Dos días más tarde volvió a encontrar la caja en la cocina. Esta vez su mujer no estaba, así que el mismo se encargó de meterla en la bolsa y de llevarla al container. No se puede confiar en las mujeres, pensó. Hay que hacer las cosas uno mismo.
Esa noche volvió a encontrar la caja en el baño. Esta vez la observó con más cuidado, porque era imposible. A no ser que hubiera dos cajas iguales (pero imposible, no hay dos cosas iguales en el universo); pero era la misma caja, irrecuperablemente kistch, una de esas porquerías que se compraban en los chinos y que usaban los pobres para decorar sus casitas. El nunca había sido pobre. Los pobres no eran gente como él: los pobres esperaban muchas horas en los juzgados para que los atendieran. Los pobres eran asaltantes, ladrones, o cobraban planes por no trabajar. Los pobres no se acercaban a gente como él y si se acercaban el tenía un revolver, por las dudas. Hacía un tiempo atrás no había dudado en usarlo, y todos habían casi festejado su hazaña. Por las dudas, y con un poco de saña, esta vez quemó la caja en la bacha de la cocina. Tiró las cenizas en una maceta de mármol, que a veces usaba de cenicero.
Cuando despertó la mañana siguiente, la caja estaba en su mesita de luz. Su mujer ya se había levantado, y había ido al gimnasio. Estaba solo. De pura furia, tiró la caja contra el piso. Rebotó, con un ruido blando, casi el sonido de un disparo. Se levantó (la boca le olía mal, y transpiraba) y esta vez tiró con fastidio la caja en la basura. Que se ocupe la mucama, pensó, que para eso le pago.
Por una semana, la caja no volvió a aparecer. El se sintió aliviado (pero ¿era alivio? Tendría que consultar con su guia espiritual). Jugó al tenis, llamó a sus hijos, bromeó con ellos. En el octavo día, cuando volvió de una cena con amigos, la caja estaba en la entrada de su puerta. La miró. La pateó siguió de largo.
Esa noche durmió mal. El nunca dormía mal, siempre estaba tranquilo. ¿No era acaso un hombre justo y admirado por muchos? ¿Por que le molestaba una caja de porquería, una caja que se podía quemar, que se podía romper? ¿Porque era mencha? Bueno, eso no quería decir nada. Igual, cada vez que recordaba la caja le daba impresión. No era una caja de verdad; era un animal oscuro disfrazado de caja. Esas cosas no existen, pensó, pero era el único pensamiento exacto. A el le gustaban los pensamientos exactos y los objetos de lujo; esa caja era algo distinto.
Lo despertó el sol de la mañana. Era domingo, sus hijos quizás vendrían a visitarlo. Su mujer preparaba el desayuno. Entonces vió la caja otra vez, al lado de la cafetera.
- ¿Podés tirar esa caja?
Su mujer lo miró y miró la caja.
- Si, es una caja muy fea. Super ordinaria. Creí que la había tirado, disculpá. Después del desayuno, la tiro.
Tomó el café. Le cayó mal. Si la caja sigue apareciendo, pensó, tengo que consultar a un psiquiatra, quizás el pueda darme algo para no verla más. Su mujer tiró la caja en la basura.
Dos días después, antes de irse a trabajar, encontró la caja en su ropero. Esta vez no hizo nada. Sacó la camisa, la corbata y el traje que había elegido la noche anterior, sus zapatos y se vistió. Esta vez, pensó, iría a trabajar. Sabía que a su regreso la caja no estaría más en su ropero y que volvería a encontrarla: en el baño, antes de afeitarse, en la cocina, en el jardín, en el comedor y en el umbral. No importa lo que hiciera o lo que pidiera, esa caja inocente de madera terciada, con sus colores en el fondo tan bonitos (¿alguna vez le habían gustado los colores? no lo recordaba) y su alegría hecha para modular de aglomerado, comprado en doce cuotas con Tarjeta Naranja, seguiría allí.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario