miércoles, 5 de septiembre de 2018

La muerte de un rey. 47° parte

          Mis padres me engendraron para el juego 
arriesgado y hermoso de la vida, 
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
                                         J. L. Borges

Indigo, Aro

Terminó de ordeñar los chivos y se acostó en su choza. Indigo era la general 994, o sea una de las menos importantes y a nadie le importaba que morara en Aro.
Tenemos solamente dos días para salvar a Pauline y a Rodrick,  le había dicho Will.
Maldita sea, urukau, maldijo en la lengua de los nativos de Aro.
Vamos a ayudarles a construir armas, agregó el Turco.
Eso me suena mejor, respondió Indigo
Empezó a preparar el queso de chivo. Um' baurau, su amante, un muchacho de quince años estaba desplumando perdices.
Los esbirros del rey vendrán aquí en dos días.
Pero vienen el Turco y Will y nos enseñarán a construir armas.
Que bueno, dijo Um' Baurau.
Pauline y Rodrick están refugiados en la casa de Will. Si los atrapan...
Mis antepasados murieron por culpa de esa maldición...
No me lo recuerdes, dijo Indigo.
No quiero que Aro sea destruida. Amo todo lo que hay aquí. Es mi hogar.
Lo sé, dijo Um'Baurau.
¿Por qué te piensas que te preferí a tí antes que a las niñas que mi familia me proponía?
Las armas ayudarán, pero las del rey son más poderosas, pensó Indigo.
¿Sabés lo que es una rueda? le preguntó a Um'Baurau.
No.
Es...
Indigo se rió. Recordó los autos de San Francisco, y el puente y la bahía.
Es imposible explicartelo. Pero cuando el Turco y Will estén aquí, ellos lo harán.
Bueno, respondió Um'Baurau.
Y luego de un silencio, dijo
¿Podrías pedirle a Will que trajera un poco de miel?
Es una vida tan lennoniana, pensó Indigo.



                                                                 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario