sábado, 29 de septiembre de 2018

La traición del traductor.

Leer en libros traducidos de Stephen King o de Jonathan Frazen expresiones como a todo gas o flipamos me da ganas de llorar. Hace cuarenta, cincuenta años atrás ser traductor era un oficio respetado. Ahora es un trabajo stajanovista. Pareciera que fuera lo mismo subtitular series, traducir un manual de instrucciones, o una receta médica o un contrato financiero, un libro de poesía, o una novela decimonónica. Empecemos que muchas veces los libros que nos llegan aquí desde Europa no son muy buenos, aún cuando sus autores estén consagrados. No es grave que un libro no sea bueno, lo grave es que tenga una banda que diga aclamado por la crítica. Hemos olvidado los clásicos, porque son difíciles. Nadie lee a Victor Hugo, porque leer a Victor Hugo es conflictivo. Lo mismo Tolstoi o Cervantes o Dostoievsky. Y a Stephen King, que a mí me parece un autor genial (basta leer Carrie y Dolores Clairborne para darse cuenta de eso) lo leemos porque está de moda y no nos importa mucho el transfondo. Hay grandes escritores aquí en Argentina; algunos son ninguneados por las ventas, otros son ninguneados por las academias, y a veces se los lee y no se los reconoce (lo mismo pasa con el cine argentino. Frase preferida del argentino media: no veo cine argentino, me aburre. Muchas películas argentinas de este año y del anterior me parecieron  superiores a las de Hollywood. El cine de Norteamérica hace rato que se muerde la cola, como una serpiente). Alan Pauls, Marcelo Figueras, Pedro Mairal, Guillermo Sacomanno, Ana Maria Shua, Juan Martini, Angelica Gorodischer, Osvaldo Bayer son algunos nombres que propongo para que nos demos cuenta que la literatura argentina es hoy tan potente como en sus años de gloria, y que en la insistencia de los medios, la academia y el mercado en ningunearla o proponer como grandes escritores a gente que ganó el Pulitzer o el National Writer of Massachussets es una manera de olvidar que en casi todas las grandes universidades del mundo se estudia a Borges, Arlt, Cortázar, Silvina Ocampo y etc. Si el arte fuera solamente showbussiness, nadie recordaría a Sófocles , a Shakespeare ni a Oscar Wilde, para hablar de tres artistas del showbussiness de su época. Hace rato que la literatura está empantanada en una trampa entre académica y mercadotécnica: me parece que los que la tienen más clara en ese sentido es Mr King, George R. R. Martin y J. K Rowling. Aunque le caiga mal a muchos, a poca gente le importa leer Of Mice and Men. Quieren saber si el dragón de Daenerys Targaeryen morirá en la próxima temporada o como fué la juventud de Dumbledore. Sin uso de la imaginación, los escritores (geniales, buenos, malos o mas o menos) somos solo una anécdota.

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