domingo, 2 de diciembre de 2018

Venecia

                                                a Mario Vargas Llosa, por La tía Julia y el escribidor y su salto cualitativo.

No sé porqué Simón se empeñó en lo del baile de máscaras. Dijo que le hacía acordar a Venecia, aunque el solo estuvo una  vez en Venecia, y medio de pasada, en esos tours a las apuradas donde se recorre Europa en veintiocho días. La verdad es que entre el calor y los mosquitos, lo que menos da ganas en Pueblo Esther era hacer un baile de máscaras; pero mi primito es así, bastante caprichosito y como es hijo único tía Martha lo consiente en todo aunque ya es un grandulón de veintisiete años. Muy ingeniero en sistemas, muy ingeniero en sistemas, pero igual un caprichosito de cuarta.
Por lo menos pudimos elegir la música. La casa la habían alquilado mis papás y yo había invitado a mis amigos de Diseño y al único amigo que me quedó de la secundaria, Tires. Pero mamá también se había empeñado en invitar ese mes a mis dos tías, Martha y Carolina, aduciendo que la casa era grande y que la pileta también, y que al final de cuentas la que pagaba era ella. Y a mis primos: con Rita y con Eugenia me llevaba bien, pero Simón era un plomazo. Dele joder con Europa, con el master que había hecho en Alemania, con los museos de Roma, y, como era febrero y carnaval, con el bendito Carnaval de Venecia (digo bendito para no ser una maleducada). Pero tía Martha pareció chocha con la idea y a los pocos días tía Carolina y mamá también, y se pusieron a averiguar en Rosario donde se conseguían las mejores máscaras y al final terminamos yendo de una disparada a la Capital, porque es cierto que en Rosario en febrero no hay nada abierto. Pero mis amigos y yo pudimos elegir la música, porque nos querían encajar clásica y espiritual y Vangelis, pero yo dije electrónica o nada, que para que tengo lo mejor enganchado en Spotify y para algo lo pago todos los meses. Así que esa la ganamos.
Hicimos un boca a boca bastante fuerte entre los vecinos de la zona, la mayoría amigos de mamá y de papá. Ellos no quisieron venir, pero los hijos cuando se enteraron de que había música electrónica y alcohol gratis, se anotaron enseguida. Así que en total terminamos siendo cincuenta y cuatro, por buena suerte poca comida (sanguchitos y canapés), por mala suerte bastante bebida (mayormente cervecita, pero también Gancia y Fernet y gaseosas). Un montón de guita junta, pero como dijo mi papá, un día es un día. Habíamos contratado un gazebo, un par de mozas y entre mis amigos y yo pintamos un mural parecido a un mural veneciano.
Cuando llegó la hora de disfrazarnos, empezaron los problemas. Las mejores máscaras, las que habíamos traído de la capital, eran obviamente para nosotros, o sea yo, mis primos, y mis amigos. Ya teníamos armados todo el disfraz, vestuario y todo, incluído ornamentos y era impresionante. Pero los hijos de los vecinos no habían ido a la capital y tarde se avivaron de que la fiesta era en realidad una imitación del Carnaval de Venecia. ¿De que podían disfrazarse? nos preguntaban desesperados por teléfono. De arlequines, le dijimos, pero nadie tenía ni idea de que era un arlequin. Fueron en estampida (eran unos cuantos) a la librería principal de Pueblo Esther a comprar lo que podían y salieron con máscaras de Hulk, de Iron Man y de Superman, todo bastante plástico, chico y muy poco europeo, pero lo importante era la fiesta.
Yo y Tires nos ocupamos de la música. Es decir, yo iba a tomar cerveza y a charlar con los chicos vecinos, y Tires controlaba que no se filtrara ninguna canción rara como Creep o Verano Traidor y después invertíamos roles. Eso por un rato. Después mi prima Rita agarró mi celular y empezó a poner Agapornis a todo lo que da, pero Tires y yo ya nos habíamos tomado un Gancia entero y la verdad que no coordinabamos mucho. Y fue entonces cuando la ví.
Debo decir; mi disfraz era muy, muy bueno. Tenía puesta una máscara de tragicomedia italiana perfecta, e incluso el vestido, casi griego, según mi tía Martha, encajaba. Hasta tenía puestas sandalias bajas. Pero el de esa chica era alucinante. Era un disfraz de diabla excelente; me di cuenta que era mujer solamente por los pechos y por las caderas, pero la máscara era tan ajustada que casi no se le veían los ojos. Estaba hablando con mi primo Simón, que seguramente la estaba aburriendo sobre su vida en Alemania, pero no parecía aburrida para nada; parecía muy interesada. Eso me pareció muy raro y me acerqué.
Si, la charla del pobre Simón seguía siendo aburridísima. Catedrales en Hamburgo, catedrales en Zurich, museos del arte contemporaneo en Berlín y una visita a lo que quedaba del Muro. Pero los ojos dorados y casi sin pupilas de la chica se abrían con mucho interés detrás de la máscara que, de cerca, parecía impalpable, casi invisible. Came on, baby, me dijo Tires, que se me había acercado, parece que Simón consiguió algo. Bien por tí, muchacho.
- No me gusta esa chica- le dije- ¿Quién es?
- No seas celosa- me dijo Tires- Es tu primo, no tu novio. ¿Te vivís quejando de él y ahora le cuestionas las mujeres?
