Estamos acostumbrados (gracias a Internet, a la televisión, a la radio, y a nosotros mismos) a pensar que las otras personas son las que nos arruinan la vida. Las personas que realmente piensan y actúan de acuerdo a sus principios son excepcionales. Yo, por ejemplo, reconozco que soy bastante quejosa. Es un defecto. Hay gente en silla de ruedas que se queja menos que yo. Sin embargo, también sé que quejarme es una forma descargar mi bronca por todos los errores que cometo diariamente; por distracción, por atolondramiento, por cansancio. Es así, cuanto más cansada y más distraída estoy, más errores cometo. Si alguien quisiera explicarme como se maneja el celular más fácil del mundo en diciembre, lo echaría de la oficina donde trabajo.
La educación, en general, tiene que ser pensada en base a una relación de respeto entre los alumnos, los padres de los alumnos y los maestros. Si no es así, la escala jerárquica se rompe. El alumno va a ser siempre un rebelde, sin saber por qué, los padres van a pensar siempre que es un nene incomprendido y los maestros van a expulsar a los que los molesten en clase. Una madre de verdad no puede quejarse de las otras madres que llevan a sus hijos al grado; una maestra de verdad tiene que integrar a todos (todos) sus alumnos, no expulsar o disminuir a quienes lo retrasan, un alumno tiene que esforzarse y agradecer que esta yendo a la escuela. Hasta hace cincuenta, sesenta años no todos llegaban. Si era peon, eras analfabeto. Dejemos de pensar en el Vigilar y Castigar foucaltiano. Foucault fue un genio, pero estudió el pasado. Estamos en el siglo XXI. Nos quejamos, a veces, de nuestra propia incapacidad de entender, no de la facilidad de otros en explicar.
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