sábado, 8 de diciembre de 2018

Visitantes en Trenel

Le pasó a Huachiporai y para mí le pasó por la mamúa que se agarró después del asado en la parte de atrás de la parroquia. Todos acá sabemos que al Huachiporai no hay que darle mucho vino; un poco de vino y ya se encurdela, un poco más y ya empieza a recitar discursos de Perón, de Irigoyen y de Lenin. Pero esa tardecita todos estábamos bastante en curda y no nos dimos cuenta que el Huachiporai nos había refalado dos damajuanas enteras de vino mistela, que en realidad era para la misa, no para el asado. Cuando nos dimos cuenta, nos dió vagancia sacarsela. Además, andá a sacarle una damajuana llena al Huachiporai, ni hablar dos.
Por una semana ni se lo vió. Al séptimo día, como hijo pródigo volvió hablando de los visitantes. Platillos voladores, dijo, luces de colores, comunicación astral. El Domingo Luna, que es ácido cuando quiere, nos dijo que al Huachiporai el televisor se le  había quedado clavado en un canal de ciencias ocultistas y que del disco rígido de su memoria se le habían borrado los discursos políticos y ahora repetía bolazos de OVNIS. El Calavera Barrancos, que es práctico, dijo que podíamos aprovechar la bolada como los de Capilla del Monte y decir que Trenel era un lugar que los marcianos elegían para contactarnos.
- Los marcianos no existen- le dije yo.- El otro día vi el documental en Discovery, no hay nada en Marte.
- Ponele que sean de Saturno- me contestó el Calavera, fastidiado.
Pero después empezó a hablar de lo mismo Britta. Britta es la hija mayor del intendente, tiene trece años y es insoportable. Siempre está inventando cuentos de fantasmas y de enfermedades raras, hace que se desmaya en la misa, y en el supermercado. El pobre padre le cree que es una nena delicada; Milena, la madre, es mucho más escéptica. La cuestión es que Britta no pudo soportar que el pobre Huachiporai fuera el centro de atención por tres días y empezó a decir que ella también había visto luces y ovnis. Su padre y sus amigas le creyeron.
A las dos semanas teníamos veinticinco avistantes de ovnis en Trenel. Vino la televisión de la capital a filmarnos. Lo entrevistaron al Huachiporai, al intendente (que repitió la narración de Britta como si fuera palabra santa) y a una de las cajeras del supermercado, que es la lectora del tarot del pueblo, aunque por suerte lo hace gratis.  Mostramos filmaciones con celulares donde se veía el cielo nocturno de Trenel y alguna que otra luciernaga girando y algún buho. No mucho más. Un poco de papelón, pero peor es la televisión de Buenos Aires. Hubo algunos turistas ese fin de semana y el siguiente, pero la verdad es que si Huachiporai realmente había visto los ovnis, estos ahora brillaban por su ausencia y no pudimos mostrárselos a los que venían a buscarlos.
- Eso le pasa por creer en pavadas- dijo el Domingo Luna.
Pasron tres o cuatro meses y ya nos habíamos olvidado del asunto (en el medio había habido un problema de desfalco en la cooperadora de la escuela y eso acaparó nuestra atención) cuando llegó el ruso. En realidad no era ruso, era ucraniano, pero era más cómodo decirle ruso porque andá a ubicar Ucrania en un mapa. Hablaba decentemente el castellano y nos dió a entender que quería saber sobre los ovnis.
- No se esfuerce- le dijo el Calavera- Es todo mentira.
Pero el ruso se alquilo una piecita en lo de Dora Gimenez y salía todas las tardes con unos aparatos raros, dignos de los X Files. Volvía a la madrugada. No hablaba con casi nadie, salvo con nosotros, porque el desayunaba en el cafecito al lado de la plaza donde nosotros también desayunábamos y lo admitimos en nuestra mesa, para que no se sintiera desplazado.
