domingo, 2 de diciembre de 2018

La vida secreta de los mártires. 4° parte

Elías regresó a su casa bien entrado el atardecer. La noticia del asesinato de Gwendoline y del ajusticiamiento de Huck era ya bien conocida por los habitantes de la mansión, y tanto su padre como sus hermanos trataron por lo bajo las implicancias del caso después de la cena. Por más que trataran bien a los negros, determinó Matthew, seguían teniendo la arrogancia de fugarse y de asesinar; eran sin duda una raza baja, cuya esclavitud estaba asegurada desde que Caín había matado a Abel. Por supuesto, nada dijo Elías sobre las dudas propias ni las de su tío acerca de que el muerto fuese el correcto, pero sí mencionó la muerte de su tía y el regreso de Cecilia a la casa vecina.
- Pobre niña- comentó su hermano menor- Con un padre como Marcus tiene pocas probabilidades de ser aceptada en la sociedad.
Lo cuál era cierto. Si para Marcus ser un exiliado de la sociedad era algo molesto pero necesario, y sabía sobrellevarlo ¿cuántos años aguantaría su pobre prima antes de darse cuenta que para ella no habría invitaciones a bailes, ni chimorreríos entre amigas, ni cumpleaños, ni salones de costura, en fin, todo aquello necesario para que una dama se desarrollase como tal? Elías recordó la cara plana y fea de Cecilia y pensó que acaso fuera mejor que no fuera demasiado agraciada: una muchacha bonita pronto se alejaría de su padre como su esposa se había alejado de él, y buscaría casarse con alguien para salir de esa casa donde cada comida provenía de las manos del dueño. Quizás pudiese viajar a New York con su hermano, más adelante, y casarse con algún yanky próspero o estudiar para ser maestra e ir a educar al Lejano Oeste.
- La sociedad no- dijo su padre John- pero sigue siendo nuestra familia. Aquí vendrá y la recibiremos con cariño. Bastante ha tenido el pobre Marcus con no ver a su hija por casi cinco años; no lo haremos sentir peor.
John hijo se sonrojó. Era muy estricto en cuestiones sociales y siempre había considerado a su tío como un problema mayor dentro de la armonía familiar. Mientras que Matthew y Elías visitaban frecuentemente a su tío, y le llevaban cartas y a veces zapatos o mantas, John hacía todo lo posible para evitarlo.
- Entiendo, padre- contestó.
- ¿Sabés que lo que ayer leí en el diario de Atlanta? Que la elección probablemente la ganen los republicanos.
- No me agrada ese Lincoln- respondió su padre- Es exactamente lo contrario a un caballero. Es voraz, astuto, y parece sin principios.
- Y está en contra de la esclavitud.
- Eso no importa- respondió su padre- Los yankys no pueden sobrevivir sin nosotros. Si declaran que la esclavitud es ilegal, saben que nosotros nos separaremos. Nunca lo harán. Nos tienen miedo y es imposible que ganen.
- Es cierto- dijo Matthew- Todos nosotros sabemos pelear, cosa que los yankys no saben. Definitivamente.
- Es probable que ganemos, sí. De toda manera, preferiría que no haya guerra.
- Debemos defender nuestra tierra y nuestros principios.
- Si nos atacan, sí, deberemos defendernos.
- Debemos defendernos antes de que nos ataquen- terció John.- Los del Norte no pueden decirnos como vivir nuestra vida. Están aceptando a cualquiera en su territorio. Irlandeses, polacos, italianos, hasta mexicanos. Gente de la peor calaña. ¿Esa gentuza va a decirnos que la esclavitud es mala? Huyen muertos de hambre de sus países.
- No creo que haya guerra. Inglaterra nos apoyará a nosotros- insistió su padre- Francia también.
- No soportaré a un Lincoln de presidente- dijo Matthew- Ninguno de nosotros lo hará.
- Deja de hablar de guerra. No lo soporto- contestó su padre.- Hasta ahora la paz se ha mantenido en nuestro territorio.

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