martes, 11 de septiembre de 2018

Un maestro

A los más o menos, diez años, se me dió, solo por celos fraternales, que tenía que tocar la guitarra porque mi hermano iba a guitarra. Mi hermano abandonó a las tres clases. A mi me consiguieron un profesor mayor, viejísimo, serio y con cara de gaucho. El peor profesor que una nena se puede conseguir.
No hablaba mucho. Me enseñó canciones aburridísimas como La vestido celeste, Desde el Alma y Luna Tucumana. La guitarra, cuando uno empieza a aprenderla, es un pequeño instrumento de tortura. Sin embargo, a mí me gustaba aprender guitarra. Era algo para mí. Mi maestro siempre se burlaba de mí, incluso ante mis amigas. Nunca me enojé con él por eso. El tocaba la guitarra admirablemente y no le costaba nada afinarla. Tenía paciencia para esa delicada actividad.
Me dí cuenta, viéndolo a él tocar, que la música es algo para uno. Que aunque todo sea terrible, uno aún tiene la música. Luego fui creciendo y dejé de ir a ese profesor y supongo que habrá muerto de viejito. Pero nunca olvidé esa lección.

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