lunes, 17 de diciembre de 2018

Los huesitos

Tuvimos los huesitos de mi tía durante mucho tiempo. Mi tía había nacido seismesina y había muerto a las tres horas; abuela no quería hablar mucho de esa muerte, como no quería hablar de mamá, que se había ido a vivir a España cuando yo y Orlana teníamos ocho y nueve años, ni de tío Rafael, que vivía con su marido médico en Francia ni de papá, que los fines de semana pasaba a buscarnos y nos llevaba al cine y al shopping. La única familia de verdad que teníamos era nuestra abuela; algo amargada, tosca, pero la que nos levantaba para ir a la escuela, la que nos hacía la leche con Nesquick, la que nos llevaba a ballet y a piano. Cuando llegamos a la adolescencia, empezamos a burlarnos de su rodete ceñido y de su creencia en criar niñas al estilo de antes; pero era una burla suave, tenue, compartida entre nosotras entre susurros. La verdad es que la única que nos quería de verdad era ella. Sabíamos que tanto para papá, como para mamá, nosotras dos erámos un triste accidente en sus vidas, algo de lo que pronto se desprendieron con sutilezas y sonrisas; ninguno de los dos era afecto a la pelea. Mamá quería ser una gran crítica literaria y lo fué; papá quería su vida de abogado profesional, de whiskis a la noche, de un departamento lujoso lleno de obras de arte compradas en Arte Ba. No encajábamos y lo sabíamos; nuestra única esperanza de sobrevivir era esa mujer algo distante, que para los vecinos era estricta y malvada. No hacíamos pijamas party ni tuvimos fiesta de quince. Miranda, Babásonicos y Coldplay sonaban en los I Phones que mamá nos había enviado en sendos paquetes. De vez en cuando venía: nos miraba, como quién observa a un insecto. Por tres días intentaba ser una madre ejemplar; al cuarto día desertaba, cuando veía que sus hijas no entendían sus chistes de académicos y que la mirábamos desorientada cuando prendía un chino en el balcón. En Holanda es super legal, nos decía. Que pacatas que salieron. No había manera de explicarle que no era por pacatería que la mirábamos así; estábamos cansadas de ver porros a la salida de la escuela, en plazas y alguna vez habíamos probado alguno. La mirábamos así porque para nosotras también era un ente extraño en nuestra vida, algo adherido pero no enteramente, una epífita falaz. Bondadosa, en el fondo, pero falaz.
Sobrevivimos, de todas maneras, a nuestra adolescencia. Yo empecé en la facu Diseño de Interiores y Orlana se decidió un año más tarde por nutrición. Mi abuela estaba por fin feliz. Empezó a salir los jueves y los sábados a tomar té con las vecinas y a ver películas en el cine Arteón. Siguió siendo estricta con nosotras, pero estaba contenta con nuestra alegría de estudiantina. Ahora nosotras le preparábamos el Nesquik, y aunque ella a veces protestaba, se lo llevábamos a la cama. Cuando empezábamos a verla mas delgada la llevamos al Hospital Americano y ahí un médico puro guardapolvo blanco y estetoscopio nos dijo que le quedaban dos o tres meses de vida. Se lo dijimos un cuarto de hora más tarde, en el café Sarandí, y para mi abuela no hubo tristeza; ya lo sabía.
- Lo único que me da un poco de nervios de morirme- nos dijo- es dejarlas solitas. Lo único mío en el departamento donde vivimos son los huesitos de Clara.
En ese momento supimos el verdadero nombre de nuestra tía seismesina muerta. Le dijimos que no se preocupara, pero entenimos lo que estaba diciendo. Su paso hacia la muerte fue más rápido de lo que pensamos; dos semanas después del café en Sarandí tuvimos que internarla y tres días después se murió. Vinieron el tío Rafael, mamá y papá. Sabíamos que iban a llorar en el velatorio como si fuera el fin de sus vidas y sabíamos también que dos días después del velatorio nos iban a sentar en la cocina comedor para decirnos lo que nos dijo papá, con tono de abogado:
- Miren, chicas, el departamento es mío. Hace dos años lo hice tasar. Vale un millón de dólares. Una buena cantidad de guita. Yo las quiero mucho a las dos, pero ya es hora de que se hagan como mujeres independientes. Creo que les va a hacer bien.
Mi madre apoyó la moción.
- Les vamos a dar una parte. Treinta mil dólares a cada una. Es un buen comienzo. Pueden viajar a Europa, eso está bueno. A Estados Unidos.
- Estoy estudiando acá y Orlana también- le dije. Orlana no decía nada.
- No importa- dijo papá- Acá ustedes no tienen poder de decisión. Es un millón de dólares y a mí me viene bárbaro. Les voy a dar treinta mil dólares a cada una y agradezcan. Ya son chicas grandes y bastante maduras para su edad. Con esa guita se pueden alquilar algo hasta que consigan un buen trabajo. De todas maneras, si necesitan plata para terminar sus estudios yo les voy a dar. ¿Acaso tu mamá o yo alguna vez les hicimos faltar algo?
- No, papá- le dije yo- si hasta gracias a mamá supimos como armar un chino.
- ¿Que estás queriendo decir?
- Nada, mamá. Nada. Sos la mejor mamá del mundo- dijo Orlana, con su mejor cara de orto. Las dos nos fuimos a nuestra pieza y, en una pequeña venganza musical, pusimos Babasonicos a todo lo que da. Papá y mamá se fueron al ratito, creo que un poco ofuscados.
- ¿Que vamos a hacer con los huesitos?- me preguntó Orlana, mirando el techo.
- Nos los vamos a llevar. Clarita se va con nosotros- le dije.
- Yo a estos hijos de puta de papá y mamá no los quiero volver a ver nunca más en mi vida.
- Ellos tampoco quieren vernos. ¿Viste lo que dijo papá? Busquense un trabajo. Se ve que para el somos unas vagas.
- Y bueno- me contestó Orlana.- Nos llevamos los huesitos y nos alquilamos un mono en San Telmo. Y nos llevamos también la foto de la abuela tomando Nesquik en el desayuno, media despeinada ¿te acordás? Se enojó cuando se la sacamos. Vos la mandaste imprimir en Fotoblog.
- Nunca la ví tan enojada como ese día. Quieren que mis amigas se enteren de que tomo Nesquik, nos dijo, que par de terribles que salieron.
- Terribles, así nos decía.
- Si, es cierto. Terribles.

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