viernes, 28 de septiembre de 2018

La ilusión de pertenecer a

Si uno le pregunta a casi cualquier argentino, va a decir que pertenece a la clase media. Esa clase es como el arte; una ilusión, un rumor. El barrio donde vivo, La Tablada, es un barrio proletario, de casas de gente trabajadora, la mayoría bien construídas, porque si algo es importante es el techo propio, y muchas son viejas, porque tiene más de ciento veinte años. Es decir, es un barrio con historia. El trabajo de la mayoría de las personas que viven allí son comunes; maestras y directoras de escuela, barrenderos, repositores de supermercados, futbolistas de Central Córdoba, ópticos, médicos, técnicos en laboratorio, farmaceúticos. Todos asalariados. Todos se asumen de clase media. Lo cuál no está mal. Cada cuál elige su clase de pertenencia.
Ahora, lo que a veces me preocupa es cual es el objeto del deseo de esta clase media. Hace sesenta, setenta años atrás, era ser personas con una mediana cultura. Por ahí eran hijos de inmigrantes italianos que solo hablaban en calabrés: pero esos padres mandaban a sus hijos a la escuela, orgullosos y de punta en blanco. Ahora parece que la escuela es una playa de estacionamiento para hacer sociales. Ni siquiera les importa que sus hijos aprendan algo: quieren que aprueben. Lo cuál es ridículo. El aprendizaje por el placer es un concepto un tanto ilusorio: aprender es saber que no se sabe. La nota es lo de menos. Los chicos la tienen, a veces, más clara y lo digo yo, como madre, porque el profesor preferido de mi hijo es uno que lo bochó repetidas veces. E ir a discutirle la nota a un maestro, o presionar como madre o como padre para que a tu hijo no le enseñen tales o cuales cosas, es no entender para que lo mandás a la escuela. Si querés educarlo según tu criterio, no lo mandés. El afuera siempre existe, de todas maneras. Es un poco ilusorio este concepto tan posmoderno capitalista y placentero de que los demás, por tener el mismo auto, leer el mismo libro y usar la misma marca de celular, son iguales a vos. Nunca nadie es igual al otro.No hay "gente como uno". Eso no existe. Las personas son diferentes, en Nordelta y en La Matanza. No es solo una cuestión de desigualdad social, es una cuestión de pensamiento interior. Y, aunque te consideres de clase media, por ahí tu hijo no se considera de esa clase. Aunque lo hayas mandado a escuelas privadas. No es que te salió "malo". Es que piensa distinto a vos, pero eso no es ninguna novedad.

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