- ¿Encontraste algo, ruso?- le preguntábamos todas las mañanas.
- Nada todavía- decía sacudiendo la cabeza. 
Por eso esa mañana en que no llegó yo y el Calavera nos dimos cuenta de que algo raro pasaba. Sabíamos más o menos por que lugares andaba cada noche, así que nos miramos y dijimos pobre ruso si la pata le queda atrapada en alguna trampera o si le dieron un balazo en la oscuridad. Nos subimos los tres en el rastrojero del Calavera y fuimos a buscarlo.
Ese día había mucho viento. Un viento del sur, seco, pero no tan helado como otras veces. Por suerte a los quince minutos de andar por el camino de tierra lo divisamos al ruso, sentado en una piedra y abrazando con cuidado su bolso. 
- ¿Que pasó, ruso?
- Atrapé a uno- dijo con una sonrisa amplia. Sacó la jaula de adentro de su bolso y nos la mostró. Adentro había un animal chico, con escamas, varias patas, ojos rosados. 
Nos reímos.
- Atrapaste a una iguana.
- No es una iguana. Mirenle las patas. Los ojos.
- Con la cantidad de porquería que tiran a veces en estas tierras- le dije yo- lo raro sería encontrar iguanas normales.
El ruso sacudió la cabeza.
- Iguana o no, igual me la llevo.
- Bueno- dijo el Calavera- yo ahora te llevo al pueblo. Pero antes tengo que pasar por lo del Gruntter, a buscar un par de chanchitos para navidad.
El ruso asintió.
Por una cuestión de espacio, el Calavera y el Domingo fueron adelante, en la cabina y yo y el ruso nos sentamos atrás en el rastrojero. El viaje hasta lo de Gruntter era largo así que el ruso se quedó medio dormido y yo aproveché para sacar la jaula con la iguana. No puedo negar que el bicho me daba curiosidad. 
De cerca, no era tan parecido a una iguana. Era más parecido a un ratón, pero con varias patas. Y sin cola y sin pelos. Algo bastante repulsivo. Y estaba ahí observándolo cuando el bicho me dice en castellano:
- Sacáme de acá, que tengo que volver a la nave nodriza. Sino mis hermanos atacarán esta noche. 
Casi me caigo del susto.
- ¿Sos un extraterrestre de veras?
El bicho resopló.
- En realidad somos terrestres. Cuando los dinosauros estaban acá, nosotros nos desarrollamos mucho, pero eramos chicos. Y entonces nos enteramos que un meteorito venía a la tierra y calculamos que la iba a hacer bolsa, así que hicimos naves espaciales y nos mandamos a mudar. Soldado que huye, sirve para otra guerra, dijimos. Pero como no encontramos ningún planeta habitable cerca, volvimos después del meteorito. Un desastre. Volvimos diez años después, otro desastre. Treinta años después. Y así estamos, volviendo a la tierra cada diez, veinte años, nos aprovisionamos y volvemos al espacio esperando que este planeta mejore en algún momento.
- ¿Tanto desastre les parece la tierra?
- Por favor- me contestó el bicho- ¿no oíste las letras de Daddy Yanky? ¿Te parece que podríamos sobrevivir en un planeta donde se escuchan esas canciones todos los días?
Asentí, con un poco de vergüenza por mi especie.
- Ahora soltame, que si no vuelvo a la nave en dos horas y cuarto mis hermanos van a armar un quilombo peor que el que se armó cuando Bolivia les ganó seis a cero.
Aunque eso no me cayó muy bien, le abrí la puertita de la jaula. La verdad era que el ruso era medio raro, por ahí le hacía mal al pobre bicho, y aunque un animal entre ratón desnudo e iguana de muchas patas que habla no da mucho miedo, miles, millones de esos animales juntos y en naves espaciales ¿que no pueden llegar a hacer? Trenel es chico y el intendente le cree a la hija de trece años. Seguro, caemos enseguida.



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