Los norteamericanos son organizadores geniales. La tienen re clara. Tienen una agencia que se ocupa de la seguridad externa (la CIA), una agencia que se ocupa de la seguridad interna (el FBI), cada una de ellas tiene un gabinete de asuntos internos y de psicólogos (es necesario mucha psicología para descargar la carga de paranoia y de psicosis que genera buscar asesinos y narcotraficantes), e incluso la policía de un condado perdido en Wichita llama al FBI cuando sospecha que dos o tres crímenes que han ocurrido no son hechos aislados, sino que siguen un patrón. Eso lo aprendí viendo El silencio de los Inocentes, viendo las películas de Spilberg, viendo series yanquis como CSI. En materia criminalística, me saco el sombrero.
Nuestros servicios de inteligencia son tan malos que ni siquiera da para llamarlos servicios de inteligencia. Mejor llamarlos mano de obra desocupada de la dictadura que ahora quieren aprovechar los secretos de los empresarios y de los políticos y de los jueces para apretarlos. O sea, en Norteamérica se estaría discutiendo si encerrarlos en Guántanamo o en una cárcel de Maine (quizás Shawshawk). No quieren rendir sus gastos porque son "necesarios" para el buen funcionamiento del país. Eso es avivada argentina, de acá a la China. Si los ponés a desentrañar una pelea a golpes en un bar, no saben que hacer. Presuponen que la gente es mala porque ellos son malos y que los otros son inútiles porque ellos son inútiles. Se imaginan que todo el mundo oculta secretos terribles, porque sus secretos son terribles y oscuros y están disimulados detrás de una gruesa capa de dólares y de cuentas off shore. Hackean cuentas de Facebook, lo cual es una boludez grande como una casa, filtran fotos de nenas de trece años muertas - horrible desde todo punto de vista-, amenazan y torturan maestras. Creo que hasta a sus hijos y a sus esposas les debe dar vergüenza decir que pertenecen a esa casta de personas, y sinceramente, yo estaría avergonzada también. Muy avergonzada. Deben comprar muchas veces secretos con dinero, después con amenazas y después con la muerte o con el suicidio. Son esa clase de gente. Probablemente ninguno de ellos mató a nadie con sus propias manos nunca, y si lo hizo enterró los cadáveres en lo más profundo de los bosques. Pero los bosques, como los huesos de los muertos, recuerdan y respiran. Incluso en Auschwitz no se podía respirar por el olor de los crematorios.
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