sábado, 29 de diciembre de 2018
El Expreso del Norte
Fue mi papá el que me lo contó, antes de tirarse abajo del Expreso del Norte, una noche de invierno, fría, donde la llovizna caía como si no cayera. Papá era veterano de Malvinas; había perdido la guerra. me decía. Yo tenía cuatro años y no sabía lo que era una guerra. Mamá no me lo decía, ni mis tías. Papá había ido a la guerra, había estado tres meses y la había perdido; eso era lo único que sabía. Esa noche, estábamos papá y yo solos y el habló de la guerra: la blancura de la nieve, el frío, las ovejas a lo lejos, la comida que nunca llegaba, los estaqueados, los chistes de iniciados en trincheras. Podía verlo en su narración: historias imposibles de entender, pero que entendía: nunca he visto la nieve, pensé, pero la imaginé como una heladera Di Tella gigante de las que teníamos en casa. Mamá, las tías, los abuelos habían suspirado felices cuando regresó intacto: ni un dedo menos, ni un ojo menos. Pero no se puede estar en la nieve entre los muertos y regresar intacto, me dijo. Y salió: nunca regresó. Todos lloramos y todos me compadecieron por ser huerfano, y así crecí: con una rabia espantosa en el estómago que no me explicaba. Que nunca me expliqué aunque traté de entenderla sabiendo de armas de repetición y de películas de Quentin Tarantino; pero el tiempo pasa para todos e incluso la rabia, esas serpiente canónica, se disuelve en nuestro estómago. Solo pienso en la nieve, y en los muertos, cuando pasa el Expreso del Norte.
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