lunes, 10 de diciembre de 2018

Rojo

Más allá de la intención política de un director, me gusta observar una visión propia, una estética en una película y en Rojo, de Benjamín Naishtat esa estética pesa y mucho. Además, está muy bien actuada, sobre todo Andrea Frigerio y Dario Grandinetti, ambos como una pareja que se va amoldando a la época con una comodidad que irrita al espectador. La decisión final del personaje de Darío Grandinetti de ponerse una peluca, aunque todo el mundo sabe que es calvo, parece lo más lógico del mundo ¿si todo es camelo y apariencia y por lo bajo ya se sabe que se viene el golpe, porque yo no puedo usar una peluca? La mayor parte de los personajes de Rojo son terribles, sobre todo porque son gente común; gente común que acepta que haya otras personas comunes, vecinos, médicos, que tengan que exiliarse o que sean llevados en procedimientos medio  extraños. Quizás lo más duro de todo sea el retrato de los jóvenes, adhiriéndose al pensamiento de los adultos como una lapa -en el fondo siempre pienso que un joven que está orgulloso de ser igual a sus padres es un error de la historia; somos lo que somos porque pensamos contra nuestros padres, no porque somos un Simulcop de ellos, y si nuestros padres son nuestro ídolos nunca seremos otras personas. El año donde ocurre Rojo es 1975, año terrible de nuestra historia donde la mayor parte de las cartas ya estaban echadas; pero como yo tengo visión ucrónica no puedo dejar de imaginarme a la hija del abogado en el año 1982, 1983 preguntándole al padre: ¿vos sabías todo lo que pasaba? ¿Por qué insististe en que no pasaba nada, cuando todo pasaba en nuestra ciudad? Ocurrió en muchas familias y así empezó una grieta que es mucho más grande que la muy declamada en los diarios de hoy en día: no hay nada peor que saber que tu padre y tu madre, a quienes creías perfectos, se amoldaron a la masacre legitimada solamente por miedo y por conveniencia.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario