domingo, 23 de diciembre de 2018

Miriades solo

A Miriades lo conocí en la guardia del Eva Perón. No sé porqué es médico: ser médico es una vocación extraña, ser médico de guardia en el Eva Perón más aún: garantiza ver dos o tres baleados por semana. Lo único que sé de el además de que es médico de guardia es que escucha a Spinetta y a Led Zepellin y que vive en el barrio Laberinto, que en realidad son dos o tres calles atrás de Rondeau, pero que si te perdés andá a salir. En la plaza Alberdi, que queda cerca del hospital, a la noche, duerme gente perdida, que no tiene donde vivir; cuando hace frìo, en invierno, a veces van a refugio.Algunos ni eso: prefieren el frío de julio (ya no tan arduo gracias al calentamiento global) que el encierro de cuatro paredes con sopa y chocolate. La gente que duerme en la calle, me dice Miriades cuando se le da por filosofar, no son tan diferente a nosotros, recuerdan el sabor de la sopa y del chocolate; concuerdo, le dije, una vez me senté a leer en un banco en Oroño y un ciruja se paró a decirme que le hacía acordar a su hija, que también leía. Cuanto haría que no veía a su hija, y habría que ver si existía, pero de todas maneras me di cuenta de lo que quería hacer: quería establecer un contacto, recordarle a alguien que también era una persona, que no era solamente un eco oscuro que daba miedo a las mujeres y a los niños. Recordè cuando era chica que mi mamá y mi abuela inútilmente queríamos asustarnos con el hombre de la bolsa: ningún chico se asusta con esas tonterías. Cuando somos chicos sabemos que la mayor parte de los adultos son tontos que piensan que los niños son buenos e inocentes; mentira, éramos despóticos y crueles como son todos los chicos, torturábamos a nuestra pobre abuela con caprichitos de malcriados y a veces yo hacía llorar a mi mamá. Bastante paciencia nos tuvieron, le digo a Miríades, si yo hubiera sido mis padres me hubiera internado en un colegio de monjas por el resto de mi vida, donde me hubieran enseñado costura, cocina, piano, canto gregoriano y otras habilidades que quizás me hubieran servido para algo. Bueno, dice Miríades riendo, nunca es tarde. No, es cierto, le digo yo, nunca es tarde.
Porque estamos hablando de cosas perdidas, una tardecita, entre mate y mate se me dió por preguntarle a Miriades si el contacto tan frecuente con la muerte lo ha hecho mas sensible al mundo: me dice que no, pero que definitivamente se da cuenta de que los pobres mueren menos solos que los ricos. No entiende por que: pero incluso ante un ladrón baleado al poco rato aparece una hermana, una madrina o un compadre que preguntan por él: los ricos, en cambio (y Miríades lo sabe porque trabajó en geriatricos de cuota alta) le tienen horror a la vejez y a la muerte. Una vez tuvo que cuidar a una señora de noventa años que, lúcida, se estuvo muriendo lentamente un fin de semana entero. Le asombró que tuviera hijos, nietos, bisnietos, sobrinos. Cuando le preguntó por ellos, la mujer les dijo que se había internado en el geriátrico voluntariamente, para no molestarlos mas: ahora tampoco quería hacerlo. Van a enojarse con nosotros cuando se enteren de lo tuyo; que se enojen, dijo la mujer, no quiero que me vean agonizar. Milciades pensó en esa distancia, en ese quiebre; ya la madre no existía para los hijos, ya los hijos no existían para la madre. La muerte era un espectáculo doloroso y privado. Cuando me contó eso recordé la primera vez que había visto agonizar a una persona, la cuñada de una de mis tías, a los cinco años, como me hicieron pasar al cuarto sin ventanas, que olìa a encierro y a naftalina, decorado con rosarios de cuenta de madera. La mujer estaba perdida en su agonía y yo no me asusté demasiado. A los chicos, como a los perros, las cosas que pasan todos los días no los asustan. Los velorios eran las diversiones de nuestras infancia, junto con los globitos Bombucha y las figuritas de Frutillitas; los adultos lloraban pero nosotros no, porque sabíamos que la muerte era algo lejano. Por esas cosas Miriades quizás decidió hacerse médico de guardia, pienso, aunque no estoy segura y no quiero preguntarle.
Cuando Miriades se queda solo en la guardia, y por ahí le toca una noche de llovizna, sin chicos asmáticos ni cincuentones con atracones de asado y Fernet, se pone a hacer sumas. Eso me resulta raro, porque no son sumas normales: el suma la cantidad de horas que lleva trabajando como médico de guardia, la cantidad de horas que pasa escuchando Holanda y Resumen Porteño, la cantidad de horas que pasa preparando arroz con pollo o flan. Sería mas normal que escribieras, le digo. No tengo alma de escritor, me dice, ni tampoco de matemático; mi vida, continúa, es un continuo entre fiebre y fiebre, muerte y muerte, costillas quebradas y fémures destrozados por balas. Sobredosis de alcohol, de cocaína, de poxiran, de cualquier cosa; esto es la vida para mí, me dice, si no no estaría acá. Resumen rosarino, concluye. Yo asiento, y le alcanzo otro mate con burrito.

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