Uno de los peores adjetivos para un argentino cualquiera es ser grasa. Ser pobre es una desgracia, ser rico es una suerte, ser intelectual es dar reportajes con cara seria, ser famoso es ir a los programas de panelistas, pero ser grasa es algo terrible. Nadie sobrevive a ese adjetivo. La verdad (la triste verdad) es que todos los argentinos somos bastante grasas. No hay argentino que no piense que el Fernet con Coca es mil veces mejor que el Dom Perignon; en cuanto a la comida, la verdad es que por más que cada vez se abran más restaurants donde la rúcula se cobre a precio oro en hojuelas, entre un colchón de verdes con queso brie y un choripan con chimichurri, todos elegimos el choripan con chimichurri. Porque el queso brie -los cocineros me van a odiar- es un queso cremoso glorificado y carísimo y la rúcula, la radicheta y la lechuga básicamente son yuyos. Se abren doscientos mil clubes de catas de vino donde la gente habla de las bondades del roble y del Malbec, y del Chardonnay. Todo el mundo asiente como cuando se habla de las virtudes autorales de Juan Josè Saer. La verdad es que casi ninguna persona en Argentina entiende el lenguaje de los sommeliers, que parecen vivir en una burbuja propia donde el viejo y querido Toro con soda nunca existió. En cuanto a las marcas de ropa, nunca conocí a un argentino que no se muriera por unas Nikes y que no piense que un perfume Dior es mucho mejor que un Ciel o que un Impulse. Podría ponerme como Clemente y repetir, por favor, un cacho de cultura, pero la verdad es que yo también soy bastante grasa; choripán, Fernet con Coca, Los Palmeras o Agapornis para bailar y, como decía Julio, país con calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero igual.
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