Había una vez una mujer china que tuvo una hija muy hermosa. Le gustaba peinarle los cabellos y adornarla con sedas. Ella también era muy hermosa: dicen las leyendas que incluso los caballos y los gatos se detenían ante su belleza. Era también una mujer virtuosa.
Un día la madre enfermó y murió. La niña lamentó ante su padre, que también la había amado mucho, no tener un retrato de su madre. Tengo uno, dijo el padre, pero te lo daré cuando seas grande. La niña esperó pacientemente hasta ser adulta y entonces le reclamó al padre el retrato prometido. El padre se lo dió. Era un cuadro pequeño, de mano, pero allí estaba sin lugar a dudas su madre. Y entonces la hija dió vuelta el cuadro, vió el metal bruñido y se dió cuenta de que en realidad era un espejo.
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