lunes, 3 de diciembre de 2018
El mito del obrero calificado
Uno de los nuevos mitos del capitalismo (que se introdujo con el ingreso del toyotismo y nuevas formas dás, y producción capitalista, sobre todo a partir del estallido de la globalización, o sea alrededor de la década del ´90) es la idealización del obrero calificado. El obrero calificado ni siquiera se ve a sí mismo como trabajador; en realidad se ve a si mismo (su empresa logra que se vea a si mismo) como empleado. Empleado que debe ponerse la camiseta de la empresa; obviamente, la empresa nunca se pone la camiseta del empleado, porque eso significaría resignar un poco de sus ganancias, y las ganancias son sagradas. El nuevo trabajador, claman los nuevos paladines de la educación neoliberal, debe ser un trabajador calificado: debe saber informática, inglés, chino, japonés y por las dudas, algo de sociología. Pero además, y esto es importante, debe estar listo para ser despedido en cualquier momento y, si es despedido, no debe objetar nada. ¿No es acaso el libre juego de la oferta y la demanda? La realidad es que la relación entre una empresa multinacional y un trabajador es cualquier cosa menos libre. La relación es intensamente desigual: la empresa puede sobreexplotar al trabajador, cortarle vacaciones, incluso puede despedirlo sin motivo y la única manera de defenderse que tiene el trabajador es a través de la acción sindical (si está sindicalizado) o a través del fuero laboral, que ya sabemos que es exasperantemente lento en cuestiones tan urgentes como los derechos de los trabajadores, aún estando legislados. No estoy en contra de que un trabajador tenga que tener un cierto estudio o preparación para desempeñar una tarea. Pero de todas maneras pienso que el planteamiento neoliberal acerca de que un obrero debe ser un esclavo de la empresa donde trabaja, porque esta le dará grandes satisfacciones y camisetas de empleado del mes, es una de las trampas más originales y nuevas del capitalismo. Un trabajador vende siempre su fuerza de trabajo y simplemente hace eso; no pertenece a la empresa donde trabaja. Si necesita una cierta preparación para desempeñar la tarea que realiza, eso está bien y la empresa tiene que proveersela. Ahora, el discurso de que el trabajador se debe a la empresa como una especie de pacto de fidelidad, es una mentira absoluta. Si los números dan en rojo o conviene más pagar sueldos en México, la empresa no duda en cerrar la sucursal argentina y dejar a todos los trabajadores en la calle, y generalmente las indemnizaciones correspondientes quedan en la nada misma (sobre todo si el gobierno de turno acompaña esa idea). Está muy bien la idea de que los trabajadores estudien y se capaciten y me parece que es lo mejor que pueden hacer; pero si no hay políticas económicas que acompañen lo único que se va a tener es una fila muy larga de desocupados informáticos, abogados, ingenieros, médicos, ópticos y etc. El trabajo y el estudio son cuestiones que deben pensarse juntas, no separadas, y siempre debe haber un pensamiento crítico sobre cada trabajo que se desempeña; si no, el estudio solo, es solo papel y números.
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