miércoles, 12 de septiembre de 2018

Etiquetas

Siempre me sentí distinta al resto de los adolescentes. En la secundaria, era muy, muy rara. La mayor parte de ellos amaban las zapatillas Nike y los pantalones Idrógeno. A mi los pantalones Idrógeno no me gustaban. Eran demasiado caros y no entraba en el talle.
Mis padres estaban seguros de que sería una niña prodigio. Era muy fácil para mi estudiar; es decir, yo amaba estudiar. Me encantaba. La música, por Dios, estudiar música es hermoso. Literatura. Hasta las matemáticas me interesaban. Al resto de mis compañeros les gustaba salir a bailar y yo lo hice un par de veces, pero después ya está. A mi me interesaba la política, porque en eso me habían criado desde chiquita (no sé a que clase de padres se le ocurre que Novecento es material apropiado para una nena de diez años, probablemente solo a los míos. Después de ver esa película, que el compañerito de banco no te de bola es una anécdota. Al menos, decís, no estamos en la Italia fascista). A los cuatro años me sabía de memoria los discursos de Lenin y si nunca leí sus obras completas es porque Materialismo y Empirocriticismo no es precisamente un título con gancho.
Fui muy militante de adolescente y de joven. A la mayoría de mis compañeros de militancia y de juventud los sigo viendo; son gente laburadora, honesta, con problemas reales como tienen todas las personas.Silvia Simonassi, por ejemplo, que es profesora de Historia, y sabe muchísimo como mi hermano, que es un monstruo del estudio. Yo me reconozco la mujer menos disciplinada del mundo y admiro a las personas que lo son.
Yo pienso que la etiqueta de niño prodigio es una etiqueta algo ilusoria que los padres les ponemos a nuestros hijos. Lo descubrí cuando tuve un hijo. Ellos no quieren que vos les exijas. Es al revés; ellos te exigen a vos. Cada berrinchito, cada llanto, cada revolcada por el piso, cada pelea adolescente te dicen, mirá, acá estoy, soy parte de tu vida, soy lo más importante, o por lo menos la parte que tendría que ser más importante, soy chiquito todavía, me cuesta, me da miedo ser adulto. Algún día lo voy a ser, pero ahora aplaudime aunque mi actuación en el acto de la escuela sea hacer mal de Belgrano. Andá a mi graduación aunque me falten materias y sacame fotos, yo después algo haré con mi vida. Está bueno darse cuenta de que no era una niña prodigio a los trece o catorce, sino que era una chica de trece o catorce años y que la vida de mi hijo va a ser muy parecida a la mía y que probablemente, exactamente por eso, sea una vida feliz.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario