martes, 11 de diciembre de 2018

Páprika

La decadencia de Argentina, pensaba Unzúe, podía medirse en la dificultad para encontrar páprika de buena calidad. Me recorrí medio Buenos Aires, pensaba, mientras se sacaba los zapatos, y lo único que encuentro son imitaciones tristes, que nunca van a ser como la páprika de verdad. Que diferencia con París, pensaba, o con Inglaterra. Doce años siendo sous chef de Le Model Restauranter, en el quartier latino, lo habían dejado con dolor de espalda, las manos totalmente quemadas y un odio absoluto hacia las especias que en Argentina se vendían en bolsas de nylon, como cuerpos de insectos. 
Para peor, acá también era una especie de sous chef. Una especie de porque el cargo de sous chef en realidad no existía en ese restaurant  perdido  en una esquina deSan Telmo, donde todos los mediodías y todas las noches se llenaba de latinoamericanos, alemanes y norteamericanos ansiosos por probar la verdadera carne argentina. En realidad, más que sous chef era un che pibe. En la cocina solamente estaban Juan Franco, el dueño y cocinero, Napoleón, que oficiaba de lavaplatos, pastelero y eventual pata de plomo cuando algún cliente se ponía pesado, y él. Lo peor de todo era que era mucho mejor cocinero que Juan Franco, pensaba él, pero en ese lugar la cocina pesada y totalmente falta de sutilezas de Juan Franco reinaba y era un éxito. Unzúe odiaba las ensaladas de papas con perejil, los roast beef pasados de cocción y con cebollas tristes y hervidas, el osobuco cocinado con cualquier vino barato para ahorrar costos. Por eso se había empeñado en encontrar buena páprika, pensando en mejorar un poco los platos aunque sabía que era inútil: Juan Franco consideraba a su cocina una genialidad, la cual refrendaba con veinte años cocinando y cinco como dueño del lugar. Unzúe solo culpaba a su madre. Durante años se habían odiado con una ferocidad disimulada en breves llamadas telefónicas de dos o tres frases. Ambos sabían: para su madre todas las desgracias de su vida se referían a él, al hijo que incluso de recién nacido había sido ingrato y delgado y llorón, y que nunca había cumplido con sus expectativas. Durante la infancia Unzúe había sido criado como un niño enfermizo, aunque no lo era: cada mes debía visitar al doctor en el hospital alemán, abrir la boca y no llorar, mientras su madre recitaba su rosario de quejas y dudas. Las quejas no solo eran hacía él: era también hacia su marido, viajante de comercio que mantenía dos casas más, una en Junín y otra en Santo Tomé. Curiosamente, Unzúe apenas si recordaba a su padre; en realidad, lo único que recordaba era que a sus doce años había muerto en la ruta, en un choque de autos, la noticia en los diarios, la amargura de su madre. Unzúe empezó a odiarla desde muy chico; sabía que era una mujer cruel y triste, y lo sabía por los dobladillos crueles de sus pantalones, por las sopas de municiones que le hacía tragar cucharada tras cucharada y por la manera de reirse cada vez que le decía que iba a ser cocinero. Cuando llegó a los dieciocho años, consiguió un conchabo en un bodegón y se fue a vivir una pensión. No volveré nunca, había pensado.
Pero dos años atrás había ocurrido. Su madre había enfermado y como único hijo su deber era volver y cuidarla. Volvió con la remota esperanza de que a su madre su sacrificio lo conmoviera, pero eso no ocurrió. Más bien era al revés: no había día en que su madre no le recordase con cruel burla que había dejado Europa, que era un che pibe de un restaurant que no le gustaba, que su sueño de ser un gran chef (y Unzúe sabía que podía llegar a ser un gran chef) había quedado truncado por un tumor en el timo que había aparecido en una ecografía sacada en el hospital alemán. Había enfermado, pensaba Unzúe por las noches y muchas veces por las mañanas, solo para arruinarme. Hasta hacía seis meses su madre había podido cocinar, pero ahora debía hacerlo el. Eso era peor que cocinar con Juan Franco: pures blandos de calabaza, sopas de municiones, pollo hervido. Y Ensure, a veces, cuando su madre no quería comer, sacudía la cabeza, era una niña vieja. Eso era la verdad, pensaba Unzúe, mi madre ha sido siempre una niña vieja y ahora es una niña vieja moribunda. Y yo estoy atrapado con ella.
