lunes, 10 de septiembre de 2018

Los dos reyes y los dos laberintos

Cuentan las leyendas (pero Ala sabe más) que hubo un rey despótico y cruel que se entretuvo, para placer personal, de hacer un laberinto donde las crueldades y los silogismos eran innumerables. Tan complicado y tan cruel era ese lugar, que miles murieron allí y sus huesos aún no han sido encontrados. La esposa del rey se entretenía con las crueldades de su esposo, diciendo que eran parte de su temperamento.
Pero un día llegó otro rey al laberinto. Este rey había sido críado en los páramos helados del desierto más profundo y sabía resistir los infortunios. El rey hospitalario bien habría podido dejarlo ir, pero prefirió dejarlo internarse en su laberinto, para ver si acaso sobreviviría. Pero el rey visitante era un hombre de fe y, cuando se encontró en lo peor del laberinto, le pidió ayuda a Ala y Ala lo ayudó.
Entonces el rey que pudo rescatarse invitó al otro rey a su casa. Le convidó comida y le dijo que él también había construído un laberinto. El rey despótico picó el anzuelo, porque era un despóta y porque confiaba en que las leyes de las hospitalidad siguieran vigentes, aunque el las había roto.
El rey, entonces, amordazó al rey cruel y lo llevó a lo más profundo del desierto helado y profundo y entonces le dijo "Tu me abandonaste en tu cruel laberinto de silogismos y venenos. Ahora yo te abandono en este desierto de rocas y frío y arena. Ni siquiera las iguanas viven aquí. Solo está el sol. Creo que estamos a mano". Y allí lo dejó. El rey agonizó largos días, muriendo finalmente de frío y arena y soledad y sed. La Gloria sea con Aquel que no Muere.

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