- le digo.
- ¿Yo?- dice la Peco.
- La crema, el lemon pie, el merengue, el chocolate y parece que hay muchos problemas con la tarta de frutas.
- No entiendo nada- dice Julián.
- Y también queremos un aumento- le digo, juntando un poco de coraje- El sueldo que tenemos no nos alcanza para nada.
- ¿Cómo para nada? ¿Y las propinas?
- La gente que viene acá no deja buenas propinas- replica Azul- Tenemos que trabajar diez horas por día para juntar un sueldo decente. Y no nos pagan viáticos. Una hora de viaje en tren y quince minutos de subte.
A mí lo de los viáticos ni se me había ocurrido.
- Y además cada vez que rompemos una cucharita nos la cobran- sigue otra de las mozas, Laura- ¿A quién se le ocurre usar cucharitas de porcelana? ¿Por qué no de metal, como en todos los lugares? ¿Por qué no hay un bachero que se especialize en lavar cucharas de porcelana?
- Y encima- dice la repostera- después de que estuve siete años trabajando en cinco pattiseries diferentes, viene la nueva novia del nuevo gerente y arruina las tortas que diseñaron especialmente para este local y que me llevó un mes aprender a cocinar perfecto. Sobre todo el lemon pie.
- ¿Qué pasa con mi lemon pie?- pregunta la Peco.
- Es pesadísimo. Mucha azúcar.
- Julián- dice la Peco- Decíles algo.
- Tu lemon pie es perfecto- dice Julián- Son celos profesionales.
- ¿Ah, sí?- dice la repostera. Saca un lemon pie de la heladera y corta una rodaja. - Comete una porción entera, Julián.
- ¿Por qué?
- ¿Cómo porque?- pregunta la Peco- ¿No decís que es perfecto?
Miro la cara de Julián. ¿Vieron cuando en Naufrágo al naufrago se le pierde la pelota de voley, su único amigo? Esto es peor todavía.
- Claro, ahora lo hago, claro- dice él.
Traga el primer bocado. Traga el segundo. Es algo un poco heroico.
- Me parece Pecosita que tienen razón- dice- Tiene mucha azúcar.
- ¿Vieron? ¿Qué les dije?- dice la repostera triunfal.- Ni él se lo puede tragar.
- Vos no sabés nada.- dice la Peco.- Este lemon pie está perfecto. El otro era muy esponjoso. Parecía una espuma.
- Mirá, querida, vos no te metás en mi cocina. Sobre todo con la onda soy la novia del nuevo gerente. Charlé muchas horas con el padre. Cada dos segundos tiene una novia nueva. Más o menos igual que tu esposa. O ex esposa, no sé.
Ahí la Peco se poné pálida.
- ¿Qué decís?
- Ah, si ustedes vivían a dos cuadras de acá- dice la repostera.- Vos tomabas el té todas las tardes. No soy tan boluda. El otro día la ví con una chica flaca y morocha, de rulitos, con calzas. Muy enamoradas. Y al día siguiente con una chica narigona y desgarbada, algo rara.
- ¿Rara? ¿Polainas a rayas azules y negras? ¿Mechas de tres colores?
Las dos nos miramos. Es imposible. Rita. La primera novia de la Peco, saliendo con Karen.
- La voy a matar- dice la Peco, furiosa, saliendo del local. - Las voy a matar a las dos.
- Pensalo un poco, Peco- le digo yo tratando de calmarla- Vos la dejaste a Karen. Bah, te peleaste, y después conociste a Julián. La Karen está tratando de superarlo. Respirá hondo. Pensá en Bernardita.
- No lo pienso nada. Ella siempre se burló de Rita, de como había podido salir con ella, de que era una mística exótica esotérica que creía en el tarot y en los chakras. Y ahora...
En ese momento sale Julián de la pattiserie.
- ¿No era que Karen no te importaba más, que ya habías encontrado el amor de tu vida y que eramos idénticos, como almas gemelas? ¿No era que estábamos conectados como en el poema de Benedetti?
- Julián- le digo yo- ese poema se lo mandaste a Patri y a Gretel y a Mimucha. Se lo dijiste a un montón de mujeres. No le grites a la Peco, pobre. Está embarazada y se enteró que sus dos ex parejas estan ahora juntas. Es una situación difícil.