- Pero no se parece a ninguna de nuestras vecinas.
- Se habrá colado. Es de fácil colarse en esta fiesta. Cualquiera puede entrar, disfrazado. Habrá oído que nosotros musicalizábamos y no quiso perderse nuestra performance. Ni el Fernet gratis.
- Estás totalmente en pedo, Tires.
- Eso es cierto- me dijo Tires. Me voy a tirar en el sillón.
Tres de mis amigos y algunos de los otros se habían tirado en la pileta y mamá y tía Carolina estaban enloquecidas, diciendo que salieran, que era peligroso porque estaban muy alcoholizados. Fui a ayudarlas, porque era verdad que con el grado de alcoholismo que corría en esa fiesta era muy probable que alguno se ahogara. Fueron saliendo de a uno y a dormir la borrachera en el living. Les presté toallas e incluso dos secadores de pelo. Cuando salí la fiesta se estaba terminando de a poco, varios ya se habían ido y mis tías y mi mamá suspiraban aliviadas mientras se comían los canapés residuales. No vi a mi primo.
- ¿Y Simón?- le pregunté a mi tía.
- No sé, por ahí, se fué con una media disfrazada.
Me dió mala espina. Atravesé la verja de entrada y salí a la callecita; no se veía nada. Pero me pareció oir un ruido extraño cerca del río, que estaba a media cuadra. Seguro que este pelotudo de Simón se fue con la chica. Espero que tenga suerte. Y me estaba por meter de nuevo en mi casa cuando el ruido se hizo más fuerte; era un sonido agudo, disonante y extraño, que no había oído nunca.
Por ahí está en problemas, pensé. La noche era oscurísima, sin luna, y mandarse hasta la orilla del río era realmente arriesgado, pero a pesar de ser un aburridísimo ingeniero en sistemas mi primo Simón es mi primo Simón. Yo me mando, pensé, a lo sumo Simón me puteará de arriba a abajo si lo encuentro con las manos en la masa, y me lo voy a tener merecido por metida. Pero bueno, a esa chica ni la conozco.
Me acerqué a la orilla del río. A esa altura del río es bastante dificil bajar a la orilla, porque está lleno de piedras y ramas la bajada, pero pude acercarme bastante. Y entonces escuché fuerte la música -era muy disonante y estruendosa, horrible- y pude ver a Simón y a la chica. Pero la chica ya no usaba un traje de diabla; ahora tenía puesto un vestido bermellón que le llegaba hasta la rodilla, de falda amplia y usaba medias y unos zapatos absurdamente altos, que parecían de metal. A cara descubierta su cara era muy hermosa, pero muy rara; los ojos resplandecían en la noche oscura como si no fueran de una persona. Y Simón y ella no estaban haciendo lo que yo estaba pensando: estaban bailando. Bailando muy rápido. Desde la oscuridad escuché como aplausos que festejaban el baile, pero no se veía a nadie más que ellos. Eso sí era rarísimo. Las vueltas que daban eran cada vez más rápidas y parecía que Simón se iba a desvanecer en el aire. Eso fue lo que me asustó de verdad.
- Simón- grité de repente- Simón- y empeze a bajar por la barranca, con tal mala suerte que me tropecé con una rama y me caí de boca contra el piso.
Cuando levanté la cabeza, Simón estaba solo y como atontado. Nunca ha sido ejemplo de viveza, pero esta vez parecía desorientado. La música ya no se escuchaba, pero cuando me levanté escuché más aplausos en la oscuridad y algo así como un crepitar de fuego. Y por un instante vi unos ojos dorados que me miraban con furia; luego se escondieron en algun lugar de la costa.
- Vamos, Simon- le dije a mi primo- Tía Martha te está buscando.
Me obedeció como un chico -nunca lo hace. Cuando volvimos la casa era un desastre, pero al otro día íbamos a limpiar todo o al menos ese era nuestro propósito. La verdad es que al otro día todos nos levantamos con una resaca espantosa que sobrellevamos a base de limón, sal y te de boldo e igual varios vomitamos bastante. El peor de todos era Simón. Tenía un dolor de cabeza terrible y apenas hablaba; Tía Martha se pasó dos días dandole Ibuprofeno, preocupada. Pero se le pasó, como pasó febrero y volvimos a Rosario.
Nos encontramos de nuevo para el cumpleaños de Rita. Simón seguía siendo el mismo muchacho aburrido de siempre, lo cual, bien pensado, es una suerte. Había empezado a salir con otra ingeniera en sistemas, que era bastante linda y se arreglaba bien, pero era también un bostezo humano. Bueno, según mi punto de vista. El la encontraba interesante.
Cuando ya habíamos comido la torta y antes de que se fuera, lo llamé aparte y le pregunté, como quién no quiere la cosa:
- ¿No era una chica vecina, no, esa con la que hablaste y bailaste en el baile de Carnaval de Venecia que hicimos en Pueblo Esther? Yo, por lo menos, no la conocía.
Me miró extrañado.
- No, prima, estás equivocada. Yo estuve durmiendo todo el día y la noche durante toda la fiesta del Carnaval de Venecia. Lamento mucho no haber estado despierto, tanto que jodí para que se hiciera. Desde la noche anterior no me acuerdo de nada. Solamente de una música pesada y horrible, parecida a la que vos escuchás. Solamente eso me acuerdo.
- Tenés razón, Simón- dije, sacudiendo la cabeza- Me debo haber confundido con otra fiesta.

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