jueves, 6 de diciembre de 2018

La muerte de un rey. 66° parte

                                                                                                         puro cariño
                                                                                                        todo el mundo se quiere
                                                                                                        pero al que se descuida tantito
                                                                                                        se muere
                                                                                                                        Molotov

                                                                                    Patrice Lougmas, Triple Frontera, 2021

Las fotos serían expuestas en Europa. Patrice odiaba tomar esas fotos. Mostraban lo que ya todos sabían: niños trabajando, mujeres delgadas y resecas, hombres que a los treinta años parecían de sesenta. Nada parecía poder hacerse en realidad. Las fotos que mostraban la miseria de esa zona no eran escandalosas para ninguno de las que la veía luego, en galerías y en museos: eran costumbristas. Así viven en el Tercer Mundo, parecía ser el título secreto de todas sus exposiciones, espiemos sus vidas miserables. Casi que prefiero volver a ser un paparazzi, pensó, aunque se había cansado de ser un paparazzi demasiado pronto. Había querido ser un fotografo de veras. Y ahora era un fotografo de prestigio y recibía palmadas en el hombro y todos felicitaban su coraje: coraje, pensaba él, era el que tenía la gente que fotografiaba. Hombres y mujeres que aún con nada de esperanza de que su vida mejorara se levantaban todos los días y levantaban a sus hijos y les contaban leyendas a la luz de fogones. El solo era un fotógrafo.
Le llegó un mensaje al teléfono. El Museo de Arte Contemporaneo de Bilbao acababa de comprar tres de sus fotografías a un precio más que considerable. No sabía si alegrarse o que. Patrice nunca había sabido que hacer con el dinero. Quien lo ayudaba con eso era Sarar, pero el estaba desaparecido desde hacía años. Desde entonces acumulaba libras en su cuenta bancaria como quien acumula zapatos en su guardarropa.
Un hombre se acercó a él vendiendo relojes evidentemente falsos. Le compró uno y se lo puso en la muñeca. Miró su cámara, un Nikkon hermosa con la que había sacado las mejores imágenes blanco y negro de su vida, y recordó las siluetas de algunos de los hombres que había fotografiado. Con el último, Marcos, venezolano y estudiante de Oxford, había tenido esperanzas de casarse. Mal le había ido; al sexto mes de convivencia había regresado a su departamento para encontrar a Marcos acostado con Pierre, estudiante de Cambridge. No eres el hombre para mí, era todo lo que Marcos le había dicho ante su llanto casi infantil.
No hay nada peor que un viejo enamorado, pensó Patrice. Pero no era tan viejo. Tenía solamente cincuenta años.
Miró otra vez su Nikkon. Le pareció inútil, gastada, vieja como el (aunque el aún no era viejo).
Si alguien me matara aquí, pensó, ¿cuál será mi necrológica? Mejor escribirla ahora: "Hombre de mediana edad que no admite que las fotografías que toma son tan inútiles como los cuadros rococó de Watteau y que cuando su amante se acuesta con otro hombre no puede admitir una simple infidelidad". Pero no había sido la infidelidad lo que le había dolido sino la simple falta de amor de Marcos. Algo tan sencillo como eso. Cuando envejezcas, había pensado apenas el otro se marchó con su bolso Nike y sus libros de gramática, entenderás lo que significa envejecer. Se había reído de su propio patetismo: el había sido Marcos en su juventud. El le había dicho a varios lo que Marcos le había dicho a él. El argumento de Marcos para dejarlo era irrebatible; no lo quería. El solo tenía su dolor para rebatirlo y el dolor no era en realidad un argumento.
Entonces llegó otro mensaje.
Hola, Patrice. Soy Sarar. Necesito tu ayuda. Como fotógrafo reconocido. Ven a Atlanta.
Después de tantos años, pensó Patrice y en este momento que estoy en pleno trance metafísico.
Maldito Sarar.
¿Por qué debo hacerle caso?
Sacudió la cabeza.
Nada en mi vida es la aventura que imaginaba.

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