- Si, ya lo sé- dice Julián- Ya la he pasado.
- Julián- dice la Peco- no me digas que con una de tus empleadas.
- Te juro que no, por favor.
- No, Peco, no es eso. El problema sos vos- le digo.
- ¿Yo?- dice la Peco.
- La crema, el lemon pie, el merengue, el chocolate y parece que hay muchos problemas con la tarta de frutas.
- No entiendo nada- dice Julián.
- Y también queremos un aumento- le digo, juntando un poco de coraje- El sueldo que tenemos no nos alcanza para nada.
- ¿Cómo para nada? ¿Y las propinas?
- La gente que viene acá no deja buenas propinas- replica Azul- Tenemos que trabajar diez horas por día para juntar un sueldo decente. Y no nos pagan viáticos. Una hora de viaje en tren y quince minutos de subte.
A mí lo de los viáticos ni se me había ocurrido.
- Y además cada vez que rompemos una cucharita nos la cobran- sigue otra de las mozas, Laura- ¿A quién se le ocurre usar cucharitas de porcelana? ¿Por qué no de metal, como en todos los lugares? ¿Por qué no hay un bachero que se especialize en lavar cucharas de porcelana?
- Y encima- dice la repostera- después de que estuve siete años trabajando en cinco pattiseries diferentes, viene la nueva novia del nuevo gerente y arruina las tortas que diseñaron especialmente para este local y que me llevó un mes aprender a cocinar perfecto. Sobre todo el lemon pie.
- ¿Qué pasa con mi lemon pie?- pregunta la Peco.
- Es pesadísimo. Mucha azúcar.
- Julián- dice la Peco- Decíles algo.
- Tu lemon pie es perfecto- dice Julián- Son celos profesionales.
- ¿Ah, sí?- dice la repostera. Saca un lemon pie de la heladera y corta una rodaja. - Comete una porción entera, Julián.
- ¿Por qué?
- ¿Cómo porque?- pregunta la Peco- ¿No decís que es perfecto?
Miro la cara de Julián. ¿Vieron cuando en Naufrágo al naufrago se le pierde la pelota de voley, su único amigo? Esto es peor todavía.
- Claro, ahora lo hago, claro- dice él.
Traga el primer bocado. Traga el segundo. Es algo un poco heroico.
- Me parece Pecosita que tienen razón- dice- Tiene mucha azúcar.
- ¿Vieron? ¿Qué les dije?- dice la repostera triunfal.- Ni él se lo puede tragar.
- Vos no sabés nada.- dice la Peco.- Este lemon pie está perfecto. El otro era muy esponjoso. Parecía una espuma.
- Mirá, querida, vos no te metás en mi cocina. Sobre todo con la onda soy la novia del nuevo gerente. Charlé muchas horas con el padre. Cada dos segundos tiene una novia nueva. Más o menos igual que tu esposa. O ex esposa, no sé.
Ahí la Peco se poné pálida.
- ¿Qué decís?
- Ah, si ustedes vivían a dos cuadras de acá- dice la repostera.- Vos tomabas el té todas las tardes. No soy tan boluda. El otro día la ví con una chica flaca y morocha, de rulitos, con calzas. Muy enamoradas. Y al día siguiente con una chica narigona y desgarbada, algo rara.
- ¿Rara? ¿Polainas a rayas azules y negras? ¿Mechas de tres colores?
Las dos nos miramos. Es imposible. Rita. La primera novia de la Peco, saliendo con Karen.
- La voy a matar- dice la Peco, furiosa, saliendo del local. - Las voy a matar a las dos.
- Pensalo un poco, Peco- le digo yo tratando de calmarla- Vos la dejaste a Karen. Bah, te peleaste, y después conociste a Julián. La Karen está tratando de superarlo. Respirá hondo. Pensá en Bernardita.
- No lo pienso nada. Ella siempre se burló de Rita, de como había podido salir con ella, de que era una mística exótica esotérica que creía en el tarot y en los chakras. Y ahora...
En ese momento sale Julián de la pattiserie.