Páprika. Imposible conseguir páprika de buena calidad en Buenos Aires. Para volver a su casa debía bajar en Plaza de Mayo y enganchar la A hasta Acoyte. Un solo supermercado estaba abierto a esa hora, pero se acordó de que no había nada para comer y compró dos supremas y una cabeza de ajo. Por pura inercia se fijó si en el sector de los condimentos había páprika y por suerte había; tendría mucha más suerte si tuviera el remoto gusto de la páprika real. La agregó a la canasta de compras.
Llegó a su casa. Su madre apenas respiraba, pero apenas oyó la puerta la oyó resoplar con furia:
- Espero que te haya ido bien hoy. Me tenés que dar el medicamento. Vino Dorita, de visita- Dorita era la vecina; no sabía por qué, pero adoraba a su madre- Tenés que preparar la comida, aunque no me siento muy bien, por ahí vomito. Las calabazas del otro día estaban pasadas, tene ojo con eso. Mucho trabajo ¿no? Juan Franco te tendría que dar un aumento, el otro día el hijo y la nuera de Dorita fueron a comer a donde trabajás y probaron el osobuco, una porquería y carísimo, que papelón cuando me lo contó. Casi se van sin pagar. No entiendo como cobran tan caro en ese lugar.
- No cobramos caro. Que el hijo de nuestra vecina sea un rasca no es nuestro problema.
- Bueno, el le dijo a Dorita que era caro y una porquería. No sé a quién creerle. Pero tené cuidado con el puré o si me hacés arroz mejor. Un poco de arroz puedo comer. Creo. Si no vomito. Dame los remedios antes.
Unzúe le dió las pastillas, ordenadas en un pastillero y el jarabe asqueroso, lechoso en una cuchara no demasiado limpia. Se fué a la cocina y puso la tele. Empezó a hacer el arroz, aunque sabía que su madre no lo comería; se lo había dado a entender. Picó la cabeza de ajo entera, tan rápido que se asombró de si mismo y luego picó con cuidado una suprema de pollo. El ajo, el aceite y el pollo se mezclaron en la sarten de hierro; luego abrió la bolsa con páprika (ni sombra a la páprika de verdad, se dijo al probarla) y le agregó media cucharada a la sartén. Es poco pollo, pensó, y mucho ajo. Picó la otra suprema de pollo y siguió mezclando. Todo el departamento se inundó con el olor feliz del ajo. El arroz ya estaba listo. Ni siquiera le puso sal, ni aceite de girasol. 
Le llevó el plato a su madre. Ella estaba sentada, la cabeza apoyada contra la almohada. Llevaba dos años muriéndose. Mucho tiempo, pensó él, para morirse. Cuando vió el plato, su madre reaccionó.
- ¿Qué me trajiste?
- Pollo. Pollo con ajo y páprika.
- Me muero si como eso. Vos lo sabes.
- El arroz me quedo soso.
- Traémelo igual. 
- No- dijo Unzúe.
La madre lo miró.
- Traéme el arroz.
- No- repitió Unzúe.
La madre lo siguió mirando. Había sido una mujer rubia, rubicunda y opulenta; ahora estaba pálida y muy flaca y Unzúe no recordaba un momento en que hubiera sido feliz con ella.
- Me voy a morir. Estoy enferma.
Unzúe le alcanzó el plato. La madre lo tomó. Comió dos o tres bocados, con un asco evidente. Dejó el pollo a un costado.
- Ajo. Que porquería. Lo voy a repetir tres días enteros. Es un asco eso.
- Voy a la cocina a terminar de comer. Después tengo que volver a trabajar- dijo Unzúe.
- Para la noche como el arroz, aunque esté soso.- le dijo su madre- Si no no aguanto ni una semana.
- Está bien- dijo Unzúe.- Decile a Dorita. El arroz está en la heladera. Sin sal ni aceite. Como a vos te gusta. 

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