miércoles, 7 de noviembre de 2018

Jacobo Timermann

Muchas veces he presenciado el respeto que siente la persona que es rica desde hace mucho tiempo (los herederos, el old money del Gran Gatsby) por los que, en argentino, se hacen "de abajo". Entiendo que para una persona que nació con mucama, niñera y profesores de inglés privados la idea de que alguien tenga que trabajar para ganarse la vida suene tan extraña como la de vida en Marte. En la obra de teatro Jacobo Timermann, de Eva Halac, que me pareció buenísima, el protagonista es pura voluntad de trabajo. Jacobo Timermann es un jefe despiadado, un editor sin ningún tipo de contemplaciones, durísimo con la juventud. Cree en su periódico, La Opinión. Cree en el periodismo, como en nada en el mundo. Cree en sí mismo. Las bombas empiezan a estallar en el país, la juventud elige el camino de la guerrilla, pero Timermann es un evangelista del buen periodismo. "Nuestros lectores no leen Crónica" le dice a uno de sus socios "nuestros lectores son de clase media, quieren que el periódico esté bien escrito. Hay que pagarles bien a los buenos escritores para retenerlos". La respuesta obvia es "Vamos a fundirnos". Lo que le ocurrió años después a Timermann fué mucho peor que que su periódico se fundiera; esto lo sabemos todos. Pero algo de razón tenía: el escándalo de un periodista reconocido internacionalmente desaparecido-detenido fue tan grande que los militares no pudieron matarlo. No pudieron pasar ese límite, que en muchos casos cruzaron. Supongo que para los militares (y para muchos argentinos que compraban televisores a color) debe haber sido una ofensa muy grande que de otros países nos digan lo que no podemos hacer. Era la famosa campaña argentina: todo limpito y pintado y aquí, en Argentina, no existen las villas miseria.

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