- ¿No era que Karen no te importaba más, que ya habías encontrado el amor de tu vida y que eramos idénticos, como almas gemelas? ¿No era que estábamos conectados como en el poema de Benedetti?
- Julián- le digo yo- ese poema se lo mandaste a Patri y a Gretel y a Mimucha. Se lo dijiste a un montón de mujeres. No le grites a la Peco, pobre. Está embarazada y se enteró que sus dos ex parejas estan ahora juntas. Es una situación difícil.
- Si, ya lo sé- dice Julián- Ya la he pasado.
jueves, 10 de julio de 2014
Los muchachos del PRO no saben bailar cumbia
Diario de Germán.
- Así que te robaron el auto- dice Marina.- ¿Lo tenías asegurado?
- Sí, por suerte- dice Javier.- Aunque me parece que lo dejé sin alarma.
- No se lo vayas a decir a los del seguro. Che, en este país no se puede vivir más.
Javier se empieza a poner un poco nervioso.
- ¿Qué decís?
- Que este país es un desastre, robos todos los días, asesinatos, drogas. Antes no me vas a decir, Javier, cuando éramos chicos las cosas estaban mejor. Antes de que llegaran esta manga de chorros.
- ¿Que manga de chorros?
- Los Kirchner ¿quién va a ser? Antes el país era un país en serio.
Javier se pone un poco pálido.
- Marina- le digo yo- Javier es de la Cámpora.
- Uy- dice ella- Disculpá.
- ¿Vos pensás eso de nuestra presidenta y de Nestor?- le pregunta él.
- No- dice ella- Bah, bueno, sí, te digo, a mi no me gustan nada los kirchneristas. Destruyeron el país. Son peores que los militares.
- ¿Por qué?- pregunta Javier.
- ¿Por qué que?- le pregunta Marina.
- ¿Por qué son peores que los militares?
- Bueno, cuando estaban los militares no había tantos robos, por lo menos.
- ¿Según quién? No habíamos nacido cuando estaban los militares.
- Mirá, que querés que te diga, son peores. Ahora lo único que dan es esos planes Descansar, y los villeros van y toman un terreno y ni se los puede desalojar porque parece que tienen derechos.
- Marina- digo yo- esto te parecerá increíble que te lo diga: yo milito para el PRO, hasta tengo el cotillón del último triunfo de Macri y también pienso que los villeros tienen derechos. Primero de todo, a que no se los llame villeros.
- ¿Por qué no se los puede llamar villeros? Este es un país libre, yo les digo como quiero. Ahora lo que me falta, los ayudé y todo porque si no la denuncia se la iban a tomar el día del arquero, me ofrezco a llevarlos a su casa, y me empiezan a cuestionar lo que digo.
- No, yo solamente te digo que- empiezo yo, pero Marina evidentemente no me escucha más.
- Mirá, ya me tienen podrida, ahora me van a cuestionar que yo les diga villeros a los villeros, es cierto lo que dicen, no hay más libertad de expresión, nadie puede decir nada que enseguida te saltan con el discurso garantista berreta.
Para el auto. Mira fijamente a Javier.
- Un gusto haberte encontrado. Ya sé que es como a diez cuadras de la dirección que me diste, pero que querés, no puedo compartir el auto con un chico K. Bajénse los dos.
Nos bajamos. Hace un frío tremendo.
- Vamos a ver que pasa después del 2015- nos dice Marina antes de arrancar.
- Que macana- dice Javier.
- Si- le digo yo.
- Con el frío que hace. Yo pensé...
- Por ahí hubieras tenido una oportunidad- le digo yo.
- Sí- dice él- Si no fuera tan facha.
- Si- le digo yo- Milito en el PRO y estoy a la izquierda de ella.
Nos quedamos los dos callados.
- Pero estaba buenísima- dice Javier.- Qué bien que le quedaba el uniforme.
- Así que te robaron el auto- dice Marina.- ¿Lo tenías asegurado?
- Sí, por suerte- dice Javier.- Aunque me parece que lo dejé sin alarma.
- No se lo vayas a decir a los del seguro. Che, en este país no se puede vivir más.
Javier se empieza a poner un poco nervioso.
- ¿Qué decís?
