sábado, 8 de diciembre de 2018

El amateur

En cuestiones de amor, siempre se había considerado un amateur. Por eso cuando la mujer de la sombrilla se sentó cerca de el en la playa, se apartó un par de metros. La mujer usaba un vestido amarillo de gasa, con las mangas amplias que eran la última moda; tenía puesto un sombrero amplio, con velo, que le tapaba la cara y estaba descalza. A Peirce le dió la impresión de que no le importaba que él estuviera allí.
Su madre le había advertido sobre ellas. Eran mujeres casi iguales a las otras, su risa era igual y a veces también su conversación: pero ese casi era toda la diferencia. A veces, si tenían suerte, algún hombre les legaba una casa o un departamento en Buenos Aires. Era poco usual; generalmente los hombres se cansaban de ellas antes de morirse y las mujeres buscaban un nuevo protector. Pero tú, decía su madre, aún eres soltero. Espera a casarte, eres muy joven.
Peirce sabía que no iba a casarse. El médico le había dicho, un mes antes: seis meses, un año de vida a lo sumo. Luego el cáncer en los huesos se expandiría a los pulmones, al cerebro, al estómago. No era un pronóstico alentador. No le había dicho a su madre ni mucho menos a su hermano menor: para ambos era el pilar, el sostén de la familia. Pero moriría y eso era irrevocable. Los meses que le quedaban de vida era la única certeza; el, que siempre había tenido miedo incluso de la sal que se volcaba, ya no sería nadie. Ya su madre no podría amenazarlo con el recuerdo de su padre; ya no podría contarle a su hermano cuentos de Maupassant ni de Chejov ni leerle El pájaro azul. Por eso se había tomado una semana de vacaciones en el estudio y había decidido ir a Ostende, a ese hotel donde seis, siete años atrás había sido tan dichoso. No había nadie a esa altura del año en la playa, salvo la mujer de amarillo y él.
La mujer de la sombrilla se levantó. Cerró la sombrilla y se sacó el sombrero. Tenía la piel demasiado bronceada y algo de fastidio en su cara. Probablemente fuera una mujer de mala vida, como decía su madre. Pero no se dirigía al hotel. Iba a otro lado, mas allá de las dunas; Peirce sabía que mas allá de las dunas no había nada, porque lo único real en Ostende era ese hotel, que surgía de la nada. Sino, solo mar y arena. Corrió, aunque le costó un poco, detras de la mujer para advertirle. Como no pudo alcanzarla, le gritó.
La mujer se dió vuelta.
- No lo conozco. ¿Que quiere?
- No hay nada más allá de las dunas. ¿Donde está yendo?
- Pasa que el director quiere que todos sigamos vestidos con estos trajes ridículos. Me estoy muriendo de calor. No es lo que nos prometieron. Nos dijeron que iba a haber un buen catering y que ibamos a dormir en lugares más o menos decentes. El nuestro ni siquiera tiene gas. Según el ridículo del director, el programa va a quedar muy lindo. Pero todo lo tenemos que hacer por amor al arte, parece.
Lloana y Bert ya se fueron y tuvimos que reemplazarlos con chiquilines que no saben nada de actuación. Me vine acá, al lado del mar, a refrescarme un rato. Ahora voy a tener que comerme las milanesas viejas y comprarme una coca, porque lo único que hay para tomar es agua con gusto a sal. En cualquier momento yo también me voy.
Peirce se quedó mirándola. De todas las palabras que había escuchado -y que no había entendido- la que más le resonaba era trajes ridículos. No sabía por qué, al principio, pero luego se dió cuenta. Cuando miraba fotos viejas con su hermanito, cuando el también era casi chico se burlaban de los trajes que usaban sus abuelos, esos trajes ridículos con puntillas y detalles, tan amanerados.
- Su vestido no es ridículo- le dijo a la mujer.- Es muy bonito. La última moda de París, se ve que quién lo cosió tiene buen gusto.
La mujer lo miró y sonrió.
- La pobre vestuarista estuvo tres semanas para hacerlo y todavía no le pagaron. Esta filmación es un desastre. ¿Quiere venir a observarnos? Sigame, estamos en una casa detrás de la duna. La alquilamos especialmente. Creo que todo el dinero de la productora se fue en el alquiler.
Peirce dudó. Sabía que detrás de la duna no había ninguna casa, pero sabía también que si regresaba a su orilla del mar, luego regresaría al hotel y luego a Buenos Aires y luego a contarle a su madre y a su hermano y a esperar que el diagnóstico de su muerte se cumpliera. Todo lo que decía la mujer de la sombrilla era raro, pero la muerte le era más extraña.
Miró la duna amplia que se alzaba sobre el. Le costaría subirla y después bajarla.
- La seguiré- le dijo a la mujer.

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