domingo, 2 de diciembre de 2018

La última

Nos habíamos jurado que sería la última. Ya Pierre y Amelie habían juntado bastante dinero para instalarse en Tandil (el sueño de sus vidas), en una casona bastante lujosa cerca de la Piedra Movediza y yo me iba a volver a Río, donde Betrice me esperaba ansiosamente -o no tan ansiosamente, si iba con las manos vacías. Esta vez nos habíamos instalado en el Rosario, porque era una "ciudad pujante" como decía su matutino, y sobre todo porque nadie preguntaba demasiado de donde venías. Casi todos eran extranjeros y a la mañana los mercaditos y las iglesias eran una Torre de Babel. Y además porque ya la habíamos elegido a ella.
El modus operandi era siempre el mismo. Yo hacía el seguimiento, averiguaba los usos y costumbres, los horarios, las preferencias, las horas de soledad. Pierre, que era el fuerte, se encargaba del secuestro y Amelie se encargaba de mantenerla controlada y tranquila. Principalmente a grandes dosis de veronal y de éter, pero también, para que la muchacha del momento no gritara, la maquillaba y le hablaba de libros franceses románticos y también de libros ingleses e italianos. Amelie era en el fondo una soñadora; si se había dedicado a este trabajo algo sucio del secuestro de muchachas adineradas, era porque quería proteger a Pierre de la cárcel. Pierre admiraba a Amelie; podía pintar acuarelas con suma facilidad, sabía inglés, francés, latín e italiano y era una mecanógrafa excelente y además sabía taquigrafía. Y además tenía otros conocimientos, como por ejemplo de sustancias tóxicas; durante dos años había sido ayudante en una droguería.
Cuando la muchacha llevaba dos semanas secuestrada le enviábamos una carta a su padre. Generalmente pagaban enseguida. Si no pagaban, les cortábamos un dedo y se lo enviábamos. Entonces si seguro pagaban. Después de recibir el dinero, Amelie se encargaba de servirle a la muchacha del momento un té con la cantidad justa de cianuro (otro veneno era demasiado lento) y Pierre y yo nos encargábamos de descuartizarla y enterrarla. Nos íbamos enseguida. Este sistema, pensado y perfeccionado por los tres, nos había funcionado en Cartagena, Rio de Janeiro, Montevideo, Asunción, Córdoba, Mar del Plata y Buenos Aires. Deberíamos habernos considerado satisfechos, pero siempre falta algo y Pierre y Amelie se encapricharon con la casona de Tandil. Yo les seguí la corriente.
La muchacha se llamaba María del Pilar y era la hija menor de una familia próspera del Rosario. El padre era abogado. Dos de sus hermanos mayores eran médicos, otro era juez y otro farmacéutico. Dinero tenían a montones, eso no iba a ser problema. Y era bastante calladita, lo que mejoraba las cosas. Pero igual, era poco probable que gritara, entre el eter, el veronal y la lectura de las novelas de Alejandro Dumas hijo. Ya le habíamos agarrado la mano al asunto. La secuestramos una tardecita, cuando había ido sola a la Iglesia Catedral a confesarse. Fue algo rápido, subirla arriba del carruaje y llevarla a nuestra casa.  De camino, le saqué un broche de amatista que llevaba en el vestido: a Betrice le iba a encantar cuando se lo diera envuelto en papel de estraza.
Esperamos dos semanas. La verdad que la secuestrada era un encanto. Ni protestaba. Hablaba un poco con Amelie, y le gustaron mucho los polvos de cisne que ella tenía, el carmín especial. En su casa, contó, no la dejaban maquillarse. Nunca entendí por qué Amelie era tan insistente con eso del maquillaje, pero sobre su tocador tenía toda una colección de pinceles, perfumes, cremas y aceites que no se sabía exactamente para que eran. O por lo menos Pierre y yo no sabíamos.  De vez en cuando le gustaba ir al teatro El Círculo toda maquillada y vestida; nunca pude hacerlo en Londres, me dijo un día, ni en Roma. Igual ni yo ni Pierre la entendíamos. Abajo del tocador, en un cajoncito escondido, secreto, que se abría con un estilete, guardaba el cianuro. El éter y el veronal estaban a la vista. Bueno, como dije, esperamos dos semanas, que se nos hicieron eternas -aparentemente nada pasaba en el Rosario y la desaparición de la hija de un abogado era un acontecimiento- y mandamos la nota de rescate. El dinero fue entregado, puntualmente, con todos los recaudos del caso y sin la desagradable tarea de cortar falanges.
