martes, 18 de diciembre de 2018

Pasado mañana

A Bielmann lo chuparon hace dos días. Sé que lo chuparon por una vecina, que me llamó desesperada; ella adoraba a Bielmann, había sido compañero de primaria y de secundaria de su hija menor y aunque sabía que andaba "en esa", no podía creer que se lo hubieran llevado. Hacía rato que Bielmann nos había dejado, que nos había mandado a todos a la puta que los parió, desde que organizamos una reunión de apuro después del golpe para ver cuales eran las condiciones objetivas.
- Las condiciones objetivas- nos dijo Bielmann- es que nos van a hacer concha a todos.
Decir eso oficialmente significaba sanción disciplinaria. Pagna, el responsable de nuestro grupo, se lo advirtió.
- Sanción disciplinaria las pelotas- contestó Bielmann.- Ustedes están totalmente locos. Están festejando el golpe de estado como si fuera una buena noticia. Nos van a hacer concha. Nos van a matar a todos. Haceme todas las sanciones disciplinarias que quieras.Denunciame con el fantasma de Perón si querés.
Marta, una chica rubia y delgada, totalmente disciplinada a Pagna, le salió al cruce.
- Lo tuyo es un temor pequeñoburgues.
 - Si, claro- le contestó Bielmann- Nos estamos reuniendo en esta casa con miedo a que en cualquier momento caigan los milicos y nos lleven a todos y es un puto temor pequeñoburgues. Vayanse todos a la puta que los parió. Yo me guardo. Me voy a mi casa. No me llamen más.
Cuando se fué nos quedamos todos un poco desorientados, porque en el fondo todos pensábamos un poco como él, pero nadie lo quería decir. Después Pagna empezó a leer la última minuta del comité y después comimos un par de empanadas y me acuerdo que el Fermín me dijo que era increíble como había gente que no creía en la revolución y se cagaba  toda por un par de milicos en la calle.
Dos meses después Pagna y Marta desaparecieron. Fermín se fue al exterior, vía Bolivia. Walter se hizo cargo de nuestro grupo, pero a los tres meses el también desapareció, junto con su mujer y su hija de cinco años. La nena apareció dos semanas después en casa de los abuelos. Después de la desaparición de Walter, no fui más a las reuniones, así que no sé quien se hizo cargo. Me quedé en mi casa, con mi mamá y mi papá, mi marido y mi hija. Mi marido también dejó la militancia; cinco de sus compañeros de trabajo en la fábrica habían desaparecido. En las cenas hablábamos de nada: de la casa que íbamos a construir arriba de la de nuestros padres, de la inflación, del nuevo look de Susana Gimenez. Con cada cucharada de arroz el terror se nos atragantaba; en cualquier momento, pensábamos, nosotros somos los próximos. Por lo bajo yo había hablado con papá para que si nos pasaba algo, por favor ellos se encargaran de Natalia; mucho no iban a poder hacer, de todas maneras.
Y hoy me llamó la vecina, para contarme que a Bielmann lo habían chupado. Cuando corté la llamada, me acordé de él: gordo, sudoroso, casi calvo, con ojos de sapo y lentes de culo de botella. Tenía cuarenta y dos años, pero ya era un viejo. Que mierda le estarán haciendo, la concha de su madre, pensé. Vivía solo, la madre hacía rato que se había muerto y tenía un vago hermano abogado en Rosario, del que nunca hablaba, aunque sí a veces de los sobrinos. Puta madre, pensé, Bielmann se había abierto pero el también había caído. En cualquier momento nos tocaba a nosotros. Pensé eso, en cualquier momento nos toca a nosotros. Por suerte todavía no. Uno es muy egoísta con las desgracias de otras personas.
Aunque sabía que estaba arriesgando algo, busqué el teléfono del hermano de Bielmann que tenía anotado en una libreta negra, anotado casi de casualidad en un asado del año 73, cuando todo esto parecía imposible, y salí a buscar un teléfono público. Por suerte me atendió el hermano de Bielmann, si me atendía otra persona cortaba.
- Hola, quien es- me dijo.
- Te hablo de Lanús. A tu hermano lo chuparon dos días atrás. Su vecina lo vió y me llamó.
- ¿Quién sos?
- No te puedo decir. A tu hermano lo chuparon. ¿Me escuchás? Empezá a averiguar quién lo tiene.
No fue la cana, es todo lo que te puedo decir. Si te movés rápido, por ahí conseguís algo.
Hubo un silencio espantoso y me di cuenta que al hermano abogado de Bielmann el estómago se le había descendido al piso y el corazón al estómago.
- Gracias- me dijo y cortó.
Volví a casa. Veía un enemigo en cada auto que pasaba, un cana en cada esquina, un buchón en cada transéunte. Cuando por fin llegué a casa, me asombré de que todo estuviera tan normal: mamá estaba cocinando roast beef al horno, papá estaba escuchando un partido de futbol, mi hija estaba haciendo tarea de la escuela. Acá no llegaron, pensé. Acá no llegaron, todavía. Preparé unos mates y me senté en el comedor.
Entonces lo ví. Estaba sentado en el asiento de lata del patio, abajo de la glicina. Estaba gris y parecía cansado, pero por lo demás seguía teniendo sus ojos de sapo y sus anteojos de culo de botella que usaba con gran orgullo. Sabía que no era él de todo -el ya no estaba, la vecina había llamado tarde, yo había llamado tarde al hermano que ahora empezaría inútilmente a fatigar juzgados y a presentar habeas corpus- pero salí al patio igual.
- Está linda la noche- me dijo.- Se vino la fresca- y sonrió, como siempre que decía una de esas bestialidades.
Por decir algo, porque en realidad no sabía que decir, le dije:
- Te mataron muy rápido.
- Si.- me contestó el- Demasiado rápido. Pero ¿te acordas de ese cuento tan raro, Enoch Soames? ¿Te acordás cuando lo leímos en el curso de Literatura Inglesa y que a vos te había parecido muy oscuro, y que a mí también y que los dos creíamos que el autor había sido muy, muy cruel con su protagonista? ¿Te acordás lo que decía el protagonista?
- Si- le dije, sonriendo con nostalgia. Sabía que a partir de ese momento Bielmann iba a ser mi fantasma personal, algo con lo que tendría que convivir en el desayuno, en la cena, y en los almuerzos, en la graduación de mi hija y en la boda de oro de mis viejos. Pero no me molestaba- Si, me acuerdo. Hablemos de otra cosa.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario