lunes, 17 de septiembre de 2018
Pablo Díaz
No hay peor cosa que perder a tus amigos a los doce o dieciséis años. No perderlos en el sentido de que te peleaste por una chica o que tu amiga te dijo que ese vestido te quedaba muy, muy mal y que no iba por eso con vos a la previa. Digo perder en el sentido literal. Que tus amigos se mueran cuando vos tenes dieciseis años es desvastante. Desvastante de en serio. Es quedarte sin nada. Y lo peor de todos es que el poder de negacion de los adultos, de los que somos adultos es increíble. A mi mi vieja me ha contado que tenía una compañera que le permitía al hijo que criara perros rotwailer para utilizarlos en peleas por dinero. Porque era el "nene". Tu hijo no es un nene, tu hijo es un psicópata. Tiene que estar medicado y controlado y probablemente, sí, en un psiquiátrico, y además le tendrías que haber dado unos cuantos chirlos de chico. Ahora es medio tarde, como madre fuiste un desastre, no se entiende bien para que quisiste tener un hijo, te hubiera dedicado al decoupage que por ahí te salía. Me sale a mí, que no soy muy inteligente. Le admiro a Pablo Díaz el coraje, la valentía de contar de decir, sí, yo fui uno de ellos, yo los conocí, fui su amigo, eran mis amigos, y a mi no me mataron de carambola, loco, eso era una lotería, mataban a cualquiera, desaparecían a cualquiera. El silencio ominoso que tendría que haber hecho un país después de eso (en Norteamérica lo hubieran hecho, les digo a los que me quieran tildar de marxista) se hubiera escuchado en todo el mundo. Yo lo escuché cuando vi la película la Noche de los Lápices. Los amigos gritándole, te blanquean, te salvaste, te salvaste Pablo, pibes de diecisés años contentos porque uno de ellos no se iba a morir. Yo sentí, después de ver esa película, que la historia de los 70 fue la peor historia que puede vivir un país, y que por suerte los argentinos somos muy individualistas, y para nosotros un puto es un puto, un garca es un garca, un botón es un botón, un chorro es un chorro, un rastafari es Miguel Abuelo y el pelotudo siempre es el otro. Nadie erige monumentos a los asesinos, y mucho menos a los que asesinan por plata. Argentina es así, que le vamos a hacer.
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