- Que este país es un desastre, robos todos los días, asesinatos, drogas. Antes no me vas a decir, Javier, cuando éramos chicos las cosas estaban mejor. Antes de que llegaran esta manga de chorros.
- ¿Que manga de chorros?
- Los Kirchner ¿quién va a ser? Antes el país era un país en serio.
Javier se pone un poco pálido.
- Marina- le digo yo- Javier es de la Cámpora.
- Uy- dice ella- Disculpá.
- ¿Vos pensás eso de nuestra presidenta y de Nestor?- le pregunta él.
- No- dice ella- Bah, bueno, sí, te digo, a mi no me gustan nada los kirchneristas. Destruyeron el país. Son peores que los militares.
- ¿Por qué?- pregunta Javier.
- ¿Por qué que?- le pregunta Marina.
- ¿Por qué son peores que los militares?
- Bueno, cuando estaban los militares no había tantos robos, por lo menos.
- ¿Según quién? No habíamos nacido cuando estaban los militares.
- Mirá, que querés que te diga, son peores. Ahora lo único que dan es esos planes Descansar, y los villeros van y toman un terreno y ni se los puede desalojar porque parece que tienen derechos.
- Marina- digo yo- esto te parecerá increíble que te lo diga: yo milito para el PRO, hasta tengo el cotillón del último triunfo de Macri y también pienso que los villeros tienen derechos. Primero de todo, a que no se los llame villeros.
- ¿Por qué no se los puede llamar villeros? Este es un país libre, yo les digo como quiero. Ahora lo que me falta, los ayudé y todo porque si no la denuncia se la iban a tomar el día del arquero, me ofrezco a llevarlos a su casa, y me empiezan a cuestionar lo que digo.
- No, yo solamente te digo que- empiezo yo, pero Marina evidentemente no me escucha más.
- Mirá, ya me tienen podrida, ahora me van a cuestionar que yo les diga villeros a los villeros, es cierto lo que dicen, no hay más libertad de expresión, nadie puede decir nada que enseguida te saltan con el discurso garantista berreta.
Para el auto. Mira fijamente a Javier.
- Un gusto haberte encontrado. Ya sé que es como a diez cuadras de la dirección que me diste, pero que querés, no puedo compartir el auto con un chico K. Bajénse los dos.
Nos bajamos. Hace un frío tremendo.
- Vamos a ver que pasa después del 2015- nos dice Marina antes de arrancar.
- Que macana- dice Javier.
- Si- le digo yo.
- Con el frío que hace. Yo pensé...
- Por ahí hubieras tenido una oportunidad- le digo yo.
- Sí- dice él- Si no fuera tan facha.
- Si- le digo yo- Milito en el PRO y estoy a la izquierda de ella.
Nos quedamos los dos callados.
- Pero estaba buenísima- dice Javier.- Qué bien que le quedaba el uniforme.
viernes, 4 de julio de 2014
Primera sangre. 6º parte.
- Un poco te envidio, Trados- me dijo el Brune esa noche- Vas a conocer el caso de cerca.
- ¿A vos también te interesa el triple crimen?
- Es un caso famoso. Trapero- Trapero era uno de los delanteros. Apostaba por todo; por quién iba a ganar el superclásico, por quién iban a ser los titulares en el partido siguiente, por cuando lo dejaría a otro de los jugadores la novia- apostó un asado a que el asesino fue Valentín Bengoechea.
- Mendiola dice que puede que no haya sido.
- Va a ser el abogado defensor. ¿Que querés que diga?
Así que ni siquiera el Brune creía en la inocencia de Valentín Bengoechea. A mi ya me había entrado la curiosidad, de tanto que los otros hablaban. Tres mujeres muertas, jóvenes. La otra todavía agonizaba.
Al otro día llegué temprano a trabajar y ya estaba ahí Valentín Bengoechea con su madre. No era como me lo había imaginado; no sé por qué me lo figuraba morocho, delgado, escurridizo. Era alto y muy pálido, casi lampiño y el pelo estaba cortado en un estilo militar. Tenía una remera blanca lisa y un pantalón de gabardina gris que le quedaba un poco grande y se miraba las manos con fijeza.
- Mi papá llega en un rato- les dijo a los dos Esmeralda.
