viernes, 28 de septiembre de 2018

El rey del Once

Nunca fuí al Once, pero me lo imagino exactamente como la Calle San Luis, ese espacio rosarino donde todo está inevitablemente muy barato, y se vende al por mayor y al por menor, y uno puede encontrarse una tienda de ropa de calidad muy barata, y al lado un outlet de bazar y al lado una perfumeria donde se sigue vendiendo el glorioso Mary Stuart (perfume predilecto de las tias abuelas). Hace unos cuantos meses atrás vi la muy buena película argentina, de Burman, El Rey del Once, y es una película preciosa, alegre hasta la médula, donde un hijo confundido regresa a una Argentina, a una patria que es la voz de su padre en el teléfono, y miles de personas chocándose y esa cosa tan rara que tiene la argentinidad, donde cualquier extraño es al principio un enemigo y al poco rato nos cae bien y empezamos a quejarnos del tiempo, de la humedad, de los colectivos y del gobierno, cual coro griego. Lo que más admiro de Burman, lo digo sin vergüenza, es que sus películas son simples y amables: es un metafísico de la alegría, ese mazel tov que ha hecho que el pueblo judío sobreviva a dos mil años de diáspora. Y además le ha hecho buena propaganda a un barrio: en alguno de mis próximos viajes a Buenos Aires iré a Once y seguro encontraré ropa barata.

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