- Ahora completo yo la tarea- dijo Amelie. Se encerró, como siempre, en su habitación, con dos tazas de té y una sonrisa que era calcada a la del retrato de la  vieja dueña de la casa que habíamos alquilado. Salió al poco rato. Entramos; la secuestrada estaba correctamente muerta y azul y nosotros fuimos al sótano, donde con mucho, pero mucho esfuerzo convertimos su cuerpo en trozos, lo metimos en un saco de arpillera, y cuando creció la noche lo enterramos en un montecito de eucaliptos, bien hondo. Nunca encontraban los cuerpos, de todas maneras.
Cuando volvimos ya Amelie estaba armando los baúles y metiendo sus mejores vestidos y sombreros dentro de ellos. También cargó sus bártulos de maquillaje, aunque siempre le reprochábamos que llevara tanto. Como el viaje hasta Tandil era largo, decidimos hacer una parada de dos días en Buenos Aires. Amelie estaba loca con conocer el teatro Colón, y sacó una parte de los pesos de rescate para comprarse un vestido, guantes y sombrero. Zapatos tenía, por suerte.
Yo, claro, no iba a ir al teatro Colón ni loco - no hay nada más ridículo que ver a un gordo cantando en falsete- así que bajé a la calle, a conseguir cigarros buenos y a beberme una copita de anisado. Por suerte había un bar bastante lujoso al lado del hotel, y aunque el anisado me salió caro, era de verdad y no la porquería que suelen vender en la mayoría de los boliches. Y entonces, cuando estaba saliendo del bar, veo a Pierre saliendo como loco y sujetando a Amelie por debajo de los brazos. Ella estaba flácida. Flácida y azul. Cuando lo ví gritando quise escabullirme, pero el muy idiota me vio a través del vidrio y vino directamente hacia mi, gritando, haciendo que toda la gente del bar se parara.
- No se que le pasa, no se que le pasa, entré para ver porqué no salía pero la encontré así tirada. No está muerta, ¿no es cierto? No puede estar muerta, estaba bien hasta hace media hora.
Me hablaba a mí el imbécil. Todos me miraban. Además, era indudable que Amelie estaba muerta. Muerta por cianuro, como mostraban los labios, violetas, donde el carmín se corría.
Un hombrecito viejo y delgado se acercó hasta nosotros, miró atentamente la cara de Amelie, puso un espejo contra su nariz y anunció parsimoniosamente:
- Esta mujer ha sido envenenada. Eso es seguro.
Para eso estudian los médicos, pensé yo. Era muy claro que había sido envenenada.
- ¿Ustedes dos, que son, amigos de ella?- preguntó otro tipo. Me di cuenta de que tenía voz de policía. Cuando uno está en lo de uno desde hace tantos años como yo, detecta a los policías hasta por la pupila.
- Yo soy su marido- dijo Pierre- Yo soy su marido.
- Tienen que acompañarnos a la comisaría- dijo el policía.
Si no hubiera sido por el imbécil de Pierre, yo la hubiera sacado barata. No estaba en el momento de la muerte de la pobre Amelie y, la verdad, nunca tuve intenciones de matarla. Pero apenas le pusieron dos o tres hombres con uniformes juntos el imbécil de Pierre se quebró y empezó a confesar lo del Rosario, lo de Córdoba, lo de Mar del Plata, lo de la casona en Tandil y que yo me había robado el broche de amatista de una muerta. Menos resistencia no podía tener.
Nos condenaron a muerte, pero a los tres o cuatro meses salió un indulto general de no sé quién y nos terminaron mandando a la Tierra del Fuego. Pierre se ha convertido al catolicismo y ya no habla conmigo. En realidad, solo habla con el cura párroco de la prisión y con dos o tres que trabajan en la carpintería. Yo sé de acá no voy a fugarme: en cualquier momento alguno de los padres de las que matamos lo mandan a algunos de estos a hacer el trabajo sucio y Pierre y yo amanecemos degollados. Mal viene la cosa.
Lo único que me desesperaba al principio, las tres o cuatro primeras semanas de prisión, era como había sido envenenada Amelie -porque ella no tenía ninguna intención de suicidarse, yo la conocía bien. Después fui entendiendo. La última era muy callada. Era demasiado callada. Era hermana de médicos y de un farmacéutico, y se había interesado demasiado por el maquillaje. En un momento dado salió del embotamiento del veronal y del éter y se levantó y quizás se puso a investigar el tocador de Amelie. Encontró el cianuro y se dió cuenta de la verdad. Fue valiente, no gritó ni protestó. Solamente tuvo la delicada prudencia de mezclar el cianuro con el carmín que Amelie apreciaba tanto, sabiendo que tarde o temprano Amelie lo usaría: una mujer puede cambiar de profesión, de hombre o de país, pero no puede cambiar sus costumbres y para Amelie el carmín y el perfume eran una costumbre sagrada.


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