El problema es que yo soy modelo y ella también es modelo. Si yo fuera diseñadora o ella fuera diseñadora, no tendríamos problemas. Somos las dos famosas, y modelamos bien. Tenemos talle cuarenta las dos, lo que nos viene bárbaro a la hora de compartir la ropa. Gracias a nuestros ahorros tuvimos a Grace y a Justine, y cada una se turno para ser madre. O sea, genial todo hasta que se nos ocurrió casarnos.
Encontre un vestido divino para el casamiento, me dijo Miranda mientras me besaba, Las niñas dormian, y esos detalles de la boda mejor discutirlos con ellas durmiendo. Terminaríamos sino vestidas las dos de Frozen. ¿Donde? le pregunte. En la Quinta Avenida, me dijo. Mañana te lo muestro. Fuimos al otro dia. El vestido era realmente divino (lo primero que me enamoró de Miranda es que solo con un vestido azul, unos zapatos negros y unos aros de bisutería puede hacerte creer que es Marlene Dietrich). Quiero ese vestido para mi, le dije. Me miró horrorizada. Yo lo vi primero, me contestó. Y hay miles de vestidos en la Quinta Avenida.
Maldije en ese momento mi talle cuarenta, mi belleza morena de Pocahontas, mi metro ochenta, mi negativa a tomar cocoa a la mañana para no aumentar ni un gramo. Ya lo tengo tan automatizado que es parte de mi vida. Si yo fuera un poco más, digamos, voluptuosa, o sea, si me gustara comer pizza con Coca Cola a la noche, como he visto a mi hermana mayor hacerlo cuando la voy a visitar, todo iría bárbaro. Y mi hermana también es muy linda, y su esposo que trabaja en un grocerie store se dedica especialmente los viernes a la tardes a llevarle Coca Cola y Cheetos y hot pastrami. Son felices mirando la tele mientras Felipe, su único hijo, juega con la Play Station.
¿Que hago? le pregunte a ella. Bueno, usa otro vestido. A esta altura, después de que le hayas presentado a Miranda embarazada a mamá en una fiesta del Cuatro de Julio como la madre de tu futuro hija, cuando ella planeaba casarte con el hijo de una de sus mejores amigas, un vestido de boda es algo menor. Y es cierto lo que me dice, pero el otro día fui a esa tienda en la Quinta Avenida, me lo probé y me quedó perfecto. Es un sueño hecho realidad. Yo, que he modelado grandes de la haute couture en Roma, en Paris, en San Pablo, en el DF, en Taiwan, me quedé muda ante mi imagen en el espejo.
Podríamos no casarnos, pero es algo que un poco le debemos sobre todo a Justine. Porque Grace es toda una intelectual y no le gusta que sus madres se casen, pero Justine está entusiasmadísima. Ya eligió el vestido que se va a poner, el vestido que se va a poner su hermana, el catering, las canciones que se van a usar en la ceremonia y en el baile, y casi todos los invitados. Hasta el chef Durance, que es nuestro asesor culinario, la ama.
He hablado con Guadalupe Pizarro, mi ex novia, de este problema, y ella fue la única que no lo minimizó. Guadalupe siempre fue la mujer más infiel del mundo, incluso conmigo. Yo sabía, por mis amigas y por mis enemigas, que tarde o temprano me abandonaría por otra. Y sin embargo, no fue así. Un día entró Miranda al camarín, con el pelo algo despeinado y los ojos soñolientos, restregándose las lagañas y quejándose de que su novio banquero hacía rato que no la llamaba. Ya te llamará, le dije yo. Eres preciosa. Y ella sonrió y empezó a maquillarse. ¿De en serio piensas que soy preciosa? me dijo. Bueno, le dije yo, somos modelos de alta costura, hello, los estándares aquí son altos. Si, dijo Miranda, es lo que dicen mis amigas. Bueno, quizás el no vale la pena y ellas tienen razón. Y no recuerdo mucho, pero sí sé que pasar de esa conversación al enamoramiento y después a planear hijos y después a Grace y Justine jugando en el suelo no nos llevó demasiado. Guadalupe, en cambio, sigue siéndole infiel a sus muchas novias. Ella las ama de a ratos y después se olvida de ellas, como hacía conmigo. Y bueno, me dijo Guadalupe, si el problema es el vestido pueden llevar las dos el mismo. Y allí yo me horrorice como lo hizo Mirando. Dos novias no pueden llevar el mismo vestido. Es cierto, dijo Guadalupe, y se rio, quedaria muy ridiculo. Y entonces Grace, con sus anteojos de carey y su vincha se acercó a nosotras (estabamos en el parque) y nos preguntó de que nos reíamos. Del vestido de novia de tu mamá, le dijo Guadalupe. Oh, el de Bella es el mejor de todos, dijo Grace, con su tono de maestra y como resolviendo un problema.
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