a Marcelo Birmajer
Me preguntan porque no olvido. Cuando uno no ha estado en el infierno, no olvida, les digo. Recuerdo el olor de los crematorios y el olor del hambre. Y el frío y recuerdo que en la ciudad, cuando regresé a la ciudad, no quedaba casi ninguno de los míos. Y todos querían haber sido inocentes. Sabía que ninguno o casi ninguno lo era: solo le tenían miedo al odio que su propio odio había generado. Chantajistas, torturadores, asesinos, ladrones, delatores. Se ofendían por las bombas de los norteamericanos y por los tanques soviéticos. Se ofendían por la nada; yo los vi refocilarse con el oro arrancado de los dientes de los muertos. Si hay un infierno, ahora que están muertos la mayoría de ellos, seguirán allí: alegrándose con sacar oro de los dientes de los muertos. Murieron, algunos de viejos y algunos suicidados (¿pero, no es toda muerte un suicidio?). La vejez solo da dignidad a quienes vivieron una vida digna, pienso. Si no, es solo vejez, hundirse en la nada y en la tristeza, en la lejanía del olvido. Yo no olvido: mis hijos tal vez sí, tal vez mis nietos. Pero yo no. Yo he estado en el infierno, pero al menos, pienso, no del lado de los demonis.
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