domingo, 9 de septiembre de 2018

La muerte de un rey, 48° parte


Sueño con serpientes
con serpientes
de mar
con cierto mar ay
de serpientes
sueño yo
Silvio Rodriguez

José Cabrales Ruiz, La Habana, 2020

Terminó de trabajar y se sentó a tomar un café. Trabajaba mas horas de la que debía, eso era cierto. Pero no quería regresar a su casa. Porque allí estaba la habitación de su hija.
Había muerto de un ataque al corazón tres meses atrás, en San Francisco, donde había ido a estudiar esas inverosímiles carreras norteamericanas que el no entendía mucho. Algo relacionado con la musicología antropológica. Lo único que sabía era que el cuarto de su hija siempre estaba lleno de maracas y de palos de agua, de semillas, de bongoes y olía a patchulí. Y ella era pura risa e ieva ieva que chevere azuquita y los hombres se daban vuelta para mirarla. Pero ahora estaba muerta.
Mientras tanto el estudiaba los conductos neuronales del hipotálamo en un laboratorio. No podía hacer otra cosa. No sabía hacer otra cosa. Su mujer se había ido hacía siete años atrás, seducida por un gringo de Miami, Ambos habían estado juntos en el funeral y ella había llorado y le había contado que dos semanas antes su hija había viajado a visitarla y habían comprado lencería y que aún la tenía guardada.
No habían vuelto a hablarse.
Estamos cerrando,le avisó el bedel.
No quería volver a su casa. Se llevó la computadora y se sentó a tomar un ron y a mirar las estrellas en un barcito. Abrió la laptop y, para distenderse, entró en una página de divulgación. Se hablaba de astronomía, de la tierra plana, de elefantes. Había una sección de anuncios muy locos y uno que le llamó la atención: especialistas en conductos neuronales del hipotálamos, se necesitan.
Yo, se dijo.
Había un mail de referencia.
Escribió: modestamente soy unos de los mejores especialistas en conductos neuronales del hipotálamo. José Cabrales Ruiz.
¿Estás dispuesto a viajar a Turín en 48 horas?
Si, les repondió.
Tendré que pasar por mi casa a buscar las fotos de mi hija, pensó.

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