domingo, 16 de septiembre de 2018

Convertibilidad

Lo único bueno que me dejó la convertibilidad de los noventa fue que me pude comprar el libro Paises Imaginarios, de Ursula K Le Guin, gran escritora, por exactamente dos pesos. El resto fue un desastre. No habia trabajo. El 20 % nominal de desocupación que se publicaba en los grandes diarios era un 40 % real; había que ir a hacer cola para buscar un trabajo, para darse cuenta de eso. Los únicos que sobrevivieron fueron los siempre denostados empleados públicos. Los que se quedaron con sus trabajitos humildes de maestros, de enfermeros, de médicos, de porteros, de ecónomos. La clase media vivió la espuma de la convertibilidad como una marea de negación: se iban a bailar a boliches y dejaban a sus hijos de trece, catorce años a cargo de la casa. Así salimos (aunque en realidad mis viejos nunca hicieron eso. Para mis viejos hasta hoy en día soy la nena). Si sobrevivimos como generación de esa clase media negadora y obsesionada con el precio del dólar, es porque entre nosotros nos ayudamos entre nosotros. Incluso hoy en dia esa clase media existe. La frase más común de alguien que viajó a Miami es: no sabés que baratos están los relojes Swatch y los vestidos Prada. Y los venden en Patio Bullrich. Es decir, el viaje a Miami te agregó, sin vos darte cuenta, y un poco ilusionada por no sé que, un montón de guita a ese reloj Swatch y a ese vestido Prada.  Porque, pienso yo, que he ido al Patio Bullrich (a comer sushi y a ver una película), está más cerca de Buenos Aires que Miami.
La desocupación, para la gente, para cualquier persona, es algo terrible. Porque uno se define por lo que hace. Yo soy empleada pública, eso connota un montón, es cierto, pero estoy un poco orgullosa de eso. No es trabajo super difícil, pero tampoco es fácil. En los noventa primero perdieron el trabajo los obreros. Los más pobres. Luego le toco el turno a la clase media. Pero como, che, empezaron las primeras quejas. Si yo estudié. Y encima tengo un montón de deudas. Y después le tocó a la clase alta, porque el capitalismo no es (y no se necesita leer a Marx para saber esto) precisamente un sistema de beneficencia. El capitalismo es el sálvese quién pueda. El capitalismo arrasa con los bosques del Matto Grosso, el pulmón del mundo, para sembrar no sé que. Pienso que pensar la convertibilidad como salida posible a nuestra economía es otra idea genial de los muy geniales Chicago Boys. Los invitaría gentilmente a internarse en Retiro, con cien dólares en los bolsillos y sus teorías del derrame, a ver cuanto tiempo sobreviven.

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