Se puso a recitar los versos, como imaginaba que hacían las actrices en los anfiteatros donde nunca asistiría: Odio y amo.Quizás te preguntes porque hago esto. No lo sé, pero así ocurre y me torturo. Lo repitió una, dos, tres veces hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas. Sus hermanos tenían un preceptor que los educaban en filosofía, historia y latín, pero a ella su madre solo le explicaba las artes domésticas de la cocina, el buen trato de los esclavos y el cuidado de moribundos. Con eso alcanzaba y bastaba. ¿Cuando una buena mujer romana había sido poeta? La única poeta que conocía era Safo de Lesbos y era bien sabido que se entretenía con mujeres. Aún así algo había en los versos de ese poeta muerto y bien entendía a las actrices que se peleaban por declamarlos.
Entonces vió a los tres hombres. En seguida advirtió lo que eran. Eran esclavos fugados, celtas por la piel y los ojos. La observaban, extrañados. Le dió pudor, al principio, que la hubieran visto recitar, como si la hubieran visto bañándose desnuda; luego comprendió que el peligro era aún mayor. Su casa estaba lejos (para poder leer los poemas se había alejado más allá de lo sensatamente permitido).
Empezó a correr. No corría, se dió cuenta enseguida, en dirección a la casa, pero el miedo era más fuerte que el pensamiento. Corría para salvarse, para escapar. Por un momento, creyó que no la seguían. Pero después escuchó las voces. Hablaban en un sonido salvaje, áspero, que ella no conocía. Se daban directivas entre ellos. Esto no me puede estar ocurriendo, pensó. Soy la hija de un gobernador romano. Y mientras pensaba en eso entre los árboles oscurecía.
Corrió hasta que las piernas le temblaron y los pies se le desollaron y los pulmones se le quedaron sin aire. Cuando le empezó a doler el estómago supo que no podía correr más y se detuvo. Hubo silencio durante un momento y luego gritos de euforia y de guerra que nunca hubiera imaginado. Un brazo férreo le atenazó el brazo y ella esperó lo peor. Pero los hombres discutían entre ellos, en voz alta. Olían a suciedad, a moho, a bosque, a fuga; debe ser el aroma de la libertad para ellos, pensó.
Por fin el más viejo de los tres la arrastró hasta el abedul. Ella intentó tranquilizarse, hasta que vió las marcas en la corteza. y empezó a gritar. El más viejo le hizo una seña de silencio y luego con un puñal (un puñal de hierro, oxidado) hizo los cortes propicios en sus antebrazos y en sus rodillas. Los otros dos la sujetaban contra el árbol, que a esa hora estaba lleno de insectos pegajosos. Uno de ellos y luego varios de ellos empezaron a caminar por su pelo y por su espalda.
Ya no habría esposo romano viejo o joven, pensó. Ya no habría aceite de oliva sobre el pan y ella nunca educaría a sus hijas en las viejas virtudes romanas. Miró hacia abajo. La sangre ya era mucha, pero pronto cesaría de manar. Y mientras los dos hombres la sujetaban y el viejo murmuraba palabras que no comprendía en un idioma muy, muy viejo, empezó a recitar los poemas que Catulo inútilmente había escrito para enamorar a la malvada Clodia: Odi et amo... Y mientras Apia recitaba, su voz se perdía en ese rincón de las montañas donde la penumbra devoraba a la luz.
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