jueves, 20 de diciembre de 2018
Mucha falta de boliche
Cuando tenía doce años fui por primera vez a una discoteca, Stadium, que era para púberes y adolescentes. Vi a los Fabulosos Cadillacs en vivo antes de Sopa de Caracol (o sea, hagánse idea del tiempo que pasó). Y me aburrí muchísimo. La música era muy, muy mala. Pero muy mala. Después fuí un par de veces más, cuatro, cinco; me seguí aburriendo. La música seguía siendo mala y no entendía la mayor parte de los chistes. Mi momento más glorioso en una discoteca fue una noche que me escabullí de un hombre que me decía que estaba muy buena y me puse a charlar con un repositor de supermercado sobre Jorge Luis Borges. El chico quería una cita al otro día y yo le dije que no como una idiota; hasta el día de hoy me estoy arrepintiendo de ese triste hecho. Hoy estaría casada felizmente con un hombre que admira a Borges (de un hombre que admira a Borges una no se separa tan fácilmente). Después de ese triste episodio de mi adolescencia, me di cuenta de que definitivamente el glamour, la disco y las medias con brillo no eran lo mío, y cada vez que mis amigas me invitaban a una disco inventaba pretextos extraños como que estaba leyendo una de Agatha Cristhie o que tenía un final de contabilidad. Me miraban con cara de pobrecita, no sabés lo que te perdés; pero bueno, cuando alguien descubre que su vocación no es definitivamente el after, ya está. Lo más gracioso de todo fue el comentario de algunos parientes cuando me quedé embarazada: se te terminó la joda. Y yo pensé para mis adentros: por fin. No sé si se dieron cuenta, las discos no me gustan. Estoy abonada a una biblioteca. Leo libros de historia del arte por gusto. Cada vez que consigo algo de plata me compro libros. Un hijo es la excusa perfecta para no ir más a una disco y para seguir leyendo. Cuando están dormidos, te dejan leer. Cuando están despiertos, a veces también. En este pequeño post, le hago un sincero y sentido homenaje a mi querido hijo: desde que lo tuve, pude leer el Silmarillion tranquila.
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