viernes, 21 de septiembre de 2018

La muerte de un rey. 50 parte

                                                                               estoy encantado de conocerte, cantando para que me conozcas

                                                                                                     Leo Garcia, Romance

                                                                                              Lermoune Filland, Turín 2020

Lermoune Filland había por fin terminado de lavar los platos de restaurant. Su turno había terminado. Comió lo que había sobrado de un cliente que había dejado la mitad de una codorniz en sarcófago (idiota, había murmurado el sous chef cuando el mozo lo trajo, cometelo tu, Lermoune) y se cambió. Era una cuarterona bonita, de ojos vivaces; la sangre haitiana era algo ya perdido en un padre que había huído y se había enamorado de una española en Ibiza. Adiós, le dijo al sous chef, y el le contesto con una inclinación en la cabeza, porque no tenia tiempo para mas.
El restaurant estaba casi vacío. Gribbon, el zapatero, venía a almorzar allí como todos y luego, en una mesa apartada, había un hombre delgado y bajo y de tez morena (cuarterón como yo, indudablemente, pensó), otro más bajo aún y más viejo y un hombre viejísimo, de ojos acuosos y barba amarilla. De algun lado lo conozco, pensó Lermoune,
Dentro de poco nos encontraremos con Tiffany y con l´Ansal y podremos concretar el robo, dijo el más bajo de los tres hombres.
Ya sé de donde lo conozco, se dijo Lermoune, al viejo ese. Es el autor de La caída del imperio del planeta Ur. Está en la contratapa. Y lo tengo en la mochila.
Sacó su libro y se acercó a la mesa. Los tres hombres la miraron sorprendidos. Y un poco asustados.
Tu eres este, ¿no? le dijo al mas viejo.
Si, dijo el.
Firmamelo, por favor, es mi libro favorito.
No tengo pluma.
Lermoune se enfureció. Era raro que se enfureciera.
No me lo firmas porque soy haitiana y lavaplatos, ¿no? Si fuera una de tus adoradoras en una librería me lo firmarías. Te escuché lo que decías con tus amigos, que van a robar algo con la Ansalo, eres un ladrón común, y no le quieres firmar a una haitiana lavaplatos.
El joven delgado se levantó y agarró a Lermoune del cuello. Le mostró la navaja que llevaba en la mano izquierda.
Calláte o te mato.
Siéntate.
Los tres hombres se miraron. Lermoune temblaba. Van a matarme.
Creí que aquí estábamos a salvo, dijo el más bajo.
Bueno, dijo el delgado, si quieres la mato.
Deja de decir estupideces, dijo el escritor. Una lavaplatos muerta en un restaurant turinés. Ahí si que caemos uno por uno.
No entiendo nada, murmuró Lermoune.
Me alegro que te gusten mis libros, dijo el escritor, y entonces Lermoune recordó que su nombre era William, y quisiera preguntarte si sabes guardar un secreto. Si realmente te gustan mis libros, si quieres, te los regalo todos, firmados, a cambio de tu silencio.
Yo sigo pensando que matarla es la mejor solución, murmuro el joven.


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