Se sentaron ambos en la recepción. La mujer estaba un poco más arreglada que el día anterior, pero parecía más nerviosa. Dos o tres veces habló por celular a una tal Quica o Keka o algo así, que aparentemente le daba recomendaciones. La tercera vez dijo, en voz clara y alta, para que todos lo oyéramos:
- Acá nos tienen, todavía, esperando. Se piensan que pueden hacer cualquier cosa con nosotros.
Nos miró cuando cortó. Parecía estarnos midiendo, como si fuéramos una especie extraña. En cambio Valentín no parecía para nada nervioso, solamente cansado, adormilado. ¿Son así los asesinos? pensé. ¿Son como personas comunes, no tienen ninguna marca que los distinga? Hasta ese momento, no me había cruzado con ninguno.
Entonces llegó Mendiola. Antes de entrar a su oficina, me llamó aparte.
- Mirá, Trados, creo que voy a tomar el caso. Pero no estoy muy seguro. No es como los otros casos que tengo, que son pura espuma, puro bla bla bla. Este caso es mucho más difícil. Y si decido no tomarlo, si cuando hablo con este muchacho veo algo que no me gusta, tengo miedo a como vaya a reaccionar. Así que ahora voy a hablar con él, no con la madre, que es una pólvora, pero vos vas a estar conmigo, por las dudas. Por si se le salta la térmica. ¿Te animás?
- Está bien, doctor Mendiola.
- Bueno, señor Bengoechea- dijo entonces Mendiola- pase a mi despacho. Usted no, señora, quiero hablar con mi defendido solamente. El señor Trados, que es mi pasante, va a estar también presente.
Jacinta Bernardez lo miró con desconfianza, pero cedió enseguida porque Mendiola habló con su mejor voz de eminencia. Valentín Bengoechea se levantó muy despacio. Entramos los tres a la oficina y Mendiola cerró la puerta.
- Bueno, señor. Lo primero que quiero saber es si es culpable o inocente.
Valentín Bengoechea murmuró algo.
- No lo oigo.
- Soy inocente- dijo Valentín Bengoechea.- No sé por qué piensan que soy culpable. Soy incapaz de matar a nadie.
- Pero usted dijo que la iba a matar.
- Fue una discusión.
- Entiendo- dijo Mendiola.- Cuénteme su versión de la historia.
- ¿A vos también te interesa el triple crimen?
- Es un caso famoso. Trapero- Trapero era uno de los delanteros. Apostaba por todo; por quién iba a ganar el superclásico, por quién iban a ser los titulares en el partido siguiente, por cuando lo dejaría a otro de los jugadores la novia- apostó un asado a que el asesino fue Valentín Bengoechea.
- Mendiola dice que puede que no haya sido.
- Va a ser el abogado defensor. ¿Que querés que diga?
Así que ni siquiera el Brune creía en la inocencia de Valentín Bengoechea. A mi ya me había entrado la curiosidad, de tanto que los otros hablaban. Tres mujeres muertas, jóvenes. La otra todavía agonizaba.
Al otro día llegué temprano a trabajar y ya estaba ahí Valentín Bengoechea con su madre. No era como me lo había imaginado; no sé por qué me lo figuraba morocho, delgado, escurridizo. Era alto y muy pálido, casi lampiño y el pelo estaba cortado en un estilo militar. Tenía una remera blanca lisa y un pantalón de gabardina gris que le quedaba un poco grande y se miraba las manos con fijeza.
- Mi papá llega en un rato- les dijo a los dos Esmeralda.
Se sentaron ambos en la recepción. La mujer estaba un poco más arreglada que el día anterior, pero parecía más nerviosa. Dos o tres veces habló por celular a una tal Quica o Keka o algo así, que aparentemente le daba recomendaciones. La tercera vez dijo, en voz clara y alta, para que todos lo oyéramos:
- Acá nos tienen, todavía, esperando. Se piensan que pueden hacer cualquier cosa con nosotros.
Nos miró cuando cortó. Parecía estarnos midiendo, como si fuéramos una especie extraña. En cambio Valentín no parecía para nada nervioso, solamente cansado, adormilado. ¿Son así los asesinos? pensé. ¿Son como personas comunes, no tienen ninguna marca que los distinga? Hasta ese momento, no me había cruzado con ninguno.
