Hay una anécdota de Eduardo Galeano que me encanta; el iba a visitar a Onetti, cuando era joven y tenía grandes esperanzas de ser un gran artista, y Onetti, que era prácticamente un linyera literario (y en el que me inspiré para el cuento La obra, que inició este blog) le contestaba: Mirá, pibe, si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó seguro sería director de la banda del pueblo.
Uno de los mitos más grandes de la academia actual es que las circunstancias son las que hacen al artista. Si eso fuera tan así, no hubiera habido arte en Auschwitz. No hay peor lugar en el mundo para producir arte que en un lugar donde estan gaseando y cremando a tus hermanos y a tus primos. Pero conocemos a mucha gente que escribió en Auschwitz. No solamente judíos o comunistas, también (y eso es curioso) jerarcas nazis. Ellos sabían lo que estaban haciendo y escribían sobre ello y no veían lo terrible. Para ellos, para mucho de ellos, estaba bien. Eso es lo realmente terrible. Lo terrible es estar seguro de algo, nunca estar inseguro. Todos nos equivocamos. La persona que acierta siempre termina suicidándose, porque esta sumergida en su yo. Y todos somos solo yo. Pero hay otras personas además de uno.
Por eso pienso que las discusiones académicas sirven de bien poco si no les sirven a otras personas. Es mejor, si uno piensa que realmente no tiene talento para la música clásica, instalar un bodegón y dejar que la vida fluya y que prospere, no esforzarse con doscientos mil maestros. El arte de perder, que es, siempre, tan difícil de dominar. Gracias, Elizabeth Bishop.
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