Entonces llegó Mendiola. Antes de entrar a su oficina, me llamó aparte.
- Mirá, Trados, creo que voy a tomar el caso. Pero no estoy muy seguro. No es como los otros casos que tengo, que son pura espuma, puro bla bla bla. Este caso es mucho más difícil. Y si decido no tomarlo, si cuando hablo con este muchacho veo algo que no me gusta, tengo miedo a como vaya a reaccionar. Así que ahora voy a hablar con él, no con la madre, que es una pólvora, pero vos vas a estar conmigo, por las dudas. Por si se le salta la térmica. ¿Te animás?
- Está bien, doctor Mendiola.
- Bueno, señor Bengoechea- dijo entonces Mendiola- pase a mi despacho. Usted no, señora, quiero hablar con mi defendido solamente. El señor Trados, que es mi pasante, va a estar también presente.
Jacinta Bernardez lo miró con desconfianza, pero cedió enseguida porque Mendiola habló con su mejor voz de eminencia. Valentín Bengoechea se levantó muy despacio. Entramos los tres a la oficina y Mendiola cerró la puerta.
- Bueno, señor. Lo primero que quiero saber es si es culpable o inocente.
Valentín Bengoechea murmuró algo.
- No lo oigo.
- Soy inocente- dijo Valentín Bengoechea.- No sé por qué piensan que soy culpable. Soy incapaz de matar a nadie.
- Pero usted dijo que la iba a matar.
- Fue una discusión.
- Entiendo- dijo Mendiola.- Cuénteme su versión de la historia.
miércoles, 2 de julio de 2014
Primera sangre. 5º parte.
- La cosa es así, Trados- empezó mi vieja- Herminia Alarcón y su sobrina vivían en la casa de Berazategui. Como la casa era muy grande y necesitaban dinero, se les ocurrió subalquilar dos cuartos que estaban desocupados. Nunca era por mucho tiempo; generalmente eran estudiantes, viajantes, gente de paso. Hará cosa de dos años atrás llegó una inquilina nueva, que les dijo que se llamaba Nadine y les alquiló uno de los cuartos. Les contó que había venido del Chaco a trabajar en casas de familia, que en los lugares donde había estado la habían maltratado y que ahora trabajaba de cajera en un supermercado mayorista, pero que no tenía ni el sueldo necesario ni los papeles para costearse un alquiler. Todo esto se sabe porque la mejor amiga de Herminia Alarcón habló varias veces con Nadine cuando iba a visitar a su amiga los domingos. El otro cuarto lo habitaba un matrimonio joven, sin hijos: Paula Graciel y Valentín Bengoechea. No hablaban demasiado con Herminia Alarcón ni con la sobrina. Una noche discutieron los dos (después de lo del crimen aparecieron testigos de la pelea por todas partes) y Valentín Bengoechea se fue .Paula se quedó: según decía ella, no por mucho tiempo, tenía que irse a otro lado, ya Berazategui la tenía cansada.
- ¿La sobrina de Herminia Alarcón trabajaba, no? Algo me pareció haber oído- la interrumpí a mi vieja, aunque sé por experiencia que es peligroso hacerlo.
- Algo de atención prestaste, Trados. Si, Martina Alarcón era profesora de Geografía. Se iba a casar en un año y medio. El novio, ingeniero, estaba de viaje por Ecuador cuando pasó todo. Según cuenta la mejor amiga de Herminia Alarcón, ella y su tía se llevaban mal. A Herminia Alarcón le gustaba mucho ir al casino y al bingo y gastaba mucho dinero en eso. Según su sobrina, si su tía hubiera sabido administrar la plata que tenía, no tendrían tantos problemas financieros ni necesidad de subalquilar cuartos. Pero aparentemente a Herminia lo de los cuartos le funcionó bien, además había cobrado un juicio que tenía por una indemnización mal liquidada y en el último año se había comprado un LCD y un aire acondicionado nuevo. Y le había prestado plata a Gabriel Espinosa, el hijo mayor de su compadre, sin que el compadre se enterara.
- Eso son madrinas- acoté yo.
- Si, pero imagínate que cuando todo esto saltó después del crimen del primero que sospecharon fué de Gabriel. La suma era muy alta, treinta mil pesos y además Gabriel había ocultado el hecho. Para colmo uno de sus mejores amigos había estado preso por robo calificado. A los dos fueron a los que buscaron primero.
Pero Gabriel Espinosa y Claudio Beltramo juran que son inocentes y el amigo no solo jura que es inocente de este crimen sino del robo.
- Yo no les creo a ninguno de los dos- dijo Emilia.- Se les ve en la cara que son unos mentirosos.
- ¿Y por qué acusaron a Valentín Bengoechea entonces?
- Porque dos días antes, siempre según la mejor amiga de Herminia, había vuelto a buscar unos papeles y había vuelto a pelearse con Paula. La discusión fue fuerte, según parece, y aunque ellas estaban en la cocina habían escuchado casi todo. Valentín Bengoechea, aparentemente, le gritó que iba a matarla.
- ¿Y entonces?
- Y entonces. Que sé yo, Trados. Unos días más tarde aparecen tres mujeres que vivían allí muertas a puñadas y otra agonizando, sin perspectiva de salvarse. Y lo más raro de todo es que nadie escuchó nada ni vió entrar a nadie. Es cierto que el crimen probablemente fue a la una, dos de la madrugada, y que la casa está un poco aislada del resto, pero incluso así es raro. Y no se encuentran rastros de otra persona, ni en el cuerpo de las víctimas ni en la casa. Nada, hasta ahora. .
- ¿La sobrina de Herminia Alarcón trabajaba, no? Algo me pareció haber oído- la interrumpí a mi vieja, aunque sé por experiencia que es peligroso hacerlo.
- Algo de atención prestaste, Trados. Si, Martina Alarcón era profesora de Geografía. Se iba a casar en un año y medio. El novio, ingeniero, estaba de viaje por Ecuador cuando pasó todo. Según cuenta la mejor amiga de Herminia Alarcón, ella y su tía se llevaban mal. A Herminia Alarcón le gustaba mucho ir al casino y al bingo y gastaba mucho dinero en eso. Según su sobrina, si su tía hubiera sabido administrar la plata que tenía, no tendrían tantos problemas financieros ni necesidad de subalquilar cuartos. Pero aparentemente a Herminia lo de los cuartos le funcionó bien, además había cobrado un juicio que tenía por una indemnización mal liquidada y en el último año se había comprado un LCD y un aire acondicionado nuevo. Y le había prestado plata a Gabriel Espinosa, el hijo mayor de su compadre, sin que el compadre se enterara.
- Eso son madrinas- acoté yo.
- Si, pero imagínate que cuando todo esto saltó después del crimen del primero que sospecharon fué de Gabriel. La suma era muy alta, treinta mil pesos y además Gabriel había ocultado el hecho. Para colmo uno de sus mejores amigos había estado preso por robo calificado. A los dos fueron a los que buscaron primero.
Pero Gabriel Espinosa y Claudio Beltramo juran que son inocentes y el amigo no solo jura que es inocente de este crimen sino del robo.
- Yo no les creo a ninguno de los dos- dijo Emilia.- Se les ve en la cara que son unos mentirosos.
- ¿Y por qué acusaron a Valentín Bengoechea entonces?
- Porque dos días antes, siempre según la mejor amiga de Herminia, había vuelto a buscar unos papeles y había vuelto a pelearse con Paula. La discusión fue fuerte, según parece, y aunque ellas estaban en la cocina habían escuchado casi todo. Valentín Bengoechea, aparentemente, le gritó que iba a matarla.
- ¿Y entonces?
- Y entonces. Que sé yo, Trados. Unos días más tarde aparecen tres mujeres que vivían allí muertas a puñadas y otra agonizando, sin perspectiva de salvarse. Y lo más raro de todo es que nadie escuchó nada ni vió entrar a nadie. Es cierto que el crimen probablemente fue a la una, dos de la madrugada, y que la casa está un poco aislada del resto, pero incluso así es raro. Y no se encuentran rastros de otra persona, ni en el cuerpo de las víctimas ni en la casa. Nada, hasta